Nota introductoria

Llegó una noche del verano de 1969 al taller de poesía que coordinaba Juan Bañuelos en el piso décimo de la Rectoría de la UNAM. Era hondureño y estudiaba Derecho. Lo acompañaba, como lo acompañó por años, "la suavísima Alejandra". El Rector era Javier Barros Sierra, dirigía Difusión Cultural Gastón García Cantú y Margo Glantz coordinaba revista, talleres y premios estudiantiles de Punto de Partida. En aquel taller, uno de los primeros antes de que empezaran a proliferar por toda la República, eran los más constantes Héctor Olea, Víctor Manuel Toledo, Eduardo Santos y Alejandro Cendejas, pero giraba una innumerable población flotante, que no volvía en ocasiones por las devastadoras críticas, especialmente de Olea.

Un año después llegaron para quedarse Orlando Guillén y Juan José Oliver. Venían en ocasiones David Huerta, Mariano Flores Castro, Mario del Valle, Antonio Delgado y Agustín Monsreal.

Aquella primera vez Livio nos impresionó doblemente: por sus poemas, plenos de ímpetu a la vez de una contención seca, y por la certeza de sus juicios. Él fue la inteligencia de aquel grupo inestable. Aunque después su presencia fue habitual en las caóticas sesiones, apenas leía uno que otro poema, pero no dejaba de prometerlos.

Leí entonces su poemario Yo, nosotros, y la impresión fue profunda. Este poemario, corregido y aumentado, lo incluiría en el primer libro colectivo de las ediciones de Punto de Partida, Noticias contradictorias, que publicó Eugenia Revueltas, quien había sustituido a Margo Glantz, en 1972. Los otros poetas en el libro éramos Juan José Oliver, Orlando Guillén y yo. El prólogo lo redactó Juan Bañuelos, quien fue importante para todos.

Fuimos grandes amigos en aquellos años entre el 1969 y el 1972. (Él regresó a Honduras a fines del 1972.) Ambos estudiábamos Derecho en la UNAM. Nos repugnaba con entera justicia —para decirlo jurídicamente— la Facultad: profesores tracaleros que empañaban la imagen de otros admirables, la masa de aspirantes a licenciados trastupijes. Que llegarían a ser dueños de pequeños e infinitos ardides y triquiñuelas. Nos formulábamos un puñado de preguntas. Pero ¿por qué no cerraban la Facultad un tiempo? ¿Qué hacer y para qué con tantos abogados? ¿Qué caso tiene estudiar Derecho en un país en el que apenas existe? ¿Por qué una recomendación política modifica una decisión jurídica? ¿Qué importancia real tienen los poderes legislativo y judicial? ¿Qué acaso todos los miembros del aparato jurídico son empleados de distinta categoría del Presidente de la República? Livio terminó lo más pronto que pudo y volvió a su país, como dije, en el 1972.

Contadas veces volví a verlo, y siempre en ciudad de México en sus viajes rápidos: en 1973, en 1979 y en 1990. Nunca cruzamos una carta. En sus dos primeros pasos no dejó de sorprenderme que no publicara un libro. Sólo aquí y allá algunos poemas. Siempre se exigió mucho.

Livio fue quizá el poeta más lúcido de mi generación que conocí en aquellos años. Eran notables su capacidad de exposición y de síntesis. Tenía dos pasiones: la poesía y la política, y deben seguir siéndolo. Aunque no era disciplinado, era muy buen lector, y sabía leer a los mejores, sacarles el íntimo jugo y encontrarles ángulos que no eran fáciles ver. Es una desdicha que no se impusiera la disciplina del ensayo.

Nuestros gustos e influencias, en algunos casos, fueron semejantes: César Vallejo (sin duda el dios fundamental), Pablo Neruda, T.S. Eliot, Ezra Pound, Walt Whitman, Jorge Luis Borges, Octavio Paz (él admiraba al poeta, yo al ensayista). Me parece que Rimbaud, a quien le dedica aun un poema, fue no una lectura, pero sí un estudio posterior. Por él leí más atentamente a Albert Camus, a Jean Paul Sartre, a Bertrand Russell, a Max Weber, a Norberto Bobbio. El Che Guevara –una de las figuras más puras y trágicas, con Mariátegui, de la izquierda latinoamericana– era nuestro modelo continental del hombre teórico y de acción. Lo más fácil para nosotros entonces era cambiar el mundo.

Al revisar Arde como fiera vuelvo a sentir hermanos una violencia verbal, tensa como un cable cruzado sobre el abismo, un grito cristiano entre la infancia, la muerte y la nada. No era un vendaval que arrasaba todo, como en los casos de Jaime Reyes y Orlando Guillén, que se imponen para bien por la velocidad y la fuerza; era una impetuosidad salvajemente controlada.

