Carmen Alardín



Selección y nota introductoria
de Dionicio Morales



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Nota introductoria



1.

A lo largo de treinta años de trabajo cotidiano, puntual, y de vivencias con las que el alma ratifica su verdadera vocación, Carmen Alardín ha llegado a La violencia del otoño, pero para arribar a esta estación hubo de padecer, disfrutar, amar, odiar, vivir y morir antes la primavera y el verano.

Alardín vivió la primavera como esa rosa grana que desespera siempre por caer, con un estremecimiento y un ímpetu propios de su juventud (Celda de viento, 1957) pero no por ello desalentador. Más que con titubeos, con audacias. A su corta edad ya sabía que para la muerte fuimos engendrados, no para la vida, y que es el amor lo que más se acerca hacia la muerte; pero en contrapunto, también afirmaba que ya era un nombre, un pobre nombre bajo la hiedra azul de la palabra. La fatalidad que acompaña a todo poeta irrumpe tempranamente en su obra y asume su condición consciente de que la luz no sólo es el reflejo del mundo, también la palabra. En este libro no hay una declaración de fe, sino una admonición; su juventud no la enceguece para reconocer que el poeta no tiene nombre en el pecho de Dios: hay que ganárselo.


2.

Sabemos que en verano, en la ciudad de México, llueve todos los días en el mes de junio, el mes ideal del amor —según Carlos Pellicer—. Carmen Alardín publica en 1964 su libro Todo se deja así, y desde el primer poema sorprende su lirismo, lo perentorio de sus imágenes, las posibilidades poéticas que se abren —para ella— y el cambio de expresión con que inaugura su nuevo canto era todo tan leve como el punto/ más liviano del sol cuando amanece/… Era todo tan tuyo y tan ajeno/ que se fue dispersando con la vida.

Los poemas de este libro narran, en medio de una lluvia intermitente y fina, mojadora y triste, gris y meditabunda, las hazañas vividas y recordadas con nostalgia: impetuosas corrientes que arrastran pájaros muertos, cuerpos jóvenes indolentes, árboles que aprendieron a hablar una noche de luna llena, horas enmudecidas que detuvieron su paso al alba somnolientas de amor. Poesía íntima y profunda, de inquietudes y duelos, de sobresaltos y denuestos, de condolencias y suspiros. Con Todo se deja así Carmen Alardín muestra —demuestra— rigor, madurez y purificación de la esencia poética en su obra —hasta aquí— más decantada.


3.

Después de la primavera y el verano, un Entreacto, 1982, una pausa quizá premeditada y necesaria. "Un largo camino ha tenido que recorrer Carmen Alardín a fin de realizar una obra equilibrada, original, a ratos demencial, a manera de respuesta a los planteamientos de una realidad demasiado ordenada...", dice Carlos Illescas. Y ese duelo mortal de las espadas —navajas para Alardín— con la realidad de que habla Montes de Oca, llega a la cumbre cuando uno de los contendientes deberá perpetuar su imagen. Las navajas brillan, relucen, y los filos, acariciados con la punta de los dedos, cantan premoniciones y desastres. La mano guía el viaje sin retorno y una complacencia, entre dolorosa y sensual, perpetra los designios mientras la realidad aúlla y ahoga su credo entre la sangre. A veces, las navajas detienen su dolorosa/placentera travesía y una dulce pesadumbre acorta la distancia para cantar eternidades. Navajas en la arena, en la hierba; navajas del sacrificio, de sombra; navajas imposibles, estáticas, invisibles, fantasmales, matutinas, vivas, musicales, rituales, silenciosas que, como la poesía, resplandecen vencedoras.


4.

En 1984 publica Alardín La violencia del otoño (Premio Xavier Villaurrutia). Es un otoño ensangrentado, con olor fresco a muerte joven e inútil, despiadada y, como el anterior, es un libro bello, espléndido. Los poemas forman un interminable canto negro y doliente. La ausencia de quien quiso sembrar su vida en la tierra, emigra sonámbula con un equipaje sordo y ciego a toda resurrección carnal, cuando una sombra amarga se arrastra hacia el silencio. ¿Por qué alguien que pudo ser energía, puño, azar —no tuvo tiempo de serlo— ocupa ya la sosegada tierra y apaga a dentelladas su fulgor? La muerte quiere su sangre dispersa y condenada. ¿Quién lavará sus huellas y vestirá su cuerpo? ¿Quién?

