Enriqueta Ochoa



Selección y nota introductoria de Esther Hernández Palacios



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Nota introductoria*


                                              La poesía es el lenguaje primitivo
                                              de un pueblo histórico.
                                                                             M. Heidegger


La poesía es la voz de Dios y si el siglo XX carece de Dios, no en cambio, paradigmáticamente, de poetas. Así, sus poetas más representativos serán las manifestaciones de una ausencia, en su aspecto elemental, de la nostalgia de una presencia anterior y, en la estirpe visionaria, de la premonición de un Dios por venir. Enriqueta Ochoa encarna esta voz futura, entra a la poesía del siglo XX exigiendo una deidad: el erotismo femenino, la trascendencia del amor que a lo largo de una obra construida en la periferia, tanto de lo literario como de lo mundano, va cercando, sitiando a su preciado objeto. Irrumpen Las vírgenes terrestres como un canto puramente sensual, rompiendo no los sagrados tabúes —metáforas de lo insondable—, sino los moldes de lo misterioso.

No exige un cuerpo más, una identidad que permita la suya, sino que marca el comienzo —y quizá el final— de un exaltado erotismo femenino. Y si decimos comienzo es porque afirma, venciendo escollos y ambigüedades, la retórica anterior en la que habitaba pálida, pero enigmática, la voz femenina. Pero también decimos final porque no quiere dejar de ser mujer. Quiere ser, y esto es inaudito, inédito en la poesía en español, la primera mujer. Quiere —y sin lugar a dudas lo merece— ser Eva, Antígona, Ofelia... Quiere ser, ansia ser, nada más urgente que ser.

Ciertas corrientes gobernadas por ideologías pueden pretender apropiarse de esta poesía pero ella, la poesía y Enriqueta Ochoa no tienen propiedades. No sólo es ingobernable, sino metahistórica, aunque tampoco sería justo desubicarla del mundo y lanzarla al etéreo ámbito de lo femenino donde la medianía ha inventado la palabra poetisa. Ella es poeta, como la española María Zambrano es filósofa. Lo que se reivindica no es el género, sino la intensidad. Para qué decir que nació en Coahuila de una tradicional familia de orfebres, que deambuló por las calles poco luminosas de Rabat o de Jalapa. Para qué decir que su vida es “un hilo que se ovilla en el misterio” si ella conoce el olor de Dios y su penetrante presencia en el cuerpo.

Hoy que es indisoluble el cuerpo del espíritu bajo cualquier modalidad conceptual, hoy que es imposible negar la hondura metafísica y carnal del Cantar de los Cantares o de las Meditaciones de la Santa de Ávila; hoy que es imposible esquivar el sobrepeso de la sensibilidad, aparece la obra de Enriqueta Ochoa como una fulgurante germinación que la lluvia nocturna permite escuchar.

Obra que ilumina y oscurece la condición humana, lienzo de contrastes, poesía que encuentra y pierde. Enriqueta Ochoa teje en los entramados de Juana de Ibarbourou, Concha Urquiza y Alfonsina Storni y en el oficio de la urdimbre descubre vacío y estirpe: la mujer es la primera desnudez humana y también la última. Vestida de exilio y dolor, ya no sólo cubre la desnudez femenina sino que consuela y da sentido a la vida del hombre: la poesía inaugura la inocencia, pero también la historia.
 


Esther Hernández Palacios



* Agradezco la colaboración de Luis Méndez


De Las vírgenes terrestres (1972)


Las vírgenes terrestres

para Marianne, mi hija

Introito


En vano envejecerás doblado en los archivos,
no encontrarás mi nombre.

En vano medirás los surcos sementados
queriendo hallar mis propiedades,
no tengo posesiones.
En cambio,
¿el sueño de los valles arrobados es mío?
Sí.
¿Mío es el subterráneo rumor de la semilla?
También.
Si me extraviara a tientas, en la oscuridad,
¿cómo podrían llamarme y entenderles?
Llámenme con el nombre
del único incoloro vestido que he llevado,
el de virgen terrestre.


I

Duele esta tierra henchida de vigores
sollamando la frente,
quemando las entrañas...

Todo mi nombre dentro se me rompe de odio:
odio a la puerta en mí, siempre llamada,
odio al jardín de afanes desgajados
entre el sol y la muerte.

