José Kozer



Selección y nota introductoria de
Jacobo Sefamí



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Nota introductoria


In memoriam, maestra Lilia Osorio

 

José Kozer es un escritor en el sentido absoluto de la palabra. Escribir es la actividad principal de su vida. Ese afán obsesivo está dado por la conciencia del registro como constancia fundamental del ser. Si no se escribe, no hay testimonio de existencia: no se vive. Para él, la literatura es una profesión que hay que llevar con rigor: cada libro (y cada cosa) tiene su sitio y su tiempo; sus diarios, poemas, correspondencia y demás están meticulosamente organizados en carpetas. Todo dispuesto con un sentido de obligación primordial con el lenguaje. El requisito indispensable es el de llenar los blancos que van dejando las fechas. De este modo, la poesía de Kozer está basada en la palabra como instrumento total para percibir y aprehender el mundo. Una cosa similar ocurre con Alejandra Pizarnik. La gran diferencia entre estos dos escritores es que mientras la argentina va en busca del silencio, el despojamiento de la palabra como único refugio alternativo (que, en los términos de su vida, significa suicidio), en el cubano la palabra es profusión, prolijidad, la aventura del lenguaje por todas las vías posibles-imposibles de expresión.

José Kozer es de esos poetas que nunca están conformes con su trabajo. Su literatura emerge a partir de la obstinación del idioma. A pesar de hablar y escribir con fluidez en inglés, eligió el español como modo de expresión (hay que recordar que en 1960 o 1965, el español no abundaba, como hoy, en Nueva York). Curiosamente, Kozer se ha convertido, con el tiempo, en uno de los mejores exploradores de la lengua: su poesía es invención, descubrimiento. Cada día, la tarea literaria consiste en reinventarse, imponer un nuevo orden al trabajo poético. A partir de 1983, el proceso de innovación, sobre todo a nivel de la construcción gramatical, se acelera notablemente. La poesía de Kozer —junto con la de algunos otros en Hispanoamérica— experimenta con el lenguaje a grados sumamente asombrosos: el verso larguísimo que, en Carece de causa, alcanza dos páginas; el paréntesis que adquiere nuevas funciones sintácticas; la indeterminación del sentido en favor de una predilección por la contigüidad asignificante, que favorece la sinécdoque; etcétera. Y todo esto en combinación con un examen riguroso de lo singular del momento actual, expresado en la multiplicidad de los temas desarrollados en su poesía, desde la crónica diaria de los quehaceres más banales, hasta la reflexión de fenómenos devastadores como el Holocausto.

En esta breve selección, el lector encontrará los modos en que Kozer ha ido descubriendo su(s) propia(s) voz(voces). Aunque no se conserva estrictamente el orden cronológico, sí se respeta la frecuencia de ciertas obsesiones que han ido permeando la obra. Pero, sobre todo, esta selección quiere ser un mínimo muestrario de las variantes expresivas de Kozer. Vista de esa manera, Bajo este cien sería el parteaguas de la obra del cubano; por un lado, los primeros libros, que desembocan en la antología; y, por el otro, los volúmenes posteriores. Es decir, en su modo inicial Kozer recurre a la ironía, a la automofa y a la agudeza lingüística (a partir de cierta influencia de Nicanor Parra) como recursos de una literatura que se origina en el dinamitaje de los modelos de la tradición. En un segundo modo, el cubano es aun más explosivo, pues hace que la virtud lingüística se formule a partir de la destrucción de la metáfora global y equilibrada del mundo. En “Te acuerdas, Sylvia” (Este judío de números y letras, 1975), por ejemplo, se hace uso del lenguaje directo para hablar del padre. Compárese ese poema con “Retrato de DK a los 76 años de edad” (Carece de causa, 1988). Inmediatamente, uno puede visualizar la diferencia; los versos del segundo se extienden, mucho más largos, en la página; la invención sintáctica radica en asignar a cada verso una sola oración que se diversifica, sin signos de puntuación, y que no emplea el orden tradicional de sus partes. Kozer usa la metonimia (y, sobre todo, la sinécdoque) para referirse a las ansiedades derivadas del conocimiento del padre; por ejemplo, acude a la profesión de sastre de su progenitor, pero de modo marginal, parcial: “Se agota absorto en el botón que le cuelga de un hilo en la bata azul celeste de casa una salivilla azul celeste le cuelga del labio inferior (irá) a desprenderse del cielo sobre la tarde...” El mal que abate al padre es transferido por contigüidad. La realidad inmediata de ese hombre está dada a través de aquellos datos que lo identifican: los hilos, las agujas, los diferentes tipos de telas, los sacos a medio hacer, etcétera. Lo mismo ocurre si revisamos el último texto de esta selección, “Figura”. Allí, el cubano establece su relación con el lenguaje; la “figura” se empalma metonímicamente con muchas superficies, aunque siempre se duda de esas filiaciones. Los elementos marginales (en paréntesis) pueden llegar a constituir la materia que asedia toda pretensión lógica y uniforme. El primer verso termina con la asociación del árbol con la figura, pero sólo para concluir en la arbitrariedad con que esos significantes se reúnen en la periferia.

De este modo, uno puede leer muchos de los últimos poemas de José Kozer y encontrar que en cada instancia hay una transgresión (incluso, y justo en esa medida, en los de índole oriental; ver el “Interludio” de esta selección). El hallazgo místico, por ejemplo, se da en la inmediatez y no como una búsqueda “profunda” y teológica en los vericuetos de la divinidad. El registro de la múltiple cotidianidad se convierte, así, en un instrumento básico de conocimiento. Llevar a cabo ese proceso con parsimonia y minuciosidad es labor que José Kozer ha tomado con absoluta seriedad. Sólo en esa medida podrá concebir la complejidad histórica de nuestro momento.

 

 

 

Jacobo Sefamí


Nota biobibliográfica

 

José Kozer (La Habana, Cuba, 1940) es hijo de emigrantes judíos de Polonia y Checoslovaquia. Reside en la ciudad de Nueva York desde 1960, y desde 1965 enseña lengua y literatura en Queens College. A pesar de haber tomado algunas clases en la Universidad de La Habana, inicia su actividad como escritor propiamente en Estados Unidos, al margen de sus coetáneos en Cuba o en la América Latina.

