Georg Trakl



Selección y traducción de Pura López Colomé

Nota introductoria de Francisco Hernández



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Nota introductoria
Georg Trakl: partes de un espejo
 

El padre de Georg Trakl lo sabía muy bien: un hijo poeta puede hacerte renegar de la vida. Por eso, cuando el 3 de febrero de 1887 su esposa María Halik dio a luz un niño de poco peso, muy inquieto y casi transparente, levantó los ojos al cielo y rogó porque el recién nacido permaneciese a prudente distancia de los espejos y la literatura. Sin embargo, espejos y letras lo persiguieron siempre. Nunca estuvo a salvo de su imagen insignificante y de la superioridad de su poesía.

La dicha de una infancia triste lo rodeó con su luz. El padre, en su distancia, sueña con vender materiales para construcción. El interés de su madre se centra en coleccionar antigüedades. Georg y su hermana Margarita, la amada Grete, disfrutan los escondrijos de la casa, el contacto furtivo de los labios y las lecciones de piano. Más tarde compartirán también los efectos del opio y la cocaína.

Trató de ahogarse en un estanque. Lo juzgaron una caída y nadie le dio importancia a su intento fallido. Las vías del tren lo atraían como imanes, pero las composiciones de Schubert, Chopin y Liszt, aunadas a las lecturas de Ibsen y Maeterlinck, le permiten encontrar asideros. Escribe teatro y versos donde pululan arañas, murciélagos, epidemias, lluvias constantes y la nostalgia por ese paraíso que sólo gozan los nonatos.

Fue un mal estudiante. Alguien que conoce el fulgor de las pupilas de Dios y sabe de los agusanados párpados angélicos, no puede tener buenas calificaciones en matemáticas o latín. Detesta lo rojo del dinero, no le simpatizan los austríacos y pide la cabeza de aquellos alemanes seducidos por la modernidad. Rimbaud, Hölderlin, Baudelaire, Nietzsche y Dostoievski nutren sus horas de lunático.

Espejos de la verdad lo acercan a estudios de farmacia. Dos años después consigue trabajo en El Ángel Blanco, una botica que todavía existe en Salzburgo. El amor por Grete se ahonda y la culpa crece. La depresión lo hace pensar en la mejoría del suicidio.

No está solo. Con amigos afines funda círculos literarios con nombres de dioses griegos. Publica, se sumerge en el alcohol y el veronal, lo envuelve el cloroformo, frecuenta prostitutas de la Judengasse.

Tres o cuatro colores llegan a obsesionarle. Intenta pintar un depósito de cadáveres repleto de girasoles y aparece su retrato. Huraño, polémico, ajeno a los territorios de la vida real, la soporta porque piensa continuamente en quitársela. Se protege con música, poesía y los azules vapores del incesto. Borneo, en ese tiempo colonia holandesa, surge en su delirio como una posibilidad de escape.

Le horroriza la violencia. Odia especialmente la cacería. Ve a su hermana como una cierva azul que cruza bosques, amenazada por el celo de los cazadores. La luna incrementa el púrpura de su locura. Llenas de caricias prohibidas, desea meter sus manos dentro de las letrinas. En los espejos crecen jacintos y amapolas. Ve publicado su libro Poemas pero de Sebastián en el sueño sólo alcanza a corregir galeras.

La guerra del 14 completa sus terrores y al ser enviado al frente, lo rebasa la realidad con múltiples espejos estrellados. Se incorpora a las tropas austro-húngaras, sabe lo que es el verdadero espanto después de la batalla de Grodek, en la Galitzia de entonces, actual territorio ucraniano. Debe atender heridos graves en un granero. Algunos le piden que los mate, otros se suicidan. Lo paraliza la desesperanza. Piensa en la hermana y avanza su furgón de culpas. Intenta quitarse la vida con un revólver, lo detienen sus compañeros.

Camino al hospital militar, ve árboles con ahorcados movidos ligeramente por el viento. Sabe que la humanidad no tiene escapatoria. Ya en el hospital, teme que lo fusilen por cobarde. Comparte la habitación con un soldado y su delirium tremens. Se le presenta un ángel blanco y con dulces palabras lo consuela.

