XXXII

Pienso que podría vivir con los animales, son tan plácidos
y retraídos,
Me detengo y los contemplo largamente.

No sudan ni gimen ante su condición,
No pasan la noche en vela ni lloran por sus pecados,
No me irritan con sus discusiones sobre sus deberes con
Dios,
Ninguno está insatisfecho, ninguno está obsesionado por
la manía de poseer cosas,
Ninguno se arrodilla ante otro, ni ante alguno de su especie
que haya vivido hace miles de años,
Ninguno es respetable o infeliz sobre la faz de la tierra.

Así muestran sus relaciones conmigo y yo las acepto,
Me traen señales de mí mismo, dan pruebas claras de que
las poseen.

Me pregunto dónde obtendrán esas señales,
Es que ¿pasé por ese camino hace muchísimo tiempo
y distraídamente las dejé caer?

Avanzando entonces y ahora y siempre,
Siempre agrupando y mostrando en creciente número y
con rapidez,
Infinitos y omnígenos, y entre ellos sus semejantes,
Si ser muy exigente con quienes alcanzan mis recuerdos,
Eligiendo aquí al que amo, yéndome con él fraternalmente.

La belleza gigantesca del semental, fresco y sensible a mis
caricias,
De altiva y amplia frente,
De extremidades lustrosas y ágiles, cola que barre el suelo,
De ojos plenos de centellante malicia, las orejas finamente
delineadas, de movimiento flexible.

Su nariz se dilata cuando mis talones lo abrazan,
Sus miembros bien formados se estremecen de placer
cuando corremos.

Te cabalgo un minuto, luego renuncio a ti, semental,
¿Por qué necesito tu trote cuando mi galope lo supera?
Sea de pie o sentado, soy más veloz que tú.