Material de Lectura

Philip Larkin



Selección, traducción y nota introductoria de
Pura López Colomé



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Nota introductoria

 

Uno de los poetas más notables de la Inglaterra del siglo XX, Philip Larkin (Yorkshire, 1922-Hull, 1985) fue hijo de una pareja aparentemente convencional, en el sentido más inglés de la palabra, pero bastante conspicua en cuanto a la mezcla de características que plasmaría en su único varón: una inteligencia poco común y un amor perpetuamente contenido. Según nos cuenta Andrew Motion en su espléndida biografía, Philip Larkin: A Writerʼs Life (Farrar, Straus, Giroux, Nueva York, 1993), Larkin sólo tuvo una hermana, diez años mayor, cuya venida al mundo, al igual que la suya propia, obedeció a una decisión paterna y a una supuestamente simple ejecución materna de aquellos “planes” más que deseos. La normalidad e incluso cierta tipicidad inglesa rigieron su infancia, de la cual brincó a Oxford, recluyéndose después en Hull, como bibliotecario supremo de la Universidad, a partir de 1955 y hasta el final de su vida. Conocido como “el ermitaño de Hull”, se dedicó siempre a la literatura. Sabía de este único compromiso existencial desde la adolescencia. Sus primeros libros, The North Ship e In the Grip of Light, se abrieron camino a la publicación sin mayor problema. Larkin, para entonces, se había convertido en un joven a todas luces burlón, irónico, que siempre optó por estas vías para proyectar su crítica inteligencia. Su ídolo, y el de la generación de los llamados “Angry Young Men” (Wain, Braine, Osborne, Sillitoe, Amis) a la que pertenecía, era D.H. Lawrence, respecto de quien Larkin sentía una peculiar identificación en cuanto a la necesidad de un cambio en la visión del mundo, en las costumbres sexuales, en la definición y distinción entre religión y religiosidad. Se sentía atraído, sobre todo, por la imagen del artista, tanto poeta como novelista, ya que él mismo deseaba dedicarse a ambos géneros, no ocultando, sin embargo, cierta predilección por la prosa (se imaginaba un novelista retirado en la Costa Azul, a la Robert Graves...). Sus dos novelas, Jill y A Girl in Winter, se publicaron más o menos rápido, el mismo año; claro está que él no opinaba lo mismo, proclamando a diestra y siniestra su necesidad de “éxito tangible”, destinado como estaba, según su criterio, a la fama inmediata. Al respecto, le escribió a Pringle, su editor en la casa Faber:


La escritura de novelas siempre ha sido mi ambición última y, si se me permite decirlo sin pomposidad, casi no hay un día en que no caiga en la cuenta de hasta qué grado es éste mi primordial placer, tarea y —casi— deuda.


Sin embargo, fue el rechazo de su siguiente poemario, The Less Deceived, lo que lo hizo instalarse, de ahí en adelante, en la poesía. ¿Acaso su orgullo lo impulsó y fue éste quien habló cuando el hombre dijo: “Yo no elegí a la poesía; ella me eligió a mí”? Da igual. Lo cierto es que tampoco abandonó la prosa del todo. Aparte de los magníficos ensayos literarios y en torno al jazz, las reseñas y el extenso diario —aún inédito—, se las ingenió para escribir “romances lésbicos” bajo el seudónimo de Brunette Coleman, ímpetu que no duró mucho pero que le ofreció una válvula perfecta para ironizar y satirizar a las mujeres. A nadie sorprende la fama de misógino irremediable de semejante solterón que, si bien tuvo sus amores, nunca se comprometió más que consigo mismo. Justamente por esto último, pienso que no era tanto un misógino como un misántropo incurable, en permanente tensión con el mundo: todo lo criticaba, pero desde su infantil tartamudez nunca superada y el tremendo aislamiento/soledad de su biblioteca; jugaba el papel de “recluso” como una cierta pose intrigante, al tiempo que profesaba al lector de esa obra solitaria una franca indiferencia; tenía una evidente relación iracunda y ambivalente con el mundo exterior; se sentía, alternadamente, un genio y un cretino. Muchos de sus críticos lo juzgan humilde y de gustos sencillos; yo creo, en cambio, que la humildad fue su secreta aspiración, si acaso (véase el poema “La podadora”); pero un orgullo y un egoísmo como los de Larkin no cultivaban precisamente estos terrenos. Era, sí, un hombre modesto, tomando en consideración su deslumbrante inteligencia y su gran cultura; un artífice formidable que, poco a poco, fue apartándose de las excelencias estilísticas, tonales y formales como valores supremos, para integrar a su poesía cambios que sólo ahora comenzamos a valorar.