A lo largo del libro la muerte despliega su pabellón y nadie sabe dónde está la culpa, ¿cuál es? Carmen Alardín nos relata cómo se volvió salamandra quien osó vivir y repartir el pan de luces que la coronaba. ¿Será cierto que la sangre da fe de otra existencia? No todos regresamos y sólo es el destino el que viaja. Esta es la violencia que trajo el otoño y Alardín vivió, quizá, uno de sus momentos más negros. Al final, ella —la ausente— se elevará sobre sí misma, porque aunque pintó la soledad de varios tonos —a través de la poesía—, se salió a brillar consigo misma, como Carmen Alardín.

Dionicio Morales

 


 

Todo se deja así (1964)



Era todo tan leve como el punto...

Tu modo impersonal abarca todos...

Vienes lluvia, es verdad, pero los ríos...

Sin palabras quiero guardarte...

Llévame allá donde la fuente es fuente...

No buscaré en tu mano la tristeza...

Por lo que ya no ha de volver...

En verdad que no quise despertarte...

¿Por qué te empeñas lluvia...

Para que las estrellas te recuerden...

Te pregunté la dirección del mar...

¿Pero qué hiciste al fin para que el mundo...

Mucho lloraste lluvia los secretos...

¡Qué pasos anduve, lluvia...

Con tanto mar y me quedé sin ese...




ERA TODO TAN LEVE COMO EL PUNTO
más liviano del sol cuando amanece.
Era todo tan suave como el higo
picoteado de pájaros con sueño.
Era luz que se quiebra en tu sonrisa
suspendiendo sus frutos en la sombra.
Era todo tan tenue que cabía
en un adiós o en una bienvenida.
Era todo tan tuyo y tan ajeno
que se fue dispersando con la vida.




TU MODO IMPERSONAL ABARCA TODOS
los nombres de la tierra,
cuando se dice "llueve" simplemente,
nadie piensa en tú y yo,
o en él o en ella...
todo se deja así correr de pronto
como si tus palabras fueran una
frase común con rumbos de infinito.

 




VIENES LLUVIA, ES VERDAD, PERO LOS RÍOS
jamás se posesionan de tu aroma.
Llegas sonora y apareces triste,
con ritos de nostalgia al despertar.
Después de que el relámpago libera
con su pasión tus cárceles moradas,
vienes Lluvia, te vas y nos devuelves
más luminoso el cielo que robaste.
Yergues tu vara mágica de trigo
modelando el milagro del sendero,
y escribes en el lago profecías
de interminables círculos cautivos.
Llegas interrogando lo que sabes
y no te deja de asombrar la tierra.
Lluvia de pozos tristes que contempla
la cicatriz del mundo:
¿cuántas heridas faltan al silencio
para sentirse mar?

 




SIN PALABRAS QUIERO GUARDARTE,
sin memoria, sin espectros,
sin ningún más allá que nos pregunte,
sin ningún más acá que nos conteste.
Guardarte elemental y simplemente
como un poco de lluvia en el tejado,
o el caracol retiene, según cuentan,
el sonido del mar.

 




LLÉVAME ALLÁ DONDE LA FUENTE ES FUENTE,
no palabra o dolor que se renueva.
Llévame donde son nubes tus nubes
y no la vaguedad inalcanzable.
Llévame, te lo digo,
donde con la nostalgia de tus brisas
vuelve a nacer el mundo,
donde jamás se esconda entre la niebla
tu verdadero puerto.

 




NO BUSCARÉ EN TU MANO LA TRISTEZA
que hacia la gran tiniebla te remonta.
Porque un día vendrán todos los vientos
reclamando tu música increíble.
La lluvia pedirá todas tus voces
para viajar detrás del arco iris.
Sorprenderá la tierra el continente
invicto donde ocultas tus jardines...
y las grandes cortezas solitarias
envolverán el árbol de tu vida.
Desfilarán todas las manos muertas
y ante tu asombro implorarán ternura.
Pero yo guardaré de tu mirada
los enigmas de mundos imprevistos,
que aquella tarde arrebaté a la muerte.