Kozer ha incursionado en diferentes géneros literarios: la traducción, en especial autores japoneses a partir de ediciones en inglés; el ensayo, sobre todo en cuanto digresión y reflexión, más que como disciplina académica; los diarios, en grandes carpetas, que viene escribiendo desde 1964; la profusa actividad epistolar que, muy bien, podría ser otro de sus géneros predilectos; y, sobre todo, la poesía. Ha escrito cerca de tres mil poemas, de los cuales sólo una mínima porción ha sido publicada. Sus libros son: Padres y otras profesiones (Nueva York: Ediciones Villamiseria, 1972), De Chepén a La Habana (en colaboración con Isaac Goldemberg, Nueva York: Bayú Menorah, 1973), Este judío de números y letras (Tenerife, Islas Canarias: Nuestro Arte, 1975), Y así tomaron posesión en las ciudades (Barcelona: Ámbito Literario, 1978; México: UNAM, 1979), La rueca de los semblantes (León, España: Provincia, 1980), Jarrón de las abreviaturas (México: Premia, 1980), Antología breve (Santo Domingo, República Dominicana: Luna Cabeza Caliente, 1981), Bajo este cien (antología, México: Fondo de Cultura Económica, 1983), La garza sin sombras (Barcelona: Llibres del Mall, 1985), El carillón de los muertos (Buenos Aires: Último Reino, 1988), De donde oscilan los seres en sus proporciones (La Laguna, Tenerife, Islas Canarias: H.A. Editor, 1990) y Trazas del lirondo (México: UAM, 1993).* También ha publicado varias plaquettes. La última, Prójimos. Intimates (Barcelona: Carrer Ausias, 1990), en edición bilingüe, fue traducida al inglés por Ammiel Alcalay. Además, Kozer es colaborador asiduo en un sinnúmero de revistas de España, Estados Unidos y Latinoamérica. Fue director de Enlace (1984-1985) y es miembro del consejo editorial de otras publicaciones periódicas.

La recepción crítica de esta obra ha ido aumentando en interés. Desde las reseñas de Eduardo Milán (en Vuelta) y las de Jorge Rodríguez Padrón (en Cuadernos Hispanoamericanos), hasta las entrevistas y estudios más extensos (hay dos tesis doctorales), Kozer ya es señalado como uno de los principales creadores del momento.

 

Jacobo Sefamí


* Otros libros de José Kozer son Et mutabile, 1995; Réplicas, 1997; y Rosa cúbica, 2002, entre varios más. (N. del E.)

 

Este judío de números y letras

 

Te acuerdas, sylvia

 

Te acuerdas, Sylvia, cómo trabajaban las mujeres en
    casa.
Parecía que papá no hacía nada.
Llevaba las manos a la espalda inclinándose como un
    rabino fumando una cachimba corta de abedul, las
    volutas de humo le daban un aire misterioso,
comienzo a sospechar que papá tendría algo de asiático.
Quizás fuera un señor de Besarabia que redimió a sus
    siervos en épocas del Zar,
o quizás acostumbrara a reposar en los campos de
    avena y somnoliento a la hora de la criba se
    sentara encorvado bondadosamente en un sitio
    húmedo entre los helechos con su antigua casaca
    algo deshilachada.
Es probable que quedara absorto al descubrir en la
    estepa una manzana.
Nada sabía del mar.
Seguro se afanaba con la imagen de la espuma y
    confundía las anémonas y el cielo.
Creo que la llorosa muchedumbre de las hojas de los
    eucaliptos lo asustaba.
Figúrate qué sintió cuando Rosa Luxemburgo se
    presentó con un opúsculo entre las manos ante los
    jueces del Zar.
Tendría que emigrar pobre papá de Odesa a Viena,
    Roma, Estambul, Quebec, Ottawa, Nueva York.
Llegaría a La Habana como un documento y cinco
    pasaportes, me lo imagino algo maltrecho del
    viaje.
Recuerdas, Sylvia, cuando papá llegaba de los
    almacenes de la calle Muralla y todas las mujeres
    de la casa Uds. se alborotaban.
Juro que entraba por la puerta de la sala, zapatos de
    dos tonos, el traje azul a rayas, la corbata de
    óvalos finita
y parecía que papá no hacía nunca nada.

 


La rueca de los semblantes

 

Amor para una joven aspirante a poeta

Romanticismo (I)

 





Amor para una joven aspirante a poeta

 

En Fontainebleau vida mía
tomaremos unas jarras de cerveza
bajo un parasol (Cinzano) una copita
de curaçao, picaremos niña
unos saladitos (pásame el hueso
de la aceituna). Luego
a trabajar en firme, que se titule el poema
“Fusilamientos de un caballero color siena”
donde haya una dama y su amor que muera
en las guerras napoleónicas. Para
un día de trabajo es suficiente: subamos
en Fontainebleau a la habitación, echémonos
a bosquejar arbolillos pelados a principios
de la primavera, despedidas
bajo palio de los amantes de Teruel, Verona
y con suma grandilocuencia (Vigny) “Jʼaime
la majesté des souffrances humaines
”. Con esta
referencia culta nos llega para seguir
mañana: de momento
las persianas para que haya sombra (igual
que en un buen poema es requisito indispensable
el frescor de la penumbra) y tira
de la campanilla para que la doncella traiga
una copa, alerta
niña que el poeta a tu lado es una
eminencia, coloca
en el flamante carmesí de tu mejilla
un ósculo
y se desata, marcha
más de una legua la infantería por doquier y
Napoléon épouse Marie-Louise, se ejecutan
como racimos en un abrazo.

 


 

Romanticismo (I)

 

Cario amava la sua donna in gelosia. Io amo, io
    amo!

Bestialidad.
No son hojas, polvo los amores: tuercas, bielas.
Puso la retranca el muy farsante y envió a su amada
    a los Alpes Suizos a hacer la cura.
Ella regresó el cutis rozagante, las piernas
    temblorosas.
Su busto y su sombrilla por los bulevares.
Cario amó: su anterior gallardía de sales para el
    desmayo y cigarrillos cayó en desgracia.
En su lugar, ramilletes de margaritas.
Cosa seria: búcaros, el mes de octubre, la primera
    migración de las aves y una tos persistente
    empañando de rojo las cristalerías.
Bochornoso.
Cario cela a Leticia: por los sagrarios, por los
    deambulatorios, al salir de la iglesia por la puerta
    lateral.
Por el futuro.
Mario, mal agüero, pasó por su reja: pétalos, clavel,
    pañuelos.
Lo de siempre.
Oh! si se aman! Oh! si se aman! si se aman!
    (retorcimiento de manos)
Cario amava la sua donna in gelosia.
Ahora sí que perdió prenda: su chaleco un botón
    que cuelga desprendido, la gomina y el té detrás de
    una ventana.