Conocemos la totalidad de su producción poética desde hace relativamente poco. Anthony Thwaite publicó los Collected Poems (Farrar, Straus, Giroux, Nueva York) en 1988, acompañados de un comentario crítico selectivo, barnizado de una indudable lealtad amistosa. El volumen nos presenta la obra de Larkin a partir de los comienzos de su solidez y hasta la cima; y, como por añadidura investigatriz —que no por la búsqueda misma del Reino—, nos ofrece, al mero final, los poemas jóvenes, aclarando que habría sido una “equivocación” editarlos cronológicamente. Aquí me permito discrepar. La compilación cronológica, en este caso en particular, arrojaría luz sobre la verdad de un poeta cuyo tema más difundido y por el que se le conoce mejor (la cadena fracaso-frustración-muerte) se sopesaría de otra manera cuando, gracias a una lectura de este tipo, se lograra observar que no sólo es el poeta de la mortalidad (y no de la muerte), sino el absolutamente intrigado y fascinado por el amor y la vida en pareja. Bajo este ordenamiento, además, se vuelve evidente el paso por Yeats, Hardy, Auden, etcétera, hasta llegar, al fin, a Larkin, el Larkin que, al aproximarse al fondo y al tan temido ocaso físico, deseaba que Yeats hubiera estado en lo cierto, es decir, que la unión con el Infinito fuera posible:

 

Más que palabras, vienen a mi mente grandes
ventanales
En lo alto: un cristal que abarca el sol,
Y más allá, el profundísimo aire azul, que nada
Muestra y no está en ninguna parte y es interminable.

 


Igual de inevitable resulta, de este modo, percibir el paso del ojo del poeta, siempre o tan frecuentemente tras una ventana (véanse dos de los poemas principales, “Ventanales en lo alto” y “Las bodas de mayo”), descubriendo y describiendo el mundo según su evangelio, al poeta que hace surgir, entre vulgaridades por demás mundanas, “a la flor de mil pétalos que se llama Estar aquí”, experimentando en carne propia lo que significa, incluso, quitar la vida.

Al leer esta poesía en su secuencia natural, con la inexorabilidad del paso del tiempo entre sus líneas, se aprecia el cambio de un interior que expresa sentimientos intangibles allá afuera, a un exterior que manifiesta sentimientos tangibles allá adentro.

¿Habrá Larkin comprobado secretamente, al final de su vida, que aquel destino entrevisto en su juventud se estaba cumpliendo con asombrosa puntualidad? Murió a la misma edad de su padre y de lo mismo —cosa que a los quince años, macabramente había predicho—, mientras el ser poético lograba pasar de la inevitabilidad del día con día humano, al término del viaje en “Las bodas de mayo”; he aquí ese fragmento, acaso capaz de responder a la pregunta:

 

...y su significado se erguía
Listo para que lo soltaran con toda la fuerza
Que el cambio es capaz de dar. Bajamos la velocidad
de nuevo,
Y conforme los apretados frenos agarraban; se iba
hinchando
Una suerte de caída, un rocío de flechas
Fuera del alcance de la vista,
Que en alguna parte se haría lluvia.

 

 

Pura López Colomé

 


 

Observación

 

Sólo en los libros ocurre lo simple y sencillo,
Sólo en los sueños nos encontramos y entrelazamos,
La mano impermeable al sacudimiento nervioso,
El futuro, a prueba de nuestro vano suspenso;

Pero como avanzamos por el borde de la marea
Del pasado que viene, y como respiramos aire,
Habrá que recordar que nuestra forma es la muerte
Cuando la máscara y el rostro se desprendan uno de otro.

Risa en busca de algún rango, emboscada de lágrimas,
Práctica de ametralladoras en los deseos del corazón,
Todas hablan del gobierno de los temores condecorados.

Viento, agita las ramas de su madera torcida,
Donde hay tantas cosas que adornan pero nada bueno,
Y nada hay que apague el fuego de la pobreza humana.

 

Oxford University Labour Club Bulletin
22 de noviembre de 1941

 


 

El barco del norte

 


Leyenda

Canciones

70 N

75 N

Sobre los 80 N

 

 

 



Leyenda

 

Vi pasar tres barcos viento en popa.
Sobre el mar, levantando el agua,
Y el viento se alzó en el cielo matutino,
Y uno de ellos iba equipado para una larga travesía.

El primer barco avanzó rumbo al oeste,
Sobre el mar, mar apresurado.
Y lo poseyó el viento y lo condujo
Hasta las costas de un país muy poderoso.

El segundo avanzó con rumbo al este,
Sobre el mar, mar tembloroso,
Y el viento lo acorraló como a una bestia
Para anclarlo en cautiverio.

El tercer barco se lanzó al norte,
Sobre el mar, mar que se oscurece.
Ni un soplo de viento vino a él,
Y la cubierta brilló, como de hielo.

El cielo del norte se alzó enorme y oscuro
Sobre el orgulloso mar estéril,
Del este y del oeste los barcos regresaban
Feliz o infelizmente:

Pero el tercero siguió su camino, lejos,
Rumbo al inmisericorde mar,
Bajo una estrella escupefuego,
Equipado, sí, para una larga travesía.

8 de octubre de 1944

 



Canciones

 

65 N

Un frío profundo me envuelve al dormir
Merced a un sueño recurrente
Donde todas las cosas parecen
Enfermizamente equilibrarse
En el vacío, sobre astros
A la deriva bajo el mundo.

