Líber Falco



Selección y nota introductoria de Susana Crelis Secco



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Nota introductoria

Poetas van y poetas vienen. Algunos permanecen. Puede decirse que Líber Falco –uruguayo, 1906-1955– es de estos últimos. Su voz trascendente se impone al olvido por la hondura que le es esencial y por el acierto lingüístico con que trasmite su discurrir.

En la "edad de la ansiedad", como se ha dado en llamar a este siglo, los temas de la poesía de todos los tiempos se abordan con matices distintos que aluden con justeza a las inquietudes y afanes del hombre de hoy.

En Líber Falco, poeta más allá de límites temporales, se constata esta pertenencia a su siglo: utilizando polimetrías, asonancias, algunas consonancias y un ritmo cuidadoso crea poemas doblemente incisivos.

Soledad, muerte, amor, han sido siempre materia de poesía. Falco hace de la soledad su centro poético y de allí desprende muerte y amor. Permea todas estas vivencias con su singular sensibilidad y logra de su poesía un testimonio universal, propio y permanente.

Para Falco, la soledad es la única presencia cierta. Irrevocable e irreversible, se vuelve insuperable. Sus poemas reflejan la angustia de soledad por dos ausencias fundamentales: de pareja y de Dios. La soledad ha terminado por imponérsele de tal modo que ha generado en él una paralizante incapacidad para la entrega. En cuanto al amor humano, los escasos poemas sobre el amor feliz trasmiten el recuerdo de lo que no floreció. "Ahora", "Decadencia", "Apunte (II)" y "El abismo" narran la historia de la impotencia. Los paliativos menores que se ofrecen a esa soledad, constituyente esencial de su yo, no alcanzan a completar la cuota afectiva, siempre insaciada. Por otra parte, la soledad inherente al ser de Líber Falco se ahonda porque es un hombre que no puede tener Dios, al que también Dios le está negando. Esta experiencia negativa de lo divino, esta ausencia tan irreductible como lo es la del amor humano, revela el distanciamiento que ocurre, por sobre todos los hombres, para el hombre contemporáneo. La ausencia de Dios es, en la poesía de Líber Falco, una cuestión desgarradora porque, hombre de este tiempo crucial, nació con Dios pero tuvo que perderlo al paso de la vida. En el poema "Extraña compañía", hay dos versos significativos:

Oh triste, oh dulce tiempo cuando acaso
velaba Dios desde muy lejos.

La nostalgia de Dios, no sólo lo conduce a su ausencia sino que genera la certeza en el poeta de que la vida no tiene sentido. Dice, en "Evocación":

Si pudiera, si pudiese
si hubiera podido en la vida
encontrarle un sentido a las cosas,
y estar tranquilo, y ser humilde, y pobre y bueno,
porque alguien allá arriba me lo pide
y porque es bueno al fin, y necesario,
estar asido a algo o a alguien

Esta concepción orienta ineludiblemente al tema de la muerte. La muerte, para Líber Falco, es la cita segura y temida, más agresiva porque llegará a llevárselo en soledad. Su violencia se expresa en sarcasmo, según se lee en los primeros versos de "Extraña compañía":

Porque estoy solo a veces
porque sin Dios estoy, sin nada,
ella viene y muestra su rostro y ríe
con su risa helada.

Llegará cuando la juventud ha pasado, como dice en el poema "Despedida", pero sus efectos se han hecho sentir desde mucho antes: mata desde el seno mismo de la vida. El poema "La moneda" es esclarecedor en cuanto a lo que en ese sentido piensa: cuando el niño descubre la muerte, pierde la inocencia y la alegría y queda sujeto a la dimensión del tiempo... Esta sujeción al tiempo es la que impide todo goce y toda entrega, como se testimonia en los poemas "Última cita", "Lo inasible", "Para vivir", "(Decidme hermanos)". La certidumbre de la muerte produce desconcierto –manifestado en poemas como "Deseo" y "Lo inasible"– y, sobre todo, melancolía. Casi toda la poesía de Líber Falco rezuma, precisamente, melancolía: melancolía por lo que se perdió, por lo que nunca se pudo poseer, por lo que no se supo retener, por lo que la misma vida es. No hay apego, entonces, a nada ni a nadie. La naturaleza es inaccesible o helada, como se dice en muchos poemas. Inclinado sobre sus entrañas doloridas, el poeta canta. Allí está todo su material poético.

