Juan Gustavo Cobo Borda



Selección y nota introductoria de Rafael Vargas



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Nota introductoria

Frente al autorretrato que Juan Gustavo Cobo Borda trazó de sí mismo en 1988, poco es lo que se puede decir sin pecar de solemnidad o caer en discursitos rimbombantes. Si algún efecto tiene el conjunto de su obra, es justamente el despojarnos de tales fachas. Creo que lo poco que puedo afirmar sobre su trabajo y su persona es que en ambos se encuentra el mismo implacable humor, a veces feroz y corrosivo, a veces bondadoso y suave, preciso siempre y ceñido por esa ineludible melancolía que tiñe todo asedio a la belleza.

Sin duda es uno de los mejores lectores de la poesía y las letras de nuestro idioma (en el decir de Tito Monterroso es una incansable máquina literaria), y por lo mismo sus ensayos y antologías convocan a la polémica y el diferendo —contra la tradición que la vida política de nuestros países ha instilado en nuestras letras, Juan Gustavo, ciertamente, no escribe para ganar adeptos.

Aclaro de prisa que al decir lector hablo implícitamente del crítico, y como la única crítica válida es la respuesta entrañable —es decir, la creación— hablo sobre todo del poeta. Lectura, crítica y creación son actos idénticos e indesligables en la obra de Cobo Borda, y tanto sus poemas como sus ensayos podrían muy bien agruparse bajo el título de uno de sus libros: La alegría de leer. Alegría y entusiasmo son palabras que le convienen: contra la pesadumbre y el sopor, el júbilo y la energía o, como él mismo dice: “amar y odiar por escrito agilizan la prosa”. En tal sentido Juan Gustavo es un grato ejemplo de salud intelectual.

Otra muestra de su filo crítico, lector, creador, es el hecho de preferir, al publicar poesía, la decantación a la proliferación, la sustracción a la suma. Sustentada por una actitud decidida contra la grafomanía y la logorrea comunes en gran parte de la poesía hispanoamericana contemporánea, es una apuesta riesgosa y, por ende, muy estimable. (Una apuesta, por cierto, bastante parecida a la que en México ha sostenido Gabriel Zaid.)

Para este pequeño cuaderno he elegido, además de algunos que considero indispensables, aquellos poemas de Juan Gustavo que denotan sus afinidades con otros autores —elecciones de lectura, al fin y al cabo. Esto, conste, sin el ánimo de corroborar ninguna hipótesis, sino con el sencillo propósito de subrayar su estirpe y hacer circular entre nosotros varios poemas que no figuran en las ediciones mexicanas. Además, como todo auténtico poeta, Juan Gustavo es un camino hacia otros poetas.


Rafael Vargas

 

 

J.G. Cobo Borda por sí mismo*

Nací en Bogotá, Colombia, el 10 de octubre de 1948 y he publicado en Bogotá, Caracas, México y Buenos Aires diversas colecciones de poemas y tres volúmenes de ensayos. Además, he dirigido, desde 1973, la revista mensual Eco que edita la librería Buchholz, en Bogotá.

Siempre he dicho que escribo (y publico) el mismo libro de poemas con títulos cambiados, y es cierto. Su última versión se llamó Todos los poetas son santos e irán al cielo y apareció en Buenos Aires, a fines de 1983, desde donde actualmente finjo ser agregado cultural de la embajada de Colombia. Los anteriores avatares del engendro se titularon: Roncando al sol como una foca en las Galápagos (México, 1983); Ofrenda en altar del bolero (Caracas, 1981); Salón de té (Bogotá, 1979) y Consejos para sobrevivir (Bogotá, 1974).

No hago estas precisiones por un prurito bibliográfico: insinúo, tan sólo, que soy un viejo aprendiz de poeta que se siente partícipe de una aventura que, queramos o no, sólo puede ser latinoamericana. De ahí que mis temas predilectos sean el incumplimiento y el fracaso, la mugre y el deterioro. Todos ellos, claro está, cantados con desenfrenada euforia.

La poesía nada tiene que ver con la historia: es la otra historia. Nace en esa “inmunda tienda de andrajos y osamentas llamada corazón”, como lo calificó Yeats. Luego se convierte en otra cosa. Por mediación suya todo se torna claro. Recordamos perfectamente lo que nunca habíamos vivido de ese modo.

