XXII

¡Tú, mar! Renuncio también a ti, adivino lo que quieres
decir,
Diviso desde la playa tus seductores dedos torcidos,
Creo que te niegas a retirarte sin sentirme,
Viajemos, me desnudo, arráncame de la vista de la tierra,
Cúbreme suavemente, arrúllame hasta adormecerme entre
tus olas,
Salpícame de espuma amorosa que he de retribuirte.

Mar de surcos dilatados,
Mar de respirar profundo y convulsivo,
Mar de la sal de la vida y de las tumbas aún no excavadas,
más prontas a abrirse,
Mar en brama que levantas tormentas, mar delicado y
caprichoso,
Me integro a ti, soy también de una y de todas las formas.

Participo de tu flujo y reflujo, elogio al oído y a la
conciliación,
Elogio a los amigos y a los que duermen abrazados.

Soy quien atestigua la simpatía,
(¿Debo enlistar los objetos de mi casa y omitir la casa
que los contiene?)

No sólo soy el poeta de la bondad, sino el poeta de la
maldad también.

¿Qué alarde es éste de la virtud y del vicio?
El mal me impulsa y la reforma del mal me impulsa;
permanezco indiferente,
A mi paso ni censuro ni rechazo,
Humedezco las raíces de todo lo que crece.

¿Temiste que la incesante preñez tuviera escrófulas?
¿Creíste que las leyes celestiales deberían revisarse y
rectificarse?

Encuentro equilibrio entre la parte y su contrario,
E igual ayuda en la doctrina endeble que en la firme,
Los pensamientos y los hechos actuales son nuestro
inicio y nuestro ascenso.

Este minuto que me llega a través de millones de siglos,
Nada es mejor que el aquí y el ahora.

Lo que se comporta bien en el pasado y en el presente
no es asombroso,
Lo asombroso es que siempre exista un hombre vil o un
hombre sin fe.