Nota introductoria

En su país de hierro vive el gran viejo
bello como un patriarca, sereno y santo.

Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo

algo que impera y vence con noble encanto

Rubén Darío

Walt Whitman (1819-1892), el poeta de mayor trascendencia que ha dado Estados Unidos, escribe en medio de una sociedad puritana inmersa en los más estrictos convencionalismos sociales. Sus contemporáneos, Ralph Waldo Emerson, Henry Wadsworth Longfellow, Edgar Allan Poe, Henry David Thoreau y Emily Dickinson (entre los más destacados), se habían estado nutriendo de las voces literarias procedentes de Europa y, en especial, de Inglaterra. Walt Whitman, de manera plenamente consciente (así lo demuestran los artículos que él mismo produce sobre su obra), se aparta de la tradición poética en su obsesiva búsqueda de nuevas formas expresivas. Así, Whitman, como pionero, se convierte en un innovador fundamental para la poesía del siglo XX. Todo ello suscita que los testimonios sobre su arte sean abundantes y contradictorios desde el momento en que sus primeros escritos aparecen, precisamente porque abre un nuevo campo estilístico, actitud que preside las audacias de todos los artistas vanguardistas y que, generalmente, rechazan los lectores y críticos que ven nacer la obra.

Su libro más significativo, Hojas de hierba, se publica en Nueva York en 1855, paralelamente a Hiawatha de Longfellow, epopeyas ambas de carácter experimental. Mientras que este último es ampliamente laureado por la crítica de ese tiempo, el de Whitman, altamente incomprendido, es calificado de "impiedad libidinosa y audacia fálica". Paradójicamente, no pasan más de dos décadas para que la obra de Whitman, el "anciano hermoso como la niebla y con la barba llena de mariposas", como lo describe García Lorca, empezara a adquirir esa fama que trasciende los lindes de su tierra y de su época. El primer reconocimiento a su poesía, mismo que Whitman difunde y explota inmediatamente, se debe a su maestro Emerson, quien tiene gran influencia en nuestro autor. A partir de entonces, se origina una "historia" de la poesía norteamericana como reacción a Whitman. Por ejemplo, Henry James y William Dean Howells, representantes de la generación joven alrededor de 1865, creían que la reputación de Walt era inmerecida porque no tenía ni sensibilidad para el lenguaje, ni oído para la música y las palabras. Gerald Manley Hopkins reconoció sus aportaciones literarias, pero objetó que a su estilo "salvaje" le faltaba rigor. George Santayana dijo que no lo leía por sus gracias verbales las cuales no tenían la excelencia de Keats o Shakespeare, pero sí un mérito propio: su mensaje, que nace de la inspiración y se comunica a través de la voz de la naturaleza que grita en el desierto de los convencionalismos. Más tarde Ezra Pound lo considera su "padre espiritual" y lo reconoce como el poeta que, en Norteamérica, ocupa el lugar de Dante en Italia, motivo por el cual su influencia es ineludible.

Ante la controvertida crítica, Whitman se dedicó exhaustivamente a defender y explicar sus tendencias literarias al hablar de ellas a través de artículos en periódicos y revistas, en prefacios y dictando conferencias. Cabe destacar, además, su labor como periodista. La recopilación de estos textos iguala, en extensión, a su obra poética. No deja de llamar la atención el hecho de que, en diversas ocasiones, varios de estos artículos aparecían como anónimos. Actualmente, después de minuciosas investigaciones, se presentan ya bajo el nombre de su autor.

Con Hojas de hierba, Whitman se sitúa a la vanguardia de la literatura en lengua inglesa (influye en poetas como Ezra Pound, Carl Sandburg o William Carlos Williams) y, mucho más significativamente, a la vanguardia de la literatura mundial (influye, sobre todo, en el futurismo, creacionismo, imaginismo, ultraísmo y en poetas tan diversos como Darío, Martí, Marinetti, Pavese, García Lorca, Apollinaire, Neruda, Huidobro, Ginsberg). En Hojas de hierba (libro que corrige y amplía a lo largo de su vida), a través de un proceso en donde los recursos estilísticos se combinan de manera intrincada, Whitman huye del metro, de la rima, de la alineación clásica de los versos, se lanza a expresar lo no dicho sobre el mundo por medio de un lenguaje nuevo, mundano, casi tan vasto como la realidad que recrea. Le imparte a su poesía un sentido muy preciso, directo, por medio de palabras que abarcan diversos sustratos de la lengua (coloquiales, filosóficos, científicos, neologismos), e incluye frases banales o comunes sobre el tiempo, la naturaleza, los espacios, las ciudades, los animales y él mismo. Parece decir "soy todo el hombre" y se revela como "turbulento, carnal, sensual", terreno, desmesurado, infinito. "No más modesto que inmodesto". Rechaza el uso de vocablos con prestigio literario para crear una poesía vinculada a la experiencia real o, al decir de Merleau-Ponty, un mundo gemelo al de la carne y de la vida.

Las palabras en Whitman son tan airadas y contundentes como su tono discursivo y profético (él siempre pensó que sus poemas debían leerse como plegarias, que debían cantarse, entonarse), y adquieren una gran fuerza a través de la ilación del verso libre. Desde principios del siglo XIX algunos poetas en Inglaterra (Coleridge, Blake) y en los Estados Unidos (Emerson, Thoreau, Lowell) habían experimentado con esta forma, pero ninguno la había llevado al extremo de Whitman. En este recurso encontró un equilibrio perfecto con lo que quiso expresar, es decir, con su obsesión por manifestar las ideas individualistas y democráticas prevalecientes en ese momento en su país. "Canto de mí mismo" (que forma parte de Hojas de hierba), compuesto con una sobreabundancia de referencias y de conceptos en la imagen, ha sido considerado el poema más lúcido y detallado que se ha escrito sobre la democracia y donde el poeta se imagina a sí mismo hablando a (y por) todos los norteamericanos.

Esta postura ha provocado múltiples comentarios que nos revelan a Whitman como a un imperialista cuya ambición era la de ver a todos los países de la tierra sometidos a Estados Unidos, además de ser esclavista y de atacar abiertamente a los que se opusieron a la guerra expansionista con México. De ahí que Borges nos haga notar cómo los estudiosos de Whitman, al rastrear su biografía en busca del hombre, del norteamericano de idealismos democráticos, del poeta "divino", sufren una decepción. Por consiguiente, surge la duda de si sus ideas sobre la igualdad, libertad y solidaridad no serían tan sólo uno de sus recursos poéticos.

Si bien Whitman, el hombre, no tiene el lugar de Whitman, el poeta, lo esencial es rescatar la importancia de su obra para la literatura contemporánea. Con Hojas de hierba se suma al tipo de escritor que intenta comprender la realidad de manera absoluta, privada de límites o condiciones. No se conforma, como Coleridge, Poe, Dickinson o Baudelaire, en ser una voz inspirada por la divinidad, sino que con su obra quiere ser la divinidad misma, capaz de abarcar todos los mundos, el universo entero ("Walt Whitman, un cosmos, de Manhattan el hijo"). Así, la mente del poeta, con su lucidez de visionario, difunde su propia divinidad sobre el vacío del mundo externo (la hierba no es una sustancia inerte que un niño le muestra, sino "la bandera de [su] genio") y su imaginación interviene para provocar una transmutación misteriosa de lo real cuando quiere evocar, implicar, a todos los hombres, al espacio infinito, a "la amplitud del tiempo". Se nos presenta como un "poeta-dios", "inmortal", que lleva en el rostro la "plenitud de la prueba de todo lo existente".

 
Ana Rosa González Matute