Se ha dicho que mis poemas son irónicos. Recuerdo lo que en 1980 me escribía Rafael Gutiérrez Girardot: “Sólo desde una actitud conservadora es posible el sarcasmo, la burla, el humor”. Muecas quizás para disimular el desamparo, mis poemas, ahora lo comprendo, no son más que un largo catálogo de gratitud; de súplica y de imprecación. A ciertas mujeres y ciertos libros; a algunas películas, pescados y vinos. Calles y paisajes. A un país que sólo se puede querer a distancia y amar con profunda y decantada rabia. Al español, en últimas, único idioma que no ignoro del todo.

Sólo al escribir esos cincuenta poemas que forman mis obras semicompletas entendí lo que pensaba. Sólo al releerlos supe lo que me había pasado. En primer lugar una ciudad, Bogotá, que era necesario convertir en palabras. Una ciudad que vi cambiar delante de mis propios ojos, derrumbando un pasado honesto en su pobreza y levantando un presente un tanto obsceno en su indecisa pretensión de querer ser moderna.

Una ciudad cuya imagen negativa, dada por “la mala prensa extranjera”, es cierta: inseguridad y violencia, narcotráfico y secuestro, pero aún así una ciudad única en su indecible belleza: los cerros, gamines por la calle, mala leche en el alma, suspicacia malévola en el oscuro rostro de mestizos desconfiados, sus cielos. Es la nuestra.

¿Qué lecturas me han marcado? Como toda mi generación padecí la atracción de Cavafis. Pero por allí rondan también Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke; Nadja y El amor loco, de Bretón; El bosque de la noche, de Dujna Barnes. Páginas de Borges y Octavio Paz; Álvaro Mutis y García Márquez. Un poema de Pablo Neruda: Las furias y las penas. Un cuento de Onetti: Bienvenido, Bob. Películas como West Side Story, El tesoro de la Sierra Madre, Los siete samurais y El testamento del Dr. Mabuse. También La heredera, de William Wyler. ¿A qué seguir? Líneas de Benn, Lowell y Wladimir Holan y demasiados libros de ensayos.

Lo anterior resulta horriblemente pretencioso pero, por desgracia, es cierto. No tuve infancia. Comencé, muy joven, por ser gerente de una librería de siete pisos, en pleno centro de Bogotá; luego, durante ocho años fui editor de 300 títulos en el Instituto Colombiano de Cultura y durante año y medio (influjo de Borges: tenía la sabiduría pero me faltaba la ceguera) subdirector de la Biblioteca Nacional, antes de saborear el exilio desde esta canonjía diplomática. Además, durante toda esta década (1973-1984) dirigí Eco, una muy seria revista literaria que si bien ha publicado a todos los escritores latinoamericanos de valía, su especialidad son, lejos de cualquier broma, eruditos trabajos de ensayistas alemanes. Ante tales circunstancias, ¿cómo no incurrir entonces en el vicio de acumular libros, citarlos e incluso leerlos? Sólo que mis dioses titulares siguen siendo, en realidad, Groucho Marx e Isabel Sarli, To be or not to be, de Ernst Lubitsch, la risa y la carne.

A pesar de tan espurio cosmopolitismo siempre vuelvo a Bogotá. Allí me formé (o me deformé) entre un padre que había peleado en la guerra civil española, defendiendo las ideas de Don Manuel Azaña y una madre cuyos primos hermanos —Jorge y Eduardo Zalamea Borda— a quienes no conocí, habían sido ambos escritores. El primero, traductor al español de Saint-John Perse; el segundo, autor de una novela sobre la Guajira —Cuatro años a bordo de mí mismo— y descubridor de ese continente llamado García Márquez. La metáfora, aclaro, no es mía: es del propio García Márquez. Los parricidios hay que iniciarlos temprano.

Tampoco conocí a mi abuelo materno, quien editaba un periódico, La Gaceta Republicana, y exportaba orquídeas colombianas a Londres. Así, entre el digno silencio de un hombre que había perdido la guerra y el orgullo, un tanto resquebrajado, de una familia de gente inteligente venida a menos, inicié mi aprendizaje de lector. Luego, copiando lo que leía, me convertí en escritor.