Por encima de las colinas arde la luz,
el tiempo se deshoja
y yo envejezco aquí traspasada de urgencias
frente a la puerta hermética.
Soy la virgen terrestre espesa de amargura,
desolada corriendo
del reguero de impactos en mi pulso.
Ya no me soporto en las grietas de la espera
ni el sopor del silencio.


II

¡Mentira que somos frescas quiebras
cintilando en el agua!,
que un temblor de castidad serena
nos albea la frente,
que los luceros se exprimen en los ojos
y nos embriagan de paz.
¡Mentira!
Hay una corriente oscura disuelta en las entrañas
que nos veda pisar sin ser oídas
y sostener equilibrio de rodillas,
con un racimo de luces extasiadas
sobre el pecho.


III

Dicen que una debe
morderse todas las palabras
y caminar de puntas, con sigilo,
cubriendo las rendijas,
acallando al instinto desatado,
y poblando de estrellas las pupilas
para ahogar el violento delirio del deseo.
Pero es que si el cuerpo
pide su eternidad limpio y derecho,
es un mordiente enojo andarle huyendo;
dejar su temblorosa mies ardiendo a solas,
sin el olor oscuro de los pinos.
Siempre cerrada,
ignorando cómo se desgaja
el surco dorado ante la siembra;
de tumbo en tumbo,
cerrados los sentidos
y alumbrándose a medias.


IV

Viejas causas, cánones hostiles,
fervorosos principios maniatándome.
¿Sobre qué ejes giran que me doblan
a beberme la muerte en la conciencia?
Yo me miro y no soy sino una cripta en llamas,
una existencia informe, sonámbula,
cargada de fatiga.
¿Es lícito permitir que se extinga
en servidumbre enferma
el bárbaro reclamo que nos sube
de abordar a la tierra por la tierra?

V

En esta brava inmensidad
no logran retenerme los desvaríos blandos
o el ímpetu del sueño.
La tierra es ruda, trémula, ardorosa,
y se me expande dentro.
El vértigo sanguíneo esplende
arrebatando al canto
y ni le puedo contener el paso,
ni sustraerme a los labios
que me caen al papel como dos brasas.


VI

Pienso en las abastecidas, las satisfechas,
las del ancho mar;
las que reciben el regocijo vital de las corrientes
—cauces donde la vida vibra y se eterniza—,
pienso en las abastecidas
y me irrita el despecho
de mi roja marea sofocada;
al no encontrar la presencia de Dios
por ningún ángulo
y andar de pueblo en pueblo
emblanquecida de miedo,
de pasión y de tedio,
sepulto el corazón bajo el hollín
de todos los recelos.


VII

Te rindo y te maldigo, recio olor de la tierra,
tempestad original,
relámpago dulcísimo de muerte.
Te maldice el temor
de ver que Dios no acierte a descifrar mi nombre,
porque yo, la que soy,
no asisto ni en el Monte Tabor
para el desposamiento en brillos,
ni soy de las que escalan
por los peldaños de la sangre al sol.
Dije que era un vaivén de la ola sombría,
la ola de las vírgenes terrestres,
las que no recibimos más nombre
que el que nos dieron niñas en la pila;
y cuando Dios nos llame
nunca habrá de encontrarnos,
dirá: las innombradas,
los desvaídos soplos, los desplomes silentes,
las estepas perdidas bajo esfumino duro,
y nosotras, cubiertas de humo en las honduras
de un país olvidado,
vocearemos respuestas en remolino cálido,
arderemos los montes,
alzaremos los brazos en furia atropellada
y todas en un grito hendiendo los contornos,
serpentearemos secas,
deshechas de agonía.
Pero inútil, inútil,
porque a la tierra estéril
no se le oyen los labios.

 

1952


De Los Himnos del ciego (1968)


El hombre
Avispero





El hombre

para Wenceslao Rodríguez
 
¿Qué ha visto el hombre?
Nada.
Ciego y desnudo llegó,
desnudo y ciego se irá
del polvo al polvo.
Un gesto de ternura podría salvar al mundo,
pero el hombre jamás bajó los ojos
a ese pozo de luz.

—Llorarás, le dijeron,
mas no es fácil llorar.
Llorar es desprenderse,
irse en ríos de uno,
y el hombre sólo sabe
devorar y perderse.