 


Bajo este cien

 



Tour de force

Rebrote de Franz Kafka





Tour de force

 

La Srta. Milady Crab, toda la mañana de compras
    (ajetreadísima) con que si el pan iba a ser un pan
    de trenzas o un pan redondo de centeno
o que
si fish or meat (todo pendía de un hilo) coliflores a la
    crema o papitas nuevas a la crema o que si el
    consomé
con una yema
o dos y el jerez portugués o español (indecisa)
    permaneció bajo el aldabonazo doce en el Big Ben
    y si eran doce los comensales (seis parejas) o
doce
parejas los comensales (Mr. & Mrs., Barón y
    Baronesa, el Marqués y la Marquesa de X. ¡bah!
    el ujier se hará cargo, pidamos
al cielo
que no traspapele las tarjetas de presentación, ya
    sucedió varias veces: la edad, la edad que no
    perdona) si hacer
un flan
de leche condensada o con coco rallado o si echarles
    alguna pirotecnia flambé (suele animar los postres)
    raro
sería
que no estallaran los aplausos, chascaran las lenguas
    si en la flanera aparece un tocino de cielo
a veinticuatro yemas: hacia
las cinco realmente mucho estaba resuelto y sobre el
    viejo arcón (pino liso) en la saleta inmediatamente
    al entrar al apartamentico
Milady Crab
había colocado el mantel de algodón a cuadros, dos
    tipos diferentes de queso, un plato de aceitunas
    griegas (un pan) (pan de molde o una hogaza 
    recién horneada por Cakes ʼn Spice) cuatro
o seis
vasos (cuatro o seis copas, talladas o sin tallar)
    (cuatro o seis copas, por dos: puede que sean
    cuatro o seis parejas las que invitó) y aunque
son tiempos duros
mejor pasarse que quedarse corto y bajar (sobra
    tiempo) a comprar un galón de tinto (o blanco) la
    cosecha italiana este año resultó abundante
así
es que vengan que vengan los seis (o a las seis) o
    como fuere que cursó o que no cursó o que está a
    punto de cursar las invitaciones (en letra gótica,
    dorada, please y ponga el rsvp encima a la
    izquierda)
para la semana que viene.

 




Rebrote de Franz Kafka

 

Es una casa pequeña a dos niveles no muy lejos del
río en un callejón de Praga. En la madrugada
del once al doce noviembre tuvo un sobresalto, bajó
    a la cocinilla con la mesa redonda y la silla de tilo,
    el anafe y la llama azul de metileno. Prendió
la hornilla
y el fuego verdeció a la vez (tres) llamas en los tres
    cristales de la ventana: olía a azufre. Quiso
pasar
a la salita comedor a beber una tisana de boldo y
    miel, corrió la silla y se acomodó delante de una
    taza de barro siena que había colocado no se sabe
    hace cuánto sobre el portavasos de mimbre a seis
    colores, obsequio
de Felicia: y una vez más
apareció Felicia con la raya al medio, las dos trenzas
    y un resplandor de velas en el óvalo blanco de
    aquel rostro ávido de harinas y panes de la
    consagración, rostro
tres veces
una llamarada en el cristal de la ventana: apareció. Y
    era una vez más la niña tres veces de sus muertos,
    acudían
al golpe
del triángulo unos músicos de cámara y al golpe de la
    esquila (las tres) en el alto campanario no muy
    lejos del río: se arrellanaron, diez
tazas, diez
sillas en la inmensa casona de las mansardas, la casa
    en que los miradores y las cristaleras (establos y
    galpones) se abrían día y noche, el agua
y las esponjas
relucían. Pues, sí: era otra época y un coro de
    muchachas vigilaba las teteras (bullir) los
    eucaliptos (bullir) la mejorana y un agua digestiva
    (mentas) aguas
de la respiración: todo
tranquilo (por fin) todo tranquilo, subió los escalones
    y vio que se tendía en el cristal de la ventana (por
    fin) sin una aglomeración de pájaros
en la ventana.


 

La garza sin sombras

 

Apego de lo nosotros

Jerusalén celeste

Comunión



Apego de lo nosotros

Para Guadalupe

Di, di tú: para qué tantos amaneceres.
Qué año es, era.
Te previne: podría aparecer una pera de agua en el
    albaricoquero cargado de frutos, hacerse
escarlata
la savia del rosal; sonreías. Y ahora reímos,
    rompemos a reír a carcajadas, blusón
de lino, faja
sepia con un emblema geométrico, también te
    previne: y ves, un arpa en el peral del patio,
    ¿arpa? Tres años
que no llueve
y debajo del albaricoquero hiede a humedad: a
    gusaneras fortísimas que devoran cuanto cae,
    devorarían la propia lluvia
si cayera. Si
cayera, recordaríamos aquel tren de vida metódico
    que tanto nos gustaba: mojar
las galletas
de anís en el café retinto (yo te enseñé a decir, café
    retinto y carretero; sonreías): mojar. Qué seres
tranquilos. Y
toda tu admiración volcada en aquella frase que nos
    resumía: “es que sabemos administrarnos bien.”
    No digas
que no
te previne, había tantas señales: el varaseto que
    apareció roto inexplicablemente el peldaño que
    faltó
de pronto
a la escalera de coger los frutos ¿del peral, del
    albaricoquero? Cómo: yo lo supe, yo lo supe.
    Mira,
dormías
aún y me quedé de pronto (tan temprano) en la arista
    en altas celosías en la revuelta de un arco hacia
arriba, quizás
aún dormitas: dos lustros, o dos décadas, ¿pasaron?
    Qué hubo. Qué
del segundo
movimiento andante sostenuto, ¿recuerdas que por
    aquella época descubrimos los poemas del amado
    Sugawara No Michizane, amantísima? Amantísima,
    del arpa
desciendas, de
los instrumentos de cuerda desciendan tus dedos
    numerosísimos que me toquen al hombro, que me
    prevengan: la mesa, está servida. El plato de
    cerámica
granadina
con las galletas de anís y frente por frente los dos
    tazones de café tinto. Servida
la mesa
e imitábamos como si hubiera un mayordomo yo fui
    tu mayordomo y mayordoma (“la mesa está
    servida, Señora”), ¿te acuerdas? Qué
miedo
le cogimos al plato cómo pudo resbalársete de la
    mano el plato el número siete la luz crecer de la
    luna al entrar por el enrejado de la ventana, irisar
bajo
la campana de cristal las flores del albaricoquero las
    flores del peral, flor de tul flor de cera toda esta
    habitación esta mesa
servida.