Cuando las olas se lanzan ruidosamente
Y caen en popa,
Me despiertan muy de madrugada
Para abrigar cada vez mayor temor
Al aire que endurece las velas,
Al mar sin aves.

El hielo chisporrotea:
Como aquel que próximo a la muerte
Saborea el aliento sereno,
Me lleno de miedo.
Ahora la moneda está en el aire,
Y el sueño se aproxima más y más.

27 de octubre de 1944

 


70 N

Adivinación de la suerte

“Pronto harás un largo viaje,
Descansarás en un lecho extraño,
Y una mujer morena te besará
Tan suavemente como el pecho
De un ave vespertina que desciende
A proteger su nido.

“Ella protegerá tu boca
Para que la memoria nada exclame
Ante su rostro inclinado,
Sabiendo que es él mismo
Que murió hace ya tanto
Bajo un nombre diferente.”

2 de noviembre de 1944

 



75 N

Viento huracanado

De pronto, nubes de nieve
Comienzan a asaltar el aire,
Cayendo, enmarañadas,
Como la gruesa cabellera de una niña.

Algunos ven una parvada de cisnes,
Otros, una flota de barcos
O una sábana que se va esparciendo,
Pero la nieve toca mis labios

Y fuera de toda duda sé
Que una niña, de pie, aguarda:
No aceptará amante alguno
Hasta que me enrede en su cabello.

29 de octubre de 1944

 


Sobre los 80 n

 

“Una mujer tiene diez garras”,
Cantaba, ebrio, el contramaestre;
Más allá de Géminis,
Más brillante que Orión
O los planetas Marte y Venus,
La estrella se enciende sobre el mar;
“Una mujer tiene diez garras”,
Cantaba, ebrio, el contramaestre.

The North Ship
31 de octubre de 1944

 


 

Y la ola canta porque se mueve

 

Y la ola canta porque se mueve;
Atrapados en su brillo, cantamos también.

Nos han concebido en tumbas, juntos, separados, juntos.
Tras el muro que se yergue, prisioneros, protegidos,
A la medida exacta de nuestra desventura.
Separados, creemos que deseamos estar juntos.
Mas imploramos soledad en el encuentro.
Hasta que el vuelco libre del mar transforma
Nuestra comodidad en una pena que la excede,
Haciéndola pedazos.

Tales son las aflicciones en que buscamos sentido,
Tales, los gritos de aves por encima de las aguas,
Tales, las brumas que el sol disipa con la aurora,
Lamentos, lágrimas, guirnaldas, rocas, todos pisoteados
Por el corazón gritando en su constante empeño
En romper, latiendo, nuestros falsos subterfugios;
Su lengua de plata cual reja de arado arranca el fracaso,
Arrastra al día y a la noche, sabe aprovechar el sueño,
Los cielos; conducida y suspendida como un astro,
A todo cobra el diezmo menos a la muerte,
Nos nutre y enmarca con la médula de todo
Menos de la muerte, incapaz es de invocarla.

La muerte es una nube a solas con el sol.
Nuestros corazones, como peces saltarines en lo verde de la ola,
Hallan la calma al fin bajo su sombra. Pues en la palabra muerte
No hay nada que asir, nada que apresar o reclamar;
Nada a que aplicar la virtud del corazón, virtud
Para sobrevivir, pues no se puede sobrevivir a la muerte,
Sólo aceptar lo irrecuperable de las llaves.
La ola vacila y se ahoga. La cuchilla del gozo
Rompe. El rastrillo de la muerte
Se hunde más. Y las olas se arrojan y se esparcen.

Y las olas cantan porque se mueven.
Y las olas cantan sobre el cementerio de las aguas.

 

In the Grip of Light
14 de septiembre de 1946

 


 

Dos piezas para guitarra


I

La casucha de techo de lámina junto a la vía del tren
Proyecta una sombra. La paja flota en el polvo blanco
Y un vagón de cola permanece en pie. Estiradas
Bajo el sol, doce piernas en overol están de ociosas,
Manos oscuras y cabezas atajándose el sol y trabajando.
Una frunce el ceño sobre la guitarra: desafinadas,
Las notas van vagando en el calor
Como un insecto chirriando entre la mugre,
Sin el menor cansancio al mediodía. Un acorde se reúne
Y rebosa, y una voz sureña se aferra a una nota
Satisfactoriamente insatisfecha.
Aunque los rieles arden
Rumbo a ciudades de acero, no llevan a nadie
De por aquí. A la vista de todo mundo
Ni siquiera aquel vagón intenta ir a ningún lado.

 

II

 

Confecciono cuidadosamente un cigarrillo, y busco
Lumbre en la estufa. Con el pulmón lleno de humo
Me reúno contigo en la ventana sin cortinas;
Nos reclinamos en el marco, mirando la plaza
Allá abajo. Un hombre pasa caminando
Entre los despojos del naufragio. Y nosotros,
Con la mirada fija en el anochecer,
Compartimos un cigarro.

