XXV

Deslumbrante y tremenda, en un instante la aurora me
mataría,
Si no pudiera, ahora y siempre, hacer que brote la aurora
de mí.

Nosotros también ascendemos, deslumbrantes y
tremendos como el sol,
Hemos encontrado lo nuestro, oh mi alma, en la quietud
y frescura del amanecer.

Mi voz persigue lo que mis ojos no alcanzan,
Con el giro de mi lengua comprendo mundos y volúmenes
de mundos.

El habla es gemela de mi visión y desigual por inmesurable,
Siempre me provoca, me dice con sarcasmo:
Walt, contienes tantas cosas, ¿por qué no las dejas salir?

Vamos, no me dejaré atormentar; tienes demasiada fe en
la palabra,
¿No sabes, oh habla, que los brotes se doblan bajo tu
peso?
Esperando en la penumbra, protegido por la escarcha,
La inmundicia retrocede ante mis gritos proféticos,
Fundamento las causas, al fin las equilibro,
Mi conocimiento lo vivo en mí, está a la altura del
significado de todas las cosas,
Felicidad (que todo el que me escuche, él o ella, salga
este día a buscarla).

Te niego mi último mérito, me niego a rechazar lo que
realmente soy,
Abarca mundos, pero nunca intentes abarcarme,
Reúno lo más fino y lo óptimo que hay en ti con sólo
mirarte.

La escritura y el habla no me revelan,
Llevo en el rostro la plenitud de la prueba de todo
lo existente,
Con el silencio de mis labios confundo al escéptico.