2. Dos poetas
 
 



¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud!
                                           

 

¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud! Tus dieciocho años refractarios a la amistad, a la malevolencia, a la tontería de los poetas de París como al zumbido de abeja estéril de tu familia ardenesa un poco loca, hiciste bien en esparcirlos a los vientos de alta mar, en tirarlos bajo el cuchillo de su precoz guillotina. Hiciste bien en abandonar el boulevard de los perezosos, los cafetines de los miones de liras, por el infierno de las bestias, por el comercio de los tramposos y el buenosdías de los sencillos.

Este impulso absurdo del cuerpo y del alma, esa bolsa de cañón que toca su blanco haciéndolo estallar, sí, ¡es ahí donde está la vida de un hombre! No se puede, al salir de la infancia, estrangular indefinidamente al prójimo. Si los volcanes cambian poco de lugar, su lava recorre el gran vacío del mundo y le trae virtudes que cantan en sus llagas.

¡Hiciste bien en irte, Arthur Rimbaud! Algunos creemos sin pruebas que la felicidad es posible contigo.




Antonin Artaud

No tengo la voz para elogiarte, hermano mayor.
Si me inclinara sobre tu cuerpo que la luz va a esparcir,
Tu risa me rechazaría.
El corazón entre nosotros, durante lo que se llama
    impropiamente una bella tormenta,
Cae varias veces,
Mata, cava y quema,
Para renacer más tarde en la suavidad de los
    champiñones.
Tú no necesitas de un muro de palabras para elevar tu
    verdad,
Ni de las volutas del mar para untar tu profundidad,
Ni de esta mano enfebrecida que envuelve el puño,
Y ligeramente conduce a talar un bosque
Del que nuestras entrañas son el hacha.
Basta. Regresa al volcán.
Y nosotros,
Que lloremos, que aceptemos relevarte o preguntemos:
    “¿Quién es Artaud?” a esta mazorca de dinamita a
    la que no se le despega ningún grano,
Para nosotros, nada ha cambiado,
Nada salvo esta quimera viva del infierno que se despide
    de nuestra angustia.