Al fondo del cuarto, nuestro amigo
Bosteza y apila las barajas. El montón no es muy grande.
Y repartir una y otra vez de aquí a que amanezca no
garantiza
Las mejores manos. Además, la oscuridad ya no deja ver.
Entonces, patea la estufa y se lleva a las piernas la
guitarra,
Toca esta nota, aquélla.

Estoy temblando:
De pronto me veo cargado de un lenguaje de seis cuerdas.
De pronto me doy cuenta de que no pueden expresar
Más que armonía, y no logran moverse
Sin un feliz erizamiento de aire
Que edifica en esta habitación otra distinta;
Y la habitual contención del dolor aprieta,
Porque juntos o en soledad no podemos
Delinear aquella habitación; y eso porque
No es una habitación ni un mundo, sino sólo
Una figura girando en el aire erizado,
Y, por lo tanto, carente de verdad.

Entonces, miro aquella plaza,
Vacía una vez más, como el hambre después de una comida.
Me ofreces el cigarro y te digo Quédatelo,
Pues me gusta ver el resplandor ir y venir
Sobre tu rostro. ¡Qué pobreza habita nuestras manos
Cuando sinceramente nos miramos a los ojos! Y de nuevo
la
guitarra
Me esparce por la tarde como una nube a la deriva,
Oscureciendo todo, incapaz de hacer llover.

 

ln the Grip...
15-18 de septiembre de 1946

 


 

 

Los dedicados

 

Algunos pasan la guadaña
Por los inmensos prados
Para hacerlos suaves
A los pies del ángel.
Otros componen la cerradura
Para que, así, el huésped
Se abra paso libremente
Hasta la cámara interior.

 

Algunos tienen por empeño
Disponer de la vida por completo
Como un amante con otro,
O un ave cuyas alas van a dar
Hasta la brújula del cazador,
No por voluntad propia,
Sino por un acto consciente
Ante las eternas exigencias.

Y si llegan a ausentarse
Para orar, es por gusto,
Si las patas de la paloma
Se posan en el mango de la guadaña
Una sola vez, y luego abandonan
Su conocimiento. Después, sólo aguardan
El más frío advenimiento,
Que se extinga la llama de las velas.

 

ln the Grip...
18 de septiembre de 1946

 

 


 

[Multitud de pies ilustres han hollado]

 

Multitud de pies ilustres han hollado
Senderos sublunares, y manos ilustres han medido
Su propia fuerza ante la fuerza necesaria;
Y labios ilustres han interrogado a Dios
Acerca del peaje para la eternidad;
Y en muy distintos tiempos y lugares
La verdad se ha conseguido (un momento de armonía);
Y aun así, mañanas sin fin rompen en rostros sin fin:

El oleaje dorado del sol, diariamente
Exhausto por el mundo, se reúne y azota
Irrevocablemente ante el eclipse;
El camino hollado se torna el camino nunca hollado,
Nacemos cada mañana, protegidos
Por una concha de luz que embaldosa
Los palacios de la vista, y trae de nuevo
El río brillante por el sembradío de tumbas.

Tal renovación vence de entrada
La ilusa herencia de nuestro pensamiento,
Anales de hombres incansables que lucharon
Por transformar su corazón en piedra,
En la pobreza de un barquillero
O en una flor, pero nunca intentaron aprender
La difícil, triple cordura
De ser barquillero, piedra y flor en su momento.

Vacía tus bolsillos sobre el mantel:
Qué sabemos. He aquí una moneda de plata:
Ésa es la vida; y, si de dicotomías se trata,
La muerte es esta vieja, descolorida moneda de cobre.
Dale vuelta: es impenetrable.
Reverso y anverso, ninguno muestra
El menor signo o palabra distinguible:
Pero haz girar la de plata hasta que logres

Ver la esfera. Nuestro estado mortal
Se retuerce ahí en una doble urdimbre:
La luz despierta y la oscuridad es sueño
Y dos veces al día ante sus rejas
Nos arrodillamos entre ellas. Se sabe más
Del sueño que de la muerte, y sin embargo
¿Quién sabe algo de nuestra naturaleza ahí,
En ese estanque enredado, inaccesible, o quien echó

El anzuelo para sacar y dar su lógica al lenguaje?
Más fácil de equilibrar en una mano
El despertar que nuestros sentidos pueden gobernar,
Pues joyas son las piedras en la playa
Antes de este alado privilegio de pies ligeros

Que teje, esparce, esta primera, secreta
E irrecurrente fortuna que nunca se completa,
Ni a cierta distancia del alcance de la mano,
Que conforma este tráfico que despierta, esta última,
Única, suprema división. Yo admito creer
Que dos cables electrifican nuestro aire

Y, como pendones, volarán del poste
Rumbo al sueño y a la vida y a la muerte
Hasta que el sol se reconozca impotente
Para seducir a una semilla sobre la tierra:
Herencia de pena: herencia de alegría;

Ya no las creas aspectos de lo mismo;
Más allá de cada figura de un escudo, trazo
Ancestros diferentes, un rostro diferente,
Y la pena termina declarándose culpable
Porque sigo su rastro hasta mi propio corazón
Para hallarla ahí, nutriéndose de lo malo:
Es sancionable y también correcto
Avergonzarse siempre de estar triste.

