Fajilla de Furor y misterio
                                 
El poeta, es bien sabido, mezcla la carencia al exceso, la meta al pasado. De ahí la insolvencia de su poema. Vive en la maldición, es decir que asume perpetuos y renovados peligros, a la vez que rechaza, con los ojos abiertos, los que otros aceptan, con los ojos cerrados: la ventaja de ser poeta. No puede haber poeta sin aprehensión, como no puede haber poema sin provocación. El poeta pasa por todos los grados solitarios de una gloria colectiva de la que él es, en buena lid, excluido. Es la condición para sentir y decir las cosas como se debe. Cuando genialmente llega a la incandescencia y a lo inalterado (Esquilo, Lao-Tseu, los presocráticos griegos, Teresa de Ávila, Shakespeare, Saint-Just, Rimbaud, Hölderlin, Nietzsche, Van Gogh, Melville), obtiene los resultados que todos conocemos. Agrega nobleza a su caso cuando duda en su diagnóstico y tratamiento de los males del hombre de su tiempo, cuando formula sus reservas sobre la mejor manera de aplicar el conocimiento y la justicia en el laberinto de lo político y lo social. Tiene que aceptar el riesgo de que su lucidez sea juzgada peligrosa. El poeta es la parte del hombre refractaria a los proyectos calculados. Puede ser que tenga que pagar a cualquier precio este privilegio o esta cruz. Debe saber que el mal viene siempre de más lejos de lo que uno cree, y no muere forzosamente sobre la barricada que le hemos escogido.

Furor y misterio
es, los tiempos lo quieren, una antología de poemas, y, sobre la ola del drama y del reverso ineluctable de donde resurge la tentación, una manera de explicar nuestro afecto duradero por la nube y por el pájaro.