Juan Sánchez Peláez



Selección y nota
introductoria
de Julio Ortega



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Nota introductoria

Finalmente Monte Ávila Editores publicó una nueva edición de la obra completa de Juan Sánchez Peláez (Poesía, 1951-1988) cuidada y sin erratas. Acaba de lanzar también un tomo que compila ensayos y notas sobre este poeta primerísimo (Juan Sánchez Peláez ante la crítica, preparado por José Ramos). Aunque no hay un lector serio de poesía escrita en español que ignore el trabajo de Sánchez Peláez (1922),* confío que estas ediciones difundan la alta calidad ceremonial de una poesía hecha al diálogo a solas, que todavía aguarda ser mejor compartida.

Para muchos de nosotros la Antología de poesía viva latinoamericana, que en 1966 compiló el poeta argentino Aldo Pellegrini, inició una relación personal con la actual poesía venezolana, porque allí nos encontramos con Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, Francisco Pérez Perdomo, Ramón Palomares y Juan Calzadilla. Este conjunto de poetas se nos impuso de inmediato no sólo por su brillo maduro sino por el hilo de habla propia con que retramaban un escenario suficiente, con autoridad y persuasión: añadiendo, de paso, una suerte de temperatura anímica distintiva, una emotividad desasosegada y cierta. En la poesía de Juan Sánchez Peláez, además, había una pista intrigante hacia una ruta que se probaría sin retorno, la de su apuesta radical: sostener el mundo en un puñado de palabras antes que se pierda sin remedio. Esos poemas parecían decir menos y decirlo de modo incierto. Pronto sabríamos que este poeta nada propone ni demanda, todo lo da por escrito y sobredicho; y, por lo mismo, inicia otra entonación, más íntima, de un canto murmurado, entredicho, encantado e imantado por un silabeo de conjuro.

En la primavera de 1969, en el Iowa International Writers encontré a Juan. Coincidía él ese semestre con Néstor Sánchez, Carlos Germán Belli, Fernando del Paso, Luisa Valenzuela y Nicolás Suescún. Todavía recuerdo los oscuros pasillos del Mayflower, el edificio de los escritores becados, que me parecieron los corredores de un hospicio donde, de puerta en puerta, el traqueteo de las máquinas confirmaba que había escritores que, en efecto, escribían, como bromeaba Valéry a propósito de Léautaud. Se decía que la beca de un año fue reducida a medio luego de que un poeta chileno se suicidó al no poder resistir la soledad. Néstor Sánchez se compró un auto para romper el encierro nevado, pero el pueblo era de cuatro calles y un solo bar; y una noche la policía lo detuvo, le hicieron un dosaje, y por un grado de más fue llevado a la cárcel. Sufrió una crisis tan elocuente que le conmutaron el plazo de la beca y lo dejaron irse. Pero ese día de mi visita, la pausa reflexiva de Juan Sánchez Peláez me conmovió como la mejor medida de esa suma de desamparos. Después, creí entender que Juan encarnaba, reluctantemente, ya no el exilio, que abunda en coordenadas y sabe su nombre, sino la errancia, que es un desencuentro permanente, y cuyo lenguaje está hecho de la duda y la zozobra. Juan parecía provenir de ninguna parte y estar partiendo a parte alguna. Tenía, eso sí, la virtud mayor de convertir las deshoras y destiempos en espacios de intimidad gozosa. Como los grandes poetas, hacía su fogata en la intemperie.

Yo estaba entonces en Pittsburgh, y pasaron por mí, en el enorme automóvil de narrador que conducía Fernando del Paso, Juan, Néstor, Belli y Suescún, rumbo a Nueva York. Allí Juan se iba reanimando hasta revelarse tan cosmopolita y urbano que terminaba renunciando a la ciudad: le bastaban unos rincones familiares y propicios a la charla. Juan siempre tuvo el don de la amistad, virtud de los solitarios; y el gusto certero, aunque nunca fue sarcástico sino, todo lo contrario, capaz de una tierna inteligencia, virtud de los más apasionados. A poco de ese viaje, conoció a Malena Coelho, a quien todos le debemos los mejores años de Juan. Los vi en el 71, en New Haven. Juan emergía de su largo trato con la melancolía y hasta planeaba volver, con Malena, a casa.

No los reencontré hasta el 90, en Caracas, pero con Juan los tiempos no suman distancias porque él cultiva una suerte de presente dilatado, más joven en su propio destiempo. Lo he visto derivar en la charla entre disputas recuperadas, amistades interrumpidas, estrofas memorables, con la misma pasión y desapego con que discute la correspondencia de Artaud, la curiosidad de Peret, la alquimia de Reverdy, las lecciones de Breton. Hace un año o dos, en otra visita, pasamos los días discutiendo las versiones posibles de una imagen de Mark Strand. No llegamos, claro, a ninguna conclusión, pero Juan me llamó a Providence, una noche, para confiarme la suya. La aprobé con entusiasmo, y me gustaría recordarla. Esta charla dilatada con Juan, tarde en su jardín, bajo el croar de las ranas de la república de las letras, está hecha a favor del insomnio, esa memoria creciente.

