René Char



Selección, traducción y nota introductoria de Dante Medina



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Nota introductoria

René Émile Char nació el 14 de junio de 1907. El 19 de febrero de 1988, muere. Entre estas dos fechas, poemas, algunas mil páginas en La Pléiade. Cierran su vida de poeta estas palabras: “La presente edición de la obra de René Char debe ser considerada como una versión definitiva”, 1991.

Char escribió: “En el horizonte de la escritura: la incertidumbre, y el impulso de una energía vencedora”. También escribió: “La poesía, insólita y quinto elemento, siembra sus planetas en el cielo interior del hombre”. Y a André Breton, “Mon Cher André”, le dice, en una carta: “No soy yo quien ha simplificado las cosas, las cosas horribles me han vuelto simple, más capaz de confiar en algunos, en el fondo de quienes subsisten, tenaces, los fuegos moribundos de la búsqueda y de la dignidad humana”. Era el año de 1947, después de la ocupación alemana, recién terminada la Segunda Guerra Mundial.

“La poesía ha procedido de la misma manera que el hombre de la prehistoria, quien se apasionó por el fuego en el que vio un beneficio y no un peligro”, le dijo René Char, en una entrevista de 1980, a France Huser.

En 1937, para la revista Cahiers G.L.M., Char hace una encuesta sobre La Poesía Indispensable, y propone una pregunta que contestaron Jean Arp, Albert Béguin, Maurice Blanchard, André Breton, Robert Desnos, Paul Éluard, Pierre Jean Jouve, André Masson, Benjamin Péret... La pregunta era: “Contra todo intento de anexión, de estabilización, de estima limitada de la Poesía, elija veinte poemas, sin restricción de país ni de época, en los que usted haya reconocido LO INDISPENSABLE que exige de usted no la eternidad de su tiempo sino la travesía de su vida”.

Char pensaba, en algún momento de su existencia, que la poesía era: “El ardor, el color, el dolor”. Y que: “La poesía no se deja atrapar. Cuando ella nos quiere, es esencialmente indescriptible: ʻTómame, pero no lo conseguirásʼ”. Porque, quizás porque: “Las palabras son manantiales vivientes semejantes a los delfines que emiten entre ellos sonidos, y deben comprenderse”. Justamente lo que él declara preferir en la poesía: “Me gusta una música un tanto lejana, no gloriosa”.

Supongo que ya se entendió que para mí no vale la pena detenerme en las peripecias de la vida de René Char. Ni de ningún otro poeta. Las enciclopedias se encargan de esa especie de nota roja y página de sociales. Dejemos vivir su vida, privada o no, al poeta. No le pidamos sino su poesía: peras de un olmo del país de Jauja.

 


Dante Medina



1. Sobre la poesía
 
 

XXX
 

El poema es el amor realizado del deseo permaneciendo deseo.

XLII


Ser poeta es tener apetito de un desasosiego cuya realización, entre los remolinos de todas las cosas existentes y presentidas, provoca, en el momento de darse, la felicidad.




XLIV

El poema da y recibe de su muchedumbre el paso total del poeta expatriándose de su confinamiento. Detrás de esta persiana de sangre quema el grito de una fuerza que se destruirá por sí misma porque le horroriza la fuerza, su hermana subjetiva y estéril.


XLIX

A cada derrumbe de las pruebas el poeta responde con una salva de porvenir.


98

La línea de vuelo del poema: Debería ser sensible a cualquiera.

La poesía se atreve a decir en la modestia lo que ninguna otra voz se atreve a confiar al sanguinario Tiempo. Ayuda también al instinto en perdición. En este movimiento, adviene que un vocablo desnudado se dé vuelta en el viento de la palabra.

Algunos días no hay que temer nombrar las cosas imposibles de describir.

Las acciones del poeta no son sino la consecuencia de los enigmas de la poesía.

El poeta se destaca por la cantidad de páginas insignificantes que no escribe. Tiene todas las calles de la vida olvidadiza para distribuir sus medianas limosnas y escupir la sangre de la que no muere.

