Nota introductoria

La patria del escritor es el idioma. Cada escritor, sin embargo, admite en sí ese idioma de una manera distinta. La lengua habla a través de nosotros, es cierto, pero no es menos cierto que también los escritores intentan dominar esa estructura que nos habla, que no hemos hecho, que hemos heredado, y, que, pese a todo, es lo más entrañable, lo más profundo de nosotros mismos.

Todo hombre es un animal de palabras. La manera como esa patria desgarrada y común que es el idioma nos atraviesa, la manera, también, como la atravesamos, es un asunto al mismo tiempo individual y colectivo. Podemos comprobarlo, de súbito, en estos poemas de Saúl Ibargoyen.

La materia lingüística de que están construidos estos poemas es una materia plástica y múltiple. Es un lenguaje de fronteras: de fronteras físicas, nacionales, de paisajes humanos, desde luego; pero, sobre todo, es un material lingüístico construido entre fronteras habladas, entre lenguas que, por ello mismo, se tocan, se interpenetran, se enriquecen. Provincias lingüísticas que se borran y vivifican: entrerríos, entresierras, entrambasaguas, entrelenguas...

Saúl Ibargoyen goza haciendo de la materia verbal una materia moldeable, juega con ella, la hace una cosa viva, muy viva, palpitante. Como si un animal extraño habitara en esa estructura también extraña que es el lenguaje de la frontera entre Uruguay y Brasil, entre el español y el portugués: palabras nuevas, palabras vivas, sintaxis flexible, que arroja luces inesperadas por sus formas de construcción.

Saúl Ibargoyen es no sólo poeta, también es narrador y es crítico. Los tres espacios vitales de ese lenguaje (el de la poesía, el de la narrativa y el de la crítica) en él se retroalimentan: forman parte de una misma desgarradura. Por eso, en él, los pequeños seres que pueblan el mundo (hombres, cosas, animales) aparecen bajo una luz moribunda. La piedad y el amor atraviesan la poesía entera de Ibargoyen, un hombre sabio, que ha viajado, visto y comprendido.

Ibargoyen es un hombre de fronteras y de viajes, un hombre que se ha desprendido de muchas pieles, que se ha arrancado llagas al tiempo que la carne lacerada y viva; que ha olvidado multitud de estaciones y lugares; que ha cambiado de oficios y países, pero que siempre ha sido consecuente consigo mismo y con su patria primordial, el lenguaje, que es la patria común a todos los hombres, sin que importe su linaje. La patria verdadera de Ibargoyen es, pues, su lenguaje, el nuestro.

Así, en la poesía de Ibargoyen “los pájaros ladran” porque las relaciones entre las cosas han dejado de ser transparentes y unívocas. Es un hombre —un poeta— que “ya no puede volver”, lleno de una profunda tristeza. La patria, dice, “está conmigo”, lo que quiere decir que está adentro de él, en forma de nostalgia y socavón: un exilio perpetuo.

Y, sin embargo, pese a todo, Ibargoyen, como Vallejo, sabe hablar de la esperanza.

Estamos en presencia, no vacilo en afirmarlo, de un poeta extraordinario en el sentido más exacto del término, un poeta fuera de las normas comunes, que ha aportado al idioma castellano todas las impurezas vitales de otro idioma, colindante pero distinto, gracias a lo cual lo ha encarnado en una poesía que agoniza y palpita, atravesada al mismo tiempo por el amor y el dolor. Ibargoyen es un poeta de abismos, la única clase de poetas que verdaderamente interesa a los demás hombres.
 

Jaime Labastida