Poesía sincera y profunda, fraguada en la esencia humana, es la de Líber Falco. Al decir de Arturo Sergio Visca, "como la vida misma, diáfana, misteriosa y desnuda".*


Susana Crelis Secco





* Visca, Arturo Sergio. "La poesía de Líber Falco", en Líber Falco, Tiempo y tiempo, Universidad de la República, Montevideo, Uruguay, 1963.

Extraña compañía

A Arturo Sergio Visca
Porque estoy solo a veces,
porque sin Dios estoy, sin nada,
ella viene y muestra su rostro y ríe
con su risa helada.
Viene, golpea en mis rodillas,
huye la tierra entonces
y todo acaba sin memoria, y nada.

Sin embargo, con ella a mi costado
yo amé la vida, las cosas todas;
lo que viene y lo que va.
Yo amé las calles donde,
ebrio como un marino,
secretamente fui de su brazo.

Y a cada instante, siempre, en cada instante
con ella a mi costado,
del mundo todo, de mis hermanos
lejano y triste me despedía.

Mas tocaba a veces la luz del día.
Con ella a mi costado,
ebrio de tantas cosas que el amor nombraba,
como a una fruta
tocaba a veces la luz del día.

Y era de noche a veces y estaba solo,
con ella y solo;
pero la muerte calla
cuando el amor la ciñe a su costado.

Oh triste, o dulce tiempo cuando acaso
velaba Dios desde muy lejos.
Mas hoy ha de venir y ha de encontrarme solo,
ya para siempre desasido y solo.

Despedida

A mis compañeros y compañeras de Corrección
y Talleres del diario Acción
La vida es como un trompo, compañeros.
La vida gira como todo gira,
y tiene colores como los del cielo.
La vida es un juguete, compañeros.

A trabajar jugamos muchos años,
a estar tristes o alegres, mucho tiempo.
La vida es lo poco y lo mucho que tenemos;
la moneda del pobre, compañeros.

A gastarla jugamos muchos años
entre risas, trabajos y canciones.
Así vivimos días y compartimos noches.
Mas, se acerca el invierno que esperó tantos años.

Cuando el sol se levanta despertando la vida
y penetra humedades y delirios nocturnos,
¡cómo quisiera, de nuevo, estar junto a vosotros
con mi antigua moneda brillando entre las manos!

Mas, se acerca el invierno que esperó tantos años.
Adiós, adiós, adiós, os saluda un hermano
que gastó su moneda de un tiempo ya pasado.
Adiós, ya se acerca el invierno que esperó tantos
años.

Lo que fue
 
Vienes por un camino
que mi memoria sabe,
y me detengo entonces
indagándote el rostro.

Mas ¡ah!, ya no es posible
siquiera, no es posible
detenerte un instante.

Todo está muerto, y muerto
el tiempo en que ha vivido.
Yo mismo temo, a veces,
que nada haya existido;
que mi memoria mienta,
que cada vez y siempre
–puesto que yo he cambiado–
cambie, lo que he perdido.

Luna
 

Tan perfecta y blanca.
¡Tan alta!
Tan lejana y blanca.

Lejos de la muerte,
y de la vida lejos.
Lejos de los llantos.
De las risas, lejos.
¡Tanto!

No sabe esta luna
cómo todo es triste.
Cómo es bello el mundo
y la misma muerte acaso,
acaso, es volver sin irse.

Sola arriba, sola.
Tan perfecta y blanca.
¡Tan alta!
¡Tan lejos de todo!

Nada arriba, nada.
Ella sola y nada.


Ahora
 
Dame tu mano y vamos
entre la tarde, tristes,
a recordar los días
que se fueron.

Aquella mi pobre casa
donde en dura pobreza
debimos la dulzura,
aquélla ya no existe.

Eras alegre entonces
y a veces eras triste.

Mas, dame tu mano ahora,
oh, amor, dame tu mano y vamos
a recordar siquiera,
lo que ya no existe.

 

Apunte
 
Cantan allá abajo.
Unos muchachos cantan
mientras la Luna arriba,
como una blanca flor nocturna
derrama su esplendor sobre la Tierra.

Cantan allá abajo
y el canto sube.
Entre la noche sube
como un rezo.

Juventud
 
Era alegre la tarde
y alegre era la risa.

Todo era alegre y bueno
y arriba estaba el cielo.

Oscuro a veces, pálido a veces,
ausente a veces, estaba el cielo.
Mas era azul y blanco y bueno.
Y era el cielo.