Consignan los libros que Georg Trakl murió por una sobredosis de cocaína, a los 27 años. También señalan que en Berlín, tres años más tarde, Grete se dio un tiro en el corazón.


Francisco Hernández

 

 


 

Humanidad

Humanidad dispuesta ante bocas de fuego,
Torbellino de tambores, sombrías frentes de guerreros.
Pasos en la niebla de sangre; toque del acero negro,
Desesperación, noche en los dolientes cerebros:
La sombra de Eva, la cacería, el rojo dinero.
La luz se abre paso entre las nubes, la Cena.
El pan y el vino guardan un gentil silencio,
Y ahí los doce, una cifra, reunidos quedan.
De noche, bajo los olivos, gritan entre sueños.
Hasta la herida, Santo Tomás la mano lleva.

 


 

De profundis

Una mies ya segada bajo una lluvia negra.
Un árbol color café que se yergue solo.
Un viento susurrante que rodea chozas vacías.
Cuan triste es esta tarde.

Cerca de la aldea
Una tierna huérfana junta restos de espigas.
Sus ojos se agrandan, redondos, dorados al anochecer,
Y su regazo aguarda al novio celestial.

Camino a casa
Los pastores hallaron su dulce cuerpo
Pudriéndose entre los matorrales.

Soy una sombra lejos de oscuras aldeas.
He bebido el silencio de Dios
En un manantial de bosque.
Un frío metal huella mi frente.
Las arañas van tras mi corazón.
Una luz se apaga en mi boca.

De noche me hallaba en un brezal,
Tieso de mugre y polvo de estrellas.
Entre las hojas de avellana
Los ángeles de cristal seguían sonando.

 


 

Salmo
 

Para Karl Kraus

 

Hay una luz que el viento ha extinguido.
Hay una taberna que el borracho abandona al mediodía.
Hay un viñedo, quemado y negro, con hoyos llenos
de arañas.
Hay una habitación cuyas paredes con leche se han
blanqueado.
El loco ha muerto. Hay una isla en los Mares del Sur
Dispuesta para el Dios Sol. Siguen tocando los tambores.
Los hombres ejecutan danzas de guerra.
Las mujeres mecerán sus caderas en lianas y flores de
fuego
Mientras cante el mar. Oh, nuestro paraíso perdido.

Las ninfas han abandonado los bosques de oro.
Han enterrado al desconocido. Una lluvia delgada
comienza a caer.
El hijo de Pan surge bajo la forma de un campesino
Que duerme al mediodía sobre el asfalto incandescente.
Los vestiditos de las pequeñas de aquella granja son de una
pobreza desgarradora.
Hay habitaciones llenas de cuerdas y sonatas.
Hay sombras que se abrazan ante un espejo enceguecido.
En las ventanas del hospital se calientan los convalecientes.
Un barco de vapor lleva epidemias sangrientas por el
canal.
Una extraña hermana vuelve a aparecer en algún sueño
maligno.
Descansando en el follaje de avellana, ella juega con su
destino.
El estudiante, o tal vez un doble, la sigue, espiando desde
la ventana.
Tras él se yergue su hermano muerto, o bien él desciende
por la vieja y tortuosa escalera.
La figura de una joven novicia palidece en la oscuridad
de los castaños.
Cae la tarde en el jardín. Los murciélagos revolotean en
torno al claustro.
Los hijos del portero dejan de jugar y van en pos del oro
del cielo.
Los acordes finales de un cuarteto. Una pequeña ciega
corre temblando por el boulevard.
Y más tarde, su sombra trepa por los muros fríos, oculta
entre cuentos y santas leyendas.

