Nota introductoria

Gran testigo de nuestro siglo, el escritor francés Pierre Jean Jouve —nacido en Arras en 1887 y muerto en París en 1976— ha construido a lo largo de una vida intensa y silenciosa una de las obras poéticas más singulares de la literatura contemporánea. Sus biógrafos —y el testimonio del propio poeta— reiteran que a la edad de 16 años, cuando se hallaba gravemente enfermo, su existencia fue iluminada por el descubrimiento de Mallarmé y desde entonces su amor por la música —único recurso de su sombría adolescencia— fue convertido en radiante y definitivo amor por la poesía. Pierre Jean Jouve será así con el tiempo el poeta de la apasionada intimidad pero, antes de serlo, soñará más bien con una poesía de “participación humana” inspirada en los principios del unanimismo. Esa poesía era la continuación de una actitud militante: durante la Primera Guerra Mundial, el poeta se había alistado como enfermero voluntario en un hospital militar donde contrajo graves enfermedades infecciosas; luego, durante la Segunda, apoyaría la fe combatiente y los ideales europeos que entonces estaban representados por la figura de De Gaulle, lo cual lo llevaría a componer una serie de poemas que se cuentan entre los mejores que produjo la Resistencia francesa. Sin embargo no sería esa forma de inspiración la llamada a satisfacerlo sino otra, más recóndita, aquella inspiración nacida de la soledad y de una meditación que siguió la huella de los grandes místicos: Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Ruysbroeck el Admirable. En 1928, Pierre Jean Jouve decidió rechazar toda su producción publicada antes de 1924 por considerarla inauténtica, es decir porque se trataba de una obra no nacida de un religioso recogimiento. Así, el poeta sólo autorizó como suyos los poemas recogidos sucesivamente en Mystérieuses noces (1925), Nouvelles noces (1926), Le Paradis perdu (1929), Les Noces (1931), Sueur de sang (1935), Matière céleste (1937), Kyrie (1938), La Vierge de Paris (1944), Hymne (1947), Génie (1948), Diadème (1949), Ode (1950), Moires (1962), Ténèbres (1965) y otros incorporados, de 1964 a 1967, a sus Obras completas. A esta serie poética es necesario agregarle sus ensayos y sobre todo la producción novelística: Paulina 1880 (1925), Monde désert (1927), Hécate (1928), y Vagadu (1931). Entrecruzada a lo largo de diez años con la tarea poética, esta producción novelística es una minuciosa exploración de la intimidad femenina en la que el amor, el sacrificio, la lucha del espíritu en las fronteras de la vida y de la muerte destacan como temas centrales de relatos fascinados por el destino de mujeres extrañas, sobrecogedoramente reales.

A semejanza de su contemporáneo Saint-John Perse —con quien la crítica lo ha comparado a menudo—, la poesía de Pierre Jean Jouve está animada de un soplo profético y de esa visión totalizante de lo real que hace de la palabra un permanente “canto de reconocimiento al vasto mundo”. A diferencia de la de Saint-John Perse, sin embargo, esta poesía, más que “a sus soles y aguas, sus volcanes y abismos” se dirige “al íntimo corazón en abismos aun más numerosos”. El deseo, la culpa, la angustiada esperanza, la muerte, la distancia del prójimo, las zozobras del cuerpo y las miserias de la inteligencia son algunos de estos abismos de irresistible llamado. El “vasto mundo” de Pierre Jean Jouve está traspasado de un temblor y de un temor en el que se reconoce sin equívocos la moral del cristianismo evangélico. Marcado por una profunda sensibilidad religiosa, templado en la lectura de los místicos, este poeta ve su trabajo como una ascesis dolorosa y una ascensión redentora. “Yo no hubiera escrito jamás una línea —anotó en su Diario— si no creyera en el rol santificador del arte.”

Como varios de sus compañeros de ruta, Jouve vio en las turbadoras revelaciones del psicoanálisis la confirmación de que la verdadera dimensión del hombre permanecía aún oculta. El hombre era esa realidad todavía por venir y la poesía debía trabajar a favor de un revolucionario advenimiento. Escrita en los ardientes años en que las confrontaciones bélicas desgarraban a Europa pero en los que la meditación humanista, los progresos de la ciencia y las agitaciones sociales hacían prever una nueva era para la vida de los hombres, la poesía de Jouve se afirma en la idea de que al arte le corresponde hacer la luz sobre las realidades inconscientes y, por eso mismo, ser el animador de la más profunda transformación humana. Así, pues, el arte debía buscar su legitimidad y su sustento en los abismos pulsionales, en el reconocimiento de que la miseria del hombre está sin embargo traspasado de un impulso redentor; el trabajo del poeta debía ser este impulso. Para una poesía en la que el estilo es el destino, el poeta buscó una escritura libre que en su destrabada fluencia pudiera reproducir los ritmos del inconsciente pero que no fuera la “escritura automática” que habían ensayado los surrealistas, escritura sospechosa de haber entrampado a los poetas en una vana mitología. Entre lo liviano y lo abrupto, la palabra de Jouve fluye según un ritmo de discontinuidades organizando un fraseo en el que los nexos a la vez obstruyen y facilitan el desenvolvimiento de periodos de desigual extensión para crear asociaciones (sintácticas y semánticas) cuya razón profunda ha de buscarse en la profundidad del inconsciente.

El fraseo de la poesía de Pierre Jean Jouve, tan característico y tan revelador, es lo que hemos tratado de reproducir en la versión de los poemas que ahora presentamos. Entre ellos sobresale “Ensueño” (“Songe”), poema que abre la serie de Las bodas (Les Noces), escrita entre 1925 y 1931. De acuerdo con el prólogo que redactó Jean Starobisnki para la edición de 1966 hecha por Gallimard (edición que hemos utilizado), “Las bodas establece la obertura de la obra de Pierre Jean Jouve: es el poema de entrada en poesía, del nacimiento del poeta a su vocación ya en adelante asegurada”.
 



Raúl Dorra