 




POR LO QUE YA NO HA DE VOLVER,
por lo que nunca ha sido ni será.
Por el viento sin árbol,
por el árbol sin lluvia y sin sustento.
Por el ayer, mañana y otros días
que cayeron al pozo de los sueños.
Por las cartas perdidas, por aquellas
desoladoras lágrimas sin eco,
por la mínima luz de la esperanza,
guardo un manto invisible con tu imagen,
como guardó Verónica en su lienzo
la figura sagrada del Maestro.

 




EN VERDAD QUE NO QUISE DESPERTARTE
al despeinado amanecer que el tiempo
eligió como esclavo.
En el fondo callé sin cerciorarme
de lo que mi silencio te ocultaba...
iba hacia el valle de una muerte lenta
donde sólo tu amor era montaña.
...y la luz ante el mar calló el secreto
de hacer verdes las aguas.
Las palomas volvieron a tu alero
sin mojarse las alas,
y el sendero fue el único destino
para la sed de todas las palabras.

 




¿POR QUÉ TE EMPEÑAS LLUVIA?
en quedarte en los ojos
y navegar sonriendo en las almohadas?
¿Por qué te empeñas lluvia en esconderte
en corolas de sueño y despertarte
convertida en rocío?
¿Por qué te ocultas siempre en sugestivos
puntos de mar perdido entre la hierba?
Nada sabe tu canto transparente
pero avanzas y esperas,
y estás pensando que jamás la muerte
secará tus caminos.





PARA QUE LAS ESTRELLAS TE RECUERDEN,
colocaré tu imagen esta noche
mirando a la ventana;
para que llegue el tiempo de tus pasos,
haré que con tus ojos simplifiques
y enciendas las mañanas.
Llamaré con tus nombres a los días,
para que todos lleven los distintos
matices que despiden tus palabras.
Navegaré las horas río abajo,
hasta que por las playas del retorno
aparezca el velero de tu canto.
Y al padre olvido escribiré una carta,
diciendo que ya es tiempo, que descanse,
y esta vez deje libres nuestras almas.

 




TE PREGUNTÉ LA DIRECCIÓN DEL MAR
pero lloraste aquí sobre mi pecho
y olvidé mi camino y mi dolor.
Después quise mirar el horizonte
y en tus brazos había más destino.
Quise saber en dónde nace el aire,
pero sólo en ti pude respirar.
Te pregunté dónde nació la lluvia
y pusiste ante mí tu manantial.
Quise subir al monte más lejano
y eras tú superior en majestad.
Iba hacia el mundo, y el amor contigo
nuevos mundos habrá de transformar.

 




¿PERO QUÉ HICISTE AL FIN PARA QUE EL MUNDO
se poblara de sueños nuevamente?
¿Qué hiciste, dios amor, para que el tiempo
niño otra vez llorando me escribiera
una infinita carta en las pupilas?
De blanco las paredes de mi templo
comulgan en la gracia de los días
que multiplican todo este milagro.
Bendice el sol, el agua de esta tierra
y llénala de peces que recuerden
el color de sus ojos en la tarde.

 




MUCHO LLORASTE LLUVIA LOS SECRETOS
que te quitó la roca en tu caída,
casi te destruiste al entregarte
a los barcos ávidos de ti.
Hablaste ayer despedazada en brisa
y te fuiste entre el miedo y el misterio.
Sólo dejaste verdes iniciales
que pudieran tu idioma germinar.
Vuelve al fresco perfil de tu recuerdo
y sentirás tu ayer multiplicado,
y escucharás en ti cantar al tiempo
su canción de caer y florecer.

 




¡QUÉ PASOS ANDUVE, LLUVIA
para llegar hasta ti...!
¡Cuánta nube distraída
equivocó mi camino!
¿Qué nombre tendrás mañana,
cuando hayan quedado solos
los guijarros de la tarde?
¿En qué secretos ramajes
vendrán a morar tus frutos?
¿Qué sueño vendrá a esperarme
debajo de la tristeza
para cubrirme de sol?