Siempre me ha parecido que Juan es una suerte de Rimbaud que se quedó en casa. No porque no haya viajado, tampoco porque sea un ermitaño. Más bien, porque no tuvo que irse al África, es decir, no vivió el dilema de “cambiar la vida”, que se le dio ya cambiada, de antemano, en el poema. A veces parecería que en lugar del espacio solar de Rimbaud, Sánchez Peláez hizo su aprendizaje en la luz lunar de Lautréamont. Ya en su primer gran poema, hecho en el milagro feliz de la escritura automática, el “Animal de costumbre”, figura el carácter de profunda extrañeza del sujeto en el mundo, y del mundo en el lenguaje que lo cifra. La ductilidad del poema en prosa, la calidez lírica, lo emparentan después a Pierre Reverdy, el poeta de la imagen viva enigmática. Pero su poesía habla por sí misma, desde sus ciclos de cala profunda y sensibilidad inmediata, por su intimidad vivencial y con una palabra recobrada a orillas de la tempestad entrevista.

Austero, y hasta lacónico con su propio trabajo, Sánchez Peláez es de los pocos poetas mayores que ha dejado toda la palabra al poema mismo. No lo acompaña un discurso paralelo, ni una biografía cultural heroica, ni un programa de redención regional. Todo lo contrario, ha preferido el contradiscurso del silencio: la biografía sin fechas del sujeto antiheroico; y el escepticismo irónico ante las empresas fundamentalistas. Está libre en la poesía porque no ha comprometido su palabra con los poderes al uso, pero tampoco en su mera refutación. Y aunque a veces más que solo se siente abandonado, es un ejemplo de integridad callada. Le ha dedicado a la poesía no solamente la juventud como Rimbaud, y la vejez como Pound, sino una vida liberada de la edad.

Y, sin embargo, todavía lo asalta la vehemencia surrealista de hacer algo. En su diálogo periódico con Artaud, Michaux, Breton, sus viejas convicciones surrealistas no ignoran la crítica del mundo tal cual y la fe en la creatividad libre. Pero a la hora del balance le son más decisivos Eguren, Moro, Westphalen y Álvaro Mutis. Lo angustia la suerte de la cultura, el destino de los más jóvenes, la pérdida de los espacios no oficiales. Entre sus papeles, prosigue más despierto que nunca, revisando un nuevo libro, traduciendo a Mark Strand, reconociendo en Arp o Celan la promesa de un acorde verdadero.

No me ha sorprendido, por todo ello, el testimonio de Oswaldo Trejo: Juan, me dijo, era de joven exactamente como es hoy. Tenía los mismos hábitos, las mismas pasiones, y hasta parecidas distracciones. Oswaldo me cuenta que el día que el hombre llegó a la luna, Juan rehusó ver el acontecimiento por la televisión, entretenido en una lectura. Mallarmé le hubiera dado la razón. Por lo demás, ha desempeñado oficios de varia invención, como ser traductor en Maracaibo, profesor en Trinidad, agregado cultural en Colombia y España, y corresponsal viajero de Radio Nacional. De muchacho, estuvo en Chile, enviado a estudiar por su padre, a quien defraudó para siempre al optar por la poesía. Pasó varios años en París, en pobreza recóndita, y otros en Nueva York, traduciendo de oficio. Más insólito es que Juan sea un experto en armas de fuego. Parece que el padre era aficionado a las armas y le enseñó a disparar. Hay testigos que aseguran haber visto a Juan ejercer su puntería deportivamente. Rimbaud le habría dado, ardientemente, la razón. Sospecho, ahora, que Juan Sánchez Peláez no fue al África sino que se quedó con el arsenal de Rimbaud: con esas armas de contrabando, aventura y silencio.

 


Julio Ortega




* Juan Sánchez Peláez nació el 25 de septiembre de 1922 y falleció el 20 de noviembre de 2003. Esta nota introductoria acompañó la primera edición del Material de Lectura, publicada en 1995. (N. del E.)

 


 

Nota sobre el autor

Juan Sánchez Peláez nació en Altagracia de Orituco (Estado Guárico), Venezuela, en 1922. Muy joven viajó a Chile donde se vinculó al grupo prosurrealista Mandrágora. Ha ejercido la docencia en diversas instituciones de la provincia venezolana; tuvo a su cargo el programa “Aventuras de la realidad” por la Radio del Estado durante varios años, y que lo llevaría a París y Nueva York como corresponsal para asuntos culturales. También ha sido agregado cultural en Colombia y España. En 1975 obtuvo el Premio Nacional de Literatura de su país.


Libros publicados

Elena y los elementos, Tipografía Vargas, Caracas, 1951.

Animal de costumbre, Editorial Arte, Caracas, 1959.

Filiación oscura, Editorial Arte, Caracas, 1966.

Un día sea, Monte Ávila Editores, Caracas, 1969. Compilación. (Incluye los textos inéditos Legajos y Lo huidizo y permanente.)

Rasgos comunes, Monte Ávila Editores, Caracas, 1975.

Por cuál causa o nostalgia, Fundarte, Caracas, 1981.

Aire sobre el aire, Tierra de Gracia Editores, Caracas, 1989.

Poesía, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1993.

Algunos poemas de Sánchez Peláez han sido traducidos al francés, inglés e italiano en diversas publicaciones y antologías.

 


De Elena y los elementos
 
 

Profundidad del amor
 

Las cartas de amor que escribí en mi infancia eran memorias
de un futuro paraíso perdido. El rumbo incierto de mi
esperanza estaba signado en las colinas musicales de mi
país natal. Lo que yo perseguía era la corza frágil, el lebrel
efímero, la belleza de la piedra que se convierte en ángel.