Si las patatas no se reproducen ya en la tierra, encima de esta tierra bailaremos. Es nuestro derecho y nuestra frivolidad.

La experiencia que la vida niega es la que el poeta prefiere.

El poeta debe golpear sin miramientos su águila como su rana si no quiere arruinar su lucidez.

En poesía, convertirse es reconciliar. El poeta no dice la verdad, la vive; viviéndola, se vuelve mentiroso. Paradoja de las Musas: justeza del poema.


Fajilla de Furor y misterio
                                 
El poeta, es bien sabido, mezcla la carencia al exceso, la meta al pasado. De ahí la insolvencia de su poema. Vive en la maldición, es decir que asume perpetuos y renovados peligros, a la vez que rechaza, con los ojos abiertos, los que otros aceptan, con los ojos cerrados: la ventaja de ser poeta. No puede haber poeta sin aprehensión, como no puede haber poema sin provocación. El poeta pasa por todos los grados solitarios de una gloria colectiva de la que él es, en buena lid, excluido. Es la condición para sentir y decir las cosas como se debe. Cuando genialmente llega a la incandescencia y a lo inalterado (Esquilo, Lao-Tseu, los presocráticos griegos, Teresa de Ávila, Shakespeare, Saint-Just, Rimbaud, Hölderlin, Nietzsche, Van Gogh, Melville), obtiene los resultados que todos conocemos. Agrega nobleza a su caso cuando duda en su diagnóstico y tratamiento de los males del hombre de su tiempo, cuando formula sus reservas sobre la mejor manera de aplicar el conocimiento y la justicia en el laberinto de lo político y lo social. Tiene que aceptar el riesgo de que su lucidez sea juzgada peligrosa. El poeta es la parte del hombre refractaria a los proyectos calculados. Puede ser que tenga que pagar a cualquier precio este privilegio o esta cruz. Debe saber que el mal viene siempre de más lejos de lo que uno cree, y no muere forzosamente sobre la barricada que le hemos escogido.

Furor y misterio
es, los tiempos lo quieren, una antología de poemas, y, sobre la ola del drama y del reverso ineluctable de donde resurge la tentación, una manera de explicar nuestro afecto duradero por la nube y por el pájaro.
 


2. Dos poetas
 
 



¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud!
                                           

 

¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud! Tus dieciocho años refractarios a la amistad, a la malevolencia, a la tontería de los poetas de París como al zumbido de abeja estéril de tu familia ardenesa un poco loca, hiciste bien en esparcirlos a los vientos de alta mar, en tirarlos bajo el cuchillo de su precoz guillotina. Hiciste bien en abandonar el boulevard de los perezosos, los cafetines de los miones de liras, por el infierno de las bestias, por el comercio de los tramposos y el buenosdías de los sencillos.

Este impulso absurdo del cuerpo y del alma, esa bolsa de cañón que toca su blanco haciéndolo estallar, sí, ¡es ahí donde está la vida de un hombre! No se puede, al salir de la infancia, estrangular indefinidamente al prójimo. Si los volcanes cambian poco de lugar, su lava recorre el gran vacío del mundo y le trae virtudes que cantan en sus llagas.

¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud! Algunos creemos sin pruebas que la felicidad es posible contigo.




Antonin Artaud

No tengo la voz para elogiarte, hermano mayor.
Si me inclinara sobre tu cuerpo que la luz va a esparcir,
Tu risa me rechazaría.
El corazón entre nosotros, durante lo que se llama
    impropiamente una bella tormenta,
Cae varias veces,
Mata, cava y quema,
Para renacer más tarde en la suavidad de los
    champiñones.
Tú no necesitas de un muro de palabras para elevar tu
    verdad,
Ni de las volutas del mar para untar tu profundidad,
Ni de esta mano enfebrecida que envuelve el puño,
Y ligeramente conduce a talar un bosque
Del que nuestras entrañas son el hacha.
Basta. Regresa al volcán.
Y nosotros,
Que lloremos, que aceptemos relevarte o preguntemos:
    “¿Quién es Artaud?” a esta mazorca de dinamita a
    la que no se le despega ningún grano,
Para nosotros, nada ha cambiado,
Nada salvo esta quimera viva del infierno que se despide
    de nuestra angustia.