Hay una barca vacía, abriéndose paso por la tarde en el
oscuro canal.
En la lobreguez del viejo asilo se desmoronan ruinas
humanas.
Unos huérfanos muertos yacen junto al muro del jardín.
Ángeles con las alas manchadas de fango salen de grises
habitaciones.
Caen gusanos desde sus párpados amarillentos.
El atrio de la iglesia, oscuro y en silencio, como en los
días de la infancia.
Vidas anteriores se deslizan por ahí con pies de plata,
Y las sombras de los malditos descienden a las aguas
quejumbrosas.
Dentro de su tumba, el mago blanco juega con unas
serpientes.

En silencio, se abren los dorados ojos de Dios sobre la
morada de las calaveras.

 


Karl Kraus
 

Blanco, supremo sacerdote de la verdad,
Voz cristalina, morada del gélido aliento de Dios.
Mago iracundo, bajo tu capa en llamas
Resuena la azul armadura del guerrero.

 


Niñez
 

El saúco lleno de bayas; la niñez vivida en la calma
De una gruta azul. Las ramas tranquilas meditan
Sobre el sendero ido donde, parduscos, los pastos silvestres
Ahora silban; el susurro de las hojas

Como agua azul cayendo desde las rocas.
El suave lamento del mirlo. Un pastor
Sigue en silencio al sol que rueda desde la colina otoñal.

Un instante azul es más alma aun.
Un venado tímido emerge desde las lindes del bosque,
mientras las viejas campanas
Y oscuras aldeas descansan en paz sobre la tierra.

Más piadoso ahora, tú conoces el significado de los años
negros,
El frío y el otoño en habitaciones solas;
El timbre de pasos brillantes en el sagrado azul.

El suave tintineo de una ventana abierta; ver
Un cementerio abandonado en la colina llena los ojos
de lágrimas,

Recuerdos de leyendas; y sin embargo a veces el alma
resplandece
Cuando trae a la memoria gente feliz, los oscuros días
dorados de la primavera.

 


Romance a la noche
 

Bajo una tienda de estrellas, un solitario
Atraviesa el silencio de la medianoche.
Un niño despierta, trastornado por sus sueños,
Su rostro gris se desmorona ante la luna.

Con el cabello suelto, la desquiciada
Llora ante las rejas de la ventana.
En la laguna van flotando
Los amantes en dulce paseo.

El asesino ríe pálido por el vino,
El honor a la muerte consume a los afligidos.
Desnuda y herida, una monja reza
Ante la agonía del Salvador en la cruz.

Una madre canta entre sueños suavemente.
Satisfecho, el niño contempla la noche
Con sinceridad en los ojos.
Las risas tintinean en el prostíbulo.

A la luz de una vela, abajo, en el respiradero,
El muerto pinta con blanca mano
Un silencio malicioso en la pared.
El durmiente sigue murmurando.

 


Horror
 

Me vi andando por habitaciones desiertas.
Las estrellas bailaban, locas, sobre el fondo azul,
Los perros ladraban fuertemente por los campos,
Y un viento salvaje gritaba entre los árboles.

Y de pronto: silencio. La tenue llama de la fiebre
Hace surgir flores venenosas de mi boca,
Y cae el rocío, pálido y chispeante, desde las ramas
Como desde una llaga, gotea y gotea cual sangre.

Por el engañoso vacío de un espejo
Surge desde el horror y la oscuridad
Un rostro, lenta e indistintamente: ¡Caín!

La cortina de terciopelo roza apaciblemente.
La luna brilla sobre el vacío a través de la ventana.
Heme aquí, a solas con mi asesino.

 


La bendición de las mujeres
 

Caminas bajo tus mujeres
Y con frecuencia sonríes nerviosamente:
Aterradores son los días por venir.
La amapola se marchita, pálida, en el seto.

Tan hermoso como tu vientre hinchado,
El vino madura, se dora, en la colina.
El espejo de un estanque brilla a la distancia.
Y la guadaña tintinea sobre los campos.

El rocío entre los arbustos.
Siguen cayendo las hojas escarlata.
Para recibir a su amada esposa,
A ti se aproxima un moro, moreno y rudo.