 




Jerusalén celeste

 

La mariposa blanca rozó mis prados, un domingo:
    prados en que estoy implicado, llenos
de amargón. A la derecha
la laguna que aún me convoca y yo me niego; he de
    vivir: engordar y reír, enrojecer
como
un burgomaestre cachetudo, Hals. Qué vi a la
    izquierda: tráfico. La automotriz irrealidad de las
    ciudades, yo
por mí
me cambié y vi plumones: qué felices que fuimos
    cuando descubrí el domingo de los amargones
y cocinaste
al aire libre un pernil grande que tenía la forma de
    un huso, lo adornaste
a base
de clavo y maíz, papas hermosas de Idaho; jugaron
    al salto de la suiza nuestras hijas: eran
dos
las mariposas celestiales y si fueran tres hubiera dado
    igual que fueran cuatro, trenzas y cabellos al
    caracolillo hilvanados
de azul
y amarillo en toda la brotación de mis prados: a la
    comba, nuestras hijas subieron
altísimamente
a nuestra primera gran convocatoria que fue en el
    cielo, amada: de la cintura te agarré y me provocó
subir
contigo al árbol de cuatro troncos añosos, no hubo
    manera: qué lindo, fracasamos. Reíste
de la cintura
para abajo y me dejé llevar por tus anchas pasarelas
    japonesas, tu viejo puente español
de argamasa
y piedra, nos picó una hormiga: sonreímos; la
    hinchazón y aquel timbre a músicas lejanas
nos amedrentó
como si hubieran caminado las niñas sobre las aguas
    de la laguna a la derecha
y por la izquierda
de pronto hubiera rezongado el destructor de la
    ciudad
tachonada.

 




Comunión

 

He de entrar en las trojes: he de ver el incendio.
Un pan de agua cocinaré en esas trojes, una pizca de
    sal apagará el incendio.
La línea viva, la vi.
No vaciló la llama: aire. En los trigales.
Mi hermano, por fin lo tomaré del brazo al salir de
    las trojes: en el umbral de los trigales.
Vino del incendio, vino conmigo.
La ampolla en los callos rezuma a benjuí a hermosas
    naftas rosáceas como llamaradas en el iris de mi
    hermano.
Ambos, de pana y corbata.
Los dos con buenas botas de tafilete y buenos
    cinturones de cuero.
Los dos, con ojales.
Hemos salido de las trojes, mi hermano: y tal parece
    esta vejez que acabáramos de entrar.
Tan barbados.
En nombre de estas barbas la encarnación del agua.

 


 

Y así tomaron posesión en las ciudades

 

Interludio



[LOS RASGOS Y LA SOMBRA...]
[EN SU PEQUEÑA DESVERGÜENZA...]
[ES CUMPLIDOR, JAPONÉS Y ELABORADO...]
[EL FILÓSOFO MO TSE ENSEÑA...]



LOS RASGOS Y LA SOMBRA de la mujer milenaria de
    Cheng Ho acusan tanto la reserva como el
    desaliento mismo de la paciencia.
Todas las tardes regresa de la inspección y al llegar al
    puente de bambú que la separa del caserío donde
    rige en nombre de su marido el almirante Ho
la vieja princesa Ming no se atrevería a apoyar la
    imaginación hace años exenta de palabras.
Incluso en 1307 amó al primer arzobispo Juan de
    Monte Corvino huraño y animoso bajo la posición
    del sauce y las estrellas cuando los tibetanos sin     
    límites al cielo se amurallaban al pie de las estatuas
    de la soberbia asiática.
Incluso su marido de saberlo callaría: mutuo es el
    respeto cual acequias paralelas
que vivifican por una parte frutas del mes de agosto
y al otro lado de aquel camino sin orlas ni despido
un horizonte al mar
para Cheng Ho recaudar las tributaciones que no son
    pañuelos.
Fueron demasiados años para ella cuesta arriba,
    doctrinaria.
Demasiados años la piedad y la obediencia para
    Cheng Ho, el almirante eunuco, conquistador del
    Océano índico, de Ceylán y Sumatra.

 




EN SU PEQUEÑA DESVERGÜENZA borda cuatro letras
    azules y rememora.
La penumbra de la habitación se presta al menudo
    apogeo de los ruiseñores capaces de dislocar la
    mañana.
Sobre el mantel el alba confunde la llama del
    quinqué,
los gorriones dejan sobre la nieve la insistente
    repetición de un ideograma.
Y el alba la seduce a despertar orientando el fragor
    de una tetera,
las quietas porcelanas de un agua de jazmín,
la intensa caligrafía rumorosa de unos pasos.
Cuando entre su madre apoyada en un bambú
los sampanes habrán navegado hacia las
    desembocaduras de una sombra.
Guiada por el río pasará una doble bandada de
    azulejos girando
cuando entre su madre a regañarla en el insomnio.
Sobre la chimenea los objetos simularán una última
    vivacidad indeterminada
cuando la muchacha busca su dedal revolviendo entre
    los hilos de su costurero.

 




ES CUMPLIDOR, JAPONÉS Y ELABORADO, amanuense.
Es breve, además, para los oficios, los banquetes, la
    diplomacia.
Acata, con sus disimulos, por el Emperador y la
    Emperatriz.
La nación, para los libros y el futuro desenrolla y
    venera sus manuscritos.
Se reconoce en sus versos con alondras y duraznos.
Todo el país lo representa con sus tonos naranja.
Aunque ninguno considere su ternura mayor que
    parasoles.
La somnolencia y la delicadeza en sus ojos de sapo.

 




EL FILÓSOFO MO TSE ENSEÑA: refutarme es como
    tirar huevos a una roca.
Se pueden agotar todos los huevos pero la roca
    permanece incólume.
El filósofo Wo agota los huevos del mundo contra
    una roca
y la conquista.
Primero, al hacerla memorable.
Segundo, porque en lo adelante y dada su amarillez
    excesiva
quienes acuden a la roca
confunden la luna y los caballos.
Y tercero, aún más importante: un veredicto actúa
    sobre otro veredicto,
anula la obsesión de sus palabras.

