Thelma Nava



Selección y nota introductoria de Dionicio Morales



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Nota introductoria

Thelma Nava nació en la ciudad de México en 1932. Formó parte de los talleres literarios de Juan José Arreola y Tomás Segovia en la “Casa del Lago”, y de los del Centro Mexicano de Escritores e Instituto Francés de la América Latina. Estuvo cerca de los editores y colaboradores de la revista Metáfora y publicó su primera plaqueta de poesía Aquí te guardo yo (1957) en los Cuadernos del Cocodrilo que animaban, entre otros, Efraín Huerta, con quien se casó y a quien acompañó hasta su muerte. Fue cofundadora de la revista El Rehilete, jefa de redacción y después directora de Pájaro Cascabel, miembro del consejo de redacción de Manatí y de la dirección colectiva de La brújula en el bolsillo. Durante algún tiempo ejerció el periodismo cultural en El Día y por esos años, en 1962, se hizo acreedora al “Premio de Poesía Ramón López Velarde” convocado por el periódico Ovaciones.

En sus inicios Thelma Nava mostró inclinación hacia los poemas amorosos escribiéndolos con una suerte de naturalidad arabesca y en los que resonaban los ecos de otras voces –muy natural en una obra primera–; aquí se vislumbran ya los enconados deseos de enterrar los manierismos sentimentales que malamente entintaban por aquella época la poesía escrita por mujeres en México –con las excepciones de Margarita Michelena, Pita Amor, Dolores Castro y Rosario Castellanos.

Por su natural talento poético y su perseverancia en conocer a los autores clásicos al mismo tiempo que leía las obras de los poetas mayores contemporáneos, su segunda publicación La orfandad del sueño (1964) es una obra precozmente madura, escrita en un solo poema dividido en VII cantos, marcada con luminosidad por el empleo de metáforas esplendentes que de ninguna manera desvirtúan o limitan el discurso amoroso sino que lo consolidan abriéndolo a campos imaginativos más ricos. Cada canto es una lírica descripción de instantes sepultados en la orfandad cuando la noche –otra noche– apresa en su oscura alianza los relámpagos vivos en los que el amor ha grabado su tiempo, ese tiempo que para los amantes no deja de ser eterno.

Colibrí 50 (1966) reúne algunos poemas de amor inscritos dentro del tono de su publicación anterior. Las alegorías se van apacentando hasta conseguir una inflexión más directa, preñada de una mayor severidad que redunda en la acendrada comprensión de su significado; en otros poemas, al contrario, utiliza los versos largos, de amplia respiración, signo premonitorio de su obra futura. En la otra parte del libro hace un viaje, un repaso hacia las cosas escondidas o negadas que habitan “el otro yo” y que ella busca, encuentra y desnuda para el lector que no tenga miedo a reconocerse o descubrirse.

Después de veinte años de silencio inexplicable publica El primer animal (1986). Este libro es un canto al hombre, al mundo que habita y a su estado inconsciente de gracia. Testimonio fiel de una honda manifestación de los sentidos. Inventario del caos, de la soledad en compañía, de ciudades reales e irreales que un día sembraron nuestros pasos en la tierra, relación de acciones cometidas contra el hombre por la inquina de otros hombres, silabario de fe despedazado en aras de una paz ciega: sueño y vigilia, premonición y viento. Thelma Nava sosiega, humaniza la realidad estremecedora y brutal convirtiéndola, a través de su palabra –dardo en el blanco perfecto–, en una piedra de toque donde nacen los aires libertarios de un mundo más habitable.


Dionicio Morales

 

La orfandad del sueño

                                                                para Efraín

                                       La vita non e sogno. Vero l’uomo e
                                       il suo spirito geloso del silenzio.
                                       Dio del silenzio, apri la solitudine.

                                                                              Quasimodo


                                               I

Regreso de los sueños que se inclinan
cada noche a recoger violetas.
De tardes que se juran la lluvia a perpetuidad.
De palomas que se adelantan a los acontecimientos.
Regreso porque es preciso convencerse y mirar
que los atardeceres cambian siempre de sitio
y la lluvia no solamente se detiene en los labios.