 


 


3. Cinco pintores
 
 


                                 

Wilfredo Lam

No veo bosque habitado, aunque nunca alcanzado, en el mapamundo terrorífico de los hombres, que nos interpele mejor que ése en el que Lam junta sus criaturas enflacadas por el nerviosismo del arte, y sin embargo refrescadas por la expansión natural del pintor pasando la barrera del aire.





Dancen, montañas
 

Pienso en Miró a través de los pesados sismos del espíritu que dejan miles de hendiduras a su paso sin que un solo pedazo de universo se desprenda formalmente. Chatarra rugiente, figura esculpida, mesa plácida ya no ruedan a lo lejos, ya no son sino grietas y promesas hieráticas. Evoco a Miró, habitante de la granja de abajo, pintando, grabando y atareándose, al ras de la pared rocosa hechizada. Pintor vivaracho y desprovisto de costumbres. Sobre la rueda afiladora de la felicidad, él es el sembrador de recompensas y de chispas. Y en los pliegues del luto él tiene bellezas para reanimar a Osiris. A este saltimbanqui sutil, desde hace ya mucho tiempo, la mecánica celeste le enseñó sus exuberancias, su laberinto y sus tiovivos. Y este 12 de abril de 1961 Miró es agraciado. Mejorar lo que hace un meteoro no es gran cosa cuando uno no quema. Miró arde, corre, nos da y arde.

 



Szenes
   

“¡Maravíllense! ¡Rápido, maravíllense!”, nos gritaron los pintores impresionistas al finalizar su cuadro.

Los grandes caballos desaparecieron de nuestras tierras, la afable piedra de afilar, la primavera exacta.

En su bella lentitud, como el pájaro en el suelo, segando sus colores, decían la verdad.

Árpád Szenes tiene la libertad de pintar y el universo la libertad de ofrecerse. Yo tengo la libertad de hacerme a la mar. Me maravillo, y lo sé.

 


Alberto Giacometti


Ropa tendida, ropa interior y ropa de casa, detenida con pinzas, pendía en una cuerda. Su despreocupado propietario le permitía gustoso pasar la noche fuera. Un fino rocío blanco se extendía sobre las piedras y sobre la hierba. A pesar de la promesa de calor el campo no se atrevía aún a parlotear. La belleza de la mañana, entre los cultivos desiertos, era total, porque los campesinos no habían abierto sus puertas, de anchas cerraduras y grandes llaves, para despertar baldes y herramientas. El gallinero exigía. Una pareja de Giacometti abandona el sendero cercano, y aparece a la vista. Desnudos o no. Alargados y transparentes, como los vitrales de las iglesias incendiadas, graciosos, como los escombros sufriendo mucho al perder su peso y su sangre de antaño. Altivos y seguros sin embargo, como aquellos que se comprometieron sin temblar bajo la luz irreductible de la maleza y de los desastres. Estos apasionados de la adelfa se detuvieron frente al arbusto del granjero y aspiraron largamente su perfume. La ropa en la cuerda se asustó. Un perro estúpido huyó sin ladrar. El hombre tocó el vientre de la mujer, quien le agradeció con una mirada, tiernamente. Pero sólo el agua del pozo profundo, bajo su techo de granito, se regocija de este gesto, porque ella percibe su lejana significación. En el interior de la casa, en la rústica habitación de los amigos, el gran Giacometti dormía.

 

Pasaje de Max Ernst
 

El surrealismo, en su periodo ascendente, tenía, según creemos, una necesidad absoluta de Max Ernst; primero para iluminarse a lo largo del trazo de su propia flecha, y enseguida para aglutinarse y extenderse circularmente. Max Ernst, brincando a Hegel, le imprimió lo que el impresionable y combativo Breton esperaba de un maravilloso —palabra usada y manoseada— salido del norte, venido del este, maravilloso que en las pinturas de Cranach y de Grünewald subyace en su dibujo no cortesano y su preparación mercurial. La femme 100 têtes, una vez que la hemos leído y mirado (amado), enrolla y desenrolla el gran país de nuestros ojos cerrados. Así la obra de Max Ernst parece hecha no de extrañeza uninominal, sino de materiales hipnóticos y de alquimias liberantes. Acordémonos de su cuadro, La Révolution la nuit, que ilustra de manera ejemplar lo que no pensó ilustrar: las Poesías, que no son poesías, de Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont.