Quizá porque está olvidado en un libro olvidado y entre otros poetas, Arde como fiera ha merecido entre nosotros escasa atención, si escasa no es ya una hipérbole. Es un poemario, o mejor dicho, un poema impresionante, estremecedor, que tiene, como contraste, momentos de delicadeza dulcísima. En Livio han gritado llorando los extremos. Imposible quitarle versos a los poemas. Sería como arrancarle un mínimo trozo a un cable de alta tensión.

Nombré a César Vallejo; como él, Ramírez Lozano buscó la honda dimensión del hombre y de los hombres. Los suyos son también ante todo poemas humanos, y simultáneamente contienen una hondura religiosa del que ve en el sufrimiento personal y en el de los otros, la representación descarnada de Cristo. No en balde, el notable vallejista Américo Ferrari anotó que un motivo axial en él era "la lealtad a la vida y a lo que de humano hay en el hombre". Quizá uno de sus poemas más representativos de lo antedicho sea aquél que uno de los versos da título al libro:

 

Qué importa
esta cara de mártir barato
la inútil personal
cabrona muerte
huyo de mi posible santidad
quemo el templo
que mi propio dolor construye
corro sobre mis huesos
hasta llegar aquí
donde el dolor de todos
arde como fiera
como mar brutalmente humano

 

No hay casi pieza en él que no nazca de una situación y de una emoción profundamente auténticas. Quizá por eso ha escrito poco. Enfrente críticamente al lenguaje, o se ocupe de hechos políticos, o haga arder instantes eróticos, o recuerde al padre, o piense en sus hijos, impugne a las ciudades, cree personajes de difícil ubicación, o lo devore el demonio del pasado, sus poemas tienen una raíz humana y crecen como árboles. Señorean en él la furia ardiente, los afectos abismales, el desprecio duro, la piedad desclavada, el dolor que crucifica lenta, firmemente. No es gratuito que los adjetivos y sustantivos más habituales en su lenguaje sean, por casos, animal, brutal, feroz, fantasma, fuego, rabioso, abominable, espantosamente…

Hablamos ya del motivo destacado de su poesía: el cristiano anhelo de que al hablar de él o de los otros todos se conozcan y reconozcan en un cielo humano. Autor de una obra escasa, no deja de sorprender que en sus poemas abunden las composiciones que tienen como nudo maestro a la palabra y al lenguaje. Ramírez Lozano desconfió siempre del acto de escribir y de la poesía numerosa. Así, en diversas piezas vemos que hay el temor de que la palabra se "rompa a mitad del vuelo", o hay la ciega busca de la unión de poesía y vida, o la convicción de que la poesía siempre se "irá cantando" y debe escribirse con sangre contra todo y todos. Aun en el segundo libro (Descendientes del fuego, 1987), que es un amplio poema amoroso, comprende en algún momento que el lenguaje no sirve ante el desgarramiento de la separación de los amantes ("Las palabras"): "Hoy no bastan./Las rompo./Las arrojo al vacío./ Yo sangro: no me sirven". En el último libro encontramos varios poemas sobre el tema, pero una preocupación sobresale: que poesía y vida se unan indestructiblemente. El texto central, uno de los mejores que ha escrito y que da título al volumen, "Escrito sobre el amanecer", es un poema creado y formado entre dos océanos: entre Europa y América Latina, entre Madrid y Tegucigalpa, entre el falso sueño de la gran civilización y la realidad descarnada que es la nuestra y nos pertenece. Es la lucha a muerte con el lenguaje para que las palabras salgan gritando y se reconozcan en una sola llaga poesía y vida. Por eso, como señala el poeta y crítico hondureño José Luis Quezada, tomando un verso de él, el poema es un "texto de aullidos" y las hojas en que se escribe son "campos de batalla". En cuatro de los últimos poemas del libro vuelve a desesperarse esta voluntad ciega por conjuntar poeta y hombre, poesía y vida ("Contrasoneto", "Las palabras", "Lección", "Mesa de trabajo"). Y oímos entonces como un puño que golpea la pared: "Escribo con la vida crispada, la defiendo/ con todo cuanto puedo". O: "Qué proyectos, Dios mío: poner la luz del sol en los poemas./ Hacer que la existencia fuera una con la letra". Que ardan y canten el universo y la historia y la vida y el hombre en la poesía para que el otro cielo y el verdadero no nos sea desconocido de cara a la tierra y frente al sol.