Sentir vergüenza de que la pena logre abrirse paso
Por entre cada debilidad que registra el almanaque,
Engendrada por el instinto para regresar
—Que, si existe el pecado, debe llamarse tal—,
Instinto que tanto alaba mi rostro
Que detendría con ello el tiempo
Y pondría mis deseos en su lugar:
Y por esta razón teme a la muerte.

Porque las mareas lo han marcado;
La barrenante arena; la trampa
De lo que tengo y puedo perder,
O no tengo y no puedo conseguir;
Abandonos en el tiempo o el espacio
Lo han marcado; solloza dolorosamente;
Se cubre el rostro de dolor,
Y todo para fingir que no forma parte de mí,

La parte ciega. Yo sé lo que nunca sabrá:
Todo lo que intente impedir la cuarteadura
De la disolución construye una casa de cera,
Mientras años enteros de alcance de alas
Pasan a través y sobre estas cabezas. Míralos:
Vuelan rumbo al este. Hacia el menguante
De la oscuridad. Hacen que la pena sea
Una araña que teje una tela ya olvidada.

Llaman a cada fibra del mundo
Para que se alegre, una larguísima tela sedosa
De alas que van hacia la luz, fuera de la muerte:
Herencia de alegría precipitándose hacia la mortalidad,
Proporcionando a cada uno de los huesos
Una estática emoción. Si sólo pies veloces
Han de hollar estos senderos sublunares, es
Indispensable un perpetuo estudio por vencer

A cada sucia pena; una paciencia para delatar
Al deseo insincero; una seguridad de que, en suma,
No hay nada que alcanzar, pero sí que llegar a ser,
Que ha de concebirse al centro de la luminosidad,
Negando todo lo demás. La alegría no tiene causa:
Aunque se la corte en pedacitos con un cuchillo
Nunca guardará silencio. ¿Qué otra cosa podría
Magnetizar nuestra afanosa, hipócrita vida en éxtasis?

 

In the Grip...
15 de octubre de 1946

 


 

Cómo dormir

 

Niño en el vientre,
O santo en la tumba,
¿A cuál imitar
Para dormir?
La luna penetrante observa
Desde la espalda del cielo.
Las nubes vuelven a casa,
Como una grey obediente.

Gotas luminosas de tiempo,
Una y dos resuenan,
Me volteo y yazgo quieto,
Con las manos enlazadas;
Niño de convento, Papa,
Ellas eligen este estado,
Y sus mentes lucen la inmensa paz
De las arenas niveladas por el mar.

He aquí mis pensamientos.
Pero el sueño permanece lejos
Hasta que me encorvo de lado
Como un feto nuevamente,
Pues el sueño, como la muerte,
Hay que ganárselo sin orgullo,
Con un asentimiento natural,
Con una falta total de esfuerzo
Y una pérdida de estatura.

 

10 de marzo de 1950

 


 

Extraños

 

Los ojos de los extraños
Son copos de nieve, fríos,
Mustios, vueltos sobre sí,
Y visitados rara vez.

Los actos de un extraño
Apenas lloran, a la deriva
De nuestros mediodías,
Cercados por el humo.

Y vivir ahí, entre extraños,
Pide modales de salón de té:
Asentar la taza con cuidado,
Dejar la propina justa,

El alma sin empujones,
El bolsillo sin robos,
Las preferencias en la sombra
Y bien escondido el tesoro.

 

20 de mayo de 1950

 


 

Deseos

 

Más allá de todo esto, el deseo de soledad:
Por más que el cielo se plague de invitaciones,
Por más que sigamos las direcciones del sexo,
Por más que la familia pose junto a la bandera,
Más allá de todo esto, el deseo de soledad.

Debajo de todo esto, corre también el deseo de olvido:
Pese a las ingeniosas tensiones del calendario,
Los seguros de vida, los ritos de la fertilidad,
El alto precio de la aversión de los ojos a la muerte,
Debajo de todo esto, corre también el deseo de olvido.

 

The Less Deceived
1 de junio de 1950

 


 

No hay camino

 

Como acordamos dejar que el camino entre nosotros
Cayera en desuso,
Y alzamos una pared de ladrillo en vez de rejas, plantamos
árboles de sombra protectora,
Y dejamos sueltos a todos los agentes erosionantes del tiempo,
El silencio, el espacio y los extraños,
La negligencia no ha surtido gran efecto.

Las hojas siguen sin barrer; el pasto, sin podar;
Ningún cambio visible.
Todo se alza con una claridad tal, tan poco crecido de más,
Que caminar por ahí esta noche no parecería extraño,
E incluso estaría permitido. Un poco más,
Y el tiempo ganará esta batalla.

Delineando un mundo donde un camino semejante
Corra desde tu persona hasta la mía;
Ver surgir ese mundo como un sol helado,
Recompensando a los demás, ésa es mi libertad.
No prevenirla es la plenitud de mi voluntad.
Desear todo esto, la más grande de mis penas.