No conoce más muros
que los que cercan su ciudad en sombras
y hasta allí ha bajado a envejecer,
a morir en sí mismo,
a sepultarse testarudo,
mientras la soledad circula por su cuerpo
como el viento por una casa en ruinas.
Yo insisto,
un gesto de ternura podría..., de pronto,
me irrito, tiemblo, río, me quebranto.
Yo soy el hombre.

 

1955




Avispero

para Fernando Medina
 
Cualquier cosa es mejor
a este avispero en llamas que me aguija,
porque aquí, donde estoy, me duele todo:
la tierra, el aire, el tiempo,
y este volcanizado sueño a ciegas, sucumbiendo.

Anoche sollozaba por un vaso de luz,
hora tras hora ardí de sed
y amanecí vacía.

Otra noche fue el sobresalto dulce, el de la sangre;
enardecida fue de la jaula al látigo,
del látigo al silbido
agresivo y caliente de las venas,
amanecí amargada.

Otra vez,
me adentré un amor como montaña;
gacela estremecida vagué temblando húmeda de
         lágrimas
Mansamente en silencio,
ahíta de ternura,
bebí luz de cristal entre los sueños,
se me quebró en la entraña, me cortaba,
y me quedé en tinieblas...

Cuántas cosas he dicho,
palabras que se arrancan por no llorar de rabia.
Ya no puedo dormir sobre la misma almohada
aunque los ojos sueñen;
me repudio al decirlo,
pero cualquier cosa es mejor
a este avispero en llamas en que vivo.

 

1955


De El retorno de Electra (1978)


Entre la soledad ruidosa de las gentes
Retorno de Electra
Para evadir el cierzo de la muerte que llega
Marianne




Entre la soledad ruidosa de las gentes

para Wenceslao Rodríguez
 
Busco un hombre y no sé si sea para amarlo
o para castrarlo con mi angustia.
Tengo hambre de ser
y me siento frente a la ventana
a masticar estrellas
para que este dolor de estómago sea cierto.
La verdad es que duele en los nervios
todo el cuerpo, esta noche, hasta los tuétanos.

En la casa contigua
grita una mujer las glorias de la Biblia
y no conoce a Dios.
Su voz huele a vinagre, a aceite de ricino,
y Dios no huele a eso.
Entre mil olores reconocería el suyo.
Algo que no digiero me ha hecho daño esta tarde.

He visto a otros más humildes que yo.
No quiero reconocerme en ellos.
De tanto huir se me han caído las palabras
hasta el fondo del miedo:
no salen, rebotan dentro como canicas, suenan sordas.
Sin querer, me doy cuenta que me he quedado en la ruina.
Me falta lo mejor antes de irme: el Amor.
Y es tarde para alcanzarlo,
y me resulta falso decir:
—Señor, apóyame en tu corazón
que tengo ganas de morir madura.
Nadie madura sin el fruto.
El fruto es lo vivido y no lo tengo:
lo busco ya tarde,
entre la soledad ruidosa de las gentes
o en el amor que intento, y doy, y espero,
y que no llega.

 

1967




Retorno de Electra

para Fernando Medina
 
De ti lo habría amado todo:
tu cabeza como luz de topacio en el hastío,
el llanto, la caricia, la palabra brutal,
la soga que amansara mis ímpetus cerriles
y, sobre todo, el hijo.
Ese mar
que juntara la turbulencia de nuestras dos
    avideces.

Ese mar donde irían haciéndose profundos
de ternura los ojos.
Pero ni tú ni yo vivimos el momento propicio para
    amarnos.
De paso en paso, un abismo,
en cada oreja, una espina,
en cada latido, un monte de zozobra
quebrantando el resuello.

Y de qué sirve odiar, forzar,
hacerse añicos dentro
si todo es ir buscándonos,
arropándonos para evadir el cierzo
de la muerte que llega.
Lucha por subsistir,
por mirar nuestro polvo crecerse en otro polvo
para encontrar de nuevo la oquedad amorosa
que libre a los sentidos
de la asfixia más pura de la muerte:
la soledad.