Livio, en aquellos años finales de los sesenta, hablaba a menudo de una dichosa niñez, donde la figura noble del padre, presidía la casa, los juegos y los sueños. Hay un asunto que vuelve repentinamente a sus poemas: una bella niñez asesinada. En estos poemas habla consigo mismo o simula hablar con un niño, acaso quien él fue. Una pieza que especialmente nos conmovía a aquel inestable grupo era ésta:

 

Tengo ahora
nostalgia de yo mismo
y me quedo sin tiempo
en niño antiguo
y de verdad el pájaro es el pájaro
y un caballo de amor
el aire tiene
son las tres de la tarde
está lloviendo
mi padre habla del mar
siento los peces
mil novecientos livio
y era entonces
un cielo mío
vivo
ciertamente

 

En dos breves composiciones del último libro se duele por aquel "mundo sagrado" que acabaron los perros. No una infancia rota, sino arrasada por no se sabe quiénes ni cómo: un edén arrancado brutalmente. En todo ello la figura del padre —como en la poesía de su compatriota Roberto Sosa— es pura y central en la vida y el recuerdo. Una de las líricas más sinceramente abiertas y desgarradas —no sin ecos y penumbras de la estremecedora elegía de Jaime Sabines está dedicada a su padre y parece arrancada al grito—.

Salvo en una pieza, la mujer no aparece en su primer poemario; su siguiente libro, en cambio (Descendientes del fuego), es la crónica de una pasión amorosa. Está dividido en tres secciones que podrían resumirse a grandes perfiles de este modo: la revelación del cuerpo de la mujer y la iluminación de los amantes, la estabilidad del fuego y el paulatino y desolador estrago. Se inicia con la alegría de estar al lado de una hermosa mujer, cuyo cuerpo es una "marea de los cinco sentidos", se llega luego a una estabilidad ardiente en donde ya aparecen sombras y dudas, y acaba en los días dolorosamente amargos y rabiosamente tristes del desamor despiadado y la soledad avasalladora. Lleno de imágenes deslumbrantes y en movimiento —como el paso en oro y negro del tigre— termina con imágenes desgarradas y brutales, como zarpazos de un tigre herido. Desde que dice:

 

A fuego lento
ardes
para que yo te encuentre
tendida
extendida
eres la tierra abierta

Hasta la conciencia de la indefensión:
Quisieras arrancarte la derrota,
escribir, aunque fuera de golpe,
a manotazos,
esto que te desgarra en forma inevitable
No puedes: imposible.
El rayo del desamor,
el lento rayo
te ha partido las manos.

 

¿Pero son otra cosa —desde el despertar asombrado del amor hasta la hora de los cuchillos— los cármenes de Catulo y las elegías de Propercio, donde se conocen el amor y el sueño y el llanto y el odio y la incapacidad de respuesta? Y en otra dirección, en el sentido de crónica de un amor desdichado que acaba con la muerte, ¿son otra cosa la Vita Nuova o las églogas de Garcilaso? Casi todos conocen una vez, al menos, una pasión desdichada.

Algunas ciudades aparecen en la poesía de Livio como fondo y ocasionalmente como tema: Tegucigalpa, ciudad de México, Madrid, y su visión común es de fealdad o desmoronamiento, en instantes casi apocalíptica. En él, sin embargo, más importante que una ciudad concreta y con nombre propio, hay el anhelo de una ciudad única que sería la ciudad del hombre: una y para todos. La muerte era un tema obsesivo en su primera estación lírica; se volvió después la negación del grito: había que afirmar la vida contra lo que fuese. Por eso el último poema de su último libro (Escrito sobre el amanecer) se llama "Buenos días" y es un poema de reconciliación. La batalla bajo el sol y de cara a la tierra por más de cuarenta años ha sido constante y dura. Se está un poco cansado, pero se está bien así. Buenos días a todos y a todo: a la mañana con espaldas de muchacha, a las cosas diarias, al viento, a los edificios, a los obreros, a los árboles, a las plazas, a la luz, al "cielo donde el verano ha colgado sus armas". Han quedado exorcizados, al menos por un tiempo, fantasmas y demonios con los que se ha combatido a muerte: la poesía y el ángel, el tiempo y su río, Dios y su profunda ausencia que domina, la vida y sus regresos, la muerte y sus regresos. Ha sido enorme el esfuerzo. Buenos días a todos. Regreso al mundo con ustedes de donde nunca me he ido. Y nosotros respondemos el saludo. Lo hemos leído y oído por más de veinte años a través de las voces y los gritos de sus versos que son las voces y los gritos del alma. Un poeta hermano y del alma. Buenos días. Buenos días a todos. Buenos días a un poeta, a un verdadero poeta.



Marco Antonio Campos


Livio Ramírez Nació en Olanchito, Honduras, en 1943. Académico de la lengua fue Director General de Cultura, Ministerio de Cultura y Turismo. Ha trabajado en el Servicio Diplomático en España y Suiza. Sus obras principales: Sangre y estrellas, 1962. Yo, nosotros, 1969. Noticias contradictorias, 1972. Arde como fiera, 1972. Obtuvo el premio Platero de Poesía (1980), otorgado por el Club del Libro Español de las Naciones Unidas; Premio Nacional de Literatura 2000; Premio Nacional de Letras José Trinidad Reyes 2002. En la UNAM presentó al premio Nobel de Literatura Pablo Neruda y al poeta Nicolás Guillén en actos de homenaje a los mismos.