Rue de Matignon, 3

El viejo judío enfermo —su oficio era mirar—
levanta con el índice el párpado paralizado:
allí están los polvorientos estandartes del Emperador.
Las leyendas del liberalismo
no han logrado enturbiar su gesto aristocrático.
Además, renegar de Yahvé, mendigar unos francos
no era, en verdad, asunto grave.
Quedaba el idioma, y el antiguo oficio de Dios,
que es perdonar. Pero el desterrado no es hombre práctico:
desdicha y aflicción, como en toda biografía respetable.
Mientras Matilde cotorrea,
Heine, aburrido, se demora en morir.