Gracias a Max Ernst y a Chirico, la muerte surrealista, entre todos los suicidas, no ha sido odiosa. Floreció en los labios de una juventud imputrefacta en lugar de terminar al final de un negro camino.



 


4. Poemas varios, varios poemas
 
 

El amor


Ser
El primero en llegar.



Dentellada
 

Bañista olvídame en el mar
Que delira y calma la multitud.



El oráculo del gran naranjo

El hombre que lleva la evidencia en sus hombros
Conserva el recuerdo de las olas en los depósitos de sal.




El profesor despedido
 

Tres personajes de una banalidad comprobada se interpelan con pretextos poéticos diversos (deme lumbre, qué horas tiene, se lo ruego, a cuántas leguas la ciudad más cercana) en un paisaje indiferente y entablan una conversación de la que no nos llegarán jamás los sonidos. Frente a nosotros, el campo de diez hectáreas que yo cultivo, la sangre secreta y la piedra catastrófica. A ustedes no les dejo pensar nada.




Los observadores y los soñadores

Antes de reunirse con los nómadas
Los seductores encienden las columnas de petróleo
Para dramatizar sus cosechas

Mañana empezarán los trabajos poéticos
Precedidos del ciclo de la muerte voluntaria
El reino de la obscuridad ha hundido la razón el
    diamante en la mina

Madres enamoradas de los mecenas del último suspiro
Madres excesivas
Siempre cavando el corazón macizo
Sobre ustedes pasará indefinidamente el calosfrío de
    helechos de los muslos de bálsamo
Las conquistarán
Se acostarán

Solos en las ventanas de los ríos
Los grandes rostros iluminados
Sueñan que nada es perecedero
En su paisaje carnívoro. 



Todos compañeros de cama

Todos compañeros de cama florecientes en el sueño de
    hoy fraternal
Sobre él descansan y vigilan sus herramientas
    infranqueables conquistas sobre la pereza y la hazaña
       del trabajo
Tiempos vomitados ellos se desplazaban dóciles a los
    puestos de avance de la nada temiendo el sórdido
       entorno
Proveedores de oro aunque apenas menos endebles que
    una mota de grama en una hectárea sin cultivar
Abrazan este presente digno de ellos
Que les corta un futuro de señores
La aventura del descanso ya no está marcada por
    sudores de las irresistibles golosinas de basura
Ya no cruzan ellos la pendiente filosa de la falsa aurora
    cubierta de fósiles celestes y de alforjas de lágrimas
Donde fatalmente el amor se transmutaba en lodo y la
    esperanza en carga
Cabeza de cordero sangrante el corazón había perdido
    toda su lana
Y de horror en horror llega la belleza popular a los
    relojes inocentes
Así tardaba en subir por los pliegues de gavilán el plomo
    inexplicablemente enamorado del conocimiento de
       sus presas

Visión del desvío significada en el sencillo
    encadenamiento que embarrica la injuria para
      proteger su crecimiento insoportable
La pútrida la azur la sanguinaria mordida en las caderas
   amante de los frenos
Nosotros consagramos un zarzal carnívoro al aderezo
   de su pequeñez atractiva
A cada quien su calor y el sol para todos gastado o
   sucios
La brasa se mantiene erecta cuando las babosas se
   empeñan en las flamas
Odio te partiremos la roca antes de caer de rodillas
Queridos acostados que trajeron la sangre prestigiosa
   hasta las alturas donde ya casi no se ven verduras
Ustedes retomarán pronto en el estuche de sus leyes el
   lugar caliente que nosotros ocupamos un instante
Mejor
Ustedes nos impondrán la prohibición ustedes
   maltratarán nuestros rostros hieráticos
Es exacto el oasis empieza a brillar más allá de la
   degollación del mar vegetante guiñapo teatral
Nuestra lengua común en la eternidad bajo el techo
   guardián de nuestras luchas es el sueño ese esperanto
      de la razón
Nosotros no toleramos ser interrumpidos por la fiereza
   farsante de una voz
Nosotros no nos declararemos vencidos cuando en el
   hombre de pie el mal flota y el bien naufraga




