Canto xxxiii. El ocaso de la luna

 

Compuesto en 1837, el año de la muerte del poeta, es uno de los más perfectos entre los Cantos que hablan de la condición humana. La descripción serena del paisaje nocturno refleja su paz en las consideraciones desesperadas sobre la condición infeliz del hombre, condenado a sobrevivir a la pérdida de las esperanzas y de los fugaces placeres que sólo proporciona la juventud. El tono se mantiene sosegado aun en la amargura, y la comparación con el renacer cotidiano de la naturaleza asume el aspecto de una desolada resignación.

 

Cual en noche desierta,
sobre campiñas argentadas y aguas,
do céfiro aletea,
y mil vagos aspectos
5 y engañosos objetos
fingen lejos las sombras
entre ondas tranquilas
y ramas y breñales y colinas y villas;
en el confín del cielo,
10 tras Apenino o Alpe, o del Tirreno
en el seno infinito
cae la luna; y palidece el mundo;
desaparecen las sombras, y los valles
y los montes sombrea la tiniebla;
15 ciega la noche queda,
y cantando, con triste melodía,
los extremos albores de la luz fugitiva
que antes le fue guía,
desde el camino el arriero saluda;
20 tal se disipa, y tal
deja la edad mortal
la juventud. En fuga
van sombras y apariencias
de los engaños deleitosos; menguan
25 las esperanzas vagas,
donde se apoya la mortal natura.
Abandonada, oscura
queda la vida. En ella la mirada,
busca el confuso caminante en vano
30 de la vía que aún siente tan larga,
meta o razón; y entiende
que a sí la humana sede,
él a ella en verdad se ha vuelto extraño

35 Muy feliz y gozosa
nuestra mísera suerte
en lo alto pareció, si el juvenil estado,
do cada bien de mil penas es fruto,
durase todo de la vida el curso.
40 Muy benigno decreto
aquél que todo ser sentencia a muerte,
si también media vía
antes no se le diera
de la terrible muerte asaz más dura
45 De ingenios inmortales
digno hallado, y extremo
mal de todos, los Dioses encontraron
vejez, donde fuese
incólume el deseo, extinta la esperanza,
50 secas las fuentes del placer, las penas
mayores siempre, y ya negado el bien.

Vos, colinas y playas,
caído el esplendor que en Occidente
55 argentaba los velos de la noche,
huérfanas luengo tiempo
no quedaréis; pues en el polo opuesto
pronto veréis el cielo
blanquear de nuevo y despuntar el alba:
60 a la cual luego sucediendo el sol,
y fulgurando en torno
con sus flamas potentes,
de lícidos torrentes
os bañará, con los etéreos campos.
65 Mas la vida mortal, ya que la bella
juventud se marchó, no se colora
con otra luz jamás, con otra aurora.
Viuda es hasta el final; y a la noche
que las demás edades oscurece,
70 por sello puso Dios la sepultura.