Ya no desfallezco ante el mar ahogado de los besos.
Al encuentro de las ciudades:
Por guía los tobillos de una imaginada arquitectura
Por alimento la furia del hijo pródigo
Por antepasados, los parques que sueñan en la nieve, los
árboles que incitan a la más grande melancolía, las puertas
de oxígeno que estremece la bruma cálida del sur, la mujer
fatal cuya espalda se inclina dulcemente en las riberas
sombrías.

Yo amo la perla mágica que se esconde en los ojos de los
silenciosos, el puñal amargo de los taciturnos.
Mi corazón se hizo barca de la noche y custodia de los
oprimidos.
Mi frente es la arcilla trágica, el cirio mortal de los caídos,
la campana de las tardes de otoño, el velamen dirigido hacia
el puerto menos venturoso
o al más desposeído por las ráfagas de la tormenta.
Yo me veo cara al sol, frente a las bahías mediterráneas, voz
que fluye de un césped de pájaros.

Mis cartas de amor no eran cartas de amor sino vísceras de
soledad.

Mis cartas de amor fueron secuestradas por los halcones
ultramarinos que atraviesan los espejos de la infancia.

Mis cartas de amor son ofrendas de un paraíso
de cortesanas.

¿Qué pasará más tarde, por no decir mañana?, murmura el
viejo decrépito. Quizás la muerte silbe, ante sus ojos
encantados, la más bella balada de amor.


Aparición

 

Aclimata el carruaje dichoso de tus senos, la tierra de mis
    primeras voces,
sus heridas abiertas, sus flagelados gavilanes en la
    intemperie nevada.

Una mujer llamada Blanca manipula la jaula escarlata del
    misterio
Sobrepasa el límite, una oscura potencia.
¿Grita, imagina, siente?
Teje una cáscara densa de brisa matinal, alivia piedras
    decrépitas.

La joven pálida me conduce a un jardín en ruinas.
La veo desnuda, bajo un gran suburbio de palmeras,
exportando el oro del crepúsculo hacia un milagroso país.

Ha regresado la hora silenciosa.
Me circundan las pesadas bahías de tus ojos.

Tú tienes que diseminarte, cuerpo y alma,
en la heredad meliflua de las rosas.

A mi lado pasan lavanderas con sus blancas túnicas, con sus
    cofias de inocencia
y las manos entregadas a un rito.


Retrato de la bella desconocida

 

En todos los sitios, en todas las playas, estaré esperándote.
Vendrás eternamente altiva
Vendrás, lo sé, sin nostalgia, sin el feroz desencanto de
    los años
Vendrá el eclipse, la noche polar
Vendrás, te inclinas sobre mis cenizas, sobre las cenizas del
    tiempo perdido.
En todos los sitios, en todas las playas, eres la reina del
    universo.

¿Qué seré en el porvenir? Serás rico dice la noche irreal.
Bajo esa órbita de fuego caen las rosas manchadas del
    placer.
Sé que vendrás aunque no existas.
El porvenir: LOBO HELADO CON SU CORPIÑO DE DONCELLA
    MARÍTIMA.
Me empeño en descifrar este enigma de la infancia.
Mis amigos salen del oscuro firmamento
Mis amigos recluidos en una antigua prisión me hablan
Quiero en vano el corcel del mar, el girasol de tu risa
El demonio me visita en esta madriguera, mis amigos son
    puros e inermes.

Puedo detenerme como un fantasma, solicitar de mis
    antepasados que vengan en mi ayuda.
Pregunto: ¿Qué será de ti?
Trabajaré bajo el látigo del oro.
Ocultaré la imagen de la noche polar.

¿Por qué no llegas, fábula insomne?


Un día sea

 

Si solamente reposaran tus quejas a la orilla de mi país,
¿Hasta dónde podría llegar yo, hasta dónde
    podría?
Humanos, mi sangre es culpable.
Mi sangre no canta como una cabellera de laúd.
Ruedo a un pórtico de niebla estival.
Grito en un mundo sin agua ni sentido.
Un día sea. Un día finalizará este sueño.
Yo me levanto.
Yo te buscaré, claridad simple.
Yo fui prisionero en una celda
    de abúlicos mercaderes.

Me veo en constante fuga.
Me escapo a mí mismo
Y desciendo a mis oquedales de pavor.
Me despojo de imágenes falsas.
No escucharé.
Al nivel de la noche, mi sangre
    es una estrella
    que desvía de ruta.

He aquí el llamamiento. He aquí la voz.
Un mundo anterior, un mundo alzado sobre la dicha futura
Flota en la libre voluntad de los navíos.

Leones, no hay leones.
Mujeres, no hay mujeres.

Aquí me perteneces, vértigo anonadante —en mis palmas
    arrodilladas.

Un diluvio de fósforo primitivo en las cabinas de la tierra
    insomne.

El busto de las orquídeas
    iluminando como una antorcha el tacto de la
    tempestad.

Yo soy lo que no soy: Un paso de fervor. Un paso.
Me separan de ti. Nos separan.
Yo me he traicionado, inocencia vertical.
Me busco inútilmente.
¿Quién soy yo?

La mano del sollozo con su insignia de tímida flauta
    excavará el yeso desafiante en mis calzadas
    sobre las esfinges y los recuerdos.






El cuerpo suicida

 

Rosa invisible rasgo puro
Venas subyugantes como lámparas de nieve
Y mi espejo en su lecho fratricida
Iba hacia ti
Desde la negra edad de mis orígenes
Iba hacia ti
Cuando la luna ondea en mis sienes desatadas
Caías de rodillas con un racimo de frutas.