 


 

El carillón de los muertos

 

Home sweet home

 

Ya pasaron: aquellos días de verdadera agitación.
Hay una gotera en el cuarto de la niña, dejó de
    rezumar (pese a que llueve)
    (llueve) está ahí la gotera,
    no rezuma: el Bendito.
En casa, hay cinco relojes: detenidos.
No obstante el que funciona, espeluzna: son así
    estas cosas estas noches (lapsos)
    o la luna a franjas por la persiana
    o el respaldo en sombras a travesaños
    de la silla, en la pared (una reja).
Sonó el teléfono, no contesta el vecino qué le pasa.
Qué habrá pasado: la correspondencia se me fue
    acumulando asimismo el trabajo
    asimismo un catar de vinos nuevos
    o el sonido de la cigarra que es
    verano: Máximo acaba de telefonear
    que lo del médico el veredicto
    estas cosas son así (suceden)
    indescifrables.
Lo de todos los días: iba a escribir otra cosa, se me
    olvidó.
Todo tiene su dificultad pese a que el duelo con pan,
    mejor se sobrelleva: qué extraña
    carne somos (carne cuaresma de
    carnestolenda conocedora carne
    de continuidad) y somos visitados
    según la señal su índice su antojo.
¿Aceptemos?
Personalmente, yo me niego (claro, es un lujo que me
    puedo dar yo tengo mi casa) soy
    propietario de un chalet de
    ladrillos tejado a dos aguas
    azotea que si no fuera por los
    chapapotes los cuartos de casa
    se nos mojaban.
¿Y?
Seríamos peces sábanas recién blanqueadas seres
    hospitalarios lavados por el
    agua viva que rezuman las
    mamposterías (y qué otra
    cosa tiene uno sino cuatro
    paredes): bien que reflejan
    su sombra en la pared las
    macetas del alféizar la
    begonia florida sobre la
    antigua cómoda Shaker del
    dormitorio con el Cristo
    mexicano la vaca en lasitud
    de goma
Esa es tu infancia, ¿verdad?
Bravo por ti por tus vacas de goma los mugidos del
    agua en las charcas (bravo) por
    la quietud del viernes con nuestros
    charcos de vino tinto al fondo del
    pozo los cuatro pasos bovinos
    escaleras arriba camino de la
    cama por el recodo veremos esta
    noche el carillón con doce efigies
    en la torre de Praga.
Viva: y que vivan los olores de casa.
Ya paró de llover no tiene muertos el campanario sólo
    yo y mi deseo (sólo yo y mi deseo):
    el periódico algo revuelto sobre la
    cama matrimonial (por la ventana la
    espesura de los sicómoros aunque si
    mal no recuerdo este mes este mes
    estamos en febrero) un interruptor da
    o niega la luz no tengo mayor deseo
    que mi cansancio los libros en las
    repisas la saetilla del reloj hacia
    atrás en noviembre con el árbol en
    frondas (frondas) del árbol.
Mujer, mía: sé somera (huelga decirlo) qué bien te
    podaron la cabellera, Juana de Arco.
Medieval señora: el orden en ausencia o en actualidad
    es igual a sí mismo como las
    tablas rasas (después de todo
    qué inocentes fuimos) de nuestra
    primera y segunda procreación
    matrimonial que produjo la
    vasija y (dentro) la gota espesa
    de almizcle y aún más dentro el
    diminuto cáliz matrimonial de la
    respuesta.
Bien que estuvo.
Hecho: dos hijas unos cachivaches que sin quererlo se
    fueron amontonando o la lámpara
    1929 (su tulipa, beso) con forma
    de milenaria seta azul sobre
    dorado (pasó la ferocidad)
    (puedo andar: cruzar dos palabras
    con la Idiota) bonito peldaño
    que acaba de crujir (supongamos
    que duermen) (supongamos que la
    maternidad las arrulló) (entra)
    (entra) la habitación (nos ajusta).

 


 

Carece de causa



Indicios, del inscrito

Retrato de DK a los 76 años de edad



Indicios, del inscrito

 

Está la yema del dedo corazón de su mano derecha
    en la extensión del versículo que dice
    Isaías (5:24) todavía está húmeda
    la yema del dedo índice (húmeda y
    grana) se derramó (ése) (ése era
    Elías, en lo alto) en el recto
    apresuramiento de la yema de aquel
    dedo que recorre en toda su extensión
    un versículo (se detuvo) derramaron,
    la copa: David, con el arpa ante la
    silla (Dios, mucho mayor) el orín
    (traba) las cuerdas del arpa (al menor
    toque) se desmoronará: ése, fue un rey
    insaciable; y éstas ya son sus
    generaciones venideras como aquél que
    se sentara a la cabecera de la mesa
    (rapado) (miope) se mece se inclina ah
    se emociona (y se ladea) es servicial
    es recto está embriagado de que haya
    cundido tanta desolación contra
    Jerusalén reyes inacabables cabalgaron
    hasta la frontera del limo, se
    desmoronaron: (él) señaló con aquel
    dedo índice las atalayas que parecen
    lienzo blanco calcinado (señaló) las
    fronteras en que Adonai varó los ganados
    hizo incendiar la túnica de los jinetes
    (embriagados, de sí) cabalgaron hacia
    la frontera (él) los señaló en el
    versículo donde dice fuego dice
    calcinación (óseo) espectáculo el ganado
    varado en aquella frontera de sí (no hay
    más rumbo) el esqueleto de la vaca está
    oxidado (orín) las cuerdas: rey David
    (yom) la noche.
El dedo de mi abuelo Isaac o Ismael o rey ahora sin
    nombre o de nombre Katz o de nombre Lev
    o corazón de Judá (señala) la
    palabra donde se detuvo la recta
    maraña de las palabras, rey
    extranjero: el dedo, sobre la boca
    del hormiguero.
5:24, el fuego: óseo.
La huella digital es lo que queda la uña tiene voz aún
    para algún aleluya en la cuerda del
    arpa.
Traigan, su arpa: los batientes de la ventana del rey
    David el alféizar de su ventana
    hasta todo lo alto de las atalayas
    son lienzo derramado, en
    descomposición: en descomposición,
    el arpa.
Alabémoslo: Él entiende sus cosas; Él entiende lo vivo
    en el objeto varado: el agua o el
    vino de las crecidas, pasada la
    frontera: Elías, a la cabeza de la
    biga de los jinetes que cabalgan.
El dulce yugo, del sueño: se cumplió.
Cumplido: pasada (yom) la quinta hora de la tarde
    del mes cinco del día veinte (es concreto:
    mi abuelo) el dedo índice (suave)
    posado sobre la rienda de su
    cabalgadura (suave) el versículo
    que lo guiara lo guía a la pequeña
    frontera (concreta) de su hormiguero.
Entre jinetes: señalado.
Todos, igual: el brazo izquierdo marcado por el
    fuego de las filacterias (marcados) los hombros
    por la voz del lino en el manto
    incendiado que recubre los hombros por
    igual de uno o éste (otro) o aquél, por
    igual todos reyes.
Sus monturas, apestan: el contrito que expió, apesta.
Mas es alheña el hedor (bodega olorosa a pasas) la
    muerte sobre el abuelo (su fornicación) una
    planta aromática.
Está, en la sala: a la cabeza de la grandísima mesa con
    la gran arpa de su visión a la mano
    derecha de su postura, delante del
    libro.
Y al pie del arpa, un tibor: para que escupa.
Su muerte sus cabalgaduras su galope ritual de
    palabras (extranjeras): compuestas; de semillas
    de cardamomo (semillas) de cártamo para
    la unción nupcial de su manto su
    baldaquino su bonete ritual (ungido) por
    la gota (nupcial) de vino que guarda
    bajo la lengua: muerto.
Todo (ungido) a su alrededor.
Y mucho más allá, entre circunferencias: en la
    frontera ulterior, la sala.
En la sala, una planta cubana de interior: la areca se
    reprodujo.
El alféizar de la ventana es de piedra inmortal.
Los batientes de la ventana son de boj inmortal que ni
    galernas ni ciclón de hormigas ni
    descomposición ninguna, alteran.
Mi abuelo es de la fila genealógica de David, ante el
    arpa: jovenzuelo. Entre colgaduras.
    Entre jaeces. En sus pabellones. Todo
    el brazo derecho extiende al máximo el
    arma ritual del arquero (extiende) la
    ballesta al máximo de ballesteros en
    sus atalayas la flecha que disparará
    es bodegón de palabras un bodegón de
    líquidos que su unción, derrama: desde
    allá, toca la casa toca la mesa
    grandísima de pascuas a que nos sentamos:
    ésta (la silla) éste (el respaldo) éstos
    los jueces envarados que nos juzguen:
    éste es el libro de Isaías (abierto)
    en el versículo correspondiente del
    día en que corresponda reunimos como
    hojarasca calcinada del Señor, a bajar
    la cabeza bajo el peso contemplativo de
    las palabras extranjeras que al son de
    arpas al son de cítaras muy interiores
    elevaran a Elías muy en lo alto guiado
    por una biga ungida de caballos (nada)
    lo ataja: soy libre; de imaginación soy
    libre. Columbro las arpas del rey David,
    sus atalayas: (embadurno) su cuerpo con
    aceites aromáticos de cardamomo la yema
    de mis dedos tocada de eneldo lava la
    viva cavidad bucal de David: gran rey
    gran estirpe, los muertos.
Éste, desciende de Israel: se llama Isaac (es concreto)
    está muerto (mi abuelo) a veinte
    de mayo, casi entrada la noche.
Y ahora es que recorre los versículos inalcanzables del
    libro cada palabra que toca la
    yema de uno de sus dedos de la
    mano derecha, se abre: en la
    frontera (se abre). Pasada la raya
    de guerras (raya) de la embriaguez
    (toca) la yema del dedo sobre
    dulcemente sobre casi imperceptiblemente
    en el libro, palabras: una es silla
    una es cuero una pergamino (todas)
    caballo.

