Lejos del ardimiento


A Pedro Garfias


Vigilo los escombros...
Es mi mano...
Territorio poblado...
En el recurso...
El derrumbe y el huerto...
Quedar en el rescoldo...
Medito mi silencio...
En mi habitual ocupación...
El agua se derrama...
Las puertas...
Demolición nocturna...
Toda visita...

 


Vigilo los escombros,
pongo lumbre en su tramo,
mido la línea
el estruendo, lo discreto,
lo que es señal
y juego del espanto.




Es mi mano
minuica enardecida
que se apaga.
El canto
apenas atisba.
La herrumbre
transita por el agua.
Mi voz,
entre la hondura,
quiere tocar
las frutas derribadas.




Territorio poblado
por los ciegos,
pozo de la canción
y los ratos humildes.
Todo aquí se demora:
el intento,
las aguas,
el desorden.
Arriba,
un solo griterío
ya maltrecho.




En el recurso
de la sombra,
irrepetibles aves
que pasan durmiendo
entre mis dedos,
desconcertando al día,
que sobre mí,
desmorona su luz
sin entenderlo.




El derrumbe y el huerto
son la casa que guardo.

Cal,
manzana,
agua,
hermano.
Estancia de las cosas que pasan,
de Dios,
ocioso en su retrato.

El quicio que retengo
es ramaje y memoria,
pared,
asombro deshilado.

Mi habitación,
recodo del enjambre,
rumor,
desastre de campana.




Quedar en el rescoldo
con la cara alejada
del asedio.
Sin furia.
En el polvo.
Tocando sin responsos
lo precario
del incendio.




Medito mi silencio
trato que sea menos severo
pero la voz
se me rompe entre la lengua
como follaje abierto
por el viento.

Mudo,
miro astillas de cristales
en el suelo.




En mi habitual ocupación
de estar en el silencio,
aquí,
donde ha quedado
la ceniza derramada
y en donde sólo a veces y sin fuego
se agolpan las palabras,
aquí,
lejos del ardimiento,
recuento los instantes
de la flama.




El agua se derrama
sin dejar en la piedra
las huellas del encuentro.

Los surcos despojados
no saben de mi miedo.
No lo conoce el musgo
ni la mínima sombra
que el clavo de la cruz
da en su silencio.

El agua de las pilas
en vano mojará
todos los dedos.


Para mi hermano Eugenio,
asesinado en nombre del amor


Las puertas

están deshabitadas;
las voces
se van en la vigilia,
quedándose dormidos
en el campo elegido
los que tuvieron siempre
la liviandad del día.

Resguarda
la oquedad la llama en abandono
y sin ruido
se esparce
la mano desmedida.


Demolición nocturna,
estrago,
sumario en tierra
de todo agotamiento,
hilo propagador
del alarido.

Silencio
que, a distancia,
se restaura
y congrega
en el naufragio.




Toda visita
relata los temores,
acrecienta consignas,
remoza cargamentos
para al final decir:
lo más inaccesible
del derrumbe
ha sido de nuevo perturbado.