Nota introductoria

En Francisco Hernández (1946) la poesía es un acto de la soledad y la sobrevivencia; un caminar el filo de la navaja sin caer en lo lacrimoso ni en el hermetismo envarado. Algo no quiere suicidarse del todo en esta breve obra tensa y desgarrada, una voz de vida emerge de ella porque el panorama es yermo y se asiste a una devastación de las fuerzas vitales. La poesía es germinación imprevista que interrumpe el vacío de todo lo que sucumbe y no podemos retener; es un golpe de ser en las manos de la nada. El suicida es la viva imagen de la soledad. Nadie acude a ese trozo de hielo que una bala cruza de polo a polo.

¿Por qué tenía que estar yo en el centro de la tormenta?, se pregunta el Robert Schumann de Francisco Hernández. Para que todo lo que huye no nos arrastre en su erosión, poesía de Francisco Hernández. Para que miremos de frente la casa donde el olvido ha cavado su tumba y sigamos vivos, poesía de Francisco Hernández; para que soportemos el mundo del ocaso y nos preguntemos ¿qué se hace con la ropa de los muertos?, poesía de Francisco Hernández; para que leamos a Eliseo Diego y visitamos a Juan Vicente Melo –dos hijos de la noche americana–, poesía de Francisco Hernández.

Si todo verdadero poeta encarna en su corazón y sus palabras un testimonio particular, una orientación irrepetible del ser que canta, es oportuno decir los dioses tutelares de Hernández. Nadie vea contradicción en crear una tríada con los nombres de Hölderlin, Rubén Darío y José Lezama Lima. La radical tensión holderliniana que sostiene un mundo imposible pero necesario, ausente y visible, da el tono hímnico y elegíaco, a la vez, que Hernández ha tenido que acatar para no enmudecer. Ahí entronca, por vía laberíntica pero indudable, la fe en la sobrenaturaleza lezamiana: lo invisible existe y nos sostiene.

Por su lado, nadie encontrará en Hernández el espectáculo sonoro con que Rubén Darío asombra a poetas y lectores; pero él sabe que es imposible pergeñar un verso en nuestro idioma sin seguir la disciplina rubeniana: la palabra poética –en el castellano del siglo XX– es, por sí misma, un canto de vida y esperanza, la canción profana donde la experiencia humana se erige frente a la hecatombe secular; es un cuerpo de amor logrado por el goteo preciso del verbo ritmado. Hölderlin, Darío y Lezama confluyen en la obra en marcha de Hernández. Para que el desprecio de la aurora sea el sueño del silencio en las profundidades del ser que se vacía, y produzca un himno gigante y extraño, Hernández ha creado su tríada tutelar.

Esta obra está en ascenso. Cuando en 1988 tuvo la feliz ambición de proponerse narrar el enloquecimiento de Robert Schumann logró la primera cima de su trayecto y permitió a los lectores empezar a entender de qué aventura se trata. Ese poema ya es parte del acervo perdurable y prefigura la atención que Hernández da al poema extenso de corte narrativo. En línea directa entronca la experiencia –interior, selvática– de volver "En las pupilas del que regresa" al solio materno y paterno. Y lo que por ahora se propone esta obra: los poemas perdidos que Hölderlin hiciera después de enloquecer, imaginarlos, escribirlos...

Cada uno de los tres textos recién mencionados son hasta ahora las palabras mayores de Hernández; se estructuran como poemas-viaje; afrontan la locura, el silencio y la oscuridad. Las palabras de Hernández siguen camino de su noche, van adquiriendo su tono en la cuerda tensa de unos versos aparentemente no eufónicos pero tampoco coloquiales; la sonoridad apagada, reconcentrada, solitaria que acaricia el tono del delirio.

 


Alberto Paredes