Leónides
    ¿Eres tú mi mujer? ¿Mi mujer hecha para llegar al encuentro del presente? La hipnosis del fénix ambiciona tu juventud. La piedra de las horas lo vistió con su hiedra.

     ¿Eres tú mi mujer? El año del viento donde guerrea una vieja nube hace nacer la rosa, la rosa de la violencia.

      Mi mujer hecha para llegar al encuentro del presente.

     El combate se va dejándonos un corazón de abeja sobre nuestras tierras, la sombra despierta, el pan ingenuo. La velada avanza lentamente hacia la inmunidad de la Fiesta.

     Mi mujer hecha para llegar al encuentro del presente.



El rostro nupcial
 

Ahora desaparece mi cortejo, de pie en la distancia;
La dulzura del número acaba de destruirse.
Adiós a ustedes, mis aliados, mis violentos, mis
    indicios.
Todo se los lleva, tristeza obsequiosa.
Amo.

El agua es pesada a un día del venero.
La parcela bermeja franquea sus lentas ramas a tu
    frente, dimensión tranquilizada.
Y yo semejante a ti,
Con la paja florecida al borde del cielo gritando tu
    nombre,
Destruyo los vestigios,
Herido, sano de claridad.

Cinturón de vapor, multitud suavizada, divididores
    del temor, toquen mi renacimiento.
Pared de mi duración, renuncio a la ayuda de mi
    amplitud venial;
Yo lleno de árboles el expediente de mi morada;
    entorpezco el primor de las supervivencias.
Quemándome de soledad rural,
Evoco el nado en la sombra de su Presencia.

El cuerpo desierto, hostil a mezclarse, ayer, se había
    vuelto hablante negro.
Ocaso, no te maravilles, cae tu maza de congojas, agrio
    sueño.
El escote disminuye los huesos de tu exilio, de tu
    esgrima;
Tú vuelves fresco el servilismo que se devora la espalda;
Rocío de la noche, detén esa carreta lúgubre
De voz vidriosa, de partidas lapidadas.
Pronto sustraído al flujo de las lesiones inventivas
(El pico del águila lanza alto la sangre abierta)
Sobre un destino presente yo llevé mis franquezas
Hacia el azur multiválvula,* la disidencia granítica.
¡Oh bóveda de efusión sobre la corona de su vientre,
Murmullo de dote negra!
¡Oh movimiento agotado de su dicción!
Natividad, guía a los insumisos, que descubran su base,
La almendra creíble del mañana nuevo.
La noche ha cerrado su llaga de corsario donde viajaban
    los cohetes vagos entre el miedo sostenido de los
       perros.
En el pasado las huellas de duelo sobre tu rostro.

Vidrio inextinguible: mi aliento ya aflorando la amistad
    de tu herida,
Armaba tu realeza desapercibida.
Labios de neblina descendió nuestro placer de umbral
    de duna, de techo de acero.
La consciencia aumentaba el atavío estremecedora de
    tu permanencia;
La sencillez fiel se extendió a todas partes.

Franquicia de la divisa matinal, muerta-estación de la
    estrella precoz,
Yo corro hasta el final de mi cúpula, coliseo sepultado.
Basta de besar las crines núbiles de los cereales:
La cardadora, la obstinada, nuestros confines la
    someten.
Basta de maldecir la bahía de los simulacros nupciales:
Toco el fondo de un retorno compacto.

Riachuelos, soplo de los muertos cavernosos,
Ustedes que siguen el cielo árido,
Mezclen sus pasos a las tormentas de quien supo sanar
    de la deserción,
Dando contra sus estudios salubres.
En el seno del techo el pan sofoca para llevar corazón
    y luz.
Toma, Mente mía, la flor de mi mano penetrable,
Siente el despertar de la obscura plantación.

