Livio Ramírez




Selección y nota introductoria de Marco Antonio Campos



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Nota introductoria

Llegó una noche del verano de 1969 al taller de poesía que coordinaba Juan Bañuelos en el piso décimo de la Rectoría de la UNAM. Era hondureño y estudiaba Derecho. Lo acompañaba, como lo acompañó por años, "la suavísima Alejandra". El Rector era Javier Barros Sierra, dirigía Difusión Cultural Gastón García Cantú y Margo Glantz coordinaba revista, talleres y premios estudiantiles de Punto de Partida. En aquel taller, uno de los primeros antes de que empezaran a proliferar por toda la República, eran los más constantes Héctor Olea, Víctor Manuel Toledo, Eduardo Santos y Alejandro Cendejas, pero giraba una innumerable población flotante, que no volvía en ocasiones por las devastadoras críticas, especialmente de Olea.

Un año después llegaron para quedarse Orlando Guillén y Juan José Oliver. Venían en ocasiones David Huerta, Mariano Flores Castro, Mario del Valle, Antonio Delgado y Agustín Monsreal.

Aquella primera vez Livio nos impresionó doblemente: por sus poemas, plenos de ímpetu a la vez de una contención seca, y por la certeza de sus juicios. Él fue la inteligencia de aquel grupo inestable. Aunque después su presencia fue habitual en las caóticas sesiones, apenas leía uno que otro poema, pero no dejaba de prometerlos.

Leí entonces su poemario Yo, nosotros, y la impresión fue profunda. Este poemario, corregido y aumentado, lo incluiría en el primer libro colectivo de las ediciones de Punto de Partida, Noticias contradictorias, que publicó Eugenia Revueltas, quien había sustituido a Margo Glantz, en 1972. Los otros poetas en el libro éramos Juan José Oliver, Orlando Guillén y yo. El prólogo lo redactó Juan Bañuelos, quien fue importante para todos.

Fuimos grandes amigos en aquellos años entre el 1969 y el 1972. (Él regresó a Honduras a fines del 1972.) Ambos estudiábamos Derecho en la UNAM. Nos repugnaba con entera justicia —para decirlo jurídicamente— la Facultad: profesores tracaleros que empañaban la imagen de otros admirables, la masa de aspirantes a licenciados trastupijes. Que llegarían a ser dueños de pequeños e infinitos ardides y triquiñuelas. Nos formulábamos un puñado de preguntas. Pero ¿por qué no cerraban la Facultad un tiempo? ¿Qué hacer y para qué con tantos abogados? ¿Qué caso tiene estudiar Derecho en un país en el que apenas existe? ¿Por qué una recomendación política modifica una decisión jurídica? ¿Qué importancia real tienen los poderes legislativo y judicial? ¿Qué acaso todos los miembros del aparato jurídico son empleados de distinta categoría del Presidente de la República? Livio terminó lo más pronto que pudo y volvió a su país, como dije, en el 1972.

Contadas veces volví a verlo, y siempre en ciudad de México en sus viajes rápidos: en 1973, en 1979 y en 1990. Nunca cruzamos una carta. En sus dos primeros pasos no dejó de sorprenderme que no publicara un libro. Sólo aquí y allá algunos poemas. Siempre se exigió mucho.

Livio fue quizá el poeta más lúcido de mi generación que conocí en aquellos años. Eran notables su capacidad de exposición y de síntesis. Tenía dos pasiones: la poesía y la política, y deben seguir siéndolo. Aunque no era disciplinado, era muy buen lector, y sabía leer a los mejores, sacarles el íntimo jugo y encontrarles ángulos que no eran fáciles ver. Es una desdicha que no se impusiera la disciplina del ensayo.