 

The Less...
28 de octubre de 1950

 


 

Ausencias

 

La lluvia golpetea en un mar que se inclina, suspirando.
Suelos en rápida carrera, su colapso en los abismos,
Se erigen cual torres, con el cabello rociado. Avanzando
En sentido contrario, una ola cae igual que un muro:
Otra la sigue, mansa y revuelta, incansable, jugando
Donde no hay barcos ni bancos de arena.

Encima del mar, el día aún más falto de orillas,
Acribillado por el viento, va en pos de galerías iluminadas:
Se transforma en un gigante costillar, se cierne.

¡Fuera de mí tales espacios desolados! ¡Tales ausencias!

 

The Less...
28 de noviembre de 1950

 


 

Llegada

 

De mañana, una puerta de cristal, destellos,
El oro nombra a la ciudad recién nacida,
Cuyos blancos tramos y domos viajan
Por el lento cielo todo el día.
Pongo pie en tierra para permanecer aquí;
Y las ventanas se abren de par en par
Y las cortinas revolotean como palomas
Y el pasado se seca en el viento.

Déjenme yacer bajo el follaje
De una amplia indiferencia,
Amontonar rostros cual centavos
Al fondo de mi mente,
Hallar voces cinceladas
Al argot de los motores,
Y dejar que las casas llenas de alboroto
Guarden para sí el espesor de sus vidas.

Pues esta ignorancia de mí mismo
Es una suerte de inocencia.
Antes de lo que canta un gallo la habré herido:
Hasta entonces, déjenme aspirar
Su Edén de aire lechoso,
Hasta que mi propia vida la aprisione...
En caída lenta, con un velo gris; un hurto,
Un estilo de morir y nada más.

1950

 


 

La mejor sociedad

 

Cuando era niño creía,
Así nada más, que la soledad
No necesitaba ir a buscarse.
Era algo que todo el mundo poseía,
Como la desnudez, ahí a la mano,
Ni buena ni mala,
Algo abundante y obvio,
No muy difícil de entender.

Luego, después de los veinte, se hizo
Algo al mismo tiempo más difícil de obtener
Y más deseado, aunque a la vez
Más indeseable; pues lo que uno es
En soledad, para que se considere
Un hecho, ha de expresarse en términos
De los demás, si no, se vuelve
Una simple fantasía compensadora.

¡Mucho mejor estar acompañado!
Para amar se necesita alguien,
Dar requiere algún destinatario.
Los buenos vecinos necesitan parroquias
Para poder hacerlo; en breve,
Nuestras virtudes son sociales;
Si, desprovisto de soledad, uno se enfada,
Queda claro que no es ningún virtuoso.

Viciosamente, entonces, me encierro bajo llave.
La flama del gas respira. El viento allá afuera
Anuncia la lluvia vespertina. Una vez más,
La infalible soledad sostiene mi persona

En su palma gigantesca;
Y ahí, cautelosamente,
Como una anémona marina o un simple caracol,
Se va desenvolviendo, emerge, lo que soy.

¿1951?

 


 

Versos en torno al álbum fotográfico
de una jovencita

 

Por fin sacaste el álbum que,
Una vez abierto, me distrajo.
Todas tus edades, opacas y brillantes,
¡Sobre páginas tan negras y tan gruesas!
Demasiada confección, demasiado:
Me asfixian las imágenes jugosas.

Mi ojo de torniquete apetece más, pose tras pose:
De colitas, abrazando a un gato displicente;
O tú misma bien forrada, dulce niña en graduación;
O tomando una rosa de pesada cabeza
Bajo el enrejado, o con un sombrero de fieltro
(Cosa perturbadora, por varios motivos).
Desde cualquier ángulo me llamas a control,
No obstante los inquietantes compañeros
Que pululan por tus días de juventud:
No exactamente de tu clase, diría yo, querida.

Pero, ah, ¡la fotografía! Como ningún otro arte,
¡Fiel y decepcionante!, registra los días tediosos
Como tales y los sonríe ahora como un fraude,
Y no censura los defectos,
Tendederos y chapopote de relleno,

Sino que muestra al gato desganado, y con la sombra
Proyecta una papada que sí lo es, ¡qué gracia
Así confiere tu candor al rostro aquel!
Cuán avasalladoramente persuade de que ésta
Es una muchacha de verdad en un sitio de verdad,

En todos los sentidos ¡empíricamente verdaderos!
¿O qué sólo es el pasado? Esas flores, esa reja,
Esos brumosos parques y esos coches, laceran sólo
Por haberse acabado ya; dolor de corazón
Me das al verte tan anacrónica.

Sí, es cierto; pero al fin y al cabo, lloramos
No sólo por la exclusión, sino porque nos deja
En libertad para llorar. Sabemos que lo que fue
No nos convocará para justificar
La pena, aunque aullemos en lo que va

Del ojo a la página. Se me permite, entonces,
Dolerme (sin mayores consecuencias) por ti,
Equilibrándote en la bici contra la cerca;
Preguntarme si habías notado el hurto
De esta foto tuya en la tina; condensar.