 


Mi corazón al atardecer
 

Por la tarde se escucha el grito del murciélago.
Dos caballos negros saltan por la pradera.
El rumor del arce rojo.
En el camino, aparece una taberna ante el viajero.
Delicioso es el sabor del vino joven y las nueces.
Delicioso es tambalearse, ebrio, por el bosque que
oscurece.
Por entre las negras ramas resuenan campanas dolorosas;
Gotas de rocío caen sobre el rostro.

 


Día de muertos
 

A Karl Hauer

 

Hombres y mujeres, tristes compañeros,
Esparcen hoy flores rojas y azules
Sobre tumbas tenuemente iluminadas.
Van como pobres marionetas antes de morir.

Y cómo se ven llenos de miedo y humildad,
Cual sombras, de pie tras negros arbustos.
Los lamentos del nonato penan en el viento otoñal,
Y las luces van a la deriva, confundidas.

Las quejas de los amantes respiran entre las ramas
Donde los cuerpos de una madre y su hijo se descomponen.
La danza de los vivos parece irreal
Y extrañamente dispersa en el viento vespertino.

Su vida es tan atribulada, llena de plagas desoladoras.
Dios tenga piedad del infierno femenino y su tormento
Y esos lamentos de muerte sin esperanza alguna.
Los solitarios vagan en silencio en el gran salón de las
estrellas.

 


Trompetas
 

Bajo los sauces talados, donde juegan niños morenos
Y caen las hojas, resuenan las trompetas. Escalofrío de
cementerio.
Banderas escarlata caen en la pena de los arces.
Jinetes en los campos de cebada y molinos vacíos.

O los pastores cantan por la noche, y los venados
Entran al círculo de fuego, la antigua tristeza de los
bosques.
Los danzantes emergen de un muro negro;
Banderas escarlata, risas, desvarío, trompetas.

 


Las ratas
 

La blanca luna otoñal brilla en el patio.
Fantásticas sombras caen de la orilla del techo.
El silencio habita en las ventanas vacías;
De pronto, las ratas emergen suavemente

Y pasan chillando por aquí y por allá
Y un vaho grisáceo husmea tras ellas
Desde la letrina. Ahí,
Fantasmagórica, chispea la luz de luna.

Y ellas, como locas, chillan de avidez
Y cubren la casa y el granero,
Pleno de frutas y semillas.
En la oscuridad, vientos helados lloriquean.

 


Cantos para un rosario
 

1. A mi hermana

Por donde pasas, dejas la tarde y el otoño.
Un venado azul se escucha bajo los árboles,
Un estanque solitario por la tarde.

Se escucha suave el vuelo de las aves,
La tristeza cubre tus ojos.
Se escucha tu breve sonrisa.

Dios ha ocultado tus párpados.
Por las noches las estrellas buscan,
Niña de Viernes Santo, tu frente.


2. Cercanía de la muerte

Oh, va la tarde por las oscuras aldeas de la infancia.
El estanque bajo los sauces
Se llena de suspiros envenenados por la pena.

Oh, el bosque baja suavemente sus ojos cafés.
Desde las manos huesudas de los abandonados
Cae el púrpura de sus días extasiados.

Oh, la cercanía de la muerte. Oremos.
Esta noche se disuelven entre almohadones suaves,
Color incienso, los delicados muslos de los amantes.


3. Amén

La putrefacción se desliza por la estancia;
Sombras sobre el tapiz amarillo; en los oscuros espejos
Se arquea la tristeza de marfil de nuestras manos.

Perlas cafés se cuelan entre dedos extintos.
En el silencio
Se abren los amapolinos ojos de un ángel.

También la tarde es azul;
La hora de nuestra muerte, la sombra de Azrael,
Que oscurece un ocre jardincillo.

 


Una tarde otoñal
 

a Karl Rock

 

La aldea color castaño. Algo oscuro se muestra
Paso a paso en los muros que se alzan en otoño,
Figuras: lo mismo el hombre que la mujer, muertos van
Por habitaciones frescas a preparar su lecho.

