Prólogo

 

En 1978 pasé tres meses en la India, en un lugar excepcional llamado Ganéshpuri. El impacto que me produjo esa estancia allá, muy intensa a pesar de su brevedad, se fue expresando a lo largo de los tres años siguientes en los poemas que componen este libro.

Muchos de los nombres, emblemas y figuras que pueblan estos poemas y son en el libro un punto de enlace entre la realidad objetiva y la subjetiva, resultan desconocidos en nuestro contexto, y por eso agregué al final una sección donde se explica el significado de estas palabras.

Los poemas intentaron dar forma a una experiencia totalmente nueva para mí, ante la cual encontré que el lenguaje escrito ofrecía posibilidades muy limitadas de expresión, pues se trataba de una experiencia de carácter espiritual.

Ganéshpuri es el lugar donde hace muchos años estableció un áshram Swami Muktananda Paramahamsa, discípulo del gran santo Bhagaván Nityananda, de quien recibió el poder del antiguo linaje de Maestros Siddhas.

Este áshram, que es un lugar de retiro donde se practica meditación, está en un valle y posee jardines de una belleza incomparable, con estatuas, ciervos, pavorreales, estanques. Sin embargo, todo este escenario idílico vi que era solamente la envoltura de la verdadera belleza del lugar: su fuerza espiritual, que me llevaba constantemente al centro de mi propio ser, al encuentro más profundo conmigo misma.

La piedra de toque de esta experiencia fue el Maestro o Gurú, un Siddha que al haber alcanzado el estado de iluminación y perfección supremas, puede despertar esa luz en los demás.

La figura de Muktananda está presente de diversas maneras en cada uno de los poemas de este libro. Pude ofrecérselo en la India, ya terminado, unos días antes de su muerte, en septiembre de 1982.

Al ver el título, Swami Muktananda sonrió y me preguntó si había escrito los poemas bajo el baniano –un antiquísimo árbol que hay en el áshram. Le respondí que no, y que el baniano era sólo una imagen frecuente en el libro. Él me devolvió el manuscrito después de hojearlo con cariño, aun sin entenderlo pues estaba en español, y me dio algunas hojas frescas de una planta sagrada que provenía del templo de Tirúpati, y que para mí fueron mi único posible galardón como poeta.

La pregunta de Muktananda fue más que una sugerencia para mí y desde entonces empecé a ir a escribir al pie del baniano. Desde el primer día comenzaron a surgir los versos de un poema muy extenso que compone otro libro, Canto Malabar, y que era, sin saberlo yo, lo que la muerte de mi maestro, que ocurrió unos días después, representó para mí.
Yo estaba bajo el baniano cuando lo vi por última vez. El pasó de prisa y después ocurrió un fenómeno: todo lo que me rodeaba se transfiguró y tomó su forma. Lo veía en los árboles, en las flores y en las piedras; no sabría explicar cómo lo veía también en los sonidos; tórtolas, y los cantos del templo que se oían hasta allá.

A la mañana siguiente supe de su muerte, que en realidad significaba su fusión con todas las cosas.

El baniano es un árbol sagrado y los poetas hindúes hablan con mucha frecuencia de él: por un lado aluden a las raíces que brotan de las ramas más altas y bajan hasta encajarse en la tierra, volviendo a su origen. Por otro lado, hablan de la semilla pequeñísima en que está contenido potencialmente ese árbol tan enorme, tal como en el espacio más secreto del corazón de cada ser humano está contenido el universo entero.

En una de las Upanishads hay un diálogo entre Uddálaka y su hijo .Shvetaketu. Uddálaka le ordena a su hijo abrir la más pequeña semilla de baniano para que vea qué hay adentro. Shvetaketu no ve en ella absolutamente nada. El padre le dice: "Hijo mío, de esa misma esencia sutil que no percibes viene en verdad este vasto árbol de baniano. Créeme, hijo mío, eso que es la esencia sutil es el ser del universo. Eso es la verdad. Eso es el Ser. Eso eres tú".

Yo desconocía todas estas referencias cuando estaba en el áshram y aun cuando escribí los poemas, pero esa fue la enseñanza, es decir, la experiencia que Swami Muktananda nos transmitió: la unidad de nuestro propio ser con todas las cosas.

El baniano de este libro, sin embargo, es el que está al fondo de los jardines de Ganéshpuri. Pudiera comentar algo más: el mismo año de la muerte de Muktananda las lluvias del monzón habían derribado este árbol, que tendría unos cuatrocientos años, y no se secó: las ramas que al caer quedaron tocando tierra echaron raíces y de ellas ha empezado a crecer otro baniano.

Así pasó también con Swami Muktananda. Él se fue pero miles de ramas están brotando del árbol que dejó en su lugar: Gurumayi Chidvilasananda, su sucesora, quien prosigue de la misma manera esa labor única de llenar de amor la vida de los demás y transformarla.


Elsa Cross
1985