Todos los días nos encontramos al pie de la sorpresa.
El viento dispersa sonrisas que surgen de la nada,
del lugar donde no crece ni una sola semilla
y la piedra no es más que piedra
colocada en la tierra.

Mi corazón te está buscando,
como la hormiga que recorre distancias
y se mete en la boca de la manzana.

Y la orfandad no cesa,
oh noche enemiga del alba de las doncellas
que no supieron tejer nunca
un velo nupcial.

De la góndola del sueño surges tú y agitas
la campana de plata
que no conoció la risa de un niño;
solidificas mi corazón y voy hacia tu encuentro
incendiada, como un salmo que vuela por los aires.

                                            II

Todos los días te sacrifico un cordero de oro
surgido de los pies de hambrienta muchedumbre,
nacido del silencio de todos los caminos,
para dar libertad al ángel
de los santos misterios –guardián
de los enamorados que llegan a sus plantas
con la verdad en los ojos–.
Y tropiezo de pronto con un escudo de cobre,
al frente de la puerta iluminada.

Un muro de salamandras me protege
y te me pierdes repentinamente.
Te alejas como un barco en la neblina
y es preciso pagar un rescate de jazmines
para poder besarte en la garganta.

                                              III

Una hebra de plata atraviesa el silencio de tus
    párpados.
De tus manos durmiendo en mi cintura fatigada.
Evoco la tempestad
como un goloso pájaro que devora relámpagos
con demoníaco pizo rechazador de serpientes
    emplumadas.

Surgen las estrellas a la vista de todos.
Y el mito es como un guante sin medida.
El colibrí en su celda, sacude su ala derecha.
Y nos pertenecemos
al amparo de un tulipán nocturno.

                                              IV

Un halcón de madera me señala
dónde se inicia el movimiento de la luz,
en la torre que resguarda el verano.
Porque una sirena ha muerto sobre el agua,
las lámparas del llanto están de pie
y dialogan con las monedas de sus manos rotas.

                                               V

En la túnica marina de cobre, todo sucumbe.
Empieza entonces la desbandada de tu sombra,
que rompe sus cinturones de raso y amaranto
y se desplaza por el viento,
como una botella enamorada.
Una cadena de luciérnagas asoma
de pronto a tus ojos que fulminan
la mariposa teñida de suspiros.

                                             VI

Ya nada puede volver a ser lo mismo.
Se ha violado la cuerda de la noche.
Los sollozos mortales de los peces estremecen el aire.
La ballena ha perdido su sortija
y todo en derredor es orfandad.

                                              VII

Alimentada en ti, permanezco custodiando
la niebla de tu cuerpo
para recuperarte al día siguiente,
a la orilla del sueño, catedral que nos conduce
al nacimiento de otra noche, otra noche.


Esbozo para empezar un amor
 

Certero, como el que apunta al corazón dorado  de la uva
te aposentas en mí.
Preciso como el aire de junio,
la infatigable luz que se adormece en la tarde
o el grito del flamenco despedazando inútiles ocasos.

Por ti salgo a encender la pira de los sueños
y a cosechar gardenias imposibles.
Y las prendo a un pedazo de tronco fugitivo:
testimonio de ofrenda para el viento
–guerrero hecho de vidrio por el que se despeina
lánguidamente el árbol de un crepúsculo enfermo.

Porque llegas aquí,
porque estás en el bosque del prodigio, al comienzo
de una ternura más redonda que un disco de diamante
y más pura que el canto de un canario que tiembla
y se deshace al pie de una ventana de alcanfores.

Por eso, amigo mío, voy a pulir mis manos en tu rostro.

Porque estás aquí en ti yo creo
y creo en la llamarada de la tierra
y en el fulgor de un lago que te escucha
y se hace cada vez más transparente.
Quiero saberlo todo: lo que se esconde detrás de la violencia
de tus ojos, lo que hay bajo la cuerda tensa  de tu piel.

Para decir el nombre de las cosas, la palabra precisa,
la que en ti permanezca, la que te diga buenos días
y te descubra el vuelo de la dicha, la orilla de los besos
circundados apenas por una lágrima cuidadosamente
amaestrada,
voy a iniciar la huida del silencio.