Nuestros gustos e influencias, en algunos casos, fueron semejantes: César Vallejo (sin duda el dios fundamental), Pablo Neruda, T.S. Eliot, Ezra Pound, Walt Whitman, Jorge Luis Borges, Octavio Paz (él admiraba al poeta, yo al ensayista). Me parece que Rimbaud, a quien le dedica aun un poema, fue no una lectura, pero sí un estudio posterior. Por él leí más atentamente a Albert Camus, a Jean Paul Sartre, a Bertrand Russell, a Max Weber, a Norberto Bobbio. El Che Guevara –una de las figuras más puras y trágicas, con Mariátegui, de la izquierda latinoamericana– era nuestro modelo continental del hombre teórico y de acción. Lo más fácil para nosotros entonces era cambiar el mundo.

Al revisar Arde como fiera vuelvo a sentir hermanos una violencia verbal, tensa como un cable cruzado sobre el abismo, un grito cristiano entre la infancia, la muerte y la nada. No era un vendaval que arrasaba todo, como en los casos de Jaime Reyes y Orlando Guillén, que se imponen para bien por la velocidad y la fuerza; era una impetuosidad salvajemente controlada.

Quizá porque está olvidado en un libro olvidado y entre otros poetas, Arde como fiera ha merecido entre nosotros escasa atención, si escasa no es ya una hipérbole. Es un poemario, o mejor dicho, un poema impresionante, estremecedor, que tiene, como contraste, momentos de delicadeza dulcísima. En Livio han gritado llorando los extremos. Imposible quitarle versos a los poemas. Sería como arrancarle un mínimo trozo a un cable de alta tensión.

Nombré a César Vallejo; como él, Ramírez Lozano buscó la honda dimensión del hombre y de los hombres. Los suyos son también ante todo poemas humanos, y simultáneamente contienen una hondura religiosa del que ve en el sufrimiento personal y en el de los otros, la representación descarnada de Cristo. No en balde, el notable vallejista Américo Ferrari anotó que un motivo axial en él era "la lealtad a la vida y a lo que de humano hay en el hombre". Quizá uno de sus poemas más representativos de lo antedicho sea aquél que uno de los versos da título al libro:

 

Qué importa
esta cara de mártir barato
la inútil personal
cabrona muerte
huyo de mi posible santidad
quemo el templo
que mi propio dolor construye
corro sobre mis huesos
hasta llegar aquí
donde el dolor de todos
arde como fiera
como mar brutalmente humano

 

No hay casi pieza en él que no nazca de una situación y de una emoción profundamente auténticas. Quizá por eso ha escrito poco. Enfrente críticamente al lenguaje, o se ocupe de hechos políticos, o haga arder instantes eróticos, o recuerde al padre, o piense en sus hijos, impugne a las ciudades, cree personajes de difícil ubicación, o lo devore el demonio del pasado, sus poemas tienen una raíz humana y crecen como árboles. Señorean en él la furia ardiente, los afectos abismales, el desprecio duro, la piedad desclavada, el dolor que crucifica lenta, firmemente. No es gratuito que los adjetivos y sustantivos más habituales en su lenguaje sean, por casos, animal, brutal, feroz, fantasma, fuego, rabioso, abominable, espantosamente…