Yo no veré tus costados, esas parvadas de hambre,
    secarse, llenarse de zarzas;
Yo no veré la langosta sucederte en tu invernadero;
Yo no veré a los paseantes inquietar el día que nace;
Yo no veré la raza de nuestra libertad servilmente
    bastarse.

Quimeras, hemos subido al altiplano.
El sílex tiembla bajo los sarmientos del espacio;
La palabra, cansada de derrotar, bebía en el
    embarcadero angélico.
Ninguna salvaje sobrevivencia:
El horizonte de los caminos hasta donde nace el rocío,
El íntimo desenlace de lo irreparable.

He aquí la arena muerta, he aquí el cuerpo salvado:
La Mujer respira, el Hombre está de pie.


Hojas de hipnos

1
    En la medida de lo posible, enseña a ser eficaz, para el objetivo por alcanzar pero no más allá. Más allá es humo. Donde hay humo hay cambio.

5
    No pertenecemos a nadie sino al punto luminoso de esta lámpara desconocida por nosotros, inaccesible a nosotros que mantiene despierta la valentía y el silencio.

12
    Lo que me ha traído al mundo y lo que de él me expulsará, no interviene sino en los momentos en que soy demasiado débil para resistírmele. Anciana cuando yo nací. Joven desconocida cuando moriré.
    La única y la misma Pasante.

15
    Los niños se aburren el domingo. Passereau propone una semana de veinticuatro días para descuartizar el domingo. O una hora de domingo que se agregue a cada día, de preferencia, la hora de las comidas, porque ya no hay pan seco.
    Pero que ya no le hablen del domingo.

28
    Hay un tipo de hombre siempre adelante de sus excrementos.

31
    Escribo brevemente. No puedo siquiera ausentarme mucho tiempo. Extenderse llevaría a la obsesión. La adoración de los pastores ya no es útil al planeta.

34
    Cásate y no te cases con tu casa.

35
    Ustedes serán una parte del sabor del fruto.

44
    Amigos, la nieve espera la nieve para un trabajo simple y puro, en el límite del aire y de la tierra.

46
    El acto es virgen, incluso repetido.

81
    La aquiescencia ilumina el rostro. El rechazo lo embellece.

117
    Claude me dice: “Las mujeres son las reinas del absurdo. Entre más se compromete un hombre con ellas, más complican ellas este compromiso. Desde el día en que me volví ʻpartisanoʼ, no he vuelto a ser desdichado ni a estar decepcionado...”
    Ya habrá tiempo para enseñarle a Claude que uno no esculpe su vida sin cortarse.

131
    A todas las comidas comunes, invitábamos a la libertad a sentarse con nosotros. El lugar continúa vacío pero el cubierto continúa puesto.

184
    Curar el pan. Sentar a la mesa el vino.

224
    Hace tiempo, en el momento de ir a la cama, la idea de una muerte temporal durante el sueño me tranquilizaba; hoy en día, me duermo para vivir algunas horas.


 


Los encajes de Montmirail
[Fragmentos]

 

    Parece ser el cielo el que tiene la última palabra. Pero la pronuncia en voz tan baja que nadie lo oye nunca.

    Sólo tenemos un recurso con la muerte: hacer arte antes que ella.

 


Contravenir


    Obedezcan ustedes a sus cerdos que existen. Yo me someto a mis dioses que no existen.

    Seguiremos siendo inclementes.

 


Hambre roja


Estabas loca.

¡Hace tanto tiempo!

Te moriste, un dedo frente a la boca,
En un movimiento noble,
Para cortar de tajo la efusión;
En el sol frío de un verde reparto.

Eras tan bella que nadie se dio cuenta de tu muerte.
Más tarde, de noche, te pusiste en camino conmigo.

Desnudez sin desconfianza,
Senos podridos por tu corazón.

A sus anchas en este mundo ocurrente,
Un hombre que te había estrechado en sus brazos,
Vino a la mesa.

