Nota introductoria


Escribir poesía hoy es una dilapidación. No obstante, ese desarraigo tiene la densidad de un gesto, es ineludible. Es, más que nunca, una invocación extrema, una duali­dad limítrofe: el silencio o su despliegue especular, dos modos del destierro. El horizonte del acto poético es el de un gesto amortiguado que se implanta siempre en los márgenes mismos de la literatura. Su intimidad o la indi­ferencia. La poesía admite acaso un movimiento: su declinación del acto literario, el repudio de la literatura, el hundimiento en una tradición que es la devastación de su propia lectura.

La poesía latinoamericana está atravesada por esa inti­midad de la violencia del acto poético límite: Vallejo, Huidobro, Girondo, Molina, de Campos. Lezama. La poesía como acto residual: la extrañeza. La escritura poética sólo admite su disolución o su encierro; cuando se hace incalculable, la palabra toma "la forma del silen­cio" (Celan), es el desplome en un acto sin desenlace.

No hay recuperación de la escritura: su ejercicio es siempre una vocación de vacío. Pero no obstante hay un resguardo frente a ella, la cuota que todavía se preserva para la literatura.

La poesía latinoamericana ha incorporado en sus gestos más autónomos la violencia no como ruptura, no como negación, sino como una revocación de la memoria. Quizá no haya que hablar de una tradición de la ruptura, sino más bien, de una tradición como resguardo de un tiempo íntimo, de un juego desde las latitudes de un silencio en el centro mismo de la palabra, una irrupción del vacío en una voluntad inútil de identidad.

La escritura de Iván Carvajal pertenece a la herencia latinoamericana de las escrituras incalculables. En los márgenes de la literatura. En la plena dilapidación de la plegaria. Es una plegaria, una voz atestiguada y, como quisiera Celan, inaudible. Es, en principio, una reiterada evocación de las geografías despobladas: Del avatar y Parajes. No hay plenitud de la mirada, sino una demora en los entretiempos, inventar la lectura como descenso o como extinción:

un valle de huesos secos
tendidos sobre la arena y el limo
un saco de légamo amarillo y granitos de cuarzo
un valle largo
con los cuerpos deshechos de los mitayos
arrimados a los pencos de cabuya

en las evocaciones dilatadas, en el aplazamiento convertido en extensión terrestre, una reiteración de las fisu­ras como imagen que articula en series interminables, las invocaciones del lenguaje.


polvo del derrumbe de los puertos saqueados
polvo de los cascotes de las botas de los soldados
de los bolsillos de las camisas de los masacrados
polvo más polvo de las mangas del prestidigitador
de las cavernas de las banderas de las torres
sobre estas ascuas que nos quemarán las plantas

Intersticio y oblicuidad del movimiento, el despobla­miento de la imagen, su precipitación en el lenguaje rít­mico de una evocación sin origen. La poesía de Iván Carvajal constituye una escritura que restaura para noso­tros, esa violencia originaria de la palabra como "ritual secularizado" (Benjamin).



Raymundo Mier