La moneda
 
Mira cómo los niños,
en un aire y tiempo de otro tiempo,
ríen.
Cómo en su inocencia,
la Tierra es inocente
y es inocente el hombre.
Míralos cómo al descubrir la muerte
mueren, y ya definitivamente
ya sus ojos y dientes
comienzan a crecer junto a las horas

Deja que ellos guarden sin saberlo,
el secreto último de su inocencia
nuestro último sueño, ya olvidado.

Cuando todo termine,
deja que un niño lleve
nuestra única y última
moneda.

Momentos
A Domingo Luis Bordoli
I

Canta tu canto
liso y llano.

Canta tu caracol de mar
junto al oído.
Canta tu amor, tu desamor
y olvido.


II

Hoy domingo de mañana,
cielo, sol,
vuelan campanas,
vuela mi corazón
en la mañana.


III

Con esto tan poco
que te han dado,
sé feliz.
¡Oh! desgraciado.


IV

Era la soledad
y un mar y un cielo,
un irse abajo, arriba,
un viento sin caminos.
Era la soledad
y un mar y un cielo,
debatiéndose.


V

Niña –pájaro– asustado
¿qué cosa golpeaba tu corazón,
que una tarde de julio o júbilo
sentí en mi mano?
La poesía, dije,
el amor...
Niña –pájaro– asustado
¿qué cosa golpeaba tu corazón?

VI

Amigo,
después de todo y tanto,
bien está todo como está.
Id como hasta ahora,
apenas triste, y solo
con tu canto.


VII

Con verde lengua
y labios de alba espuma,
ríe el mar sobre la playa.
Y sin embargo,
¡Cuántos muertos guarda!


VIII

Despierto en la alta noche
los gallos cantan,
y un aire inocente
baña a la tierra.
Es triste y no es triste
sentir entonces, que todo acaba
o que de nuevo empieza.

Regreso

A Mario Arregui

Allí golpea lejos sobre el mar la lluvia.
Desde siempre y siempre.
Desde quién sabe qué oscuro designio,
allí golpea y golpea la lluvia sobre el mar.

¡Oh! inmemorial paisaje.
Monstruo paciente y solitario,
mar amargo, agua última
donde un hombre y su miedo
huyen, beben y vuelven
en secreto y solos.

Cuando de allí se vuelve
nada alcanza en la Tierra y todo es triste.
Sin embargo, con urgencias de ahogado
uno pregunta y llama, y otros nos oyen;
porque es preciso juntos, enterrar la muerte.

Y aunque llueve también sobre la Tierra
y sobre los campos y ciudades llueve,
lejos quedó lo que no tiene nombre
y alguien con visceral memoria
se rescata y vive.

Entonces, sí, qué alegría, sentir que estamos vivos,
ir por las calles con cantos de borracho
y sobre tantas cosas inefables y tristes,
poder de nuevo y otra vez, recuperar los días.

Así de oscuro, de embebido o muerto,
un hombre lleva su alegría por la tierra.


Visita
 
A esa hora de la madrugada,
hora en que los enfermos mueren,
en que los cristales se enfrían,
en que Dios nos olvida,
a esa hora la vi.
Una lenta lava triste, caminaba su cara.
Mano de hueso, pie de sombra oscura,
la boca manándole negruras,
junto a mi cama estaba.

Decadencia
 
Qué milagro el día.
Y cada día –entonces– qué milagro.

¿Cómo diré ahora que te amaba,
si pasó tanto tiempo
si apenas lo sabía entonces?

¿Cómo diré que tú vivías,
que yo te vi
y que otros te miraron?

Última cita
 
Ya por el aire navega tu memoria
y todo viene a mí como fue entonces.
¡Oh! sueño, ensueño, tiempo y tiempo
para siempre y siempre detenido.

Monstruosamente múltiple
se alza
se alzaba el mar sobre los malecones
mordiendo los costados de la tierra.
Y tú tuviste miedo, frío, amor tuviste.
Y amor hubo, miedo, amor, en nuestros corazones.

Cuando entonces por eso
se puebla el mar a tu conjuro
y un aire conocido dispone sus fantasmas,
y yo estoy solo, y la furia del mar puebla la tierra,
seres de niebla, blancos, se sientan a mi lado
y conmigo conversan como hermanos.

Luego vienes tú, flotando como harina
Y silenciosa y blanca, fina y fría
vas diciendo tu nombre, hermana mía,
y en el aire derramas tu aire triste.