En breve, un pasado que nadie puede compartir,
Sin importar de quién sea tu futuro; en calma y sobriedad,
Te muestra como un cielo, y tú yaces
Invariablemente hermosa ahí,
Más pequeña y diáfana conforme pasan los años.

 

The Less...
18 de septiembre de 1953

 

 


 

Seguir viviendo

 

Seguir viviendo, es decir, repetir
Un hábito labrado para saciar necesidades,
Es una pérdida o una carencia casi siempre.
Según.

Esta falta de interés, pelo y empresa,
Ah, si ésta fuera una partida de póquer, sí,
Se la podría descartar o repartir hasta agotarla.
Pero es una partida de ajedrez.

Y una vez recorrida la mente de un extremo al otro,
Lo que uno gobierna es claro como una lista de carga.
La existencia de cualquier otra cosa, para uno, no debe
Tomarse en consideración siquiera.

¿Y cuál es la ganancia? Sólo que, con el tiempo,
Llegamos a identificar a medias el sello ciego
Que nuestra conducta lleva impreso, para seguirle el
rastro.
Pero confesar,

En esa tarde verdeazul en que la muerte da comienzo
Exactamente lo que era, apenas satisface.
Pues se aplicaba sólo a un hombre una vez,
Y ése está muriendo.

 

A Keepsake for the New Library
24 de abril de 1954

 


 

Buena vista en la vejez

 

Dicen que la vista se hace más clara con la edad,
Tal como el rocío hace más claro el aire
Para que defina bien las tardes,
Como si el tiempo dibujara un borde
En torno a la última forma de las cosas
Para mostrarlas tal cual son;
Los árboles de muchas ramas,
Las largas, suaves oleadas de pasto
Arrugando las doradas curvas
Sobre el lomo del viento, todo esto,
Dicen, deja de estar fuera de foco
Conforme envejecemos.

20 de junio de 1955 (¿inconcluso?)

 


 

Alusión

 

Qué bonita pieza, te escuché decir en voz alta
En el vestíbulo insulso
Desde la habitación insulsa donde yo
Ponía un disco tras otro, ociosamente.
Perdiendo el tiempo en casa, cosa que tú
Esperabas con ansias evidentes.
Era el Riverside Blues, de Oliver. Y ahora,
Supongo, siempre recordaré cómo
La parvada de notas que esos viejos negros
Insuflaban desde el aire de Chicago
En un corno preeléctrico de memoria inmensa
El año siguiente a mi nacimiento,
Tres décadas después construyeron este puente
Desde tu edad insulsa
Hasta la insulsa primavera de mi vida.

En verdad, aunque es el tiempo nuestro elemento,
No somos dignos de las amplias perspectivas
Abiertas a cada instante de la vida.
El tiempo nos ata a nuestras pérdidas: peor aún,
Nos muestra lo que tenemos como fue alguna vez,
Ciegamente entero, como si habiéndonos conducido
De alguna otra manera así lo hubiéramos conservado.

 

The Whitsun Weddings
21 de agosto de 1955

 


 

Las bodas de mayo

 

Aquel Pentecostés, se me hizo tarde para irme:
No fue sino hasta la una y veinte de aquel soleado sábado
Que mi tren vacío en tres cuartas partes salió,
Todas las ventanas cerradas, todos los asientos calientes,
Toda sensación de llegar tarde, ausente.
Corrimos tras las casas, cruzamos una calle
De enceguecedores ventanales, olimos el muelle;
Desde ahí comenzó a rebosar el aliento del río,
Donde confluyen el cielo y Lincolnshire y el agua.

Toda la tarde, a través del calor que dormía
Kilómetros tierra adentro,
Seguimos por la curva lenta, intermitente, rumbo al sur.
Atrás iban quedando enormes granjas, ganado de sombra corta,
Y canales en que flotaban desperdicios industriales;
Un invernadero cintilaba a su manera; las cercas se hundían
Y se alzaban: y de vez en cuando un olor a pastizal
Desplazaba el tufo de forros de asiento abotonados
Hasta el siguiente pueblo, nuevo e indescrito,
Penetrado por campos enteros de coches desmantelados.

Al principio, ni noté el ruido
Que hacían las bodas de mayo
En cada estación en que parábamos: el sol destruye
El interés de lo que ocurre en la sombra,
Y siguiendo los frescos y largos andenes, porras, griterío
Que confundí con empleados que jugaban con las bolsas
del correo,
Y yo seguí leyendo. Pero una vez que arrancamos,
Las tuvimos enfrente: muy sonrientes, pomadosas,
Muchachas vestidas de parodia de la moda, tacón alto y velo,
Todas pasaban indecisas, viéndonos partir.