 




CON TANTO MAR Y ME QUEDÉ SIN ESE
ondular de tus ojos en mi alma,
con tanta luz y anocheció el contorno
de aquellas tus facciones fugitivas...
Con tanto tiempo y me quedé sin esos
instantes que apresaban tus palabras.
Con tantas como fueron tus palabras
para ahogarme en silencio.

 


 

Entreacto (1982)

La trampa

Nuevo puerto

En blanco

Entreacto

Despojos

Predestinación

La navaja imposible

El solterón

Otras navajas

Navajas vivas

Y siempre habrá una vez...





La trampa

Mirar
es privilegio de la vida.
Ahondar en tus pupilas
en el último
impacto del estanque.
Llegar hasta el secreto
del espejo,
reflejarse en el otro
desdoblarse,
repetirse de amor,
multiplicarse.
Mirar
es privilegio de la vida,
desbordarse,
salir del cauce
y atrapar la historia
hasta perderse en esa multitud
de monstruos que te atacan
sin tocarte.

 




Nuevo puerto

Nada de nuevo al mar podemos darle
que los restos de todos los naufragios.
Su lindero infernal nada permite
bajo el secreto de las viejas algas.
Todo se ha dicho ya.
Todo han callado
muy a tiempo las brisas,
las arenas.
Nada nuevo al amor han de brindarle
nuestros nombres grabados bajo el sol.
Todo se amó y lloró,
pero los barcos
saludan siempre como nuevo al puerto.

 




En blanco

No la noche.
Ni el telegrama urgente.
Ni las ojeras grises.
Ni las plazas en llamas.
El amor es un lirio
y es un poco de espuma.
Es un silencio blanco
en medio de unos clavos
que tratan de fijarlo
sobre la eternidad.

 




Entreacto

Has bajado el telón porque una mancha
de duda ensombreció los escenarios.
Un héroe mutilado violaba los cadáveres
y las hembras mojaban lentamente
sus cabelleras en el mar.
Has bajado el telón porque me evades
o acaso porque temes que escuche tus palabras
y las llene de algas y de musgos.
Has bajado los ojos negando que conoces
por su nombre a los elfos y a los ángeles,
por lívido temor a que sus alas
te acaricien el torso, y tal vez lleguen
a convencerte de que aún te amo.

 




Despojos

De noche alguien evoca la esperanza.
Ella nos habla de las cicatrices
que va cubriendo el tiempo.
Y tú, dentro del aire,
allá muy lejos,
te vas comiendo mi silencio...
¡Lo único que queda de mi cuerpo!

 




Predestinación

No sabes que te amo
desde que llueve en Compostela,
desde que el semen corre unido con la sangre
de las guerras floridas.
No sabes que te amo
porque en noches de luna eres un lobo
cuyo aullido penetra
los rincones oscuros de mi cuerpo,
y al alba eres el águila que alcanza
las escarpadas cimas
de un misticismo solapado.
Tú puedes descifrar muchos misterios
y haber gozado el sol a media noche
sobre los labios de un adolescente.
Pero ignoras aún que yo te amo
bajo esta lluvia decadente y ciega
que no terminará, mientras existas.

 




La navaja imposible

Difícilmente una mujer
puede escribir la historia.
Cuando mucho la poda,
o la germina,
la empieza o la trasforma,
sin descubrir que al fondo de su vientre,
se ha quedado olvidada una palabra
que un hombre ya jamás rescatará.

 




El solterón

La cama solitaria,
con mantas enojosas y raídas,
que te cubren,
y que no te cubren,
que siempre son avaras con tus pies.
Y el borroso retrato de la ausente:
"Con cariño hacia ti,
tu prometida".
Has abierto la caja de tabacos
que te llena de gritos incorpóreos
y de murallas al revés.
Y el calendario del que ya no tiras
por no tener lugar para el papel.
Nadie ha cambiado el agua esta mañana
de aquel florero desahuciado,
nadie volvió a tocar esa navaja
con la que un día, en esta misma hora,
intentaste marchar hacia la muerte.