Los perversos ojos del cielo recubren tu llama
La espiga vigilante adentro
En las zonas del silencio donde la luz no llega.

Yo veía un niño agonizando en los jardines
El que arrojaba uvas delirantes a las duras bahías
Y los cuerpos ahogados en la noche
Cuando arden cenizas en la magia de Dios.

Yo he visto alfombras proteger sus rebaños
    de ignorancia
Altares y arcos
Los senos, bases de fuego fascinante
El perfecto hábito del semen
Joya de abismo, taciturno enigma.

 



De Animal de costumbre
 
 

XII
 

Yo me identifico, a menudo, con otra persona que no me revela su nombre ni sus facciones. Entre dicha persona y yo, ambos extrañamente rencorosos, reina la beatitud y la crueldad. Nos amamos y nos degollamos. Somos dolientes y pequeños. En nuestros lechos hay una iguana, una rosa mustia (para los días de lluvia) y gatos sonámbulos que antaño pasaron sobre los tejados.

Nosotros, que no rebasamos las fronteras, nos quedamos en el umbral, en nuestras alcobas, siempre esperando un tiempo mejor.

El ojo perspicaz descubre en este semejante mi propia ignorancia, mi ausencia de rasgos frente a cualquier espejo.

Ahora camino, desnudo en el desierto. Camino en el desierto con las manos.



XIV

Mi madre me decía:

    Hay que rezar por el Ánima Sola
    Hay que rezarle a San Marcos de León.

Yo me quedaba confuso.
San Marcos de León era un guerrero
Que nos defendía en el cielo,
Con lanzas y escudos.

Y ella, mi madre,
Podía huir
Hacia esa gran isla de las alturas
Misteriosamente protegida.


XVI

Mi hermano Abel sacudía a los espantapájaros.
Mi madre charlaba en los largos vestíbulos,
Y paseaba en el aire
Un navío de plata.

A su alrededor
Y más allá de los balcones,
Había un extenso círculo
Con hermosos caballos.

Yo quiero que Juan trasponga sus límites, y juegue como los otros niños —dice mi madre; y con mi hermano salgo a la calle; voy a París en velocípedo y a París en la cola de un papagayo, y no provoco ningún incendio, y me siento lleno de vida.

Libre alguna vez de mi tristeza.
Libre de este sordo caracol.


XVIII

Mi animal de costumbre me observa y me vigila.
Mueve su larga cola. Viene hasta mí
A una hora imprecisa.

Me devora todos los días, a cada segundo.

Cuando voy a la oficina, me pregunta:
    “¿Por qué trabajas
    Justamente
    Aquí?”

Y yo le respondo, muy bajo, casi al oído:
    Por nada, por nada.
Y como soy supersticioso, toco madera
De repente,
Para que desaparezca.

Estoy ilógicamente desamparado:
De las rodillas para arriba
A lo largo de esta primavera que se inicia
Mi animal de costumbre me roba el sol
Y la claridad fugaz de los transeúntes.

Yo nunca he sido fiel a la luna ni a la lluvia ni a los
    guijarros de la playa.

Mi animal de costumbre me toma por las muñecas, me
    seca las lágrimas.

A una hora imprecisa
Baja del cielo.

A una hora imprecisa
Sorbe el humo de mi pobre sopa.
A una hora imprecisa
En que expío mi sed
Pasa con jarras de vino.

A una hora imprecisa
Me matará, recogerá mis huesos
Y ya mis huesos metidos en un gran saco, hará de mí
Un pequeño barco,
Una diminuta burbuja sobre la playa.

Entonces sí
Seré fiel
A la luna
La lluvia
El sol
Y los guijarros de la playa.

Entonces,
Persistirá un extraño rumor
En torno al árbol y la víctima;

Persistirá...

Barriendo para siempre
Las rosas,
Las hojas dúctiles
Y el viento.


XIX

a mi aya

 

Es inútil la queja
Mejor sería hablar de esta región tan pintoresca;
Debo servirme de mí
Como si tuviera revelaciones que comunicar.

Es inútil la queja
Querida Felipa,
Pero
En este hotel donde ahora vivo
No hay siquiera un loro menudito.

El sol golpea en los muros, pero
Adentro
No se encienden tulipanes,

No se enciende nunca una lámpara.



De Filiación oscura
 


 

XIV
 

A caza de un hilo fijo para sostener la tiniebla.

A causa de mi guardián bajo llave que suscita el libre
    albedrío.

Al margen de mi imagen.

Al margen de vuestros soles.

En la queja comunicable a tientas de no ser lastimados.

Al acecho de no ser en trunco día la perdida
    revelación.

En el amor irreductible a mi puño, el amor con
    aureola de perfil y sibilino en mi sien,

En la siesta de la serpiente y el locuaz,

La gran araña del viento en mi pecho, la helada flor
    en mis umbrales.


Filiación oscura

 

No es el acto secular de extraer candela frotando una
    piedra.
               No.
Para comenzar una historia verídica es necesario atraer
    en sucesiva ordenación de ideas las ánimas, el
    purgatorio y el infierno.

Después, el anhelo humano corre el señalado albur.
Después, uno sabe lo que ha de venir o lo ignora.

Después, si la historia es triste acaece la nostalgia.
    Hablamos del cine mudo.

No hay antes ni después; ni acto secular ni historia
    verídica.

