Nota introductoria

 

Creo que lo más importante de mí es lo que no he dicho,
como pienso que es más importante el vacío que el volumen.


I

La poeta Guadalupe (Pita) Amor empezó algo tarde. A la nada tierna edad de veintisiete años, tomó su lápiz de cejas y, en una servilleta de papel, artículo impensable en su casa materna, empezó a escribir lo que de ella sentía, Yo soy mi casa. A este libro siguieron Puerta obstinada, Círculo de angustia y Polvo, que fueron justamente recibidos como sucesos literarios y sociales. Pita lo pone claro en pocas palabras, "Se unía, por aquellos tiempos, mi belleza a mi genio".

De allí, por la vía corta, tomó el mundo por asalto. Centro y Sudamérica, España y el resto de Europa, celebraron su obra y su presencia. Las principales editoriales de lengua española la publicaron. "A mí me enajenaba saberme difundida por el mundo."

Lo mejor estaba por llegar. Llegaría junto con Décimas a Dios, el más festejado de sus libros y quizá el más íntimo, incluso más que Yo soy mi casa. Al poco tiempo su personalidad llenaba los espacios del radio y la televisión. "Frente a éxitos tan alarmantes a mí me preocupaba más mi belleza y mis turbulentos conflictos amorosos."

El presente no le es tan diferente, "el único mal que padezco es el de ansiar escribir y escribir". Aunque si antes acaparaba la atención de México "en estridente do mayor. Ahora la acaparo en do menor".

Dos puntos de vista sobre ella misma: "En mi mente no cabe el caos... pero los estremecimientos de mi sangre son opuestos a la lucidez de mi entendimiento." Ésa es la clave de su obra. "Creo en todo... Soy bonita o joven cuando quiero... Y soy vieja o joven cuando debo." Es la clave de su vida.


II

Guadalupe Amor siempre ha sido "más autónoma que la Universidad". Bajo ese principio rector ha normado una existencia y un arte que en vuelo solitario, como corresponde a un ave de presa, han sabido traspasar las generaciones literarias, los estilos y las épocas, para hincarle el diente hasta lo más hondo a la literatura y a la vida.

Pita empezó a escribir ya ceñida con la corona de laurel de las letras, que por cierto considera "simple gorro de papel", y desde entonces maneja a placer la métrica y estructura clásicas: la décima, la lira y sobre todo el soneto, que han sido el vehículo de una poetisa que se ejercita en temas y descripciones que sólo pueden pertenecer a tamaña originalidad personal. De la A a la Z no hay cerro que se le empine ni cuaco que se le atore.

Aun cuando durante largos años fue ella la eterna piedra de toque contra la cual se medía al resto de las poetisas, a últimas fechas su obra ha permanecido ausente de las más nombradas antologías y casas editoras. Para cubrir esa inexplicable deficiencia presentamos esta breve selección, que cubre la producción reciente de nuestra antologada.

Entre los temas tratados en ésta, su obra última, nos encontramos sus vivencias amorosas con el Blue Boy y el recuerdo de su espectacular número de danza en una incierta ceremonia hace bastante más de medio siglo, acto que fijó el inicio de su vida en el arte. Estos hechos que marcaron su vida se aparejan por primera vez con un quién es quién de las artes o de las letras mexicanas y universales que, desfilando en su homenaje, le recetan a Guadalupe Amor los más hiperbólicos superlativos. Aquí, y sólo aquí, los escritores y recuerdos redivivos alternan con la hechicería y superchería más elaboradas, con la Santísima Trinidad y demás deidades en abierto cuestionamiento, y con todos los sentidos de Pita (que son siete, porque hay que sumar a los tradicionales "el de la inteligencia y el de la poesía") en abierto éxtasis ante lo bello o lo inteligente. El único común denominador lo da su más verdadero amor, la poesía, practicada como le cuadra: en la altísima escala de la nota do mayor sostenido.

¡Ah!, last but not least, Guadalupe Amor es dueña de la tinta americana.


Roberto Fernández Sepúlveda