Hablamos ya del motivo destacado de su poesía: el cristiano anhelo de que al hablar de él o de los otros todos se conozcan y reconozcan en un cielo humano. Autor de una obra escasa, no deja de sorprender que en sus poemas abunden las composiciones que tienen como nudo maestro a la palabra y al lenguaje. Ramírez Lozano desconfió siempre del acto de escribir y de la poesía numerosa. Así, en diversas piezas vemos que hay el temor de que la palabra se "rompa a mitad del vuelo", o hay la ciega busca de la unión de poesía y vida, o la convicción de que la poesía siempre se "irá cantando" y debe escribirse con sangre contra todo y todos. Aun en el segundo libro (Descendientes del fuego, 1987), que es un amplio poema amoroso, comprende en algún momento que el lenguaje no sirve ante el desgarramiento de la separación de los amantes ("Las palabras"): "Hoy no bastan./Las rompo./Las arrojo al vacío./ Yo sangro: no me sirven". En el último libro encontramos varios poemas sobre el tema, pero una preocupación sobresale: que poesía y vida se unan indestructiblemente. El texto central, uno de los mejores que ha escrito y que da título al volumen, "Escrito sobre el amanecer", es un poema creado y formado entre dos océanos: entre Europa y América Latina, entre Madrid y Tegucigalpa, entre el falso sueño de la gran civilización y la realidad descarnada que es la nuestra y nos pertenece. Es la lucha a muerte con el lenguaje para que las palabras salgan gritando y se reconozcan en una sola llaga poesía y vida. Por eso, como señala el poeta y crítico hondureño José Luis Quezada, tomando un verso de él, el poema es un "texto de aullidos" y las hojas en que se escribe son "campos de batalla". En cuatro de los últimos poemas del libro vuelve a desesperarse esta voluntad ciega por conjuntar poeta y hombre, poesía y vida ("Contrasoneto", "Las palabras", "Lección", "Mesa de trabajo"). Y oímos entonces como un puño que golpea la pared: "Escribo con la vida crispada, la defiendo/ con todo cuanto puedo". O: "Qué proyectos, Dios mío: poner la luz del sol en los poemas./ Hacer que la existencia fuera una con la letra". Que ardan y canten el universo y la historia y la vida y el hombre en la poesía para que el otro cielo y el verdadero no nos sea desconocido de cara a la tierra y frente al sol.

Livio, en aquellos años finales de los sesenta, hablaba a menudo de una dichosa niñez, donde la figura noble del padre, presidía la casa, los juegos y los sueños. Hay un asunto que vuelve repentinamente a sus poemas: una bella niñez asesinada. En estos poemas habla consigo mismo o simula hablar con un niño, acaso quien él fue. Una pieza que especialmente nos conmovía a aquel inestable grupo era ésta:

 

Tengo ahora
nostalgia de yo mismo
y me quedo sin tiempo
en niño antiguo
y de verdad el pájaro es el pájaro
y un caballo de amor
el aire tiene
son las tres de la tarde
está lloviendo
mi padre habla del mar
siento los peces
mil novecientos livio
y era entonces
un cielo mío
vivo
ciertamente

 

En dos breves composiciones del último libro se duele por aquel "mundo sagrado" que acabaron los perros. No una infancia rota, sino arrasada por no se sabe quiénes ni cómo: un edén arrancado brutalmente. En todo ello la figura del padre —como en la poesía de su compatriota Roberto Sosa— es pura y central en la vida y el recuerdo. Una de las líricas más sinceramente abiertas y desgarradas —no sin ecos y penumbras de la estremecedora elegía de Jaime Sabines está dedicada a su padre y parece arrancada al grito—.

Salvo en una pieza, la mujer no aparece en su primer poemario; su siguiente libro, en cambio (Descendientes del fuego), es la crónica de una pasión amorosa. Está dividido en tres secciones que podrían resumirse a grandes perfiles de este modo: la revelación del cuerpo de la mujer y la iluminación de los amantes, la estabilidad del fuego y el paulatino y desolador estrago. Se inicia con la alegría de estar al lado de una hermosa mujer, cuyo cuerpo es una "marea de los cinco sentidos", se llega luego a una estabilidad ardiente en donde ya aparecen sombras y dudas, y acaba en los días dolorosamente amargos y rabiosamente tristes del desamor despiadado y la soledad avasalladora. Lleno de imágenes deslumbrantes y en movimiento —como el paso en oro y negro del tigre— termina con imágenes desgarradas y brutales, como zarpazos de un tigre herido. Desde que dice:

 

A fuego lento
ardes
para que yo te encuentre
tendida
extendida
eres la tierra abierta

Hasta la conciencia de la indefensión:
Quisieras arrancarte la derrota,
escribir, aunque fuera de golpe,
a manotazos,
esto que te desgarra en forma inevitable
No puedes: imposible.
El rayo del desamor,
el lento rayo
te ha partido las manos.

 

¿Pero son otra cosa —desde el despertar asombrado del amor hasta la hora de los cuchillos— los cármenes de Catulo y las elegías de Propercio, donde se conocen el amor y el sueño y el llanto y el odio y la incapacidad de respuesta? Y en otra dirección, en el sentido de crónica de un amor desdichado que acaba con la muerte, ¿son otra cosa la Vita Nuova o las églogas de Garcilaso? Casi todos conocen una vez, al menos, una pasión desdichada.

Algunas ciudades aparecen en la poesía de Livio como fondo y ocasionalmente como tema: Tegucigalpa, ciudad de México, Madrid, y su visión común es de fealdad o desmoronamiento, en instantes casi apocalíptica. En él, sin embargo, más importante que una ciudad concreta y con nombre propio, hay el anhelo de una ciudad única que sería la ciudad del hombre: una y para todos. La muerte era un tema obsesivo en su primera estación lírica; se volvió después la negación del grito: había que afirmar la vida contra lo que fuese. Por eso el último poema de su último libro (Escrito sobre el amanecer) se llama "Buenos días" y es un poema de reconciliación. La batalla bajo el sol y de cara a la tierra por más de cuarenta años ha sido constante y dura. Se está un poco cansado, pero se está bien así. Buenos días a todos y a todo: a la mañana con espaldas de muchacha, a las cosas diarias, al viento, a los edificios, a los obreros, a los árboles, a las plazas, a la luz, al "cielo donde el verano ha colgado sus armas". Han quedado exorcizados, al menos por un tiempo, fantasmas y demonios con los que se ha combatido a muerte: la poesía y el ángel, el tiempo y su río, Dios y su profunda ausencia que domina, la vida y sus regresos, la muerte y sus regresos. Ha sido enorme el esfuerzo. Buenos días a todos. Regreso al mundo con ustedes de donde nunca me he ido. Y nosotros respondemos el saludo. Lo hemos leído y oído por más de veinte años a través de las voces y los gritos de sus versos que son las voces y los gritos del alma. Un poeta hermano y del alma. Buenos días. Buenos días a todos. Buenos días a un poeta, a un verdadero poeta.



Marco Antonio Campos


Livio Ramírez Nació en Olanchito, Honduras, en 1943. Académico de la lengua fue Director General de Cultura, Ministerio de Cultura y Turismo. Ha trabajado en el Servicio Diplomático en España y Suiza. Sus obras principales: Sangre y estrellas, 1962. Yo, nosotros, 1969. Noticias contradictorias, 1972. Arde como fiera, 1972. Obtuvo el premio Platero de Poesía (1980), otorgado por el Club del Libro Español de las Naciones Unidas; Premio Nacional de Literatura 2000; Premio Nacional de Letras José Trinidad Reyes 2002. En la UNAM presentó al premio Nobel de Literatura Pablo Neruda y al poeta Nicolás Guillén en actos de homenaje a los mismos.


Arde como fiera (1972)

 

Palabra
no me traiciones
no te me rompas a mitad del vuelo
prefiero que me enseñes
la forma de matarte
si no me das el hijo que yo quiero

*

Qué importa
esta cara de mártir barato
la inútil personal
cabrona muerte
huyo de mi posible santidad
quemo el templo
que mi propio dolor construye
corro sobre mis huesos
hasta llegar aquí
donde el dolor de todos
arde como fiera
como mar brutalmente humano

*

Muerdo mi propia sangre
diariamente
cada instante
pregunto a mis verdades
me escucho
con profunda desconfianza
toco a muerte
el íntimo tambor
a ver si no se rompe
con mi nombre
llamado traidor
al ojo
si no llega al subsuelo de la imagen
practico la acrobacia del yo mismo
en el fondo la vida es cuestión de saltos mortales