Una piedra con un nombre o ninguno. Eso es todo.

Uno sabe lo que sigue. Si finge es sereno. Si duda,
    caviloso.

En la mayoría de los casos, uno no sabe nada.

Hay vivos que deletrean, hay vivos que hablan tuteándose
    y hay muertos que nos tutean,
    pero uno no sabe nada.

En la mayoría de los casos, uno no sabe nada.


Persistencia

 

A Ella (y en realidad sin ningún límite). Con holgura y
    placer.

A Ella, la víbora y la abeja: La desnudez preciosa.

A Ella, mi transparencia, mi incoherente arrullo, el rumor
    que sube en las raíces de mi lengua.

A Ella, cuando regreso de las inmensas naves que hay
    en el cuerpo huraño con un sol inmóvil.

A Ella, mi ritual de beber en su seno porque quiero
    comenzar algo, en alguna dirección.

A Ella, que abre el sobre de mis amuletos.

A Ella, que en la balanza anónima de la memoria y en las
    horas finales prolonga mi presencia real y mi presencia
    ilusoria sobre la tierra.

A Ella, que con una frase insomne divaga en el umbral
    de mis lámparas.

A Ella, a causa de un vocablo que me falta y a la vez
    usufructo de un breve viaje que podría revelarme.

—Duerme, pero la obra humana es el instante; al dormir
    se cierra con furor la gran jaula.

—Despierta, pero esboza en las márgenes de tus cejas el
    oro próximo del sueño.

—Revuélcate en esa parálisis fuera del yo de los ciegos
    viajeros.

¡Adónde mi ninguna faz con años!

A Ella, los abismos que hay de mi amor a mi muerte
    cuando caiga a plomo sobre la tierra y en lugar
    de señales desaparezca el sitio de mi ánima sola.



De Lo huidizo y permanente
 

I
IV
XI




I
 

Lo que no me tiene en cuenta
Lo huidizo y permanente
Se juntan dos cuerpos y el alba es el leopardo.
Mi quebranto
Salta a la faz del juglar;
Si entras o sales
Turba el eco
Una aureola densa;
Si piensas,
Llama en diversas direcciones la tempestad;
Si miras,
Tiembla el fósforo;
Si vivo,
Vivo en la memoria.
Mis piernas desembocan en el callejón sin luz.
Hablo al que fui, ya en mi
    regreso.
Sólo me toco al través
    con el revés
    del ramaje de fuego.
Por ti, mi ausente
Oigo el mar a cinco
    pasos de mi corazón,
Y la carne es mi corazón
    a quien roza mi antaño.
Si entras o sales,
Vuelve al amor la confidencia del amor.
Dime
Si quiebro con los años
    un arcoíris;
Dime
Si la edad madura es fruto vano;
La mujer agita un saco en el aire enrarecido
Baja a la arena y corre en el océano;
Al amanecer,
Por ti,
    mi ausente,
La crisálida en forma de rosa
Una rosa de agua pura es la tiniebla.


IV

En el lecho se cierra el mundo. O se abre. O se atisba con
las chimeneas azules y las ventanas. Oh astros muertos
que veo erguidos, besos en los pasillos y en los vagones,
sombras que escucho. Esto que mira el sol y se prolonga
en el río es la bocina del viento. La noche intacta del sexo
es una víbora en el cuello. Al derramarse esa agua primera
nos acepta el tiempo, un instante. Palpo sin medida tu
cicatriz. Húndete en un abrazo conmigo, aunque te
reclame otro lugar. Estoy por una razón misteriosa con la
evidencia de tu carne, mientras sin comienzo ni fin doy
vueltas en el gran zumbido.





XI

Si vuelvo a la mujer, y comienzo por el pezón que me trae
    desde su valle profundo, y recupero así mi hogar en el
    blanco desierto y en la fuente mágica.
Si alzando los brazos, corto la luna.
Si pregunto: ¿y nuestro amor?
Si ella y yo nos encontramos muy ufanos.

Si la mujer sensible se inclina de nuevo a la tierra, Estrella
    cálida, azul y azur.

Si se detiene bajo la lluvia, inmóvil, más inmóvil que todos
    los siglos reunidos en una cáscara vacía.

     Si en la grey estamos de paso y vamos aprisa. Si la
     vida teje la trama ilusoria. Si es difícil en las
     condiciones en que trabajo, ser la compañía de nadie.

Sin fingir y sin apoyo en las varillas mágicas de la loba,
    no olvidas comenzar por el pezón.

Si con el mismo ojo del precioso líquido que es la tarea
    de las nubes.

Si son desenvueltas mis maneras me pesa el habla.
Si no nos pillan.
Si salgo en lugar de los pensamientos.
Si borro el brote difuso en mi desvelo.
Si hace frío, si la mañana es clara.
Si vuelvo a ti, si muero, si renazco en ti.

Sí, en el interior; es mi promesa. Si esta irisada raya,
    relámpago súbito, oh Solo de sed.


De Rasgos comunes
 
 


Si como es la sentencia
 

Los juiciosos, bien mojados desde su cuna con la punta
    necesaria
de la sabiduría
bien mecidos desde ahí
          con apetitos
que no son fatales
jamás,
         ponen ni dichosos
ni trágicos
          las varas de la ley, y fijan límites imperiosos,
y en la picota nuestra jerga boba muy ribeteada
con flores y pajarillos.

Si de una parte,
como es la sentencia,
el mortal amado por los dioses
muere pronto,
           aquella plaga
           por el contrario
sobrevive a todos los inviernos.