Sé bien, tú no eres.


Juramento


    En las calles de la ciudad está mi amor. Poco importa a dónde va en el tiempo dividido. Ya no es mi amor, cualquiera puede hablarle. Ya no se acuerda; ¿quién pues la amará?

    Busca a su semejante en el deseo de las miradas. El espacio que recorre es mi fidelidad. Dibuja la esperanza y ligera la despide. Es preponderante sin comprometerse.

    Yo vivo en el fondo de él como una chatarra feliz. Sin que él lo sepa, mi soledad es su tesoro. En el gran meridiano donde se inscribe su impulso, mi libertad lo ahonda.

    En las calles de la ciudad está mi amor. Poco importa a dónde va en el tiempo dividido. Ya no es mi amor, cualquiera puede hablarle. Ya no se acuerda; ¿quién pues la amó y lo ilumina de lejos para que no caiga?

 


Cepa

 

    El despertar al cambio, la conquista, la promesa, la represión. La aventura fue de punta a punta dolorosa, masa iluminada lunarmente. ¡Cómo vivir después de eso!

    Al escalofrío de la corteza terrestre, hombres y mujeres exangües sucedían.

    Los esclavos tienen necesidad de esclavos para exhibir la autoridad de los tiranos.

 


París sin salida 


Calle de Sèvres
Una puerta de garage antes de la tienda Le Tournis,
Mediodía, y el verano
Sobre el asfalto suspende todos los impulsos.
Una joven mujer,
La línea de sombra de su falda desnuda
Es cómplice de su cuerpo encantador,
Persigue un sueño despierto,
Sentada en la piedra misma del umbral.
Yo la llamo
Lectora de las doce adormideras blancas,
Meridiana,
Aunque todavía tenga los ojos muy abiertos
Y los dedos simétricos
Mientras hojea su libro ausente,
Permanece, la pierdo.

Sin tardanza, en la siguiente calle
Sílaba de eco, amante precipitada.

 


Canción de los pisos

   

Es de día con la reina.
Es de noche junto al rey.
Ya canta la reina.
Apenas duerme el rey.

Las sombras que lo encadenan,
Una a una, las ve él.
La mirada de la reina
En ellas no se detiene.

El destino que las lleva,
Y que hace temblar al rey,
No turba un punto a la reina.
Allá abajo brilla el mar,
Y, al ritmo de sus venas,
Aquella que fue a quemar,
Ola de mismas arenas.
Oh las jornadas serenas,
¡ustedes no son del rey!

El recuerdo de un roble
Sobre su frente de preocupación
Pone clara mancha noble.
Fue en otra vida
Donde despertó la reina
Contra el corazón del rey.

Ah, cierra tu palacio
O sube por sus pisos
Tímido soberano.
Comprenderás por qué
Sobre una roca salvaje

La reina apoya su seno.

Entenderás por qué
Y te consolarás.

 


Los inventores

 

Llegaron, los habitantes del bosque de la otra ladera,
    los desconocidos para nosotros, los rebeldes a
       nuestras costumbres.
Llegaron y eran muchos.
Su grupo apareció en la línea que divide los cedros
Del campo de la vieja cosecha ahora irrigado y verde.
La larga caminata los había agitado.
Sus gorras ajustadas sobre sus ojos y sus pies bruñidos
    se posaban en el baldío.
Nos vieron y se detuvieron.
Aparentemente no esperaban encontrarnos ahí,
Sobre tierras fáciles y surcos bien cerrados,
Completamente despreocupados de una audiencia.
Levantamos la frente y los animamos.

El más elocuente se acercó, después otro igualmente
    desarraigado y lento.
Venimos, dijeron, a prevenirlos de la llegada
    inminente del huracán, su implacable adversario.
Tal como ustedes, nosotros tampoco lo conocemos
Más que por las relaciones y las confidencias de los
    ancestros.
¿Pero por qué estamos incomprensiblemente felices
    frente a ustedes y repentinamente como niños?

