Contrapunto

En estas ciudades nuestras
donde el horror es dueño,
escribo desconcertado
pensando en ti,
la amenazada,
la invadida por fuegos más crueles.

Pienso también
en los que tuvieron que huir,
coronas fúnebres
intimidándolos en su puerta,
y no pueden dejar de soñar
con esta tierra
exuberante de penas.

Mi padre viejo
trata cada día
de razonar en vano
otra incomprensible tragedia.

Frágiles esperanzas apenas si lo sostienen.