Aquí juegan los niños. Sombras pesadas se ensanchan
Encima del estiércol. Las niñas van
Por un húmedo azul y a veces los miran
Con ojos llenos del repiqueteo de la noche.

Hay una taberna para los solitarios
Y un demorarse con paciencia bajo oscuros arcos,
Bajo nubes doradas de tabaco.

Y sin embargo, he aquí al ser negro y cercano.
Bajo las sombras de viejos arcos,
El ebrio medita sobre las aves salvajes a lo lejos.

 


Una canción vespertina
 

Por la tarde, cuando caminamos por sendas oscuras,
Aparecen ante nosotros nuestras pálidas formas.

Cuando tenemos sed,
Bebemos las blancas aguas del estanque,
La dulzura de nuestra triste infancia.

Extintos, descansamos bajo la espesura del saúco,
Observando el color gris de las gaviotas.

Nubes primaverales se alzan sobre la oscura ciudad
Que silencia un monje de viejos tiempos.

Cuando tomé tus delgadas manos,
Abriste ligeramente los ojos redondos.
Cuánto ha de todo esto.

Y sin embargo, cuando una oscura armonía aflige al alma,
Apareces tú, blanca, en el paisaje otoñal del amigo.

 


Nocturno
 

El hálito del inmóvil. Un rostro animal
Entumecido de azul, su santidad.
Poderoso es el silencio de la piedra;

La máscara de un pájaro nocturno. Tres suaves
Campanas se desvanecen en una. ¡Elai! Tu rostro
Se reclina callado sobre el azul de las aguas.

Oh, quietos espejos de la verdad.
En los sueños marfilinos del solitario
Aparece el reflejo de ángeles caídos.

 


De camino
 

Por la tarde, trajeron al extraño hasta la morgue;
Olor a alquitrán; el quieto rumor de rojos sicomoros;
El vuelo oscuro de los grajillos; en la plaza, un relevo de
guardia.
El sol se ha puesto bajo negros lienzos; siempre regresa
esta vieja tarde.
En el cuarto de al lado, mi hermana toca una sonata
de Schubert.
Muy quieta, su sonrisa se hunde en las ruinas de la
fuente,
Rumorosa, azul, en el crepúsculo. Oh, qué vieja es
nuestra raza.
Alguien susurra abajo en el jardín; alguien abandona
este cielo negro.
Un olor a manzanas desde la cómoda. La abuela enciende
las velas doradas.
Oh, qué benigno es el otoño. Quietos, suenan nuestros
pasos en el viejo parque
Bajo los altos árboles. Oh, qué serio es el rostro de
jacinto del crepúsculo.
El manantial azul a tus pies; pleno de secretos, el rojo
silencio de tu boca,
Oscurecido por el reposo del follaje, el oro oscuro de
girasoles desfallecidos.
Tus párpados llevan el peso de la amapola y sueñan,
quietos, sobre mi frente.
Suaves campanas hacen temblar el pecho. En el crepúsculo,
Una nube azul es tu rostro hundido en mí.

Se escucha una canción a la guitarra en una extraña
taberna,
Las silvestres enramadas del saúco ahí, un día de
noviembre hace ya tanto,
Pasos conocidos en la lóbrega escalera, la imagen
ocre de las vigas,
Una ventana abierta, vieja habitación de dulces
esperanzas.
Tan indecible es todo esto, oh Dios, que conmovido
cae uno de rodillas.

Oh, qué oscura es esta noche. Una flama púrpura
Se extingue en mi boca. En el silencio,
Muere el alma temerosa de una solitaria música de
cuerdas.
Basta. Ebria de vino, se sumerge la cabeza en la
alcantarilla.

 


El niño Elis

Elis, cuando el mirlo llama en el oscuro bosque,
He aquí tu decadencia.
Tus labios beben en la frescura del rocoso manantial azul.

Cuando tu frente a sangrar comience,
Deja las antiguas leyendas
Y las oscuras interpretaciones del vuelo del ave.

Te diriges con blancos pasos rumbo a la noche,
Que cuelga llena de púrpuras racimos,
Y mueves los brazos más bellamente en el azul.