Les dijimos gracias y los despedimos.
Pero antes bebieron, y sus manos temblaban, y sus
    ojos reían en las comisuras.
Hombres de árboles y de golpes, capaces de hacer
    frente a cualquier terror, pero inaptos a conducir
       el agua, a alinear las construcciones, a cubrirlas
         de colores agradables,
Ignoran el jardín del invierno y la economía de la
    alegría.

Cierto, pudimos haberlos convencido y conquistado,
Pues la angustia del huracán es emotiva.
Sí, el huracán iba a venir pronto;
¿Pero valía la pena que hablásemos de él y que
    molestásemos el porvenir?
Ahí en donde estamos nosotros, no hay ningún temor
    urgente.

 


De 1943


Has gozado bastante de nuestras almas,
¡Oh viejo sueño de la putrefacción!

Desde entonces,
Luna tras día,
Viento tras noche,
Ligeros o fuertes,
Te esperaremos.

 

* El verso en lengua francesa se lee: Vers l’azur multivalve, la granitique dissidence. En la entrada para “azur” del diccionario de la Real Academia Española se designa lo “dicho de un color heráldico: Que en pintura se representa con el azul oscuro, y en el grabado, por medio de líneas horizontales muy espesas”. Debido a que la traducción de l’azur es “arriba”, en relación con el término “multiválvula” el verso puede también ser interpretado como se anota enseguida: “Hacia arriba multiválvula, la granítica disidencia”, probablemente en relación con el órgano cardiaco. (N. del E


5. Versos y fragmentos
 

    Fueron traídos al mundo Transparentes bajo oropeles improvisados. Es así como se fundó la maledicencia.

    Deseo, deseo con una sola maleta y múltiples trenes.

    Amo a quien respeta a su perro, quiere sus herramientas, no decortica el árbol para castigar la savia, no le echa agua al vino de la verdad, se burla de la existencia de un mundo ejemplar.

    Hubo el vuelo silencioso del Tiempo durante milenios, mientras que el hombre se adaptaba. Vino la lluvia; después el hombre marchó y actuó. Nacieron los desiertos; el fuego se elevó por segunda vez. El hombre, entonces, poseedor de una alquimia que se renovaba, estropeó sus riquezas y masacró a los suyos. Agua, tierra, mar, aire, apoyaron; sin embargo, un átomo resistía. Esto sucedía hace algunos minutos.

    No inciten a las palabras a hacer una política de masas. El fondo de ese océano ridículo está empedrado de cristales de nuestra sangre.

    Desde la operación de los totalitarismos ya no estamos unidos a nuestro yo personal sino a un yo colectivo asesino, asesinado. La ganancia de la muerte condena a vivir sin el imaginario, fuera del espacio táctil, en mezclas envilecedoras.

    Baudelaire, Melville, Van Gogh son dioses despavoridos, y no lecturas de dioses. Agradezcamos. Y agreguemos Mandelstam El Inclinado, nadando, el brazo azul, su mejilla apoyada sobre el espanto y la maravilla. El espanto que le infligieron, la maravilla que él no le opuso pero que emanaba de él.

    Recorrer el espacio, pero no echar una mirada sobre el Tiempo. Ignorarlo. Ni lo hemos visto, no lo hemos sentido, menos aún medido. En un segundo, todo se queda en el único sagrado incondicional que jamás existió: aquél.

    ¿Han elaborado, las delicias de la imaginación, los horrores que afrontamos?
    Las largas lluvias de la imaginación, aunque tengan todo el campo, tienen un derecho y un revés. Bien que mal.

    Algunos días, no hay que temer nombrar las cosas imposibles de describir.

    El universo de la materia es más mentiroso que el mundo de los dioses. Es permitible modificarlo e invertirlo.

    El Arte ignora la Historia, pero se sirve de su terror. Los acontecimientos de nuestra existencia, el bandidismo de las sociedades, forman el montón de grava de escombros y de fierro que sirven a sus cimientos.

    Voy a hablar y voy a decir, ¿pero cuál es el eco hostil que me interrumpe?

    A la vez vivir, ser engañado por la vida, querer vivir mejor y poder hacerlo, es infernal.