Nota introductoria

Vigilo los escombros,
pongo lumbre en su tramo,
mido la línea
del estruendo, lo discreto,
lo que es señal
y juego del espanto.


Es éste el primer poema de la primera plaquette que publicó Antonio Castañeda* hace ya muchos años. Y aparte del carácter confesional, de autorretrato lírico, este primer poema también es el que mejor define el punto de partida y el destino de su poética.

Como el Ungaretti de La alegría, Castañeda apuesta todas sus cartas a la esencialidad, a lo que sólo puede expresarse con unas cuantas palabras esenciales. Y con ellas se enfrenta a un mundo personal en que el pasado se prolonga hasta invadir y carcomer las instancias de un presente sobrepoblado de recuerdos, un presente hipotecado de antemano, por lo general sin puertas hacia el porvenir, o, raras veces, con ventanas momentáneas hacia un futuro de sombras y desolación. En la poesía de Antonio Castañeda, el presente se consume con excesiva rapidez, nace convertido en ceniza o suspendido en una atmósfera de enrarecimiento temporal: se niega a sí mismo, como Pedro, aun antes de que canten los gallos.

Su reino es el de la memoria, y en ella brotan, "por instantes, los prodigios", pero "lejos del ardimiento", en una "recopilación tardía" del "reencuentro" con el "enigma personal" y "la fruta simple" que se pudre antes de caer, imposibilitando la "traslación de dominio".

Desterrado del futuro, la memoria lo resarce con recuerdos de fugaces epifanías que le dan un sentido a la constante acumulación de escombros. De entre éstos surgen, como "en el volcán, la flor", de Bécquer, soles y nubes, constelaciones e invernaderos, estelarias y mariposas absortas, búhos arrepentidos, efímeros jardines y delineados misterios de la fauna. Como en los inquietantes dibujos de Coffeen Serpas, todas estas figuras delatan un origen onírico y lunar; las ideas y las visiones se materializan en un instante congelado, intemporal. Pocas veces encontramos en su poesía un color desnudo: todo sucede en una atmósfera de transparencia letárgica, en penumbra de averno. Sus personajes aparecen fugazmente, deslastrados del peso material; son lampos en el limbo de la página, espejismos que fosforecen por un instante y luego se esfuman.

Desde su primer libro hasta el último, esta poesía "levitante al mediodía, / translúcida y sin sombra", continúa creciendo en un mismo surco, el suyo, únicamente el suyo. De la inquietud intelectual de este poeta, de sus lecturas y admiración por tantas y tan diversas obras poéticas poco o nada ha quedado en su obra, que se mantiene idéntica a sí misma, impermeable a corrientes y tendencias, a caprichos literarios. Algunas veces me pregunté cuál podría ser el camino posible para la evolución o, eventualmente, el rumbo a seguir de su obra. En el lenguaje náutico, existen dos acepciones del término rumbo: el rumbo a seguir, que puede cambiar varias veces en una sola travesía, y el rumbo verdadero, el del destino final. Y en este ya largo itinerario no encuentro desviaciones: desde un principio esta obra ha seguido su propio rumbo verdadero.

La singularidad de esta obra, que ocupa un lugar aparte en la poesía mexicana, puede dejar perplejo a más de un lector desatento y apresurado. Algunas veces, ciertos textos no parecen alcanzar la complexión y la intensidad que uno espera de un poema, de un organismo con vida propia, autosuficiente. Y me parece que este autor está consciente de ello, que desde un principio —y como principio— se propuso escribir un solo poema, en el que cada uno de los textos es el fragmento de una especie de mosaico y la prolongación de una línea que redondea una mano, un rostro, un cuerpo. En ocasiones, un texto aislado en apariencia es parte del oriente de una perla en continua formación, o partícula de luz difuminada, o nota solitaria de un canto desesperanzado.

En esta poética de la desolación resuena a menudo el canto de un instrumento solo, entreoído en una duermevela, cuya interminable cadencia es cristalina y formalmente imperturbable.


Guillermo Fernández





* Antonio Castañeda nació en la ciudad de México en 1938 y murió en 2000. Fundamentalmente poeta, estudió artes plásticas, composición dramática y letras. Fue editor y director en editoriales independientes y en las colecciones Cuadernos de Estraza, La Rosa Inmaterial y La Flama en el Espejo; fundador y codirector de Juego de Hojas. Su obra ha sido traducida al francés, inglés y portugués. Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1985 por Relámpagos que vuelven, poemario que se incluye en la compilación Premio de Poesía Aguascalientes 30 años, 1978-1987 (Joaquín Mortiz/Gobierno del Estado de Aguascalientes/INBA, 1997).