Colombia, en aquellos como en estos años, continuaba con su bobería sempiterna, en apariencia. Sin embargo, la faz oscura de la luna aparecía, cada mañana, en los escandalosos titulares de los periódicos: asaltos guerrilleros, escándalos financieros. Colombia cambió radicalmente en estos últimos quince años pero como Borges aclara con resignación, todas las épocas son de cambios radicales.

Al meditar sobre el fenómeno me sorprende nuestra naturalidad ante su existencia. Nuestra casi total indiferencia. Nos cubría una costra no de cinismo sino de condescendencia. Las cosas eran así, y serían cada día peores. El nombre que le dan ahora a tal desastre es inflación y deuda externa, dependencia. ¡Rótulos! ¡Rótulos! Quizás, entonces, como reacción, buscaba las palabras cargadas de peso: Bolívar, a los 46 años y pesando 40 kilos, había muerto desengañado bajo un árbol de tamarindo. ¡Qué bella era, en ese contexto, la palabra tamarindo! ¡Cuán sana y aromática! Así fui descubriendo la fuerza de vocablos que al unirse a otros quedaban resonando. Que mantenían, intactos, algo del perceptible malestar difuso que dilapidábamos en chistes fáciles. Mi asunto, es obvio, no fue la política. Preferí internarme en los terribles laberintos literarios preguntándome, todavía, cómo un adolescente que jugaba básquet empezó a escribir lo que otros llamaban “versos”. Aún me lo pregunto. Sospecho que por no saber bailar y sudarle las manos. Por no hallar dónde esconderse, midiendo un metro con noventa y tres centímetros. Por soñar lo que no se debe e imaginarse cosas que no le corresponden. Asombrosamente la poesía las logra pero no en el momento que toca. Como toda mi generación, soy un producto norteamericano que se ha vuelto, golpe a golpe, profundamente colombiano. Mi uniforme de parada son los blue jeans y los tenis. Es cierto, también, que no conozco países como los nuestros con una capacidad tan grande para degradar tiñendo y asimilando en su fecundo desorden creativo, cualquier influjo extranjero. No sé si como en Caracas las antenas de TV acompañan el crecimiento de los barrios de invasión colombianos. Sólo sospecho que para nuestros pueblos la más avanzada tecnología no es una conquista más del hombre en su búsqueda del bienestar aquí en la tierra sino, apenas, otro renglón más para incorporar al diversificado contrabando.

Desde hace quince años, por lo menos, mi amigo José Emilio Pacheco me anuncia el apocalipsis inminente. Ahora lo comprendo: el apocalipsis ya pasó o, por lo menos, se repite todos los días. Una agonía tan larga resulta incómoda o por lo menos requiere de la suficiente elegancia que tenía la abuela de Borges pidiendo disculpas por morir tan despacio. Por ello aspiro a que mis poemas expresen el goce y el encanto, la emotividad honesta y la dicha a flor de piel. Mi perplejidad oblicua y mi furia purificada. Como dice el maestro Obregón: mi oficio es estar inspirado.

No quiero alargarme, en este striptease obsceno. Me gusta escribir sobre los libros que amo y denigrar los que detesto, aun cuando, como me lo recordó Guillermo Sucre hace años, la lucidez también es errática y cruel. No hay que permitir que ella nos convierta en magistrados. Sin embargo, ambos ejercicios —amar y odiar por escrito— agilizan la prosa y vuelven mucho más preciso el gusto. Se aprende a concretar admiraciones y desprecios, labor tan necesaria en estas tierras yermas y pusilánimes.

De ahí mis tres libros de ensayos: La alegría de leer (1976), La tradición de la pobreza (1980) y La otra literatura latinoamericana (1982). De ahí mis inmersiones en el pasado: Baldomero Sanín Cano, Hernando Téllez. De ahí mi trabajo en volúmenes colectivos actuales: Usos de la imaginación (1984).