Mas, ya no basta tu nombre y su dulzura
cuando ahora, el recuerdo de todo me golpea.
Tú del mar venida, hecha de bruma acaso,
o de los sueños acaso rescatada,
vete y déjame solo.

Deja morir lo que ha muerto.
Lo que hemos dejado morir,
muerto de frío
del otro lado de los sueños, sueña.
Del otro lado está, y para siempre,
en un atardecer de mar y olvido.

Cantar
 
Ya todos ya se fueron.
Ya todos ya te olvidan.
Y tú quedaste solo,
tú solo con tu vida.

Volver
 
Ya cantaban los gallos.
Ya sonaban las campanas
y él buscábase la frente
hacia la madrugada.
Sobre calles y suburbios,
sobre la ciudad toda,
en un coro de gallos
levantado y triste,
él, desasido,
se buscaba la frente,
hacia la madrugada.

Y ya en el día
pudo decir alegre el renacido:
Oh Tierra. Oh nave solitaria,
soy tu hijo fiel
y no te olvido.

Deseo
A M. M.
A veces quisiera uno
sin días que lo nombren,
perderse, camino hacia el olvido.
Porque para qué alumbra el día
si tantas muecas de los hombres,
como un mapa de angustias
e indescifrables signos
de mariposas muertas,
giran sin término.

También quisiera uno,
luego de tanto y tanto
amor al aire,
que un árbol se recline
a bebernos la frente.

Noche
 
Vuelto a tu casa por la madrugada,
con un portazo descortés y frío
dejas la noche afuera,
y te acuestas solo con tu pensamiento.

"Qué grande el mundo, y qué pequeño,
qué lejos los amigos y qué cerca"

Y sigues solo con tu pensamiento.
Pero para dormir no lo precisas.
Y puesto que es así, ¿por qué no duermes?
¡Duerme!

Lo inasible
 
¿Qué me dio Dios para gastar,
qué?, que no entiendo.

Esta alegría, esta tristeza,
dadme para gastarla
un mar.
Dadme la vida, padre, tú,
dadme la muerte.
Dadme el tiempo ido
y dadme el que vendrá.

Dadme cantar y cantando
verterme como un río,
por estas calles
hacia el mar.

Para vivir
 
Porque se está solo ahí,
porque en la locura y la muerte
se está solo,
porque hay un ojo fijo,
incambiado, que acecha sin sentido,
yo quiero ahora abrazaros,
y siquiera no más,
hablar de cómo cambia el cielo.

Desgracia
 
Perdona, pero tú no sabes.
¿Sabes lo que es estar solo, solo,
volver a casa a las dos de la mañana,
mojar un pan mohoso, triste y duro,
roerlo solo,
y sentado en una orilla del mundo
ver a los astros que rutilan
y no saber qué preguntar ni qué decir,
y confundir las hambres, y roer solo tú allá...
un pan mohoso, triste y duro?

Perdona, yo anduve un día, mucho tiempo,
calles y calles junto a puertas y paredes,
nadie dijo mi nombre;
sólo tú una vez, y qué locura,
para tu frente de violetas
tuve una risa de dos dientes.

Solo
 
Un día tuve el mar
sobre mi corazón.
Como una lengua fría,
el mar
sobre mi corazón.
Y estaba lejos de ti, madre mía.
Y tú lejos de mí,
navegando en un viento sin banderas.
No había raíces que esperan
debajo de la tierra.
Ni árboles había sobre la tierra.
Y el mar lamía mi corazón,
como una lengua fría.

¡Ah! Sólo mis ojos.
En órbitas de hielo
y sin tener dónde mirar,
girando.

"Alba"
 

Yo he visto a esta mujer. Yo la conozco.
La he sentido latir entre mi sangre.
Frente de harina. Pan sin nombre.
Yo he visto a esta mujer
como a mi madre misma.

Mujer, ¿quién levantó tu carne desde dentro,
para hacerte tan tierna la mejilla,
tan como lirio bueno,
como flor de ternura?

Yo he visto a esta mujer,
a esta mi madre.
En aquel rancho de arrabal en que nací,
calentaba el frío de los vientos.
Hoy va al frente de la columna en marcha.
Miseria, bondad, mirada de la ausencia.
Amor.

Pliegue de la bandera.
Frente de harina. Pan sin nombre.
Yo he visto a esta mujer.
Como a mi madre misma,
la he sentido latir entre mi sangre.