Antes que acabe el alba de seducirme con sus hojas de oro,
antes que el viejo árbol empiece a corretear a los conejos,
detendré la mirada en la resurrección de una esperanza
que se tienda a tu lado como un largo animal adormecido.


Fábula
 
“No probarás varón en 40 días” te dijeron.
Y habrás de recorrer la ciudad
con tu sangre guardada como ánfora de vino,
testimonio de estos días en que no dejas
abandonada tu tristeza
a la orilla de ninguna playa.

El viento no circula porque le está prohibido.
Te tiendes a la orilla de tus muslos
y ves pasar la vida y el sueño del inválido
y la loca carrera de la primavera
que todavía cree en la sombra del dios.

“No probarás varón en 40 días”
mujer de sangre dulce y tierna,
amarga y dolorida
como la voz del hambre.
No habrás de incrustarte en ninguna mirada
ni esperarás amanecer en compañía,
mujer que conoces el secreto del olor de la lluvia sobre la piedra
y la morada de los pájaros amigos de tu ventana.

Vencerás el plazo de la sangre enajenada,
recuperarás el cuerpo de nadie.
Recobrarás tus brazos
y tu voz de mujer
y tu amor de mujer sobre la tierra.

Casi el verano
 
Yo no digo que el sol, inaprehensible sueño de mi piel
entabla una demanda amorosa contra el latido del día.
Digo solamente que mi amor es un gajo desnudo
que se cubre con hojas de ruibarbo y jazmines embotellados.
Mi amor está desnudo y ha empezado a tatuar
    corazones en el viento,
iconoclastas corazones dispensadores de azules albas.

Nunca la música ha cabalgado en potros más esbeltos.
Los antiguos pavorreales del verano han empezado
a mirarse desplegando sus arpas de colores.

A la luz del verano salta, canta, corazón.
El aire quiere dormirse junto a tu boca.
Tu corazón es una maquinaria secreta que me traga.
La lluvia nos conduce de la mano hasta el pan tierno de su  
    abrazo.
A sus puertas estamos. Sobrecogidos y aromados.

La mañana no quiere parecerse a ninguna.
En el viento cercano una palabra tiembla.
La niña ciega alcanza el sueño de la abeja.
En tanto que nosotros transcurrimos.

Las señales
 
¿Acaso era necesario decir que las señales del amor
    eran tan evidentes
como el sello que llevaba en la frente el acusado,
como la ola invisible lamiendo el ala de nuestro
    corazón?
¿Acaso necesitábamos preguntarnos qué era lo que
    nos acercaba y nos hacía rechazarnos,
serpientes agonizando en nuestro propio laberinto?

Todo nacía de madrugada, con la avidez del que
    espera uno y otro día
en silencio la partida, la ruptura del círculo,
el imposible beso de la figura de barro que nos llama.

Todo nacía en verano, donde la realidad y el sueño
    se confunden
cogidos de la mano del absurdo, de lo que no es
    jamás regreso,
de la siempre partida hacia otra parte.

Día que aguardas el silencio de la luz construyéndote
y llegas atónito ante las puertas que te fueron
    negadas.

Irrealidad
 
Nada es real
el amor está detrás de cualquier puerta (¿pero cuál?)
    desconocido al que estuve a punto de hallar
    tantas veces sin conseguirlo.
La mitad de mi vida lo he intentado.

Nada es real
    mundo que se construye como una garra del sueño
higo inmaduro
    soledad sola dicha
                                dicha repetida
    (¿de qué color tienes los ojos esta mañana?)

Nada es real
el amor está detrás de cualquier puerta (¿pero cuál?)
Extiendo los brazos y te apreso
                                                 después desapareces.
Me has enseñado a sonreír
                                          lejano
como si anduvieras en otro país, en otros sitios
         donde no estoy

Nada es real
la sombra de nuestros deseos nos hace vivir, arder.
El amor es sucesión de despedidas, trenes,
        aeropuertos.
Te pierdo y te encuentro en todas las ciudades,
        en las plazas
siempre caminando a la orilla del mar.
Te pierdo en las palabras que no has dicho
amor nunca mío arrebatado prestado
                                                          (¿hasta cuándo?)