Concluyo. En estos días** el Fondo de Cultura Económica de México, dirigido por Jaime García Terrés, publicará una antología de la poesía latinoamericana, preparada por mí, que incluye más de 60 nombres. Partiendo de la generación de Paz, Parra, Molina, Lezama, Gerbasi y Carranza —la generación nacida a partir de 1910— y llegando a la de Becerra, Montejo, Quessep, Pizarnik y Pacheco —la generación nacida alrededor de 1940— repasé nuestra tradición inmediata: aquella que comienza con Rubén Darío y pasa por Borges, Vallejo, Neruda y Huidobro. Allí, en los textos escogidos, por primera vez me sentí partícipe de una empresa común; de un proyecto político que trascendiera las balcánicas fronteras nacionales. Aquellas palabras eran las que yo hubiera querido dejar escritas. Alentaba en ellas una fe crítica y un apasionamiento tan lúcidos, que hacían pensar en un rico y diversificado continente dialogando consigo mismo —y con el resto del mundo. Era una poesía de primer orden. La poesía nace del silencio y vuelve a él. Al silencio del lector que enriquece, con su mirada, esos renglones tan precarios. Por ser lector de poesía me convertí en redactor de algunos poemas. Que se vea en ellos un homenaje de admiración a algunos, eso sí, auténticos poetas. A un país, a una gente y a una lengua. “Lo mejor de la poesía son los amigos que nos da”, decía Raúl Gustavo Aguirre. Eso también es cierto, aun cuando alguno de ellos, Alistair Reid, sea el culpable de estas páginas tan ególatras, pedidas para acompañar una traducción de poemas míos vertidos por él al inglés. La poesía, lo dije antes, es siempre un acto de gratitud.
 


*Aljamía, revista trimestral de poesía, núm. 1, julio-septiembre de 1988, Caracas, pp. 4-6.
** Cobo Borda se refiere al título Antología de la poesía hispanoamericana, de la que él hizo la selección, el prólogo y las notas. Dicha antología reúne el trabajo de 67 poetas nacidos entre 1910 y 1939 y fue publicada en 1988 como parte de la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica.

 

Colombia es una tierra de leones

País mal hecho
cuya única tradición
son los errores.
Quedan anécdotas;
chistes de café,
caspa y babas.
Hombres que van al cine, solos.
Mugre y parsimonia.

Contrapunto

En estas ciudades nuestras
donde el horror es dueño,
escribo desconcertado
pensando en ti,
la amenazada,
la invadida por fuegos más crueles.

Pienso también
en los que tuvieron que huir,
coronas fúnebres
intimidándolos en su puerta,
y no pueden dejar de soñar
con esta tierra
exuberante de penas.

Mi padre viejo
trata cada día
de razonar en vano
otra incomprensible tragedia.

Frágiles esperanzas apenas si lo sostienen.

Consejos para sobrevivir

I

Como un marido débil que siente
en la voraz rumia de los días
la vida abandonándolo y golpea
a la esposa con los puños
la patea en el piso
y quitándose el cinturón la azota
para llorar luego
en el gemido abyecto
que presagia un coito apresurado
ensuciando las palabras más tiernas
con esa boca que tiembla
lamiendo la sal del perdón
así la poesía.


II

Nadie ha tenido la adolescencia deseada.
Animales jóvenes midiendo sus fuerzas,
ensayando astucias que los representen,
el mundo, a pesar suyo, seguía allí.


III

Tu recuerdo me acorrala
y un animal, débil y acezante,
cura sus heridas con paciencia.
Me huelo, buscando en mi piel
huellas de la tuya.
Y hay algo ciertamente espantoso
en dormir sin ti.
Repito,
ya un poco cansado de recalcar lo obvio,
que te quiero y ojalá nunca me olvides.
Pero esto es, o pretende ser,
un poema de amor.
Borra el énfasis,
diluye todo grito patético
y recuerda que la mayor sabiduría
consiste en desaparecer a tiempo.


IV

Ahora, cuando mi vida
se parece cada vez menos a mi vida,
recorro las calles de piedra del pasado
y contemplo, turbio de asco e ira,
cómo todo se reduce a la ya larga torpeza
de incesantes comienzos.
Recuerdos enmohecidos, malas costumbres
y ese fracaso que nos acoge
con rubor inevitable: la cobardía.
Repugnancia por días inmundos
y el seguir, con terquedad,
prisioneros de nosotros mismos.
Ya vieja y sagaz
la tristeza adivina nuestro único rostro valedero.
Entretanto, en el bosque nocturno,
el cadáver florecía de deseo.


