De Aire sobre el aire
 
 


I

Un caballo redondo entra a
mi casa luego de dar muchas vueltas
en la pradera

un caballo pardote y borracho con
muchas manchas en la sombra
y con qué vozarrón, Dios mío.

Yo le dije: no vas a lamer mi mano,
estrella errante de las ánimas.

Y esto bastó. No lo vi más. Él
se había ido. Porque al
caballo no se le pueden nombrar
las ánimas ni siquiera lo que dura
un breve, vertiginoso relámpago.





II

Yo voy a cerrar con una piedra
tus arcanos y colibríes y a ponerlos en la misma
                                                                 puerta

yo los voy a cerrar con una piedra
porque están presentes esta noche y hacen
                                                              ruido
porque también duermen en algún regazo de
mis tardes y ponientes

porque también soñaron y actuaron en el nombre de
todos nosotros
los años que se agrupan y caracolean, y los días que
están presentes esta noche, y hacen ruido y jamás
permanecen inmóviles.





III

César Moro, hermoso y humillado
tocando un arpa en las afueras de Lima
me dijo: entra a mi casa, poeta
pide siempre aire, cielo claro
porque hay que morir algún día, está entendido
hay que nacer, y estás ya muerto
el suelo se quedará aquí siempre, ancho y mudo
pero morir de la misma familia es haber nacido.





VI

Ezra Pound quizás tenga un taller literario en el más
allá o sonría frecuentemente por la inmensa ternura
de Gerard de Nerval. Ha de expresar el americano
universal cuando mire a las nubes: “estos perros
lanudos son nuestros”. Pero entonces verán los ángeles
su corazón marino y de almendra. Y atisbarán en lo
oscuro, más abajo, como surgiendo de la tierra,
estallando en el aire, un abanico fino de resplandor.
La boca de Ezra Pound probará otra vez aquel fruto
dulce (la mora), aquel pedazo mordido con las mujeres
que amó; y abrirá sacos que contienen avena, pasto,
mucha avena, mucho pasto y mañanas sin fin para
mantenernos alimentados y despiertos a todos nosotros.





VII

a Malena

 

Yo no soy hombre ni mujer
yo sólo tengo resplandor propio
cuando no pierdo el curso del río
cuando no pierdo su verdadero sol
y puedo alejarme libre, girar, bogar,
navegar dentro de lo absoluto y el
mar blanco

entonces sí soy
el hombre rojo lleno de sangre

y sí soy la mujer: una flor límpida, un
lirio grande

y también soy el alma

y clarean los valles hondos
en nuestro mudo abrazo eterno,
amor frío

—y qué más
qué más por ahora
piragua azul
piragüita.


XII

a Álvaro Mutis

Ápice y cima
a ras de nuestro fin primero

procúranos refugio

y que nutridos por la piel del otoño
se vayan entibiando nuestras casas y animales

y que no haya sino diafanidad
de parte nuestra respecto al hombre o la mujer

ora pro nobis ave de buen augurio, ora
pro nobis en tu niebla finísima y fija

ruega por nosotros
mientras llegan las tardes sin color
y abundan los inviernos.