Nada es real
diciembre se lleva (¿o me trae?) tu imagen.
Sabes a nuevo
a cubierta de barco
                             a sales marinas
no recuerdo tu voz
                              (¿cómo es tu voz?)
y tú dices mi nombre
                              (¿quién me nombra?)

Nada es real
el amor está detrás de cualquier puerta
                                                                (¿pero cuál?)

Los locos
 

Los he visto de cerca, solemnes y magníficos,
poniéndose su cuerpo cada día
mientras les duele el cráneo desvestido.
Los he visto en la tierra, azotándose,
gusanitos de Dios sin esperanza.
Colgados de la vida,
con su domingo a cuestas que tarda en regresar
    una semana.

Cerca del testimonio de mis ojos
los he visto extinguirse
o surgir de repente de los árboles –grupos de
    lámparas mirando cómo los desentierran–
apretando en las manos su mendrugo.

Siniestros se destruyen quemándose los brazos
pedacito de ocote envenenado.
Les han dado de palos cruzándoles cadenas
y su cabeza es solamente
desatado concierto de campanas.

Giran extraños, imperfectos,
zopilotitos ciegos rodeando su esqueleto,
creciéndose hacia abajo
solitarios y débiles del mundo,
                                             viciosos, sí,
                                             descalzos
                                             sin ojos o sin manos,
                                             sin uñas o sin dientes.

Los he visto de cerca,
los he visto y me duelen
porque me pertenecen, porque los vivo míos.


Colibrí 50


                                                                    a Edmundo Valadés

1

No transcurre el tiempo
cuando la soledad del hombre está desierta
los actos cotidianos nos sitian
estrellas como estatuas apagadas
                                      velan nuestro silencio

Acaso el roce de la música
suscita un movimiento un gesto
un pequeño deseo

2

El aire quema en ocasiones
nos sofoca su aliento bestial en los oídos
y entramos en el sueño
                                       campanada luces
                                       mar sin escalas
pescado de colores que se tragó pequeños peces
                                       por hambriento
                                       por sediento

y luego las horas vacías
las sin alcohol

                                    sin amor
                                    sin música
                                    (dónde estás colibrí fatigado
                                    que te has quedado mudo
                                    habrá que comprar otro
                                    y otro y otro)

Los cigarros se alargan
                                    se acortan
terminados
                                    interminables

3

Otra vez somos buenos
y sensatos
                                       y amorosos
El hechizo se ha roto
Empieza el movimiento

No tenemos piedad
A Dionicio Morales
No tenemos piedad
de las manos que penden del sol,
del renacimiento del astro huérfano
que nos penetra en la piel
como una inmensa tela
sobre el corazón de la tristeza.

No tenemos piedad
de todos los besos dados
porque nos hemos olvidado
de volver al primero.

No somos nuestros enemigos.
Y estamos en el umbral de los ángeles
para encontrar de nuevo su sonrisa.

El sediento
 
Como el que quiere y no,
como el que llora lo que nunca ha tenido
y se golpea las alas
desbaratando tréboles inútiles.

Caminará derecho hasta su orilla,
se tenderá, de lado,
para que el sol así, le dé la espalda.
Y si la sombra llega,
si aún es tiempo,
le arrebate el perfil.
Escribirá un monólogo de tierra
en la sombra del viento.

Se hará muchas preguntas
pozo negro y vacío
cueva del agua,
ay
este
indefinible
corazón
mío.

Verano en la ciudad

                                           a la memoria de José Carlos Becerra
I

Los árboles nocturnos crecende pronto sobre
    nuestros pasos.
Cuando la luz descubre su presencia los desnuda y
    los puebla de voces
las voces de la noche y sus amores.
El agua juega entonces con el agua y regresa a sí
    misma
como un amor de siempre que retorna o un
    estremecimiento recobrado.
A lo lejos el agua forma figuras y silencios.
La noche inventa juegos que el día no entiende ni
    logra jamás recuperar
y nos devuelve a nuestro exilio.

