Nota introductoria*


                                              La poesía es el lenguaje primitivo
                                              de un pueblo histórico.
                                                                             M. Heidegger


La poesía es la voz de Dios y si el siglo XX carece de Dios, no en cambio, paradigmáticamente, de poetas. Así, sus poetas más representativos serán las manifestaciones de una ausencia, en su aspecto elemental, de la nostalgia de una presencia anterior y, en la estirpe visionaria, de la premonición de un Dios por venir. Enriqueta Ochoa encarna esta voz futura, entra a la poesía del siglo XX exigiendo una deidad: el erotismo femenino, la trascendencia del amor que a lo largo de una obra construida en la periferia, tanto de lo literario como de lo mundano, va cercando, sitiando a su preciado objeto. Irrumpen Las vírgenes terrestres como un canto puramente sensual, rompiendo no los sagrados tabúes —metáforas de lo insondable—, sino los moldes de lo misterioso.

No exige un cuerpo más, una identidad que permita la suya, sino que marca el comienzo —y quizá el final— de un exaltado erotismo femenino. Y si decimos comienzo es porque afirma, venciendo escollos y ambigüedades, la retórica anterior en la que habitaba pálida, pero enigmática, la voz femenina. Pero también decimos final porque no quiere dejar de ser mujer. Quiere ser, y esto es inaudito, inédito en la poesía en español, la primera mujer. Quiere —y sin lugar a dudas lo merece— ser Eva, Antígona, Ofelia... Quiere ser, ansia ser, nada más urgente que ser.

Ciertas corrientes gobernadas por ideologías pueden pretender apropiarse de esta poesía pero ella, la poesía y Enriqueta Ochoa no tienen propiedades. No sólo es ingobernable, sino metahistórica, aunque tampoco sería justo desubicarla del mundo y lanzarla al etéreo ámbito de lo femenino donde la medianía ha inventado la palabra poetisa. Ella es poeta, como la española María Zambrano es filósofa. Lo que se reivindica no es el género, sino la intensidad. Para qué decir que nació en Coahuila de una tradicional familia de orfebres, que deambuló por las calles poco luminosas de Rabat o de Jalapa. Para qué decir que su vida es “un hilo que se ovilla en el misterio” si ella conoce el olor de Dios y su penetrante presencia en el cuerpo.

Hoy que es indisoluble el cuerpo del espíritu bajo cualquier modalidad conceptual, hoy que es imposible negar la hondura metafísica y carnal del Cantar de los Cantares o de las Meditaciones de la Santa de Ávila; hoy que es imposible esquivar el sobrepeso de la sensibilidad, aparece la obra de Enriqueta Ochoa como una fulgurante germinación que la lluvia nocturna permite escuchar.

Obra que ilumina y oscurece la condición humana, lienzo de contrastes, poesía que encuentra y pierde. Enriqueta Ochoa teje en los entramados de Juana de Ibarbourou, Concha Urquiza y Alfonsina Storni y en el oficio de la urdimbre descubre vacío y estirpe: la mujer es la primera desnudez humana y también la última. Vestida de exilio y dolor, ya no sólo cubre la desnudez femenina sino que consuela y da sentido a la vida del hombre: la poesía inaugura la inocencia, pero también la historia.
 


Esther Hernández Palacios



* Agradezco la colaboración de Luis Méndez