No te vayas a atribular,
tú,
          que no tienes
planes hechos para el futuro
y que empujas el musgo
           de los días
con tu trauma y
tu hierro marcado al rojo vivo en la nuca.


Hora entre las horas

 

Hora entre las horas frente al texto inmóvil
o las pupilas de Valparaíso

lindo tren contento de echar humo que iba a La Guaira
como el talismán vengador

tu mano en el primer peldaño
corre un ave ígnea a horcajadas de ti en la palabra
grande o pueril
la luciérnaga adentro o afuera
de tu enigmática maleza oscura

          bien

atemos
frases
fragmentos
nociones
uno y otro equívoco e hipótesis habituales
ensayemos         máscaras         estilos
gestos diversos

dale y dale a tu campana en la inmensa tarde

van a cebar y degollar tu sombra un día de sol

y que emerja la cavidad
el alba

aguardemos aquella imprevisible ofrenda

debemos parar esta broma en seco
¿me oyes?

debemos excavar el túnel por un mínimo
desliz de tierra

debemos dormir por la boca del túnel
que sube y baja

no te vayas por las ramas proseguía mi sombra gacha

quién sabe
y qué podemos saber nosotros

grande o pueril azoro
nuestro atribulado silencio.

 


No te empecines

 

No te empecines: fija a tu relámpago el oro extremo de
    sílabas.

No mientas: tu valle profundo es la casa hechizada.

No ilumines nunca lo vacío. No expreses horror.

No tiembles por esa lágrima de plomo
    (de lo que no vuelve nunca o no hallas nunca).

La memoria olfatea a tu reina vestida de gala.

Consta de unas cincuenta plumas el gavilán. Cincuenta.

Sin embargo

No devorarás más tiza en Trinidad o Maturín.

No estimules el grito haciendo equilibrio entre el bien
    y el mal.

El ligero crepúsculo no es cordero de pascua.

El desgarrón del otoño es tan poco simple como la
    tempestad.

Tu asombro es eficaz como el tacto de un ciego.
¡Sopla nieve loca entre los pinos! ¡Jadeante pomposa
    desconocida vastedad azul!

¡Sopla por la nariz el día y el plato por la sombra del
    arcángel donde brinca la nada!

El ave resbala por intermitencias en una mesa con huesos
    de pájaro.

El ave que se transforma en espíritu.

La noche es una piedra alta
    colocada sobre las estrellas del cielo.

Más próximas sus manos
    más cercana      toda mía

más cerca el amor   más cerca y salvaje que gime tu mirada.

Espera     no te empecines     empínate talante propio.



De Por cual causa o nostalgia
 
 


VII

La nieve se ha abierto camino
ha apurado el desenlace
para que nos halláramos a gusto
y encandilarnos

trabajamos cuántas jornadas enteras
sobre el lomo
de grandes animales
y llegó
en la tarde incierta
el hombrecillo de encorvado otoño
la dama gruñona de rara pelambre

con bifurcaciones
pasos atrás
repliegues
escaramuzas

secundando nuestros actos

áurea
nítida

dando vueltas en la trastienda del corazón
aquí está.





XII

Quien habla
                   sueña
quien dice
                no
                      es un muchacho con cuchillos

quien da en el blanco
                                 es por angustia

quien se rectifica
                                 es porque va
                                                      a nacer

quien dice
                 sí
                     es una muchacha de las Antillas

el que despierta
                                 tiene claras orejas
                                 y otro burro nativo

soy yo

el que va por la carretera de Sintra
                                                 cada vez más cerca
lo probable o real
                             desde aquí
                                              hasta aquí
buscándome
                                 entre el ir y venir





XIV

En medio se encuentran

                                     a ojos vistas

a más no poder

                          en línea recta

ladean tu cuello

                          mascullan dentro de ti

mueven tu casa

                          se empinan

estas lágrimas

                          —fieles gavilanes.





XX

Las flautas       los Alpes de
rebaños dorados.      Cuando fui adulto.

Cuando fui niño: Quizás, española, en el tren de
Madrid a París.

Marinera, pescadora,
te perdí en mi ceguedad.

Yo que quería hacerme duro, casi un
mongol.





XXI

Si fuera por mí
al cumplir mi ciclo y mi
plazo
habría de estar solo
calmo

despiertas habrían de estar
la mañana y la alborada
                                        Pues
al pasar
al transcurrir yo
muerto
moverán la luz
—hoja y árbol
                    Y habrá gorrioncitos de pie
en los cables
—quejas      alegrías     chimeneas    e incendios

—el tigre lamerá su pómulo cubierto de
relámpagos

los países inquietos también habrán de quedarse calmos

luego de muchos sueños   dios de los sueños
muerto o vivo mi ciempiés nocturno
la plena selva ha de rodearme con grandes nubes y destellos

una tarde mía en el olvido      en mi día aún por segar.


De Aire sobre el aire
 
 


I

Un caballo redondo entra a
mi casa luego de dar muchas vueltas
en la pradera

un caballo pardote y borracho con
muchas manchas en la sombra
y con qué vozarrón, Dios mío.

Yo le dije: no vas a lamer mi mano,
estrella errante de las ánimas.

Y esto bastó. No lo vi más. Él
se había ido. Porque al
caballo no se le pueden nombrar
las ánimas ni siquiera lo que dura
un breve, vertiginoso relámpago.