 




Otras navajas

Qué lástima mi amor que las navajas
se utilicen con fines asesinos,
porque podrían relucir al cabo
de una noche brillante y oportuna
delineando la curva de tus senos
y haciendo un viaje utópico a la isla
donde se oculta inmerso mi pasado.
Qué lástima mi amor que las navajas
tengan tan mala fama en las novelas,
pues con ellas se graban iniciales
de un amante que triste se despide
junto a su amada en un atardecer.
Qué lástima mi amor que las navajas
no recuerden tu sangre ni mi sangre
porque el pacto de luna hace ya mucho
que tras una muralla se ocultó.

 




Navajas vivas

Si tú me preguntaras por qué vivo,
tan sólo con vivir respondería.
Dejaría caer esa navaja
para marcar mi espacio abierto,
y olvidaría todos los quehaceres
que no fueran de amor
o de silencio.
Si tú me preguntaras por qué vivo,
por vivirte otra vez,
desviviría.

 




Y siempre habrá una vez...

Te mataré sin tañer las campanas
y sin doblar los goznes del insomnio.
Te mataré sin la espada de Damocles,
ni los principios de Arquímides.
Sin votos académicos ni juramentos falsos;
casi sin zapatillas de charol...
Sin la cita del toro entre la arena...
Nada más por el gusto de matarte.

Sin mencionar los santos óleos.
Sin el menor indicio de crueldad.

Te mataré como se poda un árbol;
con el ritmo metálico del hacha;
porque un árbol se poda algunas veces
para lograr el triunfo de lo escueto
bajo las lunas áridas de invierno.
Otras veces se poda porque le sobra tiempo,
o porque trata de alcanzar el cielo.

Sólo por el placer de introducir tu alma al azul
infinito,
yo tendré que matarte.

Te mataré sin afilar la punta de los lápices;
aunque me guste tanto dar vueltas al sacapuntas
hasta caer al suelo sin aliento.

Sin vestirme de azul para la fiesta
ni alquilar ningún coche deportivo;
llegaré nada más para matarte.

Sin que el círculo ambiguo de tu aliento
tenga tiempo siquiera
de atraer a los buitres y a los cuervos.

Te mataré sin recordarte
que siempre has sido un templo del Espíritu
Santo.
No vayas a pensar que esto lo digo
por ser noche de sábado,
ni por haber reñido en un burdel
o beber demasiado.
Lo digo porque aguardo en la escalera,
porque acecho debajo de las gradas
a que atravieses el portal.

He de matarte sin dañar siquiera
tus pensamientos constructivos;
sin asaltar tu oscura fortaleza
ni violar tus principios altamente ejemplares.
Sin vender la noticia a los periódicos
para que aumente el número de anécdotas
en la página roja.

Te mataré con sobrios afanes metafísicos;
con intención de dar vuelta al destino
y ponerlo a mirar la eternidad.

"Pero no somos dueños del destino...",
sé que replicarás. Mas ya no escucharé; porque
en esos momentos,
empezaré a estrellar tu frente
contra el mosaico gris de la escalera.
Y nadie acudirá.

Tú pedirás auxilio a los cuatro elementos,
y hacia los cuatro puntos cardinales;
implorarás ayuda en nombre de las cuatro
estaciones
o pensando en que lleguen los jinetes
desde el fondo de aquel apocalipsis.

¡Qué rueguen por nosotros pecadores, porque
o porque no!
No estarán siquiera los bomberos para calmar
la hoguera que formamos bajo la luna de
septiembre
Te mataré sin reparar la honra
y a destiempo quizá.

Pero lo haré para que ya no digas
que sigo siendo víctima del modo
como pronuncias las vocales.

Te mataré sin refugiarme en las tinieblas;
no ahora, por supuesto,
dentro de unos instantes, cuando llegues.

Todo se hará sin derramar la sangre
por tu tina de baño, ni borrar estas huellas
digitales
(conque apenas ayer te acariciaba).