Destino
 
Bajo un cielo de Juicio Final,
de espejos rebelados,
he de llegar al mar
para la muerte mía.
Me levantaré así en la ola más alta
y me hundiré para siempre.
Acaso sí, yo sé,
con una risa helada buscaré mi origen.

Sin manos y sin ojos, ¡ay!
buscando una sombra que es sombra de la nada.
Ya olvidado de todos
y de mí mismo,
que apenas me conociera un día
he de llegar al mar para la muerte mía.

Final
A la memoria de Romain Rolland
Adiós dijo
Adiós al mundo, muero...
Salud amigos,
y se fue cantando
entre los trigos.

Se fue el viajero.
Y una más que todas
triste espiga,
dobló su fruto
hacia la tierra amiga.

Biografía
 
Yo nací en Jacinto Vera.
Qué barrio Jacinto Vera.
Ranchos de lata por fuera
y por dentro de madera.
De noche blanca corría,
blanca corría la luna,
y yo corría tras ella.
De repente la perdía,
de repente aparecía,
entre los ranchos de lata
y por dentro de madera.

Ah luna, mi luna blanca.
¡Luna de Jacinto Vera!

Invitación
 
Tengo un atajo en el cielo
por donde sólo yo paso.
Pero hoy tú vendrás conmigo,
conmigo vendrás del brazo.
Tú, muchacha, y mis amigos,
todos iremos del brazo.

Tengo un atajo en el cielo.
Vendrás tú, iremos todos.
Todos iremos del brazo.

Fuera locura pero hoy lo haría:
Atar un moño azul en cada árbol.
Ir con mi corazón de calle a calle.
Decirle a todos que les quiero mucho.
Subir a los pretiles,
gritarles que les quiero.

Fuera locura,
pero hoy lo haría.


Aquellos ojos que perdí una tarde,
andarán ojos siempre y jamás míos.
Me los llevó la brisa de la tarde
y aquella niña,
–pollera azul y bata colorada–

Sobre la colina estaba yo
y al pie,
mugió una vaca para el fin del mundo.

¡Ah! cómo hubiera muerto.
Aquella tarde se llevó mis ojos.
 

Decidme hermanos
en qué caminos
y en qué tiempos,
podré llamaros sin angustias
y sin miedos,
de pie en la tarde
ya limpio y sin recelos,
ya hermanos siempre
sin ligazón de miedos.
 
 

Sobre los muros
 
Hoy subo veinte cometas.
¡Sobre los muros
Veinte cometas!

Debajo de un muro triste
estaba mi corazón.
Como un avaro oculto contando su dinero,
estaba mi corazón.
¿Cómo un avaro o cómo un prisionero?
Ah...

¡Júbilo marinero!
no más muro carcelero
ni corazón prisionero.
Ya sobre los viejos muros,
está mi corazón.
Y sobre el muro que el hombre
puso al hombre
está mi corazón.

Sube mi corazón, cometa mía.
Roja lágrima, encendida en el día
y en el día latiendo amaneceres.
¡Sube! ¡Mi corazón...!

Apunte
 
Tú, muchacha, qué buena fuiste.
Un año... ¿recuerdas
cuando en los cines llorabas
tu lloro de desengaño?
Siempre era el mismo (yo sé)
pero tú lo renovabas.

Seis días de lava y lava;
seis días de pico y pala.
Con seis días de sudor
¡qué triste el cine del barrio,
tus sábados de alegrías
y mis domingos de olvido!

Qué triste la vida nuestra
Qué bello fuera vivir
(Soñábamos con un ojo
y el otro para morir.)

Qué triste el cine del barrio.
Tu lloro de ácidas mieles,
sin saber lo que llorabas.
¡Qué triste y antiguo lloro!

Paisaje y ruego
 
Qué lindo allá en la colina
el arador y los bueyes.
Cielo y tierra: el horizonte
y el orador en el vértice.
¿Aras labrador en tierra
o abres surcos en el cielo?

Ara labrador en tierra.
Con reja de luna y bronce.
Ara labrador en tierra.
¡No olvides a tus hermanos!

Oh, calles de los pueblos
 
¡Oh! calles de los pobres.
Duermevela la calle.
En una escoba vieja
cabalga mi memoria
y alcanza su madeja:
Desde una esquina,
velo María tu sueño.

En blancas sábanas
tú viajas viaje sereno,
niña de cuerpo moreno.
¡Qué delicado mensaje
y qué rúbrica, tu pelo!