V

Repetimos antiguos gestos heredados
volvemos a incurrir
en idéntica figura
reanudamos el hilo de la especie
déjame caer
otorga mayores
y más espléndidas derrotas
haz que mi boca
formule sin cesar vanos reproches
sobre cuanto hago y no hago
dame algo de qué arrepentirme
sé piadosa.

Salón de té

Leo a los viejos poetas de mi país
y ninguna palabra suya te hace justicia.
Ni nube, ni rosa, ni el nácar de tu frente.
El pianista estropeará aún más
la destartalada melodía
pero mientras te aguardo,
temeroso de que no vengas,
Bogotá desaparece.
Ya no es este bazar menesteroso.
Ni la palabra estrella, ni la palabra trigo,
logran serte fieles.
Tu imagen,
en medio de aceras desportilladas
y el nauseabundo olor de la comida
que fritan en la calle,
trae consigo un olor de reseda.

Poética

¿Cómo escribir ahora poesía,
por qué no callarnos definitivamente
y dedicarnos a cosas mucho más útiles?
¿Para qué aumentar las dudas,
revivir antiguos conflictos,
imprevistas ternuras;
ese poco de ruido
añadido a un mundo
que lo sobrepasa y anula?
¿Se aclara algo con semejante ovillo?
Nadie la necesita.
Residuo de viejas glorias,
¿a quién acompaña, qué heridas cura?

 


J.A.S.

Un cigarrillo turco, un té chino,
los versos de Baudelaire
y todo ello en la ciudad conventual
que tirita de frío.

Cuánta amabilidad fingida
en estos bogotanos untuosos y relamidos.

Se encerrarán en sus casas
y murmurarán pasito:
“Allí va José Presunción, el niño bonito”.

En esto ocuparán sus días.
Y en hablar de política.
Al final, inseguros,
recordarán antepasados
a los cuales, cómo no,
el Rey de España ennobleció sin límites.

Por esta raza menguante y cínica murió Bolívar.

Silva, entre tanto,
con pluma de oro y fina caligrafía,
compone su “Nocturno”.

En un bolsillo de Nerval

Hoy me ausentaré de mí, me excusaré de mi presencia,
diré adiós a mi envoltura
y seré más amigo de ese otro ser que me amortaja.
Hoy tengo una cita:
me encontraré con el reflejo que me busca,
con el cuchillo que me acecha;
dibujaré con más amor mi herida
para que allí anides y te pierdas.
Hoy salgo de mí, me digo adiós,
dejo mi rostro como prueba de partida,
me evaporo entre la bruma y resucito.
Camino hacia la huella que se borra,
me persigo por los senderos del bosque:
soy el ladrido y la fuga sin fin del jabalí;
también la flecha y el salto del venado.
Me encuentro en la mosca que me bebe.
Desaparezco entre un farol que agiganta la niebla
y sigo siendo la bufanda que me ahorca.
“Hoy no me esperes porque la noche será negra y blanca.”

Rue de Matignon, 3

El viejo judío enfermo —su oficio era mirar—
levanta con el índice el párpado paralizado:
allí están los polvorientos estandartes del Emperador.
Las leyendas del liberalismo
no han logrado enturbiar su gesto aristocrático.
Además, renegar de Yahvé, mendigar unos francos
no era, en verdad, asunto grave.
Quedaba el idioma, y el antiguo oficio de Dios,
que es perdonar. Pero el desterrado no es hombre práctico:
desdicha y aflicción, como en toda biografía respetable.
Mientras Matilde cotorrea,
Heine, aburrido, se demora en morir.

Henry James

De la vieja mansión donde imperan los buenos modales
sólo nos queda esta historia.
Más allá de la sugerencia flota un aire obsceno
y el amable caballero gritará por fin
al comprobar cómo a pesar de sus esfuerzos
el crimen sí se había llevado a cabo.
Igual a un par de guantes
que nadie, al parecer, reclama
—la prueba, para llamarla de algún modo—
el pasado sigue siendo real, odioso e inalterable.
Pero la dama que sonríe,
prolongando una última luz sobre tan vasto jardín,
nos permitirá comprender hasta qué punto
también nosotros estábamos terriblemente equivocados.

André Bretón

Elijo la fatalidad escojo lo que ha de matarme
acaricio senos desnudos de toda culpa
más tantos días grises hechos de ramplonería y aburrimiento
quién los impone
allí donde ni siquiera el relámpago trivial
desgarra estos ojos
tan habituados a convivir con el reverso de las cosas
abomino también de las aguas estancadas del recuerdo
de todo cuanto es trunco y desfallece
el deseo está delante mío
me espera con los brazos abiertos
se tiende para recibirme
y es ya la tierra evaporándose en el aire
y es ya el aire que adquiere la forma de tu cuerpo.

Dos poetas

Wallace Stevens, abogado experto en seguros,
pensó palabras perdurables
y en medio de pólizas y cuadros cubistas
purificó los sentidos imaginando sobre el escritorio
peras que eran algo más que un fruto,
calorías para una dieta o variaciones de color.
Así también usted,
entre juzgados y notarías,
recuerda versos
que lo restituyen a su ya olvidada condición de poeta;
viejo, es cierto, pero capaz aún de líneas muy exactas
acerca de eso huero y afligente que es la burocracia.
Murmura contrastes previsibles entre la ciudad y el campo,
no la evasión sino la hondura. Contempla los cerros,
descascarados por la incuria pública, y tacha apresurado
esas tonterías: aún es crítico severo de sí mismo.
Silencioso, con la mente vacía, aguarda
las palabras iniciales, un comienzo que aluda
oblicuamente a su rutina; algo así
como un indirecto homenaje a Wallace Stevens,
abogado experto en seguros.

Una parábola acerca de Scott

Las mansiones de moda en Long Island están en nuevas
    manos.
Allí Gatsby había muerto, luego de amar una mujer.
Quedaba el dolor, tan solo, como una presencia fraternal
y los afectos superfluos, aferrándose al cuello.
“Dilapidé mis esperanzas
en las pequeñas carreteras
que llevan al sanatorio de Zelda.”
Apelaba a frases pastosas, y los hermosos rostros
del año pasado dejaban advertir su vacuidad.
Entretanto, en los guiones, el productor tachaba
giros innecesarios: era el final.
Frasco vacío, boleto para una función que ya pasó,
faltaba el postrer ultraje.
Agradeciendo el tibio vino de la compasión
supo que tenía derecho a morir en paz.

Cavafis

Las calles de Alejandría están llenas de polvo,
el resoplido de carros viejos y un clima
ardiente y seco cerrándose en torno a cada cosa viva.
Incluso la brisa trae sabor a sal.
En el letargo de las dos de la tarde
hay un ansia secreta de humedad
y el tendero busca en sueños, con obstinación,
la áspera suavidad de una lengua inventando la piel.
Bebe con avidez el agua amarga de la siesta
y despierta cansado por ese insecto que vibra insistente.
La frescura de la tarde desaparece también
y su única huella fue este sudor nervioso
y el bullicio que minuto a minuto agranda los cafés.
Pasan los muchachos, en grupo, alborotando
y aquel hombre comprende
que ninguna palabra logrará atrapar sus siluetas.
La noche devora y confunde
haciendo mas largo su insomnio,
más hondos sus pasos por sucias callejuelas.
El amanecer lo encontrará contemplando
ese velero que abandona el muelle
y atraviesa la bahía, rumbo al mar.

Notas para un frustrado homenaje a Pessoa

Supongo que Lisboa se parece a Bogotá.
Con gabardina y paraguas
los contabilistas almuerzan rápido
y alargan el periódico hasta las dos.
Hay demasiada gente
y curas y políticos, por todas partes.
Una ciudad conservadora
donde la pobreza se vuelve mutismo
y un insulto, al pasar.
La única alegría: evadirse, quizá,
llenando crucigramas.