Pero hay quienes nacimos para morir en nuestro
    propio cuerpo.
No hay puertas. No hay ventanas.
Las ventanas incitan sin saciarnos.
Las puertas nos liberan.
Mas no hay puertas ni ventanas.
Hay la fiebre en los ojos
que va tras de la luz estremeciéndose.
Hay la sangre a galope.
El desvaído paso recorriendo las calles aturdidas
de sinfonolas, magnavoces, estridencias de claxon.
Y el viento barriendo hojuelas doradas de elote
en el mes de junio.
Y la fresca respiración de un cine
donde ruedan botellas de cocacola
y envolturas de Milky Way,
y la arena caliente del aire sofocado.
Y el amor, ¿dónde?
Y los amantes, ¿dónde?
Y tú, amor, viento, canto... ¿dónde?
1952




Para evadir el cierzo de la muerte que llega
 

De ti lo habría amado todo:
tu cabeza como luz de topacio en el hastío,
el llanto, la caricia, la palabra brutal,
la soga que amansara mis ímpetus cerriles
y, sobre todo, el hijo.
Ese mar
que juntara la turbulencia de nuestras dos avideces.

Ese mar donde irían haciéndose profundos
de ternura los ojos.
Pero ni tú ni yo vivimos el momento propicio para amarnos.
De paso en paso, un abismo,
en cada oreja, una espina,
en cada latido, un monte de zozobra
quebrantando el resuello.

Y de qué sirve odiar, forzar,
hacerse añicos dentro
si todo es ir buscándonos,
arropándonos para evadir el cierzo
de la muerte que llega.
Lucha por subsistir,
por mirar nuestro polvo crecerse en otro polvo
para encontrar de nuevo la oquedad amorosa
que libre a los sentidos
de la asfixia más pura de la muerte:
la soledad.

Pero hay quienes nacimos para morir en nuestro
    propio cuerpo.
No hay puertas. No hay ventanas.
Las ventanas incitan sin saciarnos.
Las puertas nos liberan.
Mas no hay puertas ni ventanas.
Hay la fiebre en los ojos
que va tras de la luz estremeciéndose.
Hay la sangre a galope.
El desvaído paso recorriendo las calles aturdidas
de sinfonolas, magnavoces, estridencias de claxon.
Y el viento barriendo hojuelas doradas de elote
en el mes de junio.
Y la fresca respiración de un cine
donde ruedan botellas de cocacola
y envolturas de Milky Way,
y la arena caliente del aire sofocado.
Y el amor, ¿dónde?
Y los amantes, ¿dónde?
Y tú, amor, viento, canto... ¿dónde?

 

1952



 


Marianne
 

Después de leer tantas cosas eruditas
estoy cansada, hija,
por no tener los pies más fuertes
y más duro el riñón
para andar los caminos que me faltan.
Perdona este reniego pasajero
al no encontrar mi ubicación precisa,
y pasarme el insomnio acodada en la ventana
cuando la lluvia cae,
pensando en la rabia que muerde
la relación del hombre con el hombre;
ahondando el túnel, cada vez más estrecho,
de esta soledad, en sí, un poco la muerte anticipada.
Qué bueno que naciste con la cabeza en su sitio,
que no se te achica la palabra en el miedo,
que me has visto morir en mí misma cada instante
buscando a Dios, al hombre, al milagro.

Tú sabes que nacimos desnudos, en total desamparo
y no te importa,
ni te sorprende el nudo de sombra que descubres.
Todo se muere a tiempo y se llora a retazos,
has dicho,
sin embargo, es azul de cristal tu mirada
y te amanece fresca el agua del corazón;
quitas fácil el hollín que pone el hombre sobre las
    cosas,
y entiendes en tu propio dolor al mundo,
porque ya sabes
que sobre todos los ojos de la tierra
algún día, sin remedio, llueve.
 

1968

 



De Canción de Moisés (1984)


Moisés
Pespunteo mis días
Lo que más amo, lastimo




Moisés
 
De la transparencia nutricia del agua
provenimos.
Mosché, salvado de las aguas,
fue su nombre;
el relámpago de la cólera, su sombra.
Marcado al descuajar de su raíz
a un hombre,
vagó dentro de sí
perdido como gota de agua
en el vaso de la eternidad.
Huyó al desierto perseguido
por el remordimiento, el hambre,
la sed de los sentidos.
Los peñascos de soledad,
con sus ojos de misterio desorbitado,
custodiaron su camino;
el silencio enloquecido del desierto
despedazaba sus oídos.
Largamente luchó en su pesadilla
contra el alud de estrellas y de arena
hasta caer al fondo de su luz dormida
donde el señor limpió la cegadura de su frente.
Fueron las tierras de Madián
la sangre y el pan a compartir,
mientras se redondeaba la luz
temblando alrededor suyo.
Junto a Séfora vinieron días de plácida dulzura
Moisés erraba apacentando ovejas,
atravesando el rumor dorado del desierto.
Un día,
rumbo al monte de Dios,
trepó donde iluminaba al paisaje
un viento solitario;
allí retumbó la voz, zarzal de fuego:
Yo soy el que soy.
Tirado al suelo, se retorcía el cayado
—culebra vertebral de las pasiones—
al recogerlo, se recogió a sí mismo.
Se enderezó su yo, grandioso en poderío
y bajó Moisés como esplendor llameante
sellado,
con esa impalpable blancura
de los justos.





Pespunteo mis días

para Alberto y Rosario Domene
 
Pespunteo mis días,
aliño la más inútil de mis prendas,
tiro el aguijón de la susceptibilidad al cesto,
las tijeras de alguna palabra inoportuna
que pudiera cortar;
remozo el paisaje en la retina,
deshollino el pecho,
limpio los tejados enmohecidos
por tantas lluvias de sal
en el dolor
y me dispongo a nacer.

Lo que más amo, lastimo
 

Dejo caer el látigo duro de mi voz
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer la ola súbita de mi ira
en cada palpitación
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer mi dignidad herida,
como bolsa de hiel que se revienta
y lo que más amo, lastimo.
Saco la frazada de mi amor
—a mordiscos, a puntapiés despedazada—
y te quiero cubrir,
se te clavan sus puntas de hielo desdentado,
aúllas de dolor
y yo te amo,
te quiero cubrir, ponerte a salvo
de los colmillos negros de la vida.



De Bajo el oro pequeño de los trigos (1984)


Bajo el oro pequeño de los trigos
Retrato en sepia
La llovizna de abril
Filis
Destino



Bajo el oro pequeño de los trigos

para Samuel Gordon
 

Si me voy este otoño
entiérrame bajo el oro pequeño de los trigos,
en el campo,
para seguir cantando a la intemperie.
No amortajes mi cuerpo.
No me escondas en tumbas de granito.

Mi alma ha sido un golpe de tempestad,
un grito abierto en canal,
un magnífico semental
que embarazó a la palabra con los ecos de Dios,
y no quiero rondar, tiritando,
mi futuro hogar,
mientras la nieve acumula
con ademán piadoso
sus copos a mis pies.

Yo quiero que la boca del agua
me exorcise el espíritu
que me bautice el viento,
que me envuelva en su sábana cálida la tierra
si me voy este otoño.

1984




Retrato en sepia
 
Obediente a la voz cósmica, agrio el destino,
yo fui levantada en torbellino de lamentos.
Yo fui la piedra de escándalo:
contra mí se reventaron las lágrimas
de todos mis hermanos. Yo fui
la piedra que tiritó en la puerta
y en los patios de las casas,
sin acceso al hogar que aglutina a los hombres.
La piedra con la que los otros tropezaban
encendidos de vergüenza.
La piedra del destierro,
la que debió perderse en el fondo del légamo;
el labio sumergido en la hiel;
el receptáculo del sacrificio
en donde vaciaron la indiferencia, la cólera, el despecho.
Yo el perro sin dueño, rastreando compañía,
con la cabeza gacha, abatido de soledad.
Cuando me vaya
no querré aullar,
cojeando por los mismos caminos.
Quiero dispararme como flecha
hacia la dimensión que corresponda.

A mitad de la borrasca de este tiempo
debí hacer cantar al pájaro ciego en mi garganta,
sola, sobrecogida por el relámpago y el trueno,
calada hasta los huesos, bajo la tormenta.
Canté y canté, bebiéndome las lágrimas.
Sin ti, Marianne,
se me habrían enlutado, sin amor, los caminos.





La llovizna de abril
 
La llovizna de abril
esprendió el sueño lila
que florecía en la luz de las jacarandas
y ardió toda la tarde
sobre el rostro gris de la calle
como una tierna flama.