Crece la noche como los besos en los labios
como la yerba crece,
los pasos y las formas de los cuerpos
el rumor y las voces de los cuerpos.
O nuestro corazón de pronto sorprendido.

Una pareja pasa sin mirar a nadie
en el instante en que un hombre en cualquier sitio
se entrega a lo desconocido.

La noche silenciosa abierta al olor del verano
suda viento y deseo bajo los rojos reflectores
cuando el amor y sus actos son sencillos como
    en todo principio.

II
                                                            Lo profundo es el aire...
                                                                            Jorge Guillén
He de nombrar a noche, la levedad del aire.
De lo que nadie habla, de lo que se respira
y aturde los sentidos
                                        panteras de ojos húmedos
como el aire que duele inalcanzable
perseguido en la otra ciudad
                                        en la antigua
la de nombre de piedra.

He de nombrar la luz que estalla bajo el sueño del
    agua,
el aire que recorre todas las soledades
y atraviesa la mirada del vendedor de objetos
    inútiles.

La mariposa gigantesca se pliega al árbol que la
    posee en la sombra.
El vaivén de sus alas toca la eternidad y la destruye
mientras el árbol agotado jadea sueños como frutos.

El aire avanza lento, levanta olas de arena, lame
    cuerpos que pasan.
Atrás quedan los pasos, inciertos, furtivos o firmes
    pasos de quien camina la ciudad
seguro de amanecer en el sitio de siempre.

El aire levanta voces como sombras de agua,
las oculta detrás de cualquier puerta. Y sucumbe.

Se adormece en la noche.
Vivo Vivaldi asiste a la boda del aire.
Caminamos
navegantes de noches apretadas y ávidas
deshabitadas noches de muslos acechantes.
Lo sabemos
cualquier ciudad del mundo es solitaria
                                     a las 4 de la madrugada.

III

Esa presencia de lo humano en la lluvia como una
    jadeante respiración de amor,
esa presencia de la lluvia cuando llega el otoño.
En las manos aún el color de la tarde, la boca del
    verano
delatándonos, habitantes silenciosos construyendo
    el instante de las azoteas
en los suburbios donde el viento camina como por
    su casa.

Canción del viento que se llevó la lluvia,
guitarra sola y silvestre, desnuda y sola para la hora
    del amor, presencia urgente
en este sitio en que se muere a diario.

Labios febriles de pronto apaciguados. Luna del tigre
    buscándonos, cercándonos.
Hombros estremecidos de veranos-tortuga.
Amor de la tierra que no conoció el mar pero sí
    el pie desnudo,
jamás la libertad, pero sí la palabra decisiva.

Las calles de esta ciudad ¿qué nombre tienen, qué
    nuevos árboles, qué huellas de amor sobre su rostro?
Cerca de nuestra sangre, insomne rosa, el corazón
    del hombre no descansa.

Estamos nuevamente en tus orígenes,
ciudad amada
                          para siempre indefensa bajo la lluvia.

La ciudad inocente

                                                    Ciudad, enorme templo sordo.

                                                                              Fayad Jamís

I

Ciudad antropófaga
¿por qué caminas en nosotros y te mueves como una
        bestia que la sombra confunde?
Te desperezas en todos los habitantes que te
        identifican en esa cierta debilidad por el otoño,
        hábilmente disimulada.

Nada puedes hacer cuando te derriban el último
        sueño y te construyen catedrales amarillas para
        obligarte a no pensar en un pasado al que te
        obstinas en aferrarte.

Inocente de todo mal,
desoída, muda y sorda, estatua que la tierra sepulta
        a medias.
De todas partes llegan y te miran. Te acosan y tú 
        los escuchas como una loca que nada comprende.

¿Quién se atreve a acusarte de corruptora, tú,
        enorme vientre de innumerables hijos que te
        inventan un nombre, una emoción secreta,
        una lágrima turbia?
Por el viento te mueves y pareces escuchar a los que
        dejan todas sus armas al frente de la casa a los
        que mueren de hambre y sed.