Un zarzal suena
En tus ojos de luna.
Oh, hace cuánto moriste, Elis.

Tu cuerpo es un jacinto
Donde un monje posa sus dedos de cera.
Una negra cueva es nuestro silencio

De donde surge, a veces, un tierno animal
Y deja caer lentamente sus pesados párpados.
De tus sienes cae un rocío oscuro,

El último oro de estrellas en ruinas.


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Canción de Kaspar Hauser
 

para Bessie Loos

 

En verdad amaba al sol que se ponía, púrpura, tras la
colina,
Los senderos del bosque, el mirlo cantor
Y la felicidad de lo verde.

En serio se hallaba su casa a la sombra del árbol
Y puro era su rostro.
Dios pronunció una suave llama sobre su corazón:
¡Oh, hombre!

En silencio, se dirigió a la ciudad por la tarde;
La oscura queja de su boca:
Quiero ser jinete.

Mas lo siguieron arbustos y animales,
Casa y jardín crepuscular de hombres blancos,
Y su asesino lo buscaba.

La primavera y el verano y bello el otoño
De los justos, su apacible paso
Por los oscuros cuartos de los soñadores.

Por las noches permanecía a solas con su estrella;
Vio que la nieve caía sobre las ramas desnudas
Y en el pasillo crepuscular, la sombra del asesino.

Plateada, se desplomaba la cabeza del nonato.

 


Noche
 

El azul de mis ojos se ha extinguido esta noche,
El oro de mi corazón. ¡Oh!, cuán quieta ardía la luz.
Tu abrigo azul abrazó al que caía;
Tu boca roja sellaba la demencia del amigo.

 


Sonia
 

La tarde vuelve al viejo jardín;
La vida de Sonia, azul sosiego.
Migraciones de aves salvajes;
Árbol desnudo en otoño, y sosiego.

Girasol, suavemente inclinado
Sobre la blanca vida de Sonia.
Roja herida, nunca expuesta,
Deja vivir en cámaras oscuras,

Donde suenan las azules campanas;
El paso de Sonia y el suave sosiego.
Un animal agonizante saluda al deslizarse,
Árbol desnudo en otoño, y sosiego.

El sol de otros días brilla
Sobre las blancas cejas de Sonia,
Nieve que humedece sus mejillas,
Y la selva de sus cejas.

 


Noche de invierno
 

Ha caído la nieve. Después de medianoche, ebrio de vino púrpura, abandonas el oscuro recinto de los hombres, la roja llama de su hogar. Oh, ¡la oscuridad!

Hielo negro. Duro el suelo, amargo el sabor del aire. Tus estrellas se cierran a las malas señales.

Con pasos de piedra caminas por los rieles, con los ojos saltones, como un soldado que toma por asalto una trinchera. ¡Avanti!

¡Nieve más amarga y luna!

Un lobo rojo, al que estrangula un ángel. Te cascabelean las piernas como hielo azul y una sonrisa llena de tristeza y pena te ha endurecido el rostro y ha palidecido tu frente ante la voluptuosidad del hielo;

o se inclina callando sobre el sueño de un velador, que se desploma en su cabaña de madera.

Hielo y humo. Una blanca camisa de estrellas quema los hombros cansados y los buitres de Dios desgarran tu corazón de metal.

Oh, la colina de piedra. La quietud se derrite y, olvidado, el cuerpo frío se sume en la nieve de plata.

Negro es el sueño. El oído sigue largamente los caminos de las estrellas en el hielo.

Al despertar, suenan las campanas en la aldea. Desde el portal del este

Entra, plateado, el rosáceo día.

 


En Venecia
 

Quietud en la habitación nocturna.
La linterna plateada chisporrotea

Ante el aliento cantante
Del solitario;
Hechizadas nubes de rosas.

Una negrusca nube de moscas
Oscurece el cuarto de piedra
Y se eriza por el tormento
Del día dorado la cabeza
Del apátrida.

