Nota introductoria

Finalmente Monte Ávila Editores publicó una nueva edición de la obra completa de Juan Sánchez Peláez (Poesía, 1951-1988) cuidada y sin erratas. Acaba de lanzar también un tomo que compila ensayos y notas sobre este poeta primerísimo (Juan Sánchez Peláez ante la crítica, preparado por José Ramos). Aunque no hay un lector serio de poesía escrita en español que ignore el trabajo de Sánchez Peláez (1922),* confío que estas ediciones difundan la alta calidad ceremonial de una poesía hecha al diálogo a solas, que todavía aguarda ser mejor compartida.

Para muchos de nosotros la Antología de poesía viva latinoamericana, que en 1966 compiló el poeta argentino Aldo Pellegrini, inició una relación personal con la actual poesía venezolana, porque allí nos encontramos con Sánchez Peláez, Rafael Cadenas, Francisco Pérez Perdomo, Ramón Palomares y Juan Calzadilla. Este conjunto de poetas se nos impuso de inmediato no sólo por su brillo maduro sino por el hilo de habla propia con que retramaban un escenario suficiente, con autoridad y persuasión: añadiendo, de paso, una suerte de temperatura anímica distintiva, una emotividad desasosegada y cierta. En la poesía de Juan Sánchez Peláez, además, había una pista intrigante hacia una ruta que se probaría sin retorno, la de su apuesta radical: sostener el mundo en un puñado de palabras antes que se pierda sin remedio. Esos poemas parecían decir menos y decirlo de modo incierto. Pronto sabríamos que este poeta nada propone ni demanda, todo lo da por escrito y sobredicho; y, por lo mismo, inicia otra entonación, más íntima, de un canto murmurado, entredicho, encantado e imantado por un silabeo de conjuro.

En la primavera de 1969, en el Iowa International Writers encontré a Juan. Coincidía él ese semestre con Néstor Sánchez, Carlos Germán Belli, Fernando del Paso, Luisa Valenzuela y Nicolás Suescún. Todavía recuerdo los oscuros pasillos del Mayflower, el edificio de los escritores becados, que me parecieron los corredores de un hospicio donde, de puerta en puerta, el traqueteo de las máquinas confirmaba que había escritores que, en efecto, escribían, como bromeaba Valéry a propósito de Léautaud. Se decía que la beca de un año fue reducida a medio luego de que un poeta chileno se suicidó al no poder resistir la soledad. Néstor Sánchez se compró un auto para romper el encierro nevado, pero el pueblo era de cuatro calles y un solo bar; y una noche la policía lo detuvo, le hicieron un dosaje, y por un grado de más fue llevado a la cárcel. Sufrió una crisis tan elocuente que le conmutaron el plazo de la beca y lo dejaron irse. Pero ese día de mi visita, la pausa reflexiva de Juan Sánchez Peláez me conmovió como la mejor medida de esa suma de desamparos. Después, creí entender que Juan encarnaba, reluctantemente, ya no el exilio, que abunda en coordenadas y sabe su nombre, sino la errancia, que es un desencuentro permanente, y cuyo lenguaje está hecho de la duda y la zozobra. Juan parecía provenir de ninguna parte y estar partiendo a parte alguna. Tenía, eso sí, la virtud mayor de convertir las deshoras y destiempos en espacios de intimidad gozosa. Como los grandes poetas, hacía su fogata en la intemperie.

Yo estaba entonces en Pittsburgh, y pasaron por mí, en el enorme automóvil de narrador que conducía Fernando del Paso, Juan, Néstor, Belli y Suescún, rumbo a Nueva York. Allí Juan se iba reanimando hasta revelarse tan cosmopolita y urbano que terminaba renunciando a la ciudad: le bastaban unos rincones familiares y propicios a la charla. Juan siempre tuvo el don de la amistad, virtud de los solitarios; y el gusto certero, aunque nunca fue sarcástico sino, todo lo contrario, capaz de una tierna inteligencia, virtud de los más apasionados. A poco de ese viaje, conoció a Malena Coelho, a quien todos le debemos los mejores años de Juan. Los vi en el 71, en New Haven. Juan emergía de su largo trato con la melancolía y hasta planeaba volver, con Malena, a casa.

