Canto xxvii. A sí mismo

 

Compuesto en 1833, es el más perfecto de los llamados cantos de la última ilusión, dedicado a la amargura de la decepción amorosa. La asunción de la actitud estoica de lúcida renuncia se manifiesta en ritmos quebrados, versos constantemente encabalgados y frases cortas, que suenan como sollozos en contraste con la ostentada frialdad de la actitud de desprecio hacia la vida.



 

Ya posarás por siempre,
cansado corazón. Murió el postrer engaño,
que eterno yo creí. Murió. Bien siento,
en nos de engaños caros,
5 no la esperanza, aun el deseo ha muerto.
Posa por siempre. Asaz
palpitaste. No paga cosa alguna
tus latidos, ni es digna de suspiros
la tierra. Amargo y tedio
10 la vida, nada más; y es fango el mundo.
Te aquieta ya. Despera
la última vez. A nuestra especie el hado
no dio más que el morir. Ahora desprecia
a ti, natura, el feo
15 poder que, oculto, en común daño impera,
y la infinita vanidad del todo.