Nota introductoria

Frente al autorretrato que Juan Gustavo Cobo Borda trazó de sí mismo en 1988, poco es lo que se puede decir sin pecar de solemnidad o caer en discursitos rimbombantes. Si algún efecto tiene el conjunto de su obra, es justamente el despojarnos de tales fachas. Creo que lo poco que puedo afirmar sobre su trabajo y su persona es que en ambos se encuentra el mismo implacable humor, a veces feroz y corrosivo, a veces bondadoso y suave, preciso siempre y ceñido por esa ineludible melancolía que tiñe todo asedio a la belleza.

Sin duda es uno de los mejores lectores de la poesía y las letras de nuestro idioma (en el decir de Tito Monterroso es una incansable máquina literaria), y por lo mismo sus ensayos y antologías convocan a la polémica y el diferendo —contra la tradición que la vida política de nuestros países ha instilado en nuestras letras, Juan Gustavo, ciertamente, no escribe para ganar adeptos.

Aclaro de prisa que al decir lector hablo implícitamente del crítico, y como la única crítica válida es la respuesta entrañable —es decir, la creación— hablo sobre todo del poeta. Lectura, crítica y creación son actos idénticos e indesligables en la obra de Cobo Borda, y tanto sus poemas como sus ensayos podrían muy bien agruparse bajo el título de uno de sus libros: La alegría de leer. Alegría y entusiasmo son palabras que le convienen: contra la pesadumbre y el sopor, el júbilo y la energía o, como él mismo dice: “amar y odiar por escrito agilizan la prosa”. En tal sentido Juan Gustavo es un grato ejemplo de salud intelectual.

Otra muestra de su filo crítico, lector, creador, es el hecho de preferir, al publicar poesía, la decantación a la proliferación, la sustracción a la suma. Sustentada por una actitud decidida contra la grafomanía y la logorrea comunes en gran parte de la poesía hispanoamericana contemporánea, es una apuesta riesgosa y, por ende, muy estimable. (Una apuesta, por cierto, bastante parecida a la que en México ha sostenido Gabriel Zaid.)

Para este pequeño cuaderno he elegido, además de algunos que considero indispensables, aquellos poemas de Juan Gustavo que denotan sus afinidades con otros autores —elecciones de lectura, al fin y al cabo. Esto, conste, sin el ánimo de corroborar ninguna hipótesis, sino con el sencillo propósito de subrayar su estirpe y hacer circular entre nosotros varios poemas que no figuran en las ediciones mexicanas. Además, como todo auténtico poeta, Juan Gustavo es un camino hacia otros poetas.


Rafael Vargas