No los reencontré hasta el 90, en Caracas, pero con Juan los tiempos no suman distancias porque él cultiva una suerte de presente dilatado, más joven en su propio destiempo. Lo he visto derivar en la charla entre disputas recuperadas, amistades interrumpidas, estrofas memorables, con la misma pasión y desapego con que discute la correspondencia de Artaud, la curiosidad de Peret, la alquimia de Reverdy, las lecciones de Breton. Hace un año o dos, en otra visita, pasamos los días discutiendo las versiones posibles de una imagen de Mark Strand. No llegamos, claro, a ninguna conclusión, pero Juan me llamó a Providence, una noche, para confiarme la suya. La aprobé con entusiasmo, y me gustaría recordarla. Esta charla dilatada con Juan, tarde en su jardín, bajo el croar de las ranas de la república de las letras, está hecha a favor del insomnio, esa memoria creciente.

Siempre me ha parecido que Juan es una suerte de Rimbaud que se quedó en casa. No porque no haya viajado, tampoco porque sea un ermitaño. Más bien, porque no tuvo que irse al África, es decir, no vivió el dilema de “cambiar la vida”, que se le dio ya cambiada, de antemano, en el poema. A veces parecería que en lugar del espacio solar de Rimbaud, Sánchez Peláez hizo su aprendizaje en la luz lunar de Lautréamont. Ya en su primer gran poema, hecho en el milagro feliz de la escritura automática, el “Animal de costumbre”, figura el carácter de profunda extrañeza del sujeto en el mundo, y del mundo en el lenguaje que lo cifra. La ductilidad del poema en prosa, la calidez lírica, lo emparentan después a Pierre Reverdy, el poeta de la imagen viva enigmática. Pero su poesía habla por sí misma, desde sus ciclos de cala profunda y sensibilidad inmediata, por su intimidad vivencial y con una palabra recobrada a orillas de la tempestad entrevista.

Austero, y hasta lacónico con su propio trabajo, Sánchez Peláez es de los pocos poetas mayores que ha dejado toda la palabra al poema mismo. No lo acompaña un discurso paralelo, ni una biografía cultural heroica, ni un programa de redención regional. Todo lo contrario, ha preferido el contradiscurso del silencio: la biografía sin fechas del sujeto antiheroico; y el escepticismo irónico ante las empresas fundamentalistas. Está libre en la poesía porque no ha comprometido su palabra con los poderes al uso, pero tampoco en su mera refutación. Y aunque a veces más que solo se siente abandonado, es un ejemplo de integridad callada. Le ha dedicado a la poesía no solamente la juventud como Rimbaud, y la vejez como Pound, sino una vida liberada de la edad.

Y, sin embargo, todavía lo asalta la vehemencia surrealista de hacer algo. En su diálogo periódico con Artaud, Michaux, Breton, sus viejas convicciones surrealistas no ignoran la crítica del mundo tal cual y la fe en la creatividad libre. Pero a la hora del balance le son más decisivos Eguren, Moro, Westphalen y Álvaro Mutis. Lo angustia la suerte de la cultura, el destino de los más jóvenes, la pérdida de los espacios no oficiales. Entre sus papeles, prosigue más despierto que nunca, revisando un nuevo libro, traduciendo a Mark Strand, reconociendo en Arp o Celan la promesa de un acorde verdadero.

No me ha sorprendido, por todo ello, el testimonio de Oswaldo Trejo: Juan, me dijo, era de joven exactamente como es hoy. Tenía los mismos hábitos, las mismas pasiones, y hasta parecidas distracciones. Oswaldo me cuenta que el día que el hombre llegó a la luna, Juan rehusó ver el acontecimiento por la televisión, entretenido en una lectura. Mallarmé le hubiera dado la razón. Por lo demás, ha desempeñado oficios de varia invención, como ser traductor en Maracaibo, profesor en Trinidad, agregado cultural en Colombia y España, y corresponsal viajero de Radio Nacional. De muchacho, estuvo en Chile, enviado a estudiar por su padre, a quien defraudó para siempre al optar por la poesía. Pasó varios años en París, en pobreza recóndita, y otros en Nueva York, traduciendo de oficio. Más insólito es que Juan sea un experto en armas de fuego. Parece que el padre era aficionado a las armas y le enseñó a disparar. Hay testigos que aseguran haber visto a Juan ejercer su puntería deportivamente. Rimbaud le habría dado, ardientemente, la razón. Sospecho, ahora, que Juan Sánchez Peláez no fue al África sino que se quedó con el arsenal de Rimbaud: con esas armas de contrabando, aventura y silencio.

 


Julio Ortega




* Juan Sánchez Peláez nació el 25 de septiembre de 1922 y falleció el 20 de noviembre de 2003. Esta nota introductoria acompañó la primera edición del Material de Lectura, publicada en 1995. (N. del E.)