Dicen que tu pueblo es triste,
tristes tus habitantes de mesetas que no conocen
        el mar.
Contra ti navegamos nuestros sueños de rojas
        tortugas
nuestras túnicas de abandonados, nuestro siempreacceder
        de cada día.
Hay tiempos para salir de ti y buscarte en los ojos
        purísimos de otros días,
en los caminos emprendidos por nuestro corazón,
en el estallido de los cuerpos en la luz.

¿Por qué los que se van ya no regresan?


II

No somos ya los que nombran a las flores en la casa
    de los grandes señores.
Perdida está la facultad del vaticinio.
No sabemos congregarnos más para atraer la lluvia y
    alejar las desgracias
y la danza no es ya un elemento decisivo.
Tenemos sueño. Ahuyentamos la soledad de
    cualquier modo,
alargamos la noche en los tobillos
inventamos la risa para bailar en la casa del absurdo.
Estamos solos y eso basta.
Más solos cada día, más ajenos de nuestro principio.

En ti, ciudad desierta
¿cuántos pueden decir que conocen verdaderamente
    el amor?


Para nombrar a España con amor
 
País que venías a mi encuentro sin sospecharlo
             (¿o era yo la que caminaba hacia ti?)
que estuvo siempre detrás del mar, con su aliento
    de sal
             y el deseo de la primera golondrina.
Es posible que un día me reconozca en ti, en tu olor de
              semillas, en tus flores recién cortadas,
en tu morada donde la libertad me reciba como a un
         huésped deseado.

Es posible.
             ¿Golpearía yo a tus puertas si no te amara?

Presencia de las islas
 
Como un cortejo cabalgando a solas surgen de
    la niebla.
¿Quién alimenta su esplendor que ninguna tempestad
    oculta?
De las islas sube algo parecido al deseo.
Casa viviente en el mar
                                     las islas
animales fantásticos
                       esperan su alimento de frutos silvestres
su ración de ostras.

Para mi corazón una isla iluminada con el brillo
    del mar
una isla
            como espada
                               atravesando la llanura marina
una isla      multiplicándose en su pequeña geografía
una isla
           grito a solas
jardín para romper la monótona presencia del mar
la insoportable presencia
                                 de una soledad frente a sí misma.

Allí
      abajo
              fruto
                      corteza en movimiento
la forma de las islas:
                                      única tentación de los navíos.

Neblilúnea
 
I

¿Sabías que una muchacha desnuda canta como una
    botella que se arroja al mar?
¿Lo sabías?
Escúchame cantar como a un árbol lacustre en el
    centro de Neblilúnea,
a la orilla de tu sangre, en tu terrestre compañía.

Neblilúnea, la ciudad descubierta por nosotros
    conoce tu pasado y el mío.
Buscada como a la casa de la infancia,
    aguardándonos en nuestras palabras agazapadas,
Neblilúnea forma el nudo de la alianza y despierta a
    los diosecillos y a los demonios de las aguas
y los vemos danzar y extender sus alas en juegos
    irrepetibles.

II

Soy sólo lo que tu corazón desea, lo que busca en
    silencio.
Repito tu nombre en la ciudad donde tu voz y tu
    rostro permanecen.
Transparente ciudad de los patos salvajes, criatura
    festiva de Occidente.

Todos los caminos conducían a ti.
Conocemos ahora la bondad de las aguas, la
    humedad de la tierra
y la hojarasca vaticinadora de los sitios que aún no
    recorremos juntos.

Estamos siempre en ti, vigilantes
cuando el amor y sus actos, palabras y silencios
son simples, como en todo comienzo.

Destino de las palabras
 
Navegamos los días
y las palabras viajan hasta darnos la mano
las palabras incendio
                                en los labios insomnes
las palabras incendio
                                festín de fuego para el solitario.

¿Qué destino para las palabras?
Se recomienza siempre y se vuelve
a la palabra primitiva
                                la que ata
y nos seduce
                   viva
                         temblorosa
                                          cálida
como una mano en la espalda desnuda
o la tibieza de un cuerpo no besado.

Petición
 
Deja que mi rodilla te ame
igual que mi boca
igual que el resto de mi cuerpo.