Filis
 

Nos estamos borrando, Demofonte.
Me anhelaba tu piel,
pero esa fibra misteriosa de la entraña
me daba su rechazo.
Inexorables
hasta mí te trajeron las dunas del mar en celo;
reparé tu barca a la deriva,
y aposentaste en mi casa y en mi sangre.
Después, vejada, escarnecida,
fui arrojada a esta sima donde se arremolina
el hollín del llanto
y la ola negra sube rebasando la angustia.
Pero nos estamos borrando, Demofonte.
Y no es el olvido hazaña
ni honra el gemido
ni delito la fe del hospedaje.
Víctima y juez, en vilo me levanto;
atrás queda una cauda de hiel y de silencio.
¡Cuántos siglos para aprender mi lección!
Amanece, Demofonte,
un corro de niños canta bajo mi ventana
a los naranjos en flor.
Muy pronto, aquí, hoy mismo,
te he borrado, Demofonte.


Destino
 
Recorrió el verano
    brincando en un solo pie
y su verano fue una estrecha hilera
    de ladrillos
en la boca inacabable de un desfiladero.


De Antología nueva (1989)


Asaltos a la memoria
 
Amanece,
en las macetas de la ventana arden los geranios.
Un vaho lechoso entra en el viento.
Corre el día hacia las dunas de la oscuridad.
Después de avanzada la noche
                                                   me desprendo
abajo quedan mi piel, mis huesos.
Me echo de picada a las profundidades,
atravieso el infierno,
toco la incandescencia de la luz
     todos los pájaros se desatan.
De lejos llega el olor de dátiles
que espesan en los cazos de cobre,
el de polvorones recién horneados.
Es el aroma penetrante de mi infancia
                                              el que nace, el que nace.
Al amanecer Alberto arrea las mulas con el bastimento
                                       rumbo a las labores.
Una niña atisba por entre los leños de la cerca,
mientras en su corazón
se amotina un mar de diez años que quiere ser mujer.
Que se echa sobre la tierra y se identifica con ella.
Este polvo que escurre entre sus dedos
es su madre
             es su cuerpo
es el olor de vida que exhalará
cuando llegue el mediodía.
Hoy, paloma desmañanada, vuelve a su cama,
se acurruca bajo las cobijas tibias,
se le desarrugan los sueños,
se alisa el viento
y duerme.

A la bisabuela le peinaban las trenzas con los dedos.
Vivió 110 años.
Plena en su lucidez.
Su cuerpo se achicó.
Nunca desmereció la mata de su pelo inmaculado
que crecía en abundancia
                          colgando en largas trenzas.
            Una mañana rechazó la bandeja de panecillos
y el chocolate espumoso.
Pequeñita, se ovilló en el silencio
“La virgen me envolvió en un vapor azul,
me trajo el desayuno”,
dijo antes de bajar a esconderse
en los íntimos pliegues de la tierra.
Las lilas perfuman el primer viento de abril.
El árbol de la noche florece
y la tía Vense trenza mis cabellos.
Me hundo en el sueño.
Tía Vense, te amo.
                         estalactica de cristal.
Tu pelo se precipitaba en relámpagos miel y caoba
                                                               sobre mi cara
cuando el beso de buenas noches.
El ruido de voces en el cuarto contiguo me despierta.
La muerte desangra el vientre de mi madre,
las sábanas esponjadas de blancura se incendian.
Apenas clarea, ponen sobre mis manos un cesto,
al vaciarlo un feto se despeña,
La vida se encoge dentro de mí,
Tengo nueve años,
es el primer contacto con la muerte.

Y los veranos,
y el sol estancado a mitad del desierto.
La luz cantaba y se filtraba por todos los resquicios.
Algunas veces una noche de lluvia
y amanecía la tierra con olor a mastuerzo y humedad.
El mundo de mi madre era la correspondencia justa
entre los reinos de la tierra.
El abuelo leía en el firmamento los fenómenos
atmosféricos,
ubicaba las constelaciones
y era juez de un pueblo
donde no se mezclaba la sangre con extraños.
Los Guzmán de Lampazos
Los Benavides de Cerralvo
Los Ramos de Ciénega de Flores
Los Montemayor de Higueras
y se cerraba el círculo.
Los ojos grises de la abuela
hacían sentir su presencia matriarcal:
revisaba la llegada de los rebaños,
el ganado, la ordeña,
preparaba en el horno de adobe
los pasteles de maíz, las hojarascas,
esa multitud de olores y sabores con que se llena el
recuerdo.