*

Por ejemplo esta tarde
podría meterme en mi gabardina
como dentro de una muerte
perfectamente diseñada
y andar y andar por las calles
resolviendo con oficio de fantasma
algunos crucigramas
que la soledad nos impone
o podría imitar
la bellísima libertad
de los perros sin dueño
pero uno
hay que aceptarlo
va teniendo reservas con el viento
lo importante sería
echar parejas con los relojes
tener un hambre de ciudades en las plantas
que los pies amaran toda la tierra
habría —pienso—
que enterrar la parte conservadora del pellejo
y desarrollar como locos auténticos
esta piel capaz, de crear su propia luz
y de verdad
que este crecer del hombre
y no hablo de sus huesos
es este viejo y nunca resuelto
problema de las dos pieles
yo pienso largamente en estas cosas
hablo con los demás
para saber si se trata
de una locura pública o privada
y me da algunas veces
un oceánico gusto
reconocer
ciertas familiaridades fantásticas
cierta identidad de insomnio
alguna sed increíblemente igual
les digo que podría echarme llave
y gabardina adentro
dejar que el corazón hiciera cuentas
y seguiría vagando
soñando abiertamente
y haciendo castillos y castillos
y castillos
hasta demostrar que el asesino no es el viento

*

Tengo ahora
nostalgia de yo mismo
y me quedo sin tiempo
en niño antiguo
y de verdad el pájaro es el pájaro
y un caballo de amor
el aire tiene
son las tres de la tarde
está lloviendo
mi padre habla del mar
siento los peces
mil novecientos livio
y era entonces
un cielo mío
vivo
ciertamente

*

Niño
el mundo y tus ojos se aman
vuelan hacia tu nombre mil puñales
no miras en el aire
las vivas avenidas que hace el llanto
cómo decirte niño
que hay un tigre envenenado y ciego
que te anda buscando
sueña niño sueña
sueña
mientras a nosotros
la muerte nos anuda la corbata

*

Ése era el rostro
el aire no podía
multiplicar su imagen
entre él y los espejos
las relaciones eran naturales
si alguna vez
la muerte quiso escribirle algo
su fiesta de raíz
su cielo celular
rompieron bellamente
la gris caligrafía
tirada por fantasmas
recuerdo algunas cosas
dos lagos diminutos
donde dormían peces y muchachas
de la boca salían
casi indistintamente
pájaros y palabras
tambor de Dios
antiguo río de ángeles
la lengua era un castillo tiernamente cerrado
recuerdo algunas cosas
el tiempo
es un caballo
que bebe y bebe imágenes
tren con sed de nosotros
va apagando distancias
y la memoria como siempre y siempre
se va entregando al amarillo viejo
hasta que las fotografías nos traicionan
pero así eran las cosas
más o menos éste es el rostro
el otro no lo encuentro

*

Hay hombres de callado apocalipsis
su tiempo es una lenta navaja de semanas
aman un aire muerto
y unas veces
se puede ver sobre sus ojos rotos
una enorme niñez asesinada

*

Empezaré diciendo
dos fantasmas
viven en la ciudad
por separado
exactamente sólo dos fantasmas
hablan de amor
miran pasar la vida
y a veces
hasta cantan
algo implacable los une
dos ríos son
y a la hora señalada
se tiran con sus siglos en la cama
no queda ni una gota de ellos mismos
se mueren tiernamente en la batalla
hacen otro universo en un instante
después
les da miedo
pavor
su propia ropa
ponerse el nombre
todo su fantasma

De
mi
ciudad
recuerdo
sobre todo
un reloj
donde
la muerte
le
habla
a sus habitantes
con aterradora
exactitud
desde
siempre


Descendientes del fuego (1987)

 

4

Es el verano que ama el cuerpo de la noche
sonríes
con dulcísimos relámpagos
el sol sueña extendidos
sobre tus hombros de cristal
estás viva estás viva
es humana la luz
el tiempo te obedece
en tu rostro resplandece mi vida
bajo mis manos creces
tu esplendor te desborda
la estación cabe entre tus pechos
fiera de insomnio:
el mar vigila
el curso de tu sueño
todo el fulgor del día mana de tus cabellos


6

Alquimia del amante

Cubierta por mis ojos
duermes sobre la noche.
Yace,
palpita el astro de tu cuerpo:
tendido está el relámpago
fijo,
sin movimiento.
En tus ojos cerrados
se madura la luz.
Sobre tus labios entreabiertos brilla
la más bella palabra:
cascada de ti misma,
surtidos de silencio:
maravilloso abismo tu boca que contemplo.