 


Dylan Thomas

Cuanto hubo en él de candoroso, recio y leal,
fue desapareciendo. Quizás supo
que los actos no son nuestros.
El deterioro, entretanto, no hacía más que acentuar
lo inevitable de cualquier inocencia
que es igual a toda hermosura
y se llama podredumbre.
Levantaba el vaso, por último,
con tan poca fe
que algo de esa corrosiva belleza
redimía la ambigüedad de su culpa.

Homenaje a Enrique Molina

El buitre ambiguo de la costumbre
E.M.
Astucia de la mujer que ama
y prolonga, en el ala de las gaviotas,
su caricia. Así vislumbro
tu belleza impune.
Allí donde una miel ansiosa
reclama su imperio, perdido
en el declive de tus muslos.
¡Oh la salvaje inocencia de un cuerpo desnudo!
El ramaje de sus vértebras
y la luna de la espalda
brillando como una joya arisca
entre el oleaje de las sábanas.
La brasa azul de tu sexo
arrastra un vaho de selva,
en medio de esta ciudad podrida.
Mientras los cuerpos desaparecen,
bajo el polen de la manigua,
la espuma de la resaca
te cubre con su manto de plumas.
Brilla el marfil incandescente de tu risa.
No hay raíces: sólo existe la aventura.
Una boca cálida
murmurando apodos infantiles y obscenos.

Viena 1930

El insomnio cada día más persistente
ha obligado a la vieja condesa
a tener sobre la mesa de noche
un libro que hojea al azar.
Hoy, en la página abierta,
está la carta que en 1807 Bettina le envió a Goethe:
“¿Por qué escribo de nuevo? Solamente para volver a estar
contigo una vez más, del mismo modo que fui a Weimar
para estar contigo a solas. En realidad, no tengo nada
    que decir,
tampoco antes tenía nada que decir, pero podía verte
    y alegrarme.
Repréndeme, si quieres, dueño de mi alma,
¿pero no puedo, acaso, hablar de amor?
Si es así enmudeceré, ya que no sé hablar de otra cosa”.
La lectura le ha permitido conciliar un breve sueño.
Ve un café
a través del cual muchachas de cofia y falda ancha
se deslizan veloces llevando en lo alto
delgadas copas de cristal.
Sobre las mesas se ovillan los gatos
y en el jardín interior
el helecho se convierte de pronto en una mancha de sol.
Desaparecen los emblemas de la claraboya.

Vallejo habla con sus madres


                   ¿Por qué las madres se duelen de hallar envejecidos
                   a los hijos, si jamás la edad de ellos alcanzará
                   a la de ellas? ¿Y por qué, si los hijos, cuando
                   más se acaban, más se aproximan a los padres?
                                                    César Vallejo, El buen sentido

Blandengues y mimados,
carentes de carácter,
para la inmadurez consentida
hemos sido educados.

Terminamos haciendo daño.
Nunca afrontamos nada.

Pero el tiempo
acaba por ponerse de nuestro lado.
Lo que fue rubor y pena
se convierte en anécdota barata.

En consecuencia:
Déjame llorar como entonces.
Arrepentirme como antes.
Que estas palabras sólo afloren
si me desnudan al máximo.

Todo poema puede ser asco
pero también una voz muy leve
arrullándote despacio.
Diciendo “hasta mañana”.
Haciendo del miedo nada.

Sosténme en el aire
que me caigo.
Déjame flotar
entre tus brazos.
Bésame despacio,
Madre.

García Lorca: Relectura

Hablaba de Andalucía —virgen yerma que envejece—
y de Granada —recinto provinciano
donde yace enterrada Doña Juana la Loca
plena de amor no correspondido.
Tal era la patria por donde anduvo
con aire de niño
experto en nanas infantiles.
Sólo que lo disimuló en sus inicios
bajo un disfraz de nihilista trasnochado.

Qué alivio en consecuencia
saber que consideraba el caracol
como pacífico / burgués de la vereda
y que dialogaba con la viudita del Conde de Laureles
ofreciéndole su delgado corazón
herido por tantos ojos de mujeres.
Tú vas para el amor, le dice,
y yo para la muerte.


Sí, mucha muerte,
mucha existencia rota y fracasada
en medio de ese ambiente tan ralo:
puñales y llanto.
España, país de poetas y de contrabandistas,
como lo llamó Victor Hugo.