El mar inmóvil pernocta.
Estrella y negra jornada
Desaparecieron en el canal.
Niña, tu enfermizo sonreír
Me siguió, suave, durante el sueño.

 


El sueño
 

¡Malditos sean, oscuros venenos,
Sueño blanco!
Este jardín, tan especial,
De árboles crepusculares,
Lleno de serpientes, insectos,
Arañas, murciélagos.
¡Extraño! Tu sombra olvidada
En la puesta del sol,
Un corsario oscuro
En el mar salado de la pena.
Revoloteantes aves blancas, al borde
De la noche, sobre ciudades en ruinas
De acero.

 


Rendición nocturna
 

¡Monja! Enciérrame en tu oscuridad,
¡Tus montes frescos y azules!
Un oscuro rocío sangra allá;
La cruz se alza contra el brillo estelar.

Purpúreas, irrumpen boca y mentiras
Frescas en una habitación ruinosa;
La risa aún resplandece, juego de oro,
Últimos trenes de una campana.

¡Nubes de luna! Negruzcos caen
Frutos silvestres del árbol por la noche
Y el espacio se vuelve tumba
Y sueño, esta terrena travesía.

 


Grodek
 

Por la tarde resuenan los bosques otoñales
Sus armas de muerte, las llanuras doradas
Y lagos azules, arriba el sol
Sombríamente rueda; la noche abraza
A los guerreros agonizantes, el lamento salvaje
De sus bocas destrozadas.
Y nubes rojas quietas se reúnen
En la pradera donde habita un iracundo Dios,
La sangre derramada, frescura de luna;
Todas las calles van a dar a la negra putrefacción.
Bajo la enramada de oro de noche y estrellas, vaga
La sombra de mi hermana por la apacible floresta
Para saludar a los espíritus heroicos, las cabezas
sangrantes;
Y suaves suenan entre los juncos las flautas oscuras
del otoño.
¡Oh pena, la más orgullosa! Oigan ustedes, altares de
bronce,
La ardiente llama del espíritu nutre un dolor más
violento,
Los nietos nonatos.

 


En un viejo álbum
 

Insistes en volver, melancolía,
Mansedumbre del alma solitaria.
Un día dorado arde hacia su fin.

Humilde, un hombre paciente cede ante el dolor,
Recitando armonías, gentiles locuras.
Mira, está oscureciendo.

De nuevo viene la noche y un agonizante se lamenta,
Y otro sufre junto a él.
Estremecida bajo las estrellas de otoño,
La cabeza, cada año, se va inclinando más y más.

 


Lamento
 

Sueño y muerte, las águilas oscuras
Zumbaban toda la noche en torno a esta cabeza;
La helada ola de la eternidad
Podría abarcar la dorada imagen del hombre.
Su cuerpo púrpura
Yace hecho añicos entre espantosos arrecifes,
Y una oscura voz se lamenta, se lamenta
Sobre el mar.
Hermana de penas tormentosas,
Mira ese temible barco que se hunde
Bajo las estrellas,
El rostro silencioso de la noche.

 


Transfiguración
 

Cuando llega la tarde,
Un rostro azul, apacible, te abandona.
Un pajarillo canta en el tamarindo.

Un gentil monje
Junta unas manos muertas.
Un ángel blanco busca el hogar de María.

Una guirnalda nocturna
De violetas, trigo y uvas moradas
Es el tiempo de lo iluminado.

Junto a tus pies
Las tumbas de los muertos se abren
Cuando pones la frente entre tus manos de plata.

La luna de otoño
Vive silenciosa en tu boca,
Ebria de jugo de amapola, oscuros cantos;

Flor azul,
Que resuenas, apacible, entre el ocre de las piedras.

 


Aforismos
 

I

Sólo a aquel que desprecie la fortuna se le concederá el conocimiento.


II

Sentimiento en los instantes del ser semejante a la muerte: todos los hombres son dignos de amor. Sientes que despierta la amargura del mundo; en ello radica tu culpa irresuelta. Tu poema será una expiación imperfecta.