Te mataré sin carteles publicitarios
ni desplegados comerciales.
Sin consultar a los agentes de viaje,
ni a las rutas aéreas,
sobre los sitios donde tú estuviste
para matar mi amor.

Te mataré con lujo de detalles
y sacramentos terrenales.
Con toda la nostalgia del infierno,
y aún con el decreto inexplicable
de nuestro arcángel Rafael.

Con maitines discretos y alevosos,
y hasta con la denuncia de los loros.

Con tapones de cera en los oídos
para no enternecerme con tus ruegos.
...volverás a gritar inútilmente,
porque así, ya sin sueños, casi en frío,
como la piedra en bruto de un museo,
golpearé tu cabeza contra el muro
del primer entresuelo; y entonces...
Ya sabré lo que callabas al decir otra cosa.

Y no convocaré ya más tu imagen al cruzar
por los mares
(Solamente los golpes de tu cráneo traspasarán
mi amor)
y el aire seguirá trazando círculos alrededor de tu
cabeza;
antes de que las hormigas se percaten
(de tu inmortalidad).

Y así te quedarás por un momento,
sin mover ni los párpados.
(Mientras se desintegra tu cerebro en los primeros
seis minutos).
Y tu reloj continuará latiendo mientras
tú te congelas.
(Mientras en el trascurso de una hora,
tu miocardio está roto),

(y después pasarán otras dos horas mientras
se pudren tus riñones),
pero tu nombre seguirá vigente en el archivo
del Seguro Social.
Después, te borrarán de todas partes
(con excepción tal vez de aquel recodo del camino
donde aprendiste a conducir).

Te mataré para que ya no sigas trabajando sin
tregua.
Para que nunca sepas lo que fui.
Para que los amigos se desdigan,
si acaso alguna vez te maldijeron.
...y siempre habrá una vez,
(como en los cuentos),
en que al hojear un libro policiaco,
donde tal vez guardabas sin abrir esta carta,
correrás a cerrar todas las puertas
sin mirar hacia atrás.

 


 

La violencia del otoño (1984)



Estival

Luz precipitada

Señales

Miserere

Muerte precoz

Inconclusa

Muerte cotidiana

Transormación

Inesperada sangre

Incoherencia

Instantanea

Luz en el desierto

Quiero que me expliques




Estival

Cansada de contar la misma historia
se fundió en el verano.
Dejó de acariciar a las esferas
o alimentar el arco iris.
Guardó en el arca las semillas
que no cupieron en el surco.
Y se guardó a sí misma,
abanicando,
con un nuevo temblor
viejas ciudades.
Cesó al fin de buscarse entre las aguas
y hacer su juego al viento.
De sus venas pulsó la última cuerda
y entonces
comenzó a cantar.

 




Luz precipitada

Pronto acabó el otoño para ella.
Su sombra se perdió sobre los hielos
de la galaxia más lejana,
olvidando que un árbol se desnuda
frente al ojo de un cíclope
invisible.
Pronto apagó su inesperado incendio,
y dejó de habitar esas higueras
donde el Buda su sueño alimentó.
Pronto dejó caer aquellos círculos
de sus ojos maduros,
dejando sólo el cáliz de ese cuerpo
que nadie pudo consagrar.

 




Señales

Elegiste su alma y la llenaste
de naranjas ingrávidas,
de tazas de café junto a los puertos,
de simulacros, de ángeles dormidos.
Elegiste su nombre y lo mezclaste
con las letras del tuyo,
con médulas de buey
y semen de serpiente,
hasta dar con el cuerpo requerido
para cruzar el muro de otros mundos.
Elegiste un espacio y lo llenaste
con la humareda de tu ausencia.
Fue así como el amor te dio la fuerza
para volar sobre la muerte.

 




Miserere

Miserere
a los que ayer amamos
con toda la violencia
que no reconoció que al día siguiente
se desangrara un sol nuestro también.
Miserere
a los que no tuvimos un país
para brindarlo a los gorriones,
a los que no tuvimos mar para guardarlo
sobre los huecos de una caracola.
Miserere
a los que sin saberlo todo lo tuvimos
pero lo evaporamos en canciones.

