Canto I. A Italia

 

Aunque no lo sea propiamente, éste se considera el primero de los Cantos, y en tal posición aparece en todas las ediciones. Compuesto en 1818, refleja los espíritus juveniles de Leopardi, su énfasis patriótico que se manifiesta en todos los elementos que construyen la canción en un excursus pindárico. La retórica apasionada de las frecuentes interrogaciones, exclamaciones, arrebatos dramáticos, ha sido considerada excesiva, señal de la inmadurez poética del autor. Sin embargo, el mismo Francesco De Sanctis afirma que muchos de los jóvenes patriotas italianos que fueron a combatir durante las guerras de independencia llevaban en los labios los versos de este poema.



 

Oh patria mía, miro los muros y arcos
y columnas, y bustos, y las yermas
torres de nuestros padres;
mas su gloria no miro,
5 no miro el lauro y hierro que portaban
los antiguos ancestros. Ahora inerme,
nuda la frente y nudo el pecho muestras.
¡Oh, mas cuántas heridas!
¡Qué lividez, qué llagas! ¡Cuál te veo
10 hermosísima dueña! Y clamo al cielo
y al mundo: hablad, decidme:
¿Quién la redujo a tal? Y peor es esto,
que encadenados ambos brazos lleva;
y, sueltas las guedejas y sin velo,
15 yace sentada en tierra y sin consuelo;
y, abandonado el rostro
en el regazo, llora.
Llora, bien has razón, Italia mía,
para vencer nacida
20 en la fortuna fausta, y en la rea.

Si fueran tus dos ojos fuentes vivas,
nunca pudiera el llanto
igualar a tu daño y a tu escarnio;
25 pues fuiste dueña, y eres pobre sierva.
¿Quién de ti habla o escribe,
que, remembrando tu pasada gloria,
no diga: grande fue, ya no es aquélla?
¿por qué, por qué? ¿Do está la fuerza antigua,
30 las armas, y el valor y la constancia?
¿Quién te quitó el acero?
¿Qué traidor? ¿Cuál arte o cuál fatiga
o cuál potestad tanto
valió que el áureo manto te arrancara?
35 ¿Cómo caíste o cuándo
de tanta alteza en un lugar tan bajo?
¿Nadie pugna por ti? ¿No te defienden
los tuyos? Dadme un arma aquí: yo solo
combatiré, sucumbiré yo solo.
40 Dame, oh cielo, que fuego
a los ítalos pechos sea mi sangre.

¿Tus hijos dónde están? Oigo son de armas
y de carros, y voces y timbales:
45 en ajenas regiones
pugnan tus propios hijos.
Escucha, Italia, escucha. Veo, paréceme,
un olear de tropas y caballos,
y humo y polvo, y relucir de espadas
50 como entre niebla lampos.
¿No te alegras? ¿Y tus trémulas luces
volver no quieres al dudoso evento?
¿A qué pugna en aquellos
campos tu juventud? ¡Oh santos númenes!
55 Pugnan por otra tierra sus aceros.1
Ay desdichado el que en la guerra es muerto,
no por los lares patrios y la pía
consorte y caros hijos,
mas por los enemigos
60 de otra gente, y no dirá muriendo:
alma tierra nativa,
la vida que me diste aquí te ofrendo.

¡Oh venturosas, caras y benditas
65 las antiguas edades, que a morir
por la patria corrían las escuadras;
tú siempre glorioso y siempre honrado
70 oh tesálico puerto,2
do menos fuerte asaz Persia y el hado
fue que un puñado de almas generosas!
Creo que la hierba, y piedras, y las ondas,
y aun vuestras montañas, al viajero
75 con indistinta voz
narren el modo como aquella playa
cubrieron los invictos
cuerpos de los que a Grecia eran devotos.
Luego, vil y feroz,
80 Jerjes huía por el Helesponto,
hecho ludibrio a su postrer linaje;
y hacia el risco de Antela, do muriendo
sustrájose a la muerte aquella santa
hueste, subía Simónides,3
85 mirando éter, tierra y mar a un tiempo.
Y esparcidas de llanto las mejillas,
y ansioso el pecho, y vacilante el pie,
tañía la dulce lira:
90 A vos las alabanzas,
que ofrecisteis el pecho a los venablos
por amor de la tierra que os dio al sol;
Grecia os venera, y os admira el mundo.
100 Al campo de batalla
¿qué tanto amor las juveniles mentes,
cuál hacia el hado acerbo amor os trajo?
¿Cómo tan gaya, oh hijos,
veíais la hora extrema, que risueños
105 disteis el paso lacrimoso y duro?
Parecía que a la danza y no a la muerte
fueseis juntos, o a espléndido convite:
mas el Tártaro oscuro
os aguardaba, y la onda muerta;
110 ni las esposas ni los hijos cerca
tuvisteis cuando en la margen áspera
sin besos perecisteis y sin llanto.

Mas no sin la del Persa pena horrenda
115 e inmortal angustia.
Cual un león en medio de manada
de toros salta encima de uno, y clava
las garras en sus lomos,
y a otro el anca muerde, a otro el pernil;
120 tal su furia mostraba entre las turbas
persas, la ira griega y la virtud
Ve caballos supinos y jinetes;
ve al vencido, a quien carros
la fuga impiden, y las rotas tiendas,
125 y, corriendo el primero,
pálido e hirsuto, a Jerjes el tirano;
ve cómo en sangre bárbara
los héroes griegos tintos y bañados,
causa a los persas de infinito afán,
130 poco a poco vencidos por las llagas,
uno tras otro caen. Oh viva, oh viva:
a vos las alabanzas
mientras en este mundo se hable o escriba,

135 Antes, cayendo al mar, en lo profundo
chirriarán los astros arrancados,
que la memoria vuestra
y amor transcurra o mengüe.
Vuestra tumba es un ara; y aquí a mostrar
140 vendrán las madres a sus tiernos vástagos
de vuestra sangre las hermosas huellas.
Y aquí me postro,
oh benditos, y en estas piedras beso,
que serán claras y alabadas siempre
145 del uno al otro polo.
¡Si entre vosotros me encontrara, y muelle
fuese con sangre mía esta alma tierra!
Que si el hado es diverso y no consiente
que por Grecia mis luces moribundas
150 cierre postrado en guerra,
así la verecunda
fama de vuestro vate en días futuros
pueda, queriendo el numen,
tanto durar cuanto la vuestra dure.


 

 

1 Alusión a la campaña napoleónica de Rusia, en 1812, en la que participaron tropas italianas.

2 El Desfiladero de las Termópilas, donde 300 griegos, al mando de Leónidas, perdieron la vida para detener al enorme ejército del rey persa Jerjes, en 480 a. C.

3 Simónides de Ceos (566-467 a. C), poeta lírico que cantó las victorias griegas sobre los persas, y compuso una oda triunfal Leónidas en las Termopilas.