De Intemperie* (1977)


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32 Ars poetica




1
 
El juez
—ese que separándose de nosotros
dicta sus fallos—
es nuestra condena.
Vive de nuestra sangre,
a expensas de nuestros intestinos,
comiéndose la fruta que nos llevamos a la boca;
es él quien la saborea, la mastica, la traga.
Se nutre aun perdonándonos.

Caminamos lentamente
y abriéndonos paso o pensando cada paso
en la goma de su saliva.
Su mirada rígida en la noche
se enciende con los huesos de la infancia.

 


5

 
Flacos dedos
me asuelan.
El cielo se estanca
en mi pozo.
La magia
está herida.
Vivo
como la tierra de donde vine,
la tierra que recorrí con mi padre.
Las palabras
no sirven en este confín.

8
 
Me sostiene
este vivir en vilo
sin ninguna señal
ni mapa
ni promesa,
en una antesala donde todos trajinan
como empleados
para olvidar.

9
 
Es recio haber sido
sin saberlo, un jugador
y encontrarse
tocando
como una carta
el destino.
Ya no hay más jugadas sino un ponerse
en manos desconocidas.

10
 
Ya el delirio no me solicita.
Vivo sobre la sal, levantándome y cayendo, día tras día. Como, ando, me acuesto sobre lo que me sostiene sin pedir una aclaración, sin esperar nada. Soy un cuerpo. Me llamo tensión, debilidad, silencio, piel, nervio, olor, yerro. Me arrastro, toco hierba, me hago suelo. Lo inefable no me quiere.

Hace años dejé de preguntar. Desistí en un filo. Las ventanas dicen vivir.
Sucio de nuestro sucio sacro. El pensamiento escarba, escarba. Soy una cuerda que se abraza a la última proximidad.
Vibrante querer, vibrante delito, vibrante desamor.
Ducho en disensión, en rotura, en desvivir, persisto.
Arrastro una historia anonadada.
Soy flaqueza máxima. Mis piernas se doblan. No llego, no llego.
¿De dónde sale la fuerza cuando sigo? Soy el sordo, el exabrupto, el golpe en la mejilla, el veneno de la suavidad, el manto del loco, el que hostiga el fervor, la ciénaga sin fulgor, la horma de nuestra ignorancia, el que se hace, se deshace, se hace.

22
 
Cada quien lleva un fantasma incómodo. A espaldas suyas hacemos nuestra alegría. Somos los hombres de la tarea equivocada. Trabajamos para privarlo de comida, pero él nos ara por dentro. Los legados del error. Formamos mesnada. Labramos sin pausa disfraces.

23
 
Repetirse, repetirse, repetirse, y vivir ¿dónde es?

¿Quién sabe ceder el paso al deslumbramiento como el que se siente incumplido?

Ser a lo vivo, amor real.

24

Realidad
 

Tuve que disentir,
ocultarme,
desaparecer.

Tuve
que ser una disonancia.

Tuve que dejarme ir
a la deriva
sin explicar.

Tuve que esconder
el rostro,
volverme
huidizo,
callar, acallar
(cuando acaso era útil
una simple aclaración).

Se me juzgaba con ley de hombre
pero nunca fui interrogado.

Todo
fue por ti,
y no te he visto.


25
 
Se hunde uno,
se atasca,
se desoye
y vuelve a unirse. Un pantano.
No es broma.
Hay encallamientos
peores que la ilusión.

Se ahoga uno
en su magno deseo
y alguien lo levanta,
exhausto, confundido, disperso
y sin haber aprendido.

Se queda uno
a mitad de camino, reptando
bajo el resplandor.

26
 
Hazte a tu nada
plena.
Déjala florecer.
Acostúmbrate
al ayuno que eres.

Que tu cuerpo se la aprenda.

32 Ars poetica
 
Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.

No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni añadir brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir
verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.

Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira,
señálame la impostura, restriégame la estafa.
Te lo agradeceré, en serio. Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame,
sacúdeme.

* Ediciones de la Universidad de los Andes, Colección El Ciervo Vulnerado, Mérida, 1977.