Quiero pensarlo y no quiero.
Tú duermes toda la noche.
Yo toda la noche velo.

El abismo
 
Estoy debajo de mis sueños.
Ya ni estrellas ni pájaros nocturnos
levantarán mi canto.

Puente de plata y oro es el amor.
Amada, tú eras el único asidero
pero yo he mirado al abismo
donde ondula (libre de nosotros)
el limo de mis sueños y tus sueños.
Desde entonces ¡ah!
qué solo estoy en la tierra.
Y tú, qué sola.
No lo sabes y disuelves tus lágrimas en risas.
Desde entonces,
cuando apoyo mi frente
en el tibio regazo de tu seno,
algo quiero olvidar que no conozco todavía.
Y crece mi ternura para ahuyentar el miedo.

Lejana erra mi alma
y en sus flancos llueve la tristeza.
Deja que te llore y que me llore allá...

En la noche
 
Esta noche me estiran las calles.
Con amor de hermanas
algo llevan de mí,
que es de ellas. Mis hermanas.

Y en el hilo de oro
de una estrella –fina escala–
de mí dispara y sube,
cautiva de este tiempo,
una antigua ilusión que ya olvidaba.

Desde allá abajo, sube
el canto de los gallos
y un aire recién amanecido va esponjando a la tierra,
y me anuda en dulzura los recuerdos.

¡Ah! el canto de los gallos
donde la noche prolonga su agonía...
Se orquestan en mi pecho
todos esos cantos.

Y son ahora
frente al día
un clamor de adioses
al ensueño.

Canto a la invisible amante
 
¿Dónde te escondes tú?
¿Acaso, en esta ciudad enorme
cuando posan las noches
que incuban a mis sueños?

En las calles sin rumbos
que descubre mi anhelo,
se ha curvado mi pecho de ternura
llamando sin palabras por tu nombre.

Ya los gallos eslabonan
un collar de cantos a la aurora.
¿Dónde te escondes tú?
No te veré en la luz...
Sólo en la Noche alientas.

Oración a la desesperanza
 
Noche sin luna
y yo aquí.
Ni velamen ni vientos,
ovillado en la noche
interrogante signo sin frase.

Y este dolor
sin raigambre en las cosas
–fantasma sin memoria–
¿vino de un mundo donde no hay ojos,
que velen a la muerte?

Quiero solamente,
en bautismos de alegría y de dolor,
apretarme a la Tierra
bajo el ala quebrada del desvelo.

Ruego
 
Sola, pobre y sin descanso.
Huyendo, corriendo,
y de sí misma huyendo.
Dale un árbol,
la sombra de un árbol;
algo que cubra su pequeña,
dura vida, sin descanso.

Evocación
 
Es triste por una calle, a solas,
es muy triste pensarte lejos
y que en verdad estés lejos.
Si pudiera, si pudiese
si hubiera podido en la vida
encontrarle un sentido a las cosas,
y estar tranquilo, y ser humilde, y pobre y bueno,
porque alguien allá arriba me lo pide
y porque es bueno al fin, y necesario,
estar asido a algo o a alguien
que como tú acaso nos comprende.

Regresó al fondo, hueco y eco de la nada.
Allí el dolor antiguo le esperaba.
–Hijo, tú cerraste indiferente la puerta,
pero yo te esperaba.
¿Acaso crees que no me debes tu alegría?
Un hombre nace y de su dolor toma nombre.
Y luego su alegría, también de su dolor toma nombre.
Lo que fue tuyo siempre será tuyo.
Y lo que un hombre busca olvidar amando,
ni los demás lo saben, ni apenas tú lo sabes.

Si para huir de mí pones una losa
sobre el hueco y cantas y bailas,
no olvides que yo velo.
Tuya es la embriaguez,
pero yo soy tu padre y no te olvido.

Apunte
 
¡Oh! dolor, éste mío.
Pero dejádmelo, que
de mí él se nutre,
y yo de él, vivo.

Final
 
Nadie te esperaba, nadie.
Tampoco ahora
nadie te esperará.
Detrás de la última puerta
tú sólo, y nada
y nadie.

Final-radiografía
 
Muerto he de verme
caminar detrás de mí,
pulsándome los pasos
que no he dado.

Muerto ya
y con olvidada boca
llamándome yo mismo
–triste humor de la Tierra–,
y persiguiéndome.