La ciudad inocente

                                                    Ciudad, enorme templo sordo.

                                                                              Fayad Jamís

I

Ciudad antropófaga
¿por qué caminas en nosotros y te mueves como una
        bestia que la sombra confunde?
Te desperezas en todos los habitantes que te
        identifican en esa cierta debilidad por el otoño,
        hábilmente disimulada.

Nada puedes hacer cuando te derriban el último
        sueño y te construyen catedrales amarillas para
        obligarte a no pensar en un pasado al que te
        obstinas en aferrarte.

Inocente de todo mal,
desoída, muda y sorda, estatua que la tierra sepulta
        a medias.
De todas partes llegan y te miran. Te acosan y tú 
        los escuchas como una loca que nada comprende.

¿Quién se atreve a acusarte de corruptora, tú,
        enorme vientre de innumerables hijos que te
        inventan un nombre, una emoción secreta,
        una lágrima turbia?
Por el viento te mueves y pareces escuchar a los que
        dejan todas sus armas al frente de la casa a los
        que mueren de hambre y sed.

Dicen que tu pueblo es triste,
tristes tus habitantes de mesetas que no conocen
        el mar.
Contra ti navegamos nuestros sueños de rojas
        tortugas
nuestras túnicas de abandonados, nuestro siempreacceder
        de cada día.
Hay tiempos para salir de ti y buscarte en los ojos
        purísimos de otros días,
en los caminos emprendidos por nuestro corazón,
en el estallido de los cuerpos en la luz.

¿Por qué los que se van ya no regresan?


II

No somos ya los que nombran a las flores en la casa
    de los grandes señores.
Perdida está la facultad del vaticinio.
No sabemos congregarnos más para atraer la lluvia y
    alejar las desgracias
y la danza no es ya un elemento decisivo.
Tenemos sueño. Ahuyentamos la soledad de
    cualquier modo,
alargamos la noche en los tobillos
inventamos la risa para bailar en la casa del absurdo.
Estamos solos y eso basta.
Más solos cada día, más ajenos de nuestro principio.

En ti, ciudad desierta
¿cuántos pueden decir que conocen verdaderamente
    el amor?