II

Yo voy a cerrar con una piedra
tus arcanos y colibríes y a ponerlos en la misma
                                                                 puerta

yo los voy a cerrar con una piedra
porque están presentes esta noche y hacen
                                                              ruido
porque también duermen en algún regazo de
mis tardes y ponientes

porque también soñaron y actuaron en el nombre de
todos nosotros
los años que se agrupan y caracolean, y los días que
están presentes esta noche, y hacen ruido y jamás
permanecen inmóviles.





III

César Moro, hermoso y humillado
tocando un arpa en las afueras de Lima
me dijo: entra a mi casa, poeta
pide siempre aire, cielo claro
porque hay que morir algún día, está entendido
hay que nacer, y estás ya muerto
el suelo se quedará aquí siempre, ancho y mudo
pero morir de la misma familia es haber nacido.





VI

Ezra Pound quizás tenga un taller literario en el más
allá o sonría frecuentemente por la inmensa ternura
de Gerard de Nerval. Ha de expresar el americano
universal cuando mire a las nubes: “estos perros
lanudos son nuestros”. Pero entonces verán los ángeles
su corazón marino y de almendra. Y atisbarán en lo
oscuro, más abajo, como surgiendo de la tierra,
estallando en el aire, un abanico fino de resplandor.
La boca de Ezra Pound probará otra vez aquel fruto
dulce (la mora), aquel pedazo mordido con las mujeres
que amó; y abrirá sacos que contienen avena, pasto,
mucha avena, mucho pasto y mañanas sin fin para
mantenernos alimentados y despiertos a todos nosotros.





VII

a Malena

 

Yo no soy hombre ni mujer
yo sólo tengo resplandor propio
cuando no pierdo el curso del río
cuando no pierdo su verdadero sol
y puedo alejarme libre, girar, bogar,
navegar dentro de lo absoluto y el
mar blanco

entonces sí soy
el hombre rojo lleno de sangre

y sí soy la mujer: una flor límpida, un
lirio grande

y también soy el alma

y clarean los valles hondos
en nuestro mudo abrazo eterno,
amor frío

—y qué más
qué más por ahora
piragua azul
piragüita.


XII

a Álvaro Mutis

Ápice y cima
a ras de nuestro fin primero

procúranos refugio

y que nutridos por la piel del otoño
se vayan entibiando nuestras casas y animales

y que no haya sino diafanidad
de parte nuestra respecto al hombre o la mujer

ora pro nobis ave de buen augurio, ora
pro nobis en tu niebla finísima y fija

ruega por nosotros
mientras llegan las tardes sin color
y abundan los inviernos.


 

Posfacio

                                        Ese alternar del pensamiento obsesivo
                                        negativo con el recuerdo obsesivo
                                        placentero es el tormento de la lucidez
                                        irrevocable.

  César Moro

1


El hallazgo del poema se realiza en forma similar al hallazgo de la vida: quien aspira a merecerlo ha de hacerse vulnerable y, después, hacer voz de esa vulnerabilidad. Sin embargo, existe un empeño, recurrentemente malsano, en separar vida y poesía. Como si la voz del sujeto se escindiera de la vivencia del sujeto. En el caso de Juan Sánchez Peláez, se trata de una obstinada tentativa —como bien lo ha dicho Julio Ortega— de vivir en la poesía. Y esto nos permite señalar la falta de devoción —la inanidad— de gran parte de la poesía que se escribe en este tiempo latinoamericano que nos ha tocado vivir. Me parece que existe una falta aterradora de entrega —de riesgo creador— en lo que se escribe. Creo que toda experiencia poética verdadera guarda y preserva un temblor religioso. El poema se vuelve emblema de nuestra menesterosidad, de nuestra carencia. No me es dable concebir la poesía sino como una apuesta —en el sentido pascaliano del término—. El poeta es aquel sujeto capaz de encarnar aquella experiencia que María Zambrano pensaba que nuestra época era incapaz de realizar: el sacrificio. La poesía es una experiencia sacrificial. Como lo intuyó penetrantemente Cintio Vitier, la poesía es, si de veras se la afronta, carnal y literalmente, una cruz. Así en Juan Sánchez Peláez.


2

La obra de Juan Sánchez Peláez es una de las instancias fundacionales de la poesía venezolana. Esta condición fundacional, siendo evidente, no ha sido revisada y explorada con suficiente detenimiento. Es decir, esta obra reclama una lectura desde adentro —como la han hecho Guillermo Sucre, Julio Ortega, Raúl Gustavo Aguirre, Adriano González León, Alberto Márquez y Luis Enrique Pérez Oramas— y no desde los estereotipos que se han forjado en torno a ella. Y digo esto porque creo que Juan Sánchez Peláez es el permanente adelantado de la nueva poesía venezolana: como siempre nos excede, inevitablemente, siempre nos interpela. Es el poeta venezolano que ha tenido mayor capacidad para traspasar o trascender las fronteras de las convenciones, de lo establecido. Fuera de la lógica de lo establecido —aun de aquello que se toma convencionalmente por poético—, su voz ha sido una reacción original, originaria y originante frente a nuestro mundo. Todavía bajo la conmoción que nos sacude ante ella, no sabemos cómo orientar la experiencia de su lectura. ¿Hallazgo de una dimensión verbal inédita, proeza de la imaginación, encuentro con una sensibilidad desusada? Creo, en síntesis, que se trata de la tentativa más valerosa de la poesía venezolana.