Olvidando su nombre
casi no fluye el tiempo.
Es un ramaje de oro
en las manos de un ciego.


8

Ven
No hables
No despiertes tu voz de lluvia o música
Ven con tus labios vivos
Ven con la boca plena de pájaros y besos.

Rostro forjado en las profundidades de un astro
Ojos casi imposibles al borde del destello.

Ven sólo con tus labios de espuma y de condena.


10

Habitación

Creando otro tiempo,
amor, creando otro espacio,
iguales y distintos,
inventándonos,
bebiendo uno del otro,
nos hemos devorado,
adentro del relámpago.


12

Ésta es la ciudad donde se aman:
un río derrotado
puentes que unen la muerte con la muerte
la bestia de mil caras
cuyo ojo es una llaga que odia al mar
Ultrajados y largos
son sus días
limita aquí el amor con alimañas


15

La luz escribe tigres
nada duerme en los ojos del día
los amantes se besan entre nubes
la orden del verano es vivir


19

Donde hubo amor
Hoy quedan sólo cisnes de pus. Estos lugares
muerden.
Me largo de este sitio.
La memoria es un pozo de serpientes.


20

Bajo un cerrado mar de alas quebradas,
con un inmenso peso
atado al cuerpo,
yace ese amor.

Ruinas. Amargas ruinas:
destrucciones
que duele ver.
Vencidas,
arrasadas nuestras huellas.
Únicamente en pie,
sobreviviendo:
el árbol del que caen cicatrices.


Escrito sobre el amanecer (1990)

 

A mis hijos
Francisco José y
Livio César

"Amado mundo podrido"
"País asesinadísimo"

 

Cavando en las palabras.
Metido en ellas como si fueran minas,
pozos peligrosísimos,
arenas movedizas
donde espero encontrarme,
hincándoles el diente
con voluntad animal,
arrancándomelas de la boca
como algas abominables,
abriéndolas en dos,
enterrándolas,
reviviéndolas a golpes de poesía,
a puntapiés que doy con el corazón;
metido en las palabras
miro mis armas fatigadas:




El cansancio explicable
de mis instrumentos de trabajo:

Un ojo encendido,
una mano reventada de mundo,
explosionada por vivir.
Mi tacto de elefante.
Esta selva sanguínea de papeles,
las hojas que son campos de batalla.




Mirando el curso de mis días,

hoy me he detenido a estallar,
a crecer duramente
entre reglas de juego.
A mis espaldas ruge Madrid.

Veo su cielo aún invicto entre la polución
y el veneno de los anuncios luminosos.

Está a punto de hundirse
sobre el amanecer.
Tengo un poco de fiebre.
(Casi es nada, me digo,
con la amabilidad de un fantasma.)




Y escribo:
¿Cuántos puños convergen en mi mano?
¿cuántas voces confluyen
en mi monólogo feroz?

Quiero fundir la vida y las palabras.
Apresar sus raíces, aquí,
bajo este océano
donde no hay más que insomnio

Escribo:
No sé si hago una autopsia,
o giro en la borrasca de un gran autorretrato,
o combato en un óleo de todos o de nadie.

Sueño activamente
como una piedra que se incendia de júbilo
a pleno mediodía.
En mis manos dan saltos las imágenes.
La realidad del mundo es mi realidad,
pero no consigo escribir
mi profunda verdad animal,
la tempestad que arrecia aquí mis sienes.




Escribo: Montañas de palabras:
grandes bloques
que quiero desbastar.

Silencios que me esperan
en mi taller de lunas enrabiadas.
Trabajo en mi caverna civil atropellada:
Me enfantasmo. Me enguerro.