 




Retrato de DK a los 76 años de edad

 

Huele a marismas un trombo anida en sus ingles
    (abre la boca: absorto) extiende el brazo
    (amaga) tocar unas rosas carmesí
    hechas a base de masilla migas
    de pan (no) se atreve (se podrán
    desprender) unos coágulos que
    anidan en su vientre (movió) el
    vientre a la madrugada (recordó
    que en su país llaman a evacuar,
    corregir) olvidó que había ido y
    luego del segundo desayuno (eslavo)
    (literario) pidió que lo purgaran.
Que mucho le pesaba el bajo vientre.
Y la tarde, inmóvil (regó las dos arecas la malanguita
    en sus macetas blancas, recubiertas de
    imitación bambú) dispuso la cama para
    la siesta (cuánto ha dormido) silbó
    (se le cortó el silbido) inmóviles
    matas de fruta bomba en el jardín
    de enfrente (si pasara una vaca si
    escuchara un cencerro: Señor, una
    vaca un hato de borregos Señor)
    (una esquila: anunciaban tan bien
    la caída de la tarde, antes cuando
    fumaba) (Señor, una terraza) y las
    hormigas amarillas formando una
    elipse paralela (casi) a la grieta
    de la blanca fachada de casa
    (en ascenso, la grieta) sus larvas
    sus capullos su ínfimo enredijo
    animal del que saldría una gran
    mariposa blanca (inminente, es
    inminente) cualquier tarde.
Y las hormigas (clepsidras) amarillas.
Se agota absorto en el botón que le cuelga de un hilo
    en la bata azul celeste de casa una
    salivilla azul celeste le cuelga
    del labio inferior (irá) a
    desprenderse el cielo sobre la
    tarde el pavimento reflejo al sol
    de las ciudades el iracundo cielo
    dejará sentir su mano una bandada
    negra de pájaros sin fondo sin
    graznido surgirá de la grieta del
    cielo (flotarán en lo alto se
    zambullirán con un tajo en hoz
    esos pájaros negros en el vacío)
    se abrochará (solapas deshilachadas)
    su bata de casa (absorto) en el
    monograma del bolsillo con su
    gavilla que separa las letras del
    nombre qué nombre del apellido:
    se llama juez y parte rey de huestes
    y efímero tajo del ave en los cielos
    (es) ave Dios (es) ave su arcángel
    (aves) son los tres coágulos que
    anidan junto al ancho aneurisma
    de su vientre (ira de Dios)
    (estallará) en sus mercedes.
Lo anegarán.
En su vigilia (aumentó) media pulgada en unos pocos
    meses (se fatiga) el aneurisma (cepo de
    Dios) se va a deshojar la areca
    en cuanto la roce un rayo de luz
    por entre los cortinajes a las
    penumbras de la sala (Señor, Señor:
    está balando el hato de borregos en
    esta misma sala) no hay casa no hay
    gabinete de estudio con pulidas
    majaguas que reflejan el té las
    cestas de pan dulce la bandeja a
    dos tazas la luz del sol un pequeño
    reguero de migas sobre la mesa (siempre
    quiso comer a pelo sobre la madera)
    dieron la hora del segundo desayuno
    sobre las majaguas no hay muebles
    (una) ventana clausurada por tres
    tablones tres tablas despintadas
    de verde para el mes de septiembre su
    temporada de ciclones (sacaron) a la
    intemperie una butaca (al pie, de la
    pradera) se arrellanó (dormita)
    (duerme) (silba, la boca entreabierta
    de la que pende un hilillo azul de
    saliva que mojará en su sueño la
    boca del pantalón del pijama boca
    procreadora sin ascendencia): y por
    su sueño en la butaca de la sala
    descienden las reagrupadas hormigas
    amarillas de su antiquísima
    adolescencia (deposición) de orugas
    son (pústulas) son bichos en sus
    brazos que reposan recamados de pecas
    manchas postillas que son labraduras
    de Dios (deposiciones) de los borregos
    de Dios que marcan el pequeño espacio
    de sus brazos abiertos en reposo
    sobre el butacón de la sala.
Está repuesto.
De toda la filigrana viva de sus menesteres que al
    toque del alba iniciaba con sus calistenias
    en pantalón de pijama y camiseta
    (once horas siempre me parecieron sus
    ejercicios respiratorios) sorbía a
    grandes grumos ruidosos su pan mojado
    en el café con leche prendía su
    veguero de a medio (1936) su veguero
    de a veinte repetido ocho veces en
    un ritual por ocho (1953) fue el año
    de mi iniciación escamoteé un veguero
    de la oscura gaveta del chiforrobe me
    lo fumé me puse blanco una mano piadosa
    me subió a la cama, endomingado: éramos
    (hombres) hechos (por fin) y derechos
    a la vida diaria de los sacos visibles
    de yute al hombro de los cargadores
    del muelle en aquella ciudad de estibas
    mar pacíficos blancos con su hartura
    insondable de hormigas a un centro
    vivo de actividades (nos hundíamos)
    el escolar y el mercachifle el
    partícipe de los libros y el mayorista
    que una vez dijo haber trajeado a
    media población endomingada en los
    parques del interior de Cuba.
De la bondad, el ojo cierto de sus costuras.
La aguja, tembló (azogue) el reloj (son las cuatro)
    viene la noche (se morirá): es él,
    como siempre (esta vez, él)
    que acude (no tiene nada que
    hacer) a esperar que lo llamen
    (tañan) alguna sombra pase a su
    puerta se apiade del interminable
    día que no acaban por tocar a su
    puerta un toque de sombras un
    rasgueo imperceptible de los
    nudillos a la puerta para que
    acuda (meado) del vientre hacia
    abajo (amado) por moscas del
    corazón abajo (nadir) el día:
    forjan los pájaros en bandada allá
    en lo exterior un halo grande a
    la espera por los nimbos del cielo
    se filtra como un ruido de peces
    o pájaros chapoteando de ala en
    ala (cabrilleantes) escamas, la
    luz del cielo desciende en un
    amplio abanico de franjas hacia los
    lisos techos de brea y arenisca de
    la ciudad (se derrama) luz las
    adelfas luz los papayos (umbrosa)
    luz la cuaresma que se desliza
    sobre las amplias alas que peina
    el viento al mecer la hoja de los
    plátanos que hoy es febrero
    (se morirá) tres toques (las grajas
    a la puerta) (la lluvia a la
    puerta) sobre los hilos del tendido
    eléctrico (grajas) en todo lo
    exterior (hacia poniente).

