3. Cinco pintores
 
 


                                 

Wilfredo Lam

No veo bosque habitado, aunque nunca alcanzado, en el mapamundo terrorífico de los hombres, que nos interpele mejor que ése en el que Lam junta sus criaturas enflacadas por el nerviosismo del arte, y sin embargo refrescadas por la expansión natural del pintor pasando la barrera del aire.





Dancen, montañas
 

Pienso en Miró a través de los pesados sismos del espíritu que dejan miles de hendiduras a su paso sin que un solo pedazo de universo se desprenda formalmente. Chatarra rugiente, figura esculpida, mesa plácida ya no ruedan a lo lejos, ya no son sino grietas y promesas hieráticas. Evoco a Miró, habitante de la granja de abajo, pintando, grabando y atareándose, al ras de la pared rocosa hechizada. Pintor vivaracho y desprovisto de costumbres. Sobre la rueda afiladora de la felicidad, él es el sembrador de recompensas y de chispas. Y en los pliegues del luto él tiene bellezas para reanimar a Osiris. A este saltimbanqui sutil, desde hace ya mucho tiempo, la mecánica celeste le enseñó sus exuberancias, su laberinto y sus tiovivos. Y este 12 de abril de 1961 Miró es agraciado. Mejorar lo que hace un meteoro no es gran cosa cuando uno no quema. Miró arde, corre, nos da y arde.

 



Szenes
   

“¡Maravíllense! ¡Rápido, maravíllense!”, nos gritaron los pintores impresionistas al finalizar su cuadro.

Los grandes caballos desaparecieron de nuestras tierras, la afable piedra de afilar, la primavera exacta.

En su bella lentitud, como el pájaro en el suelo, segando sus colores, decían la verdad.

Árpád Szenes tiene la libertad de pintar y el universo la libertad de ofrecerse. Yo tengo la libertad de hacerme a la mar. Me maravillo, y lo sé.

 


Alberto Giacometti


Ropa tendida, ropa interior y ropa de casa, detenida con pinzas, pendía en una cuerda. Su despreocupado propietario le permitía gustoso pasar la noche fuera. Un fino rocío blanco se extendía sobre las piedras y sobre la hierba. A pesar de la promesa de calor el campo no se atrevía aún a parlotear. La belleza de la mañana, entre los cultivos desiertos, era total, porque los campesinos no habían abierto sus puertas, de anchas cerraduras y grandes llaves, para despertar baldes y herramientas. El gallinero exigía. Una pareja de Giacometti abandona el sendero cercano, y aparece a la vista. Desnudos o no. Alargados y transparentes, como los vitrales de las iglesias incendiadas, graciosos, como los escombros sufriendo mucho al perder su peso y su sangre de antaño. Altivos y seguros sin embargo, como aquellos que se comprometieron sin temblar bajo la luz irreductible de la maleza y de los desastres. Estos apasionados de la adelfa se detuvieron frente al arbusto del granjero y aspiraron largamente su perfume. La ropa en la cuerda se asustó. Un perro estúpido huyó sin ladrar. El hombre tocó el vientre de la mujer, quien le agradeció con una mirada, tiernamente. Pero sólo el agua del pozo profundo, bajo su techo de granito, se regocija de este gesto, porque ella percibe su lejana significación. En el interior de la casa, en la rústica habitación de los amigos, el gran Giacometti dormía.

 

Pasaje de Max Ernst
 

El surrealismo, en su periodo ascendente, tenía, según creemos, una necesidad absoluta de Max Ernst; primero para iluminarse a lo largo del trazo de su propia flecha, y enseguida para aglutinarse y extenderse circularmente. Max Ernst, brincando a Hegel, le imprimió lo que el impresionable y combativo Breton esperaba de un maravilloso —palabra usada y manoseada— salido del norte, venido del este, maravilloso que en las pinturas de Cranach y de Grünewald subyace en su dibujo no cortesano y su preparación mercurial. La femme 100 têtes, una vez que la hemos leído y mirado (amado), enrolla y desenrolla el gran país de nuestros ojos cerrados. Así la obra de Max Ernst parece hecha no de extrañeza uninominal, sino de materiales hipnóticos y de alquimias liberantes. Acordémonos de su cuadro, La Révolution la nuit, que ilustra de manera ejemplar lo que no pensó ilustrar: las Poesías, que no son poesías, de Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont.

Gracias a Max Ernst y a Chirico, la muerte surrealista, entre todos los suicidas, no ha sido odiosa. Floreció en los labios de una juventud imputrefacta en lugar de terminar al final de un negro camino.