Nota introductoria

Una de las características de la poesía moderna ‒reducida casi exclusivamente a la expresión lírica‒ es haber avanzado en la exploración de la vida afectiva con un verso que, despojado de las restricciones de una retórica ya inadecuada para las emociones del hombre de nuestros días, ha centrado su atención en las tonalidades y formas de la subjetividad. El uso de ese verso exigió progresivamente al poeta nuevas maestrías, sobre todo el dominio de una técnica practicada desde una especie de lucidez sonambúlica, el control de la palabra y a la vez el reconocimiento de que esa palabra debe brotar, soberana, plena, desde una profundidad desconocida. La poesía de Gloria Gervitz* es sin duda una buena muestra de dicho proceso. Se trata de una poesía que habla desde la profundidad y cuyo trabajo es ir descubriendo, entre la oscuridad de las pulsiones, los ritmos del deseo, la gramática de la memoria, las tareas del olvido. El movimiento de esta poesía nos hace avanzar por unidades de medida desigual donde el verso es una línea fluctuante, un registro de continuidades y rupturas. Las frases flotan como desprendidas de una unidad primordial a la que una fuerza igualmente primordial hubiera dispersado. En realidad en esta poesía no se avanza; la mirada va y viene entre fragmentos cuya articulación se establece en lo profundo. La voz que construye los paisajes no tiene punto fijo: llega desde distintos tiempos, impulsos, sufrimientos. Es una voz torrencial y al mismo tiempo quieta, ida, como una intemperie localizada en plena intimidad.

Hecha en la espera de una lenta maduración, la obra de Gloria Gervitz es breve, y hasta podría decirse que consta de un solo poema. En 1979 publicó Shajarit; en 1986, Fragmento de ventana; en 1987, Yiskor y, en 1991, Migraciones. Cada uno de estos libros recoge, en una nueva redacción, el trabajo anterior y le agrega el resultado de la reciente cosecha, de modo que el libro resulta en cada caso el mismo poema en un estado posterior de su desarrollo. “Llevo años escribiendo un poema que me crece como si fuera un árbol”, ha declarado la autora en unas breves palabras que prolongan la edición de Migraciones. Dentro de su unidad esencial, el poema sin embargo presenta etapas constructivas que corresponden a las secciones que lo integran. Diríamos que Fragmento de ventana se caracteriza por un fraseo hecho de versos amplios que llegan en largas tiradas con un ritmo incesante. El tema y el espacio de esta sección es el cuerpo y sus apremios ‒el deseo, la honda espera, la humedad de la entraña femenina, el acoso y la pérdida‒. Por su parte, Yiskor representa acaso la más acusada transformación expresiva pues al valor de la palabra se le agrega ahora el de su contrario: el del silencio y la pausa. En la versión original de esta sección es frecuente encontrar versos quebrados, hojas casi desnudas en las que el blanco queda apenas cortado por una o algunas líneas ubicadas en el extremo inferior o superior de la página. (Así, en la presente edición donde no resulta posible explayarse en esos blancos totales, el lector deberá tratar de imaginarlos a partir de las sugerencias que se hagan al efecto.) También es frecuente encontrar en esta sección párrafos enteros donde la tensión del ritmo se suspende y las palabras se deslizan en una especie de silencio que toma la forma de la prosa pero que, lejos de serlo, no es sino otra manera de la respiración poética. El tema de esta sección no es ya el cuerpo sino una de sus hipóstasis: la memoria; la dolorida, frágil, la invencible memoria donde todo se deslíe y duele y persevera. En cuanto a Leteo ‒última sección de Migraciones‒, puede allí observarse la tendencia hacia un ritmo más equilibrado donde el verso y la estrofa se van haciendo breves, tendencia que, al parecer, va a culminar en las regulares agrupaciones de Pythia. Acaso esta tendencia se deba a que la temática es ahora todavía más sutil, más incorpórea: lo que domina ahora son ciertos símbolos como el agua y el sueño, cosa que nos hace movernos en los extraños territorios de la noche y el olvido. En ese orden simbólico, los versos de Pythia insisten en la imagen de la luz ‒“desbordada”, “quietísima”‒ y en la revelación, o la contradictoria promesa, de la palabra, la “vacía”, la guardadora del nombre. Pero Pythia es apenas un comienzo: setenta y tres versos ‒inéditos aún en libro‒ de los que por el momento no podemos saber si integrarán otra sección del poema, del único, o si se irán desprendiendo hasta formar un poema diferente.

“Intenté dar voz a los recuerdos olvidados, voz a esas mujeres que emigraron de Rusia y de Europa Central”, dice la autora. Mujeres, pues, en el exilio: mujeres que oyen con asombro su propia voz ‒llamado, plegaria, desencuentro‒ sin saber quién es la que habla ni desde qué oscuridad o desde qué latitud de la memoria. Estas voces de mujeres para las cuales el suspenso de la identidad parece ser consustancial, dan paso a una exploración de lo femenino, esa condición de lo humano que asume las formas de una radical desgarradura. Pura carencia, deseo siempre insatisfecho, deseo en la oscuridad, lo femenino se muestra aquí como ese reclamo universal que asegura la continua generación de la vida.

Creo que la virtud de Gloria Gervitz es su minuciosa, su delicada paciencia en la espera de la palabra; la manera en que, de tan interesada en ese juego, comienza por retirarse de la escena para dejar la iniciativa a la voz del poema y, como sus propios personajes, aguarda en la oscuridad un tiempo ajeno a ella, una revelación que tarda en llegar y que llega por fin como una evidencia de lo extraño que habita nuestras entrañas. Somos eso, íntimamente: lo extraño. Recuerdo que cuando una tarde escuché a Gloria Gervitz leer los versos de Shajarit tuve la certidumbre de que una gracia, del todo imprescindible pero del todo infrecuente, llegaba hasta mí. Oía la voz del poeta.
 
Raúl Dorra

1 Gloria Gervitz nació en la ciudad de México el 29 de marzo de 1943. Es poeta y traductora. Ha dirigido talleres de poesía en Campeche y en Chetumal. Ha traducido obra de Kenneth Rexroth, Samuel Beckett, Susan Howe y Rita Dove. Ha colaborado en Casa del Tiempo, Diálogos, Discurso Literario, El Cuento, El Zaguán, Krisis, La Brújula en el Bolsillo, La Jornada Semanal, La Vida Literaria, RI, Revista Universidad de México, Siempre!, y Vuelta. Fue becaria del FONCA en 1993 y del Fideicomiso para la Cultura México-Estados Unidos en 1995. Obtuvo el Premio Fernando Jeno en 1986. (N. del E. Con información del INBA.)