Vibra el mundo en mi mesa de trabajo.

El invierno golpea las puertas de Europa.
Oigo sus largos pasos sobre el asfalto.

El país tiembla de acontecimientos:




Huelga en el metro.
Huelga de ciegos en La Puerta del Sol
y su pancarta que me rompe el alma:
Los ciegos españoles
no somos españoles ciegos.
Dos millones de obreros paran la construcción.
Los exiliados vuelven.
He aquí que han regresado
PEDRO ROJAS, DOLORES,
RAFAEL, JUANA VÁZQUEZ:

No cabe el pecho en el pecho.
La ciudad hace trizas su mortaja.
Miro las avenidas colear como cometas.
El día es un gran lienzo de Picasso.




Escribo:
Estoy solo a la orilla de estos textos.
¿Qué precipicio he de cruzar?
¿Quién soy en esta incadencia total?
¿Quién ordena el asalto del fulgor?
¿Quién ha muerto esta noche
sobre mis páginas?
¿Cuándo colocaré la última piedra
de esta casa agitada y viceral?




Digo que la poesía
es el único documento personal que poseo.
Carezco de otro medio de identidad.
Digo que eres mi centro enllamarado.
Mi código de fuego.
Mi texto de aullidos.
Explosión queridísima donde escucho la vida
Arma para vivir.




Digo que eres
mi atigrada columna que fluye.
Árbol de guerra. Árbol que embiste y aletea.
Sol absoluto, nuestro, que devoras los ojos
para poder seguirte.
Largo río de fuegos
donde al verme contemplo y soy la multitud.
Lava donde sí corre mi verdadera imagen.
Lectura y escritura de uno mismo
Eres el resplandor que emana
de esta hondonada.
Efulgencia invencible de las entrañas.
Domicilio de toda nuestra rabia.




Quiero escribir la vida de golpe.
Quiero que griten mis amigos muertos
que salgan de la tierra,
puros, como relámpagos.
"Quiero escribir pero me sale espuma"
Así es César Vallejo,
pero me salen los asesinados
y más espuma
y mas asesinados
y más país de muerte atravesado.




¿Y el lenguaje vivísimo que no puede
[escribirse?
¿Y todas las palabras que se niegan a ser
[sólo palabras?
¿Y la canción total?
Sueño con páginas
realmente viscerales,
sueño escribir un libro huracanado,
algo como un zarpazo.
Sueño con un canto de actos
que no me necesite
y salga al mundo,
y viva
igual que un gavilán de ojos metálicos.




Es tarde.
El amanecer se aproxima
como un jaguar.
Los obreros comienzan
a levantar el día.
A estas horas
la soledad acaricia mi cabeza.
Su mano es áspera,
aunque percibo
algo muy parecido a la piedad,
pero mi ojo es materia en combustión:
Llama.
Dardo que fluye.
Hoguera casi triste.




Queridos, detestables vecinos
de este edificio
donde aún leo la post-guerra:
Mañana seremos nuevamente
las piezas
que la gran máquina exige
Mañana habrá que llegar puntuales
a los respectivos mataderos.
Que descanses Madrid, reposa
estás rendido.




Buenas noches América.
Atlántico que me unes y me separas.
Buenas noches país descuartizado.
Patria vencida en el mercado negro.
Ciudad que trituraste mis sueños
y mis nervios.
Barrio desdibujado,
patio de Nina Lincho,
casa donde nací.
Apartamentos, cuartos:
Increíbles cavernas donde he vivido.
Sepulcro de mi padre.
Ferocísimo amor que me consumes.
Estoy solo, impotente
ante los estallidos
de mi propia memoria.
Es como si un animal salvaje
revoloteara en mi sangre.
Como si un clavicordio
rodara en mis entrañas.




Hasta mañana
seres humanos.
Que descanses
casa degenerada:
planeta que debieras nacer de nuevo.
Hasta mañana, ciudad,
ciudades.
Buenas noches
Amado mundo podrido.