Nota Introductoria

 

El máximo poeta romántico italiano, Giacomo Leopardi, nació en 1798, en Recanati, villa algo menos que mediana de la región de Las Marcas, en los entonces Estados Pontificios, hijo del Conde Monaldo, reaccionario e incondicional del gobierno papal. Niño extraordinariamente precoz, adquirió una sólida formación humanística estudiando en los libros de la biblioteca paterna: a los once años componía en latín, a los catorce traducía los poetas líricos y épicos griegos y latinos, a los dieciséis escribía en latín un tratado sobre la vida de Plotino y un estudio sobre los más famosos oradores de la antigüedad, y realizaba un eruditísimo Ensayo sobre los errores populares de los antiguos. En aquellos "años de estudio loco y desesperadísimo", como él mismo escribió a su gran amigo el literato Giordani, el cuerpo se le hizo raquítico y enclenque, provocándole la irremediable convicción de ser destinado a la infelicidad y al desamor; pero el ánimo se le ensanchó hacia el más exaltado anhelo de grandeza y de gloria.

El joven consciente de sus valores, que ya se había puesto en contacto epistolar con los más notables hombres de cultura de su época, no tardó en sentir la limitación coartante del reducido y periférico lugar de su nacimiento (el "nativo burgo salvaje", como lo llamará en uno de sus Cantos), y de las cerradas ideas paternas. Su rebeldía ideológica (él mismo hablaría de conversión política) se manifestó en la adhesión más apasionada y conmovedora al naciente ideal de una nación italiana unida; al mismo tiempo se verificó su conversión literaria, que lo hizo abandonar la filología para acercarse a la poesía. Pero en la polémica de aquellos años (1816-1818) entre los defensores del clasicismo ilustrado y los introductores de las nuevas corrientes románticas, tomó decididamente partido al lado de los primeros, aunque con argumentos que bien podemos definir como perfectamente románticos: sostenía que la italianidad tenía sus raíces en el mundo clásico, y sólo de éste podía nacer una conciencia nacional; y que la poesía no podía brotar más que de la ilusión, negada al hombre moderno por su racionalismo y su ciencia, pero inagotablemente presente en la transformación mítica de la naturaleza que nos ofrece la poesía clásica. Poco después, se realizaba la tercera conversión: la filosófico-religiosa, que lo llevó a adherirse a una concepción mecanicista del mundo, desalmada y fría cosmovisión que haría irremediable el pesimismo por el que es conocida su poesía.

Los primeros cinco de los treinta y siete Cantos que forman la obra poética principal de Leopardi ("A Italia", "Sobre el monumento de Dante", "A Angelo Mai cuando hubo descubierto los libros de La República de Cicerón", "En las bodas de la hermana Paolina", "A un vencedor en la pelota"), escritos entre 1818 y 1821, están destinados a cantar el amor patrio, y a expresar el dolor de ver cómo el ánimo de los italianos no se inflama todavía en el espíritu de resurgimiento. La redacción de estos Cantos revela la formación filológica del joven autor: llena de referencias históricas, se vale de un lenguaje suntuoso y latinizante, apegado a los más estrictos cánones del purismo dieciochesco, que quería una lengua literaria modelada sobre los esquemas arcaicos del Trecento.

Después de estos Cantos, si el amor a Italia perdura, jamás volverá a ser tema poético. En 1822, su sueño de evasión se realiza; pero las estancias en Roma en aquel mismo año, en Milán y Bolonia en 1825, en Florencia en 1827, el contacto directo con los grandes literatos con los que había sostenido correspondencia o conocía de fama, lo decepcionan profundamente, convenciéndolo aún más de la mezquindad de los hombres, la superficialidad de las mujeres y la vanidad de toda empresa vital. Sin embargo, la decepción no anula, sino que agudiza, el anhelo de amor, de gloria, de felicidad, que, al saberse destinado a la frustración, genera un sufrimiento desgarrador e irremediable. Paradójicamente, es el retorno periódico a la casa paterna y al reducido paisaje natal, al lugar de sus primeras esperanzas (los "amenos engaños") el que lo inspira para componer sus mejores poemas.

La aguda conciencia de su infelicidad personal se enriquece con matices universales, y el pesimismo con que contempla su propio destino y su vida, se transforma en una desolada visión del género humano, condenado sin razón a la infelicidad. Su amarga filosofía culmina en una teoría de dolor cósmico, que reconoce a todos los seres hermanados en un común destino de sufrimiento. Supremo bien, la muerte; únicas dichas, las ilusiones; única felicidad, la que se saborea en los ensueños de amor y de gloria que llenan el alma juvenil, y que inevitablemente terminan en el amargo despertar de la realidad, de la madura toma de conciencia de la inutilidad de la vida.

He aquí que a los primeros "pequeños idilios" compuestos entre 1819 y 1821, llenos de melancolía ("El infinito", "A la luna"; "La noche del día de fiesta", "El sueño", "La vida solitaria") suceden, en 1822, los cantos del dolor histórico y de la añoranza del pasado clásico ("Ultimo canto de Safo", "A la primavera, o de las fábulas antiguas", "Himno a los patriarcas"); los cantos del ideal ("A su dueña", "Al Conde Cario Pepoli", "El resurgimiento") compuestos entre 1826 y 1828; los seis "grandes idilios" del dolor universal ("A Silvia", "Las recordanzas", "El gorrión solitario", "La quietud después de la tempestad", "El sábado del poblado", "Canto nocturno de un pastor errante de Asia"), escritos entre 1828 y 1830.

Finalmente, entre 1831 y 1834, la última, devastadora pasión lo refuerza en sus convicciones y le inspira los cinco cantos sobre el amor ("El pensamiento dominante", "Amor y muerte", "Consalvo", "A sí mismo", "Aspasia").

En 1833, Leopardi se trasladó definitivamente a Nápoles, con su devoto amigo Antonio Ranieri, que lo asistió en sus últimos años de enfermedad y amargura creciente hasta la muerte que lo alcanzó en 1837. Allí creó sus últimos poemas: dos canciones meditativas sobre la muerte (sobre un bajorrelieve antiguo sepulcral, "Sobre el retrato de una bella mujer"); una oda satírica ("Palinodia al Marqués Gino Capponi"), y el largo carmen "La retama o la flor del desierto", en la que deja, casi como un testamento, la exhortación a la solidaridad como único remedio contra la Naturaleza madrastra que desprecia el dolor de sus hijos; y finalmente "El ocaso de la luna", cuyos últimos versos dictó en su lecho de muerte.

Su lengua y su estilo permanecen, a lo largo de toda su obra, orgullosamente clasicistas y arcaizantes, aunque conocen por momentos concesiones a una mayor fluidez del discurso y coloquialidad del lenguaje. La construcción hiperbática a la latina, el uso de vocablos raros y desusados, los referentes históricos, filosóficos, mitológicos, el valor semántico otorgado a las palabras a partir de su etimología, hacen de la lectura de esta obra poética, igualmente rica en profundidad de pensamiento y en intensidad emotiva, una aventura intelectual y cultura! compleja y completa, de la que aquí se ofrece un breve panorama en la traducción prodigiosa, por la fidelidad y aliento poético, de José Luis Bernal.

 

Mariapía Lamberti