Mujer inconveniente
 
Definitivamente no, señora mía,
usted no es la mujer que conviene a su marido.
Carece de imaginación
utiliza el gastado lenguaje de las mujeres de nuestros
    abuelos.
Alterna las visitas a los supermercados con las telenovelas
y espera con la crema puesta la cuota semanaria del amor.
Y, sobre todo,
usted no sería capaz de compartir a su marido
como lo hago yo
tranquila y resignadamente con usted.

En México, donde tampoco tu fuego
podrá extinguirse

                                           al Comandante Ernesto Che Guevara

Será porque hoy tu fotografía junto a mí
es una lámpara de fuego
y ha venido un poeta de España que persigue
tus pasos por la calle de Nápoles de la ciudad
    de México.
Será porque duermes entre peces de tierra
y no hay una paloma sobre tu pecho
y tu espalda se ha quedado en silencio.
Porque estás un poco más cerca de nosotros
y una rosa de estaño aparece desnuda entre tus manos.
Será porque no tengo tu mancuernilla derecha
ni fui la maestra que habló contigo
a la que corregiste los acentos
en la pequeña escuela de Camiri.

Yo sólo soy una mujer que tiembla cuando dice
    tu nombre.

Para quien pretenda conocer a un poeta
 
Es difícil conocer el corazón de un poeta.
A primera vista resulta fácil doblegarlo por la
    vanidad
ensalzarle y hasta aprenderse de memoria unas
    cuantas líneas suyas.
Caminar a su lado y sostener el mar con la mirada,
hablar de ciudades irreales,
adivinar su amor y sus costumbres,
su vida cotidiana, sus odios y rencores.
Penetrar el secreto de su técnica,
llegar a sus orígenes.

Pero ¿quién, bajo lluvia, es capaz, sabe realmente
    cómo es por dentro ese cuerpo tembloroso, amoroso,
    maldito, blasfemo o perseguido de un poeta?

Este hombre que va creciendo en Martí
 
Este hombre que besa como si el ciel fuera a
    desplomarse
y arrebata imágenes a la tarde
este hombre que siembra sonrisas en mi piel
certeramente dispuesto a encontrar flores marinas
guarda cristales en la espalda como sueños
inventa soles       ama
y va creciendo en Martí siempre en Martí.


Tres poemas para Efraín Huerta



Unas pequeñas: nostálgicas palabras al pie
    de una fotografía

Bala expansiva
Los frutos cotidianos



Unas pequeñas: nostálgicas palabras al pie
de una fotografía


Ella, con su sonrisa que todo lo desarma
hubiera sido sin lugar a dudas
una de tus mujeres predilectas.
El más joven amor
con sus rubios cabellos y su asombro.

Trataría de indagar tus secretos,
abriría tus ocultas cajitas de madera
como ahora toca tus amados cocodrilos.

No llegaste a conocer sus besos apretados.
Empezabas a amarla lejana todavía
cuando ella no hubiera sabido cómo
    responder en tu idioma
a todas las historias que le hubieras contado.

Pero a pesar de eso
puedo verla sentada en tus rodillas
cubriéndola amorosa tu mirada
a ella, la rodeada de ternura
la pequeña
               Varenka.


Bala expansiva


Nadie supo jamás su nombre, Efraín.
Con paso firme avanzó hacia ti y colocó en tu féretro
una rosa y una bala.
Hizo una brevísima guardia y se marchó por el sitio
    por donde había llegado.

El hombre –salido apenas de la adolescencia–
dio en el blanco perfecto.


Los frutos cotidianos


Cuchillito de plata
afila las entrañas
para que el que te vea huya
y deje de acosar tu casa

Defenderás lo tuyo
eso que fuiste construyendo lento
con amor cotidiano
esas palabras
y también los silencios
que sólo a ti pertenecen

Iridiscente
tu amor nos acompaña
nos alimenta como un alga marina.
El universo es tu morada
y tú eres la medida de todas las cosas
y las cosas son a tu medida

Las otras transcurrieron nomás
como el verano
un solo fruto dieron
en su tiempo.
Yo soy afortunada:
recogí las cosechas una a una
y el árbol no ha cesado de ofrecerme
en tu nombre los frutos cotidianos.