 


Poemas inéditos





Jacob Böhme

Kleist

Figura







 

Jacob Böhme

 

Éste es el único caso del hombre que encontró a Dios.
Era pelirrojo, vendía nomenclaturas, pasaba el día
    leyendo: de mal dormir, lo hacía de color blanco;
    no cabe duda de que alrededor de aquella
    blancura, sentía miedo: el negro de la noche más
    cerrada perdería con la comparación: y no cabe
    duda de que titubeó al principio llamar Dios a la
    blancura, ¿todo era un centro? Peldaño a peldaño
    recorrió lo incomprensible a mayor oscuridad,
    mayor clarividencia: los ojos, a todo se
    acostumbran.
No es necesario contar lo que encontró: cálculos y
    descripciones fallan a ojos vistas buen cubero no
    necesita manos ni romanas, de pronto supo quién
    qué cómo dónde era (estaba) Dios.
Fue un zapatero de mal vivir tempranero y astroso,
    frugal: su única pedigüeñería era la avaricia de
    Dios, abolición propia: lezna y agujero o zapatazos
    y vigilias rebasarían aquella desproporcionada
    necesidad, encontró el Camino: todo llega. Todos
    aquellos peldaños regastados por sus pies desnudos
    o los pies calzados en cuero de su numerosa
    clientela, eran prescindibles.
Suela pie y peldaño, descartó: no es única la Horma
    cada figura tiene entidad propia (así no lo parezca)
    cada elemento de la entidad posee sus propias
    características distintivas por el color olor utilidad
    (tacto) nada es o aparece jamás en el Universo,
    dos veces.
Dios, es Uno (también): según nuestra historia (ésta
    que aquí narramos) el desconsuelo del zapatero
    ante su encuentro encontronazo o Revelación lo
    dejó (con toda su jerga y con todo su silencio)
    junto a la abertura, una vez más emboscado.

 





Kleist

 

A ambos lados de la laguna (lugar) la luz transmite el
    sopor de una leche recién surgida de las ubres.
La cofia y el delantal de la camarera están
    almidonados la punta de una plancha los alisó.
Una camarera rubia, de revuelos: y un mayordomo
    (ubérrimo) de carrasperas con la servilleta de
    algodón almidonada la mirada perdida en la
    lontananza en la ubérrima horizontal, del espacio:
    la servilleta cuelga como un retazo pasajero de
    aves, de su antebrazo.                                                 Escena, de un suicidio: un pacto útil y doble de
    espejos y cajas de sándalo, taraceados: maderas
    indias olores y fragores (falla) de la materia
    (alterna) qué habrá tras el agujero, al norte: nieva,
    y el ojo de la aguja regresa a la forma única (final)
    de la laguna.
Una mesa de palisandro cuatro sillas de respaldo
    ovalado, redondas en la silla vacía, la Dama:
    frente a Ella en la silla vacía, su reflejo: y
    (tranquilos) (sonrientes) en sus asientos se aprestan
    a recibir el flujo vivo (impacto) de la substancia,
    comensales.
La escena: una mesa cuadrada cuatro sillas redondas
    dos platos con figuras carmelitas dos platos, albos:
    ellos y en su contrariedad una misma condición
    (escueta) duplicada, de vacío: los sirven, un vino
    blanco (cigüeña, reconcentrada) una pasta de
    salmón (delfines) un pan plácido (mesetas) el
    medallón perfecto al escalpelo, de reses (bóvedas):
    ocaso, primera manifestación del orbe en el
    momento anterior de la estrella a un titubeo: y
    brindan, el índice al unísono se llevan a la sien.
Aleluya, la muerte (aleluya): y el sonido interminable
    del agujero en los bosques inmediatos el martín
    pescador hundiendo la cabeza un sobresalto la
    laguna.
Los dos forenses rozan las páginas abiertas de un
    libro a la orilla (jirones) sus batas.