Perdí la sortija de mi dicha
al pasar el arroyo imaginario:
así escribe en esos años veinte
ennobleciendo con sus repiqueteantes letrillas
una tierra de campesinos con azadón.

No era aún el “andaluz profesional”
como lo llamaría luego Borges
nacido por las mismas fechas.
Apenas un adolescente que ahoga su voz
enmascarado en penas ajenas.

¡Oh!, qué dolor el dolor
Antiguo de la poesía,
Este dolor pegajoso
Tan lejos del agua limpia.

Se buscaba y se perdía
y al exaltarse renegaba de sí mismo
contrastando con el asco su anterior ímpetu.

Por más que en una misma línea
mencione a Satán y a Cristo
su religión era la del Lagarto que habla
y la del Gnomo que ríe.
La emoción que se experimenta
al escribir lo nunca antes dicho:
eso precisamente que todos sentimos.

Yendo por tal camino
terminará por alabar la sangre,
la violencia inmemorial
repitiendo su rito
para que yo desgarre
sus muslos limpios.
Tal desgarramiento
irrigaría el polvo seco del terruño
del mismo modo que Abril volvería floridas
las abstractas calaveras.

El semen sin futuro,
la sequedad que produce el pensamiento
reclamando su propia anulación consentida:
la elegía por el chopo muerto
era una elegía por sí mismo.
Contaminaba el paisaje con su vida.
Esa tierra necesitada de color
donde los árboles son mustios
y el cielo de ceniza.

Entre el caliente deseo
y el afán de huir del ojo de Dios
que todo lo escruta
su primer Libro de poemas (1921)
va y viene
preguntándose si valen más los lirios
que nacen porque sí
o las espigas de trigo
que sirven para fabricar harina.
Una pregunta típica de toda poesía inmadura:
la poesía sólo se celebra a sí misma.

Hay sin embargo una tristeza repetida
alcanzando a impregnar todo el libro:
la del joven que recalca su inconformidad
y pocas veces su dicha.

Hoy medito confuso
Ante la fuente turbia
Que del amor me brota.
¿Cuál pureza añora? La de Caperucita.
Sin embargo no parece haber sexo sin mancha
entre beatas, curas y guardias civiles.
¡Mi corazón es malo, Señor!
Siento en mi carne
La implacable brasa
Del pecador.

Ni machos cabríos,
ni bellotas metafísicas,
ni incluso el llanto del poeta,
ese payaso empolvado que canta su fracaso lírico,
le conceden llegar a ser él mismo.
Atrapado aún por la bisutería modernista
lo más suyo es difícil intuirlo.

Si acaso cuando dice la tierra es el probable paraíso perdido.
O con mayor certidumbre en estos versos ya suyos:
Yo me incrusté en el chopo centenario
Con tristeza y con ansia
Cual Dafne varonil que huye miedosa
de un Apolo de sombra y de nostalgia.
Allí estaba él, el primer Federico.

Deberes del poeta

Comprobar el nacimiento del asombro.
Medir el ascenso de la sangre
a través de una piel
que se entibia con sólo mirarla.
No tenerle miedo a la palabra ternura.
Éstos podrían ser algunos.

Otros:
Ver a kilómetros de distancia
una pequeña mujer
enseñándole a su hijo
poemas de Rubén Darío.

Tararear,
con la más profunda convicción,
melodías sin sentido.
Asomarse al abismo
y advertir cómo esos ojos
se repliegan luego en la dicha.

Constatar
los vertiginosos cambios en los sentimientos,
la premurosa carrera de todo hacia el olvido,
el inhóspito desierto de los días carentes de fibra.

O si no, enronquecer de júbilo.
Bendecir al mundo.
Jugar para que el hombre no se pudra.

Podría también callar
de modo definitivo y profundo.

A Germán Vargas

Sosteniendo el mundo

Tan pesada
la solitaria carga del amor.
Tan brutal la realidad.

Escinde a los amantes
y los lleva a ser devorados
por la calderilla del gasto diario.

Mientras algo en ti
pide la oquedad de un hombro
donde reposar,
el látigo del pensamiento
castiga esa inesperada ternura.

Sólo la insensata poesía,
en cambio,
tiende puentes
hacia nuevos,
maravillosos abismos.