De Filiación oscura
 


 

XIV
 

A caza de un hilo fijo para sostener la tiniebla.

A causa de mi guardián bajo llave que suscita el libre
    albedrío.

Al margen de mi imagen.

Al margen de vuestros soles.

En la queja comunicable a tientas de no ser lastimados.

Al acecho de no ser en trunco día la perdida
    revelación.

En el amor irreductible a mi puño, el amor con
    aureola de perfil y sibilino en mi sien,

En la siesta de la serpiente y el locuaz,

La gran araña del viento en mi pecho, la helada flor
    en mis umbrales.


Filiación oscura

 

No es el acto secular de extraer candela frotando una
    piedra.
               No.
Para comenzar una historia verídica es necesario atraer
    en sucesiva ordenación de ideas las ánimas, el
    purgatorio y el infierno.

Después, el anhelo humano corre el señalado albur.
Después, uno sabe lo que ha de venir o lo ignora.

Después, si la historia es triste acaece la nostalgia.
    Hablamos del cine mudo.

No hay antes ni después; ni acto secular ni historia
    verídica.

Una piedra con un nombre o ninguno. Eso es todo.

Uno sabe lo que sigue. Si finge es sereno. Si duda,
    caviloso.

En la mayoría de los casos, uno no sabe nada.

Hay vivos que deletrean, hay vivos que hablan tuteándose
    y hay muertos que nos tutean,
    pero uno no sabe nada.

En la mayoría de los casos, uno no sabe nada.


Persistencia

 

A Ella (y en realidad sin ningún límite). Con holgura y
    placer.

A Ella, la víbora y la abeja: La desnudez preciosa.

A Ella, mi transparencia, mi incoherente arrullo, el rumor
    que sube en las raíces de mi lengua.

A Ella, cuando regreso de las inmensas naves que hay
    en el cuerpo huraño con un sol inmóvil.

A Ella, mi ritual de beber en su seno porque quiero
    comenzar algo, en alguna dirección.

A Ella, que abre el sobre de mis amuletos.

A Ella, que en la balanza anónima de la memoria y en las
    horas finales prolonga mi presencia real y mi presencia
    ilusoria sobre la tierra.

A Ella, que con una frase insomne divaga en el umbral
    de mis lámparas.

A Ella, a causa de un vocablo que me falta y a la vez
    usufructo de un breve viaje que podría revelarme.

—Duerme, pero la obra humana es el instante; al dormir
    se cierra con furor la gran jaula.

—Despierta, pero esboza en las márgenes de tus cejas el
    oro próximo del sueño.

—Revuélcate en esa parálisis fuera del yo de los ciegos
    viajeros.

¡Adónde mi ninguna faz con años!

A Ella, los abismos que hay de mi amor a mi muerte
    cuando caiga a plomo sobre la tierra y en lugar
    de señales desaparezca el sitio de mi ánima sola.