Como desde el final de un acontecimiento
Diciéndole adiós
A lo que lo sobrevivía. Impresionado, me recliné
Hacia afuera más rápido la siguiente vez, con más
curiosidad,
Y lo vi todo de nuevo en términos distintos:
Los padres con fajas anchas bajo sus sacos
Y las frentes perladas; las madres, gordas y escandalosas,
Un tío gritando obscenidades; y luego el permanente,
Los guantes de nylon y la bisutería,
Los tonos verde limón, malva y ocre oliva

Que irrealmente hacían sobresalir a esas muchachas
de todas las demás.
Sí, desde los cafés
Y los salones de banquetes con sus adicionales
Anexos para coches, los días de bodas de mayo
Llegaban a su fin. A todo lo largo de la orilla
Parejas frescas trepaban a bordo: los demás, alrededor,
Se lanzaban los últimos confetis y consejos,
Y, conforme avanzábamos, cada rostro parecía definir
Justo lo que veía partir: los niños fruncían el ceño
Ante la aburrición: los padres no habían logrado

Un éxito tal y tan totalmente farsante;
Las mujeres compartían
El secreto como en un funeral feliz,
Mientras las chicas, aferrándose a sus bolsas de mano,
No quitaban la vista de las heridas religiosas.
Libres al fin, y cargados con la suma de todo
lo que ellos habían visto,
Nos apresuramos rumbo a Londres, soltando bocanadas
de vapor.
Ahora los campos eran terrenos para construcción, los
álamos
Proyectaban largas sombras sobre los caminos principales
Y durante unos cincuenta minutos, diríase

Lo suficiente para acomodar los sombreros y
decir Casi me muero,
Una docena de matrimonios se echó a andar.
Miraban el paisaje, sentados uno junto al otro,
—Pasó un cinema “Odeón”, una torre refrescante,
Alguien que corría rumbo al boliche— y nadie
Pensaba en aquellos a quienes jamás volvería a ver
O en cómo sus vidas atraparían este momento.
Pensé en Londres esparcido bajo el sol
Con sus códigos postales como pacas de trigo:
Ése era nuestro destino. Y conforme nos apresurábamos
Cruzando grandes nudos de riel.
Pasando frente a pullmans detenidos, muros negros
enmohecidos
Se acercaban, y casi había terminado esta frágil
Coincidencia de viaje; y su significado se erguía
Listo para que lo soltaran con toda la fuerza
Que el cambio es capaz de dar. Bajamos la velocidad de
nuevo,
Y conforme los apretados frenos agarraban, se iba
hinchando
Una suerte de caída, un rocío de flechas
Fuera del alcance de la vista.
Que en alguna parte se haría lluvia.

 

The Whitsun...
18 de octubre de 1958

 


 

 

Ventanales en lo alto

 

Cuando veo una pareja de muchachos
Y pienso seguro él ya se la coge y ella
Toma píldoras o usa algún dispositivo,
Sé que es éste el paraíso

Que los viejos han soñado,
Echando por la borda poses y ataduras
Como si fueran una máquina anacrónica,
Y veo a los jóvenes corriendo sin parar

Por la vía franca, rumbo a la felicidad. Me pregunto
Si hace cuarenta años alguien me observó
Y pensó hacia sus adentros: Vaya una vida regalada;
Ya no hay Dios ni sudor frío a media noche.

Temores al infierno y demás cosas, ocultando siempre
Al cura lo que uno piensa de él. Ese chico
Y sus amigos han tomado la vía franca
Como pájaros en libertad.
Y de inmediato,

Más que palabras, vienen a mi mente grandes ventanales
En lo alto: un cristal que abarca el sol,
Y más allá, el profundísimo aire azul, que nada
Muestra y no está en ninguna parte y es interminable.

 

High Windows
12 de febrero de 1967

 

 


 


 

He aquí el poema

 

Te joden mucho, papá y mamá.
No es a propósito, pero lo hacen.
Te colman de sus equivocaciones
Y añaden otras, para ti solito.

Pero a ellos los jodieron a su vez
Unos tontos de sombrero anticuado y abrigo,
Que la mitad del tiempo eran demasiado blandos
Y la otra mitad les apretaban el cogote.

Los hombres se van pasando la miseria de mano en mano.
Y ésta se va ahondando como un banco de arena.
Abandónalo todo tan pronto como puedas,
Y no contribuyas con más hijos, por favor.

 

High..
¿Abril? de 1971

 


 

Vers de societé

 

Mi esposa y yo hemos invitado a un montón de vagos
A que vengan a perder su tiempo y el nuestro: ¿acaso
Te interesa acompañarnos? En el culo del mundo, amigo mío.
El día llega a su fin.
La flama del gas respira, los árboles se pandean oscuramente.
Así que Querido Warlock-Williams: Me temo que...

Qué curioso, qué difícil resulta estar solo a fin de cuentas.
Podría pasarme la mitad de mis tardes, si me diera la gana,
Con un vaso de sherry en la mano, empinado en la terraza,
Intentando llamar la atención de alguna puta
Que no ha leído otra cosa que Santa;
Y pensar en todo el tiempo libre que ha volado

Derecho hacia la nada al quedar lleno
De platos, tazas y rostros, antes que extasiado
Bajo la luz de una lámpara, escuchando el viento,
Y mirando cómo, allá afuera, la luna se adelgaza
Hasta convertirse en una navaja afