En las pupilas del que regresa
 
 
Fragmentos de hielo al sol

Página en tu nombre


Tu nombre se puede morder como manzana.
Huele a mango de Manila y a naranja china.
Me deja la lengua morada al igual que el
[chagalapoli
y la escobilla.
Lo trituro y respiro yerbabuena.
Al separarlo estalla una granada.
Crece a la altura de la flor de caña, es la enredadera
que sube por la cerca o se extiende a ras de patio,
perseguidor de coralillos, sandías y verdolagas.
Si lo agito, escucho el agua que lo llena.
Si se lo doy al loco de la casa, volará a la punta
del cerro y lo hará flauta.
Para librarme de la oscuridad lo conservo en un
[frasco.
Con la luz que despide se ilumina esta página.

Palabras por dos hombres


Dos hombres caminan por la playa
una tarde cualquiera de un invierno cualquiera.
Recorren largos trechos en silencio.
De vez en cuando, alrededor de un gesto,
aparece el hilo de su conversación.
Los dos visten de gris, a tono con el mar
[desabrigado.
El de la izquierda es más alto.
El de la derecha deja huellas más hondas.
Cerca de la escollera se detienen.
El hombre de la derecha, con una rama,
dibuja en la arena media botella de vino,
queso, rebanadas de pan y la palabra "voces".
El de la izquierda es Roberto Juarroz.
El de la derecha existe sólo
en la imaginación de Roberto Juarroz.

Doce versos a la sombra de mi padre


Qué abrazo tan oscuro era tu abrazo.
Siendo rayo, olvidabas la luz.
Y ensombrecías la ceiba.
De un solo machetazo la incendiabas.
Las hembras, al oír tu respiración,
recordaban la sangre y salían disparadas.
El mar rompía la esponja de tu pecho.
Era silencio el monte si cantabas.
Los jaguares corrían bajo la luna
al descubrir tus manos en sus garras.
Así te sabe mi pulso de memoria.
Así te busco detrás de la mirada.

La ropa de los muertos


¿Qué se hace con la ropa de los muertos?
¿Se rasga para no recordar la corpulencia
que animaba sus tonos?
¿Se usa para borrar los ojos
que se desprecian en la aurora?
¿Se tira a la basura como un mapa
que no sirvió para encontrar tesoros?
¿Se llena de aserrín para espantar
el hambre de los pájaros?
¿Qué se hace con la ropa de los muertos?

Para sobrellevar el desconsuelo

El sol sale cuando mi madre despierta y los
pájaros terminan de soñar cuando dice tres
avemarías y una oración que sirve para
sobrellevar el desconsuelo.
Baja del catre cubierta por un camisón de popelina
y se dirige al pozo que está en lo profundo del patio.
Recoge su larga cabellera negra, la sujeta con una
cinta, se sumerge hasta el cuello en la frescura y
canta siempre la misma canción.
Después del baño se hace una corona de jazmines,
[fríe
plátanos para el desayuno, sacude el esqueleto de mi
padre, dibuja las ramas del chicozapote, pega
[botones
y sube al tejado para evitar que el norte desprenda
[las
floraciones de los mangos.
Cansada de estos trajines se acuesta en la hamaca,
[deja
resbalar su cabellera por la espalda y se hace de
[noche.

Mirada de Jerez

para Vicente Quirarte

Ramón López Velarde se levanta al amanecer.
El cuarto del hotel es reducido, maloliente y azul.
Se afeita, con pulida hoja libre, ante un espejo que
[por
instantes le devuelve su mirada de Jerez en el agua
[del pozo.
El calor aumenta. Con parsimonia se pone el traje
[negro.
No entrega la llave ni se despide de la encargada,
una muchacha que se abanica el rostro con la falda.
Se aleja por calles pedregosas, viendo siempre a las
[sombras
que le sugieren niños erizados en las bardas, selvas en
[la
espesura de las buganvilias, palmeras con racimos
[minerales.
Sigue sin levantar la frente. Niega lo que pasa en el
[cielo.
Oye sus pasos retumbar en las piedras, advierte
que las piedras se hacen polvo y que el polvo
se transforma en arena blanca.
Un olor a brea invade sus pulmones.
Los síntomas de asfixia huyen como cangrejos.
El golpe de las olas le llega a la cintura.
Alza por fin los ojos.
El golpe de las olas le moja la corbata.
Vive otra vez la angustia que sintiera en la pila
[bautismal.

Bajo cero


En los pensamientos del suicida hay un vacío
que sólo se llena con temperaturas bajo cero.
Los pensamientos del suicida no son rápidos
ni brumosos: únicamente son fríos.

La mente no está en blanco: está congelada.
Aparece, con filo de navaja, una sensación de
tranquilidad que se presiente interminable.

Con el cerebro convertido en iceberg nada se
recuerda. Ni la piel más querida, ni el nombre
de los hijos, ni los abrasamientos de la
poesía.

El suicida es la viva imagen de la soledad.
Nadie acude a ese trozo de hielo que una bala
cruza de polo a polo.

Aun en los trópicos, cuando alguien se suicida,
comienza tristemente a nevar.




De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios
 

I

Hoy converso contigo, Robert Schumann,
te cuento de tu sombra en la pared rugosa
y hago que mis hijos te oigan en sus sueños
como quien escucha pasar un trineo
tirado por caballos enfermos.
Estoy harto de todo, Robert Schumann,
de esta urbe pesarosa de torrentes plomizos,
de este bello país de pordioseros y ladrones
donde el amor es mierda de perros policías
y la piedad un tiro en parietal de niño.
Pero tu música, que se desprende
de los socavones de la demencia,
impulsa por mis venas sus alcoholes benéficos
y lleva hasta mis ligamentos y mis huesos
la quietud de los puertos cuando el ciclón se acerca,
la faz del otro que en mí se desespera
y el poderoso canto de un guerrero vencido.

VII

En la primavera conociste a la niña Clara.
Ella jugaba dentro de una jaula
con los címbalos y el armonio
que la escoltaban desde su nacimiento.
De los címbalos partía la ráfaga
que corta los glaciares.
Del armonio brotaba El Intervalo del Diablo,
que al transformarse en burbuja
iba de las guirnaldas de yeso
a los enigmas de raso
y de las margaritas enrojecidas
al temblor de tus años.
Desde ese instante se azufraron las fuentes
y tu risa tuvo la forma
de los labios de la niña Clara,
del corazón maduro de la niña Clara,
de la gracia enjaulada de la niña Clara.

XXVI

La canción de la noche te sorprendió callado.
El mundo puso a tus pies su música incansable.
Frenético, con el semblante descompuesto por la
fiebre, comenzaste
a transcribir el adagio de astros que se deshacían en
la otra pieza,
el scherzo de un árbol contra otro, el prestissimo de
tu
respiración condenada.
Ángeles curvos llevaron tu vigilia hasta laberintos de
pausas
y graznidos, lejos de la clemencia y los lineamientos de la razón.
Un águila cruzó los Alpes y llegó a posarse sobre tu
hombro.
Dos arcoíris se proyectaron en el espejo.
Una catarata brotó de una sortija y con estas visiones
construiste
los arabescos que muchos fariseos tardarán siglos en
descifrar.
Pero también hicieron su entrada los demonios.
Sus oratorios te llenaron el pulso de basiliscos
y los bolsillos de táleros, relojes y papel pautado.
Te ordenaron huir y saliste con el pecho desnudo a la
tormenta.
Sin saber cómo llegaste a la mitad de un puente y las
voces que roían tu cerebro hicieron posible la caída.
En el fondo del río escuchaste por última vez la
música
de tu alma y del sumidero de los ahogados se desató
el olor de la inocencia.
Una red te hizo salir a la superficie.
Un pescador te subió a su barca.
Las voces de ángeles y demonios habían cesado.
Sólo se oyó la tuya que clamaba:
–¡Debo obedecer a los dueños del silencio!
¡No soy digno del amor de Clara!
Al regresar, ya te esperaban en tu casa los
enfermeros.
La niña Clara, encinta nuevamente y dichosa por
tu regreso, te aguardaba en la puerta con una
naranja y un ramo de violetas.

 


 
En las pupilas del que regresa
 

I. (La llegada)

Llegué al pueblo temprano, en esos momentos de
leve escalofrío que nos sorprenden con los dedos
hundidos en la tinaja del agua serenada. La frescura
comenzó a despertarme. Recordé que nadie me había
visto, ningún perro me enseñó los colmillos.

El sol abrió los párpados. En ellos se internaron
espirales de humo que venían del basurero en llamas.
Para llegar al río tenía que cruzar la barranca donde
se incineraban desperdicios.

Caminé, a paso de ciego, con la mayor intensidad
que pude. Los zopilotes que temí de niño eludían
quemaduras saltando de un lado a otro: cómicos
saltimbanquis de circo en la desgracia.

Crucé los montículos encendidos y con el humo
denso picoteando el cabello y las pupilas, salí al
camino trazado por las recuas. La maleza se abrió
para dejarme pasar con la voluntad adormecida.

Nombres despreciados por botánicos pero repetidos
en los socavones de las brujas, sonaban despeñándose
dentro de mi cabeza: manto de la Virgen, flor de
culebra, palo de piedra, ojo de anteburro, hierba del
susto, mano de sapo, chorro de sangre, peine de
mico, lengua de garrobo, velo de novia, veneno del
Diablo.


Ya con el sol más alto, la brecha se abría hacia otros
linderos y los setecientos o siete mil tonos de verde
recortaban el vuelo de las garzas que, por completo
ajenas a mis reclamos, fundaban en el aire su
procesión de dagas fragmentadas.

La remembranza de viajes anteriores apareció en
algún lugar de mi cuerpo. Me temblaban las piernas,
que se iban por su cuenta en busca de otras
posibilidades óseas. Mis manos mostraban la novedad
de sus arrugas. Mi rostro fue una poza y enjambres
de dípteros lo utilizaron como hervidero. Papalote sin
hilo, voló mi piel a su aire. Ya nadie, nunca, podría
verme. Lo que restaba de aquel cuerpo tenía
consistencia de papel quemado. Pero yo sentía todo y
lo miraba todo: la nervadura de las hojas, el
desamparo de los tulipanes, la comunicación de las
arrieras, el pánico del zanate.

Al entrar en el río, las piedras se ablandaron para
estrecharme y hubo frutos que cayeron para probar
mi ausencia. De la garganta de los pájaros salían los
crujidos del puente. La espuma me cubrió con su sed
de nevar a los vivos y en la ribera surgieron cercas de
palo mulato para que mi respiración, que pesaba
igual que un yelmo, encontrara reposo bajo la fronda
y asideros que le impidieran rodar hasta los
remolinos de la compuerta.

Una oleada de peces luminosos se transformó en
cardumen de vidrios rotos. Río abajo se bañaba la
voz de una muchacha. Frente a la cascada, detrás de
los bejucos, nadaban tres nativos sabiéndose
inmortales y violentos, libres como una casa donde
nadie respira.

Con una piedra al cuello vi pasar mi infancia.

IV (La casa)

Esta es la casa donde nadie respira, este el recinto
donde el olor de las azucenas impregna mecedoras y
pabellones, corbatas fungosas colgadas en anzuelos,
escudos de linajes antiguos donde los gallos de pelea
y la miel de caña hacían las veces de avanzada de
mercenarios y pantanos fronterizos.

Esta es la casa donde la humedad cala huesos y
agudiza el reumatismo de los fantasmas, que a
mediodía salen de los libreros para fundirse a los
retratos y ver la vida otra vez con el respaldo de una
cara.

Esta es la casa donde las voces tienen cuerpo, donde
se oye el susurrar de loas en labios de mujeres que
alguna vez fueron de piedra y sollozaron bajo un
guayabo en brazos de un amante de piedra.

Esta es la casa donde sólo las lágrimas tienen
sombra, donde el sabor a yeso de los remordimientos
desajusta postigos y remienda la lona de los catres
plegados por el abandono.

Esta es la casa donde el olvido ha cavado su tumba,
donde nadie se besa ni se injuria, donde la música no
entra porque no hay muslos que se abran para
recibirla ni extremadas rendijas por donde pueda
penetrar el viento.

Esta es la casa que los ciegos evitan porque en ella se
pulen urnas cinerarias, se escuchan disparos de
escopeta, gritos desaforados y una revoltura de
animales de monte que se azota contra las paredes
presintiendo el regreso de los cazadores.

Esta es la casa y tengo que tocar a la puerta.

VI (El cementerio)

A medianoche me acerqué al cementerio. Un perro
me mostró los colmillos y el último borracho en
retirada se persignó al mirarme y desapareció.

De esta manera se presentaron las señales y un
cuerpo semejante a mi cuerpo perdido se hizo cargo
de la sombra que yo era.

Sentí en las piernas extraña fortaleza. Mis dedos
regresaban de más allá del aire, mi piel bajaba
lentamente de las nubes.

Tomé aliento recargado en el muro donde las
salamandras beben el jugo de la luna, repetí siete
veces el conjuro que se despeñaba dentro de mi
cráneo y salté la barda del camposanto.

Con el impulso de la caída destrocé macetones
colmados de margaritas artificiales y ángeles de
mirada imprudente.

En ese momento reventó el huracán. Apenas pude
asirme a la pala que me sirvió de ancla.

Así es el norte cuando llega sin avisar. Destruye
arboladuras o carretas y se cuela entre las dunas de
las cobijas hasta poblar los sueños de anguilas
congeladas.

Las ráfagas sacan filo a la pala, cambian el rumbo
de los ladridos, me llevan a la tumba del muerto que
me espera. En cripta de mármol insular orquestan
lechuzas y murciélagos.

El panteón huele a tigre, a cera, a óxido de linternas
sordas.

Contra el soplo salvaje luchan las vetas del dagame,
las rugosidades de la pomarrosa.

Zumban cables de luz en lontananza. De un terraplén
a otro giran fuegos fatuos. Los terrones aún frescos y
la cruz con el nombre atajan las insistencias de la
búsqueda. Me detengo. El vendaval prende mis
brazos, los torna poderosos y al ritmo que las rachas
imponen, clavo la pala una y otra vez en busca del
centro de la tierra. Cavo, cavo, cavo hasta llegar a la
dureza del sarcófago sin aliento, sin llanto, sin gotas
de sudor. Aparto lajas y gusanos. Saco los clavos
retorcidos. Levanto la tapa y su gris perla.

Una hora después, con las dos manos, proyecto al
cielo la hermosa calavera de mechones fosfóricos. El
viento cesa. Los gallos comienzan a cantar.