3

Sí, la voz de Juan Sánchez Peláez es demandante —una alta exigencia del cuerpo y del espíritu— y el diálogo a que nos induce es altamente complejo. Pocas veces se ha realizado una afirmación del acto poético desde tal grado de radicalismo. Como lo ha dicho Julio Ortega de José María Eguren, en el caso peruano, aquí el acto de fundación es un acto de desarraigo. Se trata en el caso de Juan Sánchez Peláez de edificar un margen: la persuasión poética —aquella que se articula desde un margen— es aquella que es capaz de enunciar la vulnerable intimidad de un sujeto. Lo que implica un permanente forcejeo entre la palabra y el silencio. Es por ello que esta voz constituye el signo más heterodoxo de la poesía venezolana. Juan Sánchez Peláez digo, quiero decir, le dio a la poesía venezolana una dignidad desconocida. Es por eso que el legado que de su voz hemos recibido es un legado siempre inquietante. Hablar de su poesía —dialogar con ella— significa hacerlo con dificultad. La dificultad que proviene de hablar de alguien que se ha sostenido en la poesía como una forma de exploración interior. De alguien que ha buscado —y conseguido— aquello que perseguía Lao Tse: “la forma de lo que no tiene forma”.


4

Juan Sánchez Peláez optó —opta— por una dimensión conflictiva de la escritura. Es por eso que remitirlo a la historia literaria, como en su ya (por archirrepetida) fatigada, fatigosa y fatigante adscripción al surrealismo, me parece una forma de no leerla. La permanente repetición de estos estereotipos prueba la falta de un verdadero diálogo ensayístico entre nosotros. Lo que ocurre en su obra es, más bien, una exploración y una ampliación de la práctica surrealista. La conexión con el surrealismo significó para el poeta una experiencia liberadora: le permitió la posibilidad de decirse a sí mismo. Y digo esto porque —y me repito— una parte considerable de lo que se ha escrito sobre el poeta ha simplificado su relación con el surrealismo. Dicha relación nunca ha sido una impostura literaria. Sánchez Peláez, por el contrario, asimiló personalmente la capacidad transgresiva de la práctica surrealista para darle un impulso mayor a su íntima inspiración. Porque la poesía es para él esa aspiración siempre inalcanzable —y en esto es enteramente fiel al surrealismo— de morar en aquel sitio donde Ernst Bloch decía que ningún hombre había estado: una patria.


5

Una obra que cuestiona nuestros hábitos —demasiado cómodos— de lectura cada vez que entramos en contacto con ella. De pronto, merodean por ella zonas poco evidentes donde enfrentamos el reto de la ilegibilidad. Por eso, también Juan Sánchez Peláez sigue vivo en la página: cada nueva lectura abre nuevas interrogantes. Como bien lo señala Roberto Paoli, la oscuridad de un poeta puede ser altamente expresiva en sí misma. Y es que la hechura del poema se da en Sánchez Peláez desde un alto grado de indeterminación. Él sabe —como René Char— que la poesía es la soledad noble por excelencia y que la noción que mejor la expresa es el conflicto. El poema es —como quería Celan— su posibilidad de crearse realidad, diálogo inacabado con el misterio en el que venimos a estar atentos, a nutrirnos y a callar. Juan Sánchez Peláez es de aquellos que rehusando a complacerse en el logro o el hallazgo que ha representado cada uno de sus libros, viven el poema como difícil exigencia. No se ha contentado con el disfrute de un asombroso poder imaginativo, de una extraordinaria sensualidad verbal, sino que sabe —como Max Jacob— que el poeta debe estar en lucha constante contra sus dones. Porque el poema en Sánchez Peláez —lo decimos de la misma forma en que Maurice Blanchot lo señalaba de René Char— es división, contrariedad, tormento. Suenan como animales de oro las palabras, sí, pero pagando el precio de aceptar el verbo que conduce al silencio. De allí la excepcionalidad y la audacia de esta experiencia poética.


6

Se trataría —en la experiencia de lectura— de un acto de apropiación de lo que responde mejor por nosotros. Yo leo —y me repito desde otro lugar— en la página de este maestro un emblema de la intimidad ¿venezolana?, puesta a prueba y dispuesta a dar prueba de su capacidad de resistencia. Es por eso que la poesía —en este tiempo latinoamericano donde todo hace crisis— debe definir constantemente el diálogo que es capaz de propiciar. En este sentido, Juan Sánchez Peláez no ha hecho concesiones de ningún tipo. En esta poesía, como lo ha escrito Saúl Yurkievich sobre César Vallejo, el mensaje remite consustancialmente al mensajero. Es por eso que ha podido nombrar con tanta veracidad su desamparo íntimo, su arrebato vital, su pobreza irradiante. Ha sido un poeta capaz de alcanzar aquello que Debussy pedía para la música: tocar la carne de la emoción desnuda. Más allá de su rigurosa lección poética —creo que Sánchez Peláez está dotado del eros verbal más singular de la poesía venezolana— queda esta generosa ofrenda de belleza. Queda esta apuesta —sin condiciones— por lo humano paradigmático. Lo que hallo en Juan Sánchez Peláez es el atisbo de una dimensión donde todo sigue siendo todavía posible. En esta fulgurante definición de René Char encuentro uno de los significados más hondos que podría tener esta poesía: “Lo que viene al mundo a no perturbar nada, no merece ni consideración, ni miramientos, ni paciencia”.

 

Gonzalo Ramírez Quintero