 





Figura

 

En el ángulo superior y derecho del poema vemos
    una figura (visible, apenas) entre unas telas o larga
    capa de yaguas o quizás una urdimbre de malojas
    o corteza de alcornoque (quizás la figura sea
    cerámica) cabe decir con certeza absoluta la única
    certeza (posible) que su ubicación es ahí (ángulo
    superior derecho, del poema) (incluso, si éste u
    otro podría ponerse en tela de juicio) (mas, y con
    el fin de evitar mayores complicaciones, está aquí)
    hela, figura (sobria) a punto de iniciar una acción
    verbo o movimiento pendular o recto para
    constituirse o deslindarse o por cierto desaparecer
    del todo (pues ya era hora) (nada permanece ni se
    está quieto todas las horas) (ahora, tal vez, veamos
    de qué se trata): está (contiguo) el árbol, mirarlo
    más allá de la duración del poema a fin de reunir
    árbol y figura (en verdad, y sólo entonces,
    deslindarlos) y dar (con) (el) nombre del árbol
    estamos en zona norte y periférica (sí) (un
    alcornoque).
Esto, al menos, se sabe.
Yo miro: en el espacio o lámina un alcornoque
    corpulento cuya corteza fuera recién extraída para
    la confección de unas (toscas) ropas (largas) de
    peregrino que no mueva el viento en ninguna de
    sus numerosas variantes y circunstancias (así, noto
    y austro dulciformes o ábrego y tramontano
    ulululones) esa ropa está firme está quieta (ahí)
    inamovible no hay fuerza motriz que altere
    desplace o agite un punto (por mínimo) la figura
    (mirémosla, a su difícil centro acudamos cual
    abejos y hormigos y cigarros a mirar) (mirar) está
    empapada: aguas calostro fiebres ceras serrín
    salazones faena el venéreo apetito la andina
    hondura del mantillo o las agujas repodridas del
    pino en las pinedas interminables (todas) (y cada
    una de estas cosas) (y más: hay más: habría y
    tendría que haber por supuesto mucho más) calan
    a fondo todo lo exterior, de la figura (mano
    derecha, supra, poema) no la rozan ni mucho (la)
    zarandean, quebrantar (su centro) un (imposible):
    pupila de la pupila en la cola cerrada del ojo único
    del pavo real y sufijo único (último) de la luz,
    ciegos (acudamos) a ver qué certeza última (única)
    deslindamos.
Y sin embate (ya) poder decir (¿decir?) no es
    quebracho ni guanábano ni alborotado panal de
    niguas zumbando alrededor de la larga capa del
    peregrino (¿capa?) (¿y peregrino?) (¿será de tediosa
    y reseca cerámica invulnerable, la figura?): no es
    palma real no es brezo áloe ni altura (olmo, nogal)
    jamás será otra cosa: un algarrobo, jamás. ¿Y
    tocón de algarrobo, por favor? Tampoco, y jamás.
    Queda (claro) dicho: sea. Esto, ahí, así, se llama
    árbol alcornoque de cuya corteza sacan los
    hombres el material poroso y funcional
    denominado corcho de utilización industrial que
    conocemos bien desde los llamados tiempos
    inmemoriales el peregrino o figura en el ángulo
    superior derecho de este poema (o cualquier otro)
    viste largas ropas (curioso, ¿verdad?) (¿y qué
    verdad?) fabricadas del material que se desprende
    en épocas de cosecha del árbol (nuestro)
    alcornoque: miramos y vimos; está claro.
Y apena mirar el árbol en su espacio único (y último)
    en carne viva y llagado (mojándose) a la
    intemperie (llueve) (y llueve) quema su cruda carne
    expuesta a brumas lluvias vendavales el inclemente
    frío norte y la nevisca: pobre pobre su utilización.
Descortezado, el alcornoque (para vestir o tal vez
    ataviar la figura a su lado, extremo derecho, ahí)
    entre aguas resplandece llamea, rojizo (imberbe)
    (púber, árbol): bello animal (nuestro).
Largo, está el ojo en su corpulencia: el mucho mirar,
    descompone. El alcornoque, está desfigurado. Su
    razón expresa consiste (ahora) en configurar
    aquello a su lado que vemos desde aquí a punto de
    alzar (¿es movimiento, verbo, figuraciones
    nuestras?) (pobres pobres, nosotros) un pie
    descalzo o con sandalia de líber golpeado y
    reblandecido hasta tomar nueva forma denominada
    sandalia y un pie descalzo o calzado inicia
    (expreso) un movimiento en la tabla rasa de todo
    cuanto se encuentra a su alrededor, da un paso: y
    otro. Apoya el cayado de duro boj contra el fondo
    de la lancha calafateada (roble) (y pueden
    emplearse el pino el cedro la caoba la majagua ah
    tierra y mundo compuestos e interminables tus
    cosas y cosas y más, ah, yo miro, yo estoy vivo,
    yo soy compuesto y me palpo cuán abrumado
    estuve, cierro los ojos (enfermé) esta vuelta era
    imprescindible, estoy, aquí, me calzo y visto: me
    separo).
Reparado, fui: y cantan los calamones huelen a vivo
    los mangos que acaban de comprarle al viandero y
    puso (ella) ahí en el frutero del comedor, tallado.
    Viva la madera. Viva su configuración. Viva la
    forma acogedora. Meto la mano, y vivo.
No temo el espacio blanco y ojo y pupila de la pupila
    (cero) (y ninguno) (y pregunta) no temo.
Ni los ángulos cuatro del papel del espacio astral del
    rayo perpendicular de los muertos ni el canto basto
    del gallináceo ni el desconocimiento, temo: no
    temblar, ingerir.
No temblar, inscribir (burilar) con llaga y llama
    encima de la corteza, descortezar la noche.
No sé, helo (aquí). Un peregrino se asoma y veo que
    viste ropas oscuras de peregrino y una calabaza
    golpea sus flacos muslos al compás: ser yo, ya
    basta. Es suficiente, ser yo.
Y este espacio continuo (palimpsesto, tranquilo afán
    los días: transcurrieron) sobre la mesa coloco
    (impuesto) una hoja de papel (transcribo) (¿cómo?)
    (¿qué?) no pregunto (jamás) para qué por qué sólo
    cómo qué anoto (en la inmensidad) el claro apoyo
    de una figura precisa que a la orilla de un lago o
    laguna (Biwa o Ariguanabo) ve alejarse los
    bosques (amados) (de veras, amantísimos) y sirve
    de pretexto al canto (oscilación) palabras (dicen)
    (redicen) y se hace (esto) con su figura
    contemplativa se desliza un punto (lejano) (cada
    vez más lejano) (cobra altura, ahí, a mano
    derecha, ese punto) (¿árbol?) (¿cuál?) (¿quién?)
    (¿peregrino o figura de yagua o cerámica?) ved
    cómo se ven.