 




Muerte precoz

No murió por su rabia
ni en el punto
que la muerte deseara
su silencio.
Murió por un designio
inexplicable.
Sin ver los cielos
nuevos.
Sin despegar sus alas
del misterio.

 




Inconclusa

Hemos cerrado el libro de la noche
todavía con páginas en blanco.
Todavía con ávidas luciérnagas
que te envolvían con su luz.

Hemos cerrado el libro de la noche
todavía con hijos en el vientre,
con la humedad de aquellos besos
que no alcanzaron a entregarse.

Hemos cerrado el libro con los dedos
quemados, por la rabia del adiós.

 




Muerte cotidiana

Tú también desordenaste el viento
y echaste atrás el sol,
no solamente por haberte muerto,
sino que alguna vez desordenamos
nuestras venturas íntimas.
Y tú también equivocaste el rumbo
no solamente por haberte ido,
sino por todos los que derramaron
sangre y amor en una sola llaga.
Tú también deshojaste mis empeños
antes de la violencia del otoño;
tú también has marcado con el vértigo
de tu ausencia la curva de mis brazos.
Se han cubierto de sombra mis rincones
no solamente porque te hayas muerto,
sino porque morimos cada día,
sobre la ruta de un asombro falso.




Transformación

Dejaste de contar con la sorpresa
o sin duda fue ella
quien dejó de asomarse
por los huecos del tiempo.
Dejaste de atisbar a la sorpresa
por los minutos insolubles
y todo se fue haciendo más profundo
como si descubrieran tus pesquisas
algún país abandonado
bajo el rumor de los instantes.

 




Inesperada sangre

Tan inmersa en la vida parecías
que nadie imaginó que se abrirían
tus alas más allá del corazón.
Tan inmersa en la vida te cruzabas
con ballenas de luz y alegres peces,
que nadie te advirtió que las escamas
del dolor circundaban tu futuro.
Tan inmersa en la luz, tan dibujada
la corta línea de tu vida,
se apagó y nos dejó frente a los ojos
la sangre que fluyó sin anunciarse.

 




Incoherencia

Dime qué madrugada congeló
nuestra máxima noche de esplendor.
A qué hora pude ver bajar la noche
sin extinguirse el sol
de tu entusiasmo.
¿A qué hora pude vislumbrar el rayo
que cegaría tu memoria?
Dame por fin el polen o la savia
para entender tu desencuentro en flor.

 




Instantánea

Quién pudiera decir que están presente
aunque tu audiencia duerma en las ventanas,
aunque tu ausencia siempre inexplicable
te convierta en pasado repentino.
Quién pudiera decir que estamos juntos
celebrando el milagro de las bodas,
aunque un fúnebre viento nos transporte
donde el camino es grieta que devora.
Quién pudiera decir que en un recodo
de la existencia nos sorprende el rápido
copular de una cámara instantánea
y estemos juntos, ¡ah! concomitantes,
y encadenada en el papel tu cara.

 




Luz en el desierto

Para dejar de amar,
se convirtió dudando
en su propio desierto.
Fue removiendo las arenas
y renunciando a las raíces
ya calcinadas y amarillas.
Para dejar de amar,
pintó la soledad de varios tonos,
y se salió a brillar
consigo misma.

 




Quiero que me expliques

Quiero que me expliques la diferencia que existe
entre besarte ahora mismo,
y los gorriones desplazándose bajo la sombra de las
palomas por la Plaza de España.
A veces la barcarola sueña
con la estaca clavada contra el mar infernal,
pero tú estás despierto y quiero que me expliques
cómo es que cabalgabas diluido en la niebla
mientras tus ojos se multiplicaban vertiginosamente
como piedras que ruedan sobre los campos de Castilla.
Tú estás despierto y quiero que me dejes
sentir los aleteos de tu capa
que oscila suavemente, blandamente,
dentro de una nostalgia sin final.
De cuando en cuando la primavera sueña dormida bajo
[la nieve
en forma de pequeño lirio que brotará después.
Pero ahora tú y yo llegamos cruelmente a despertarla
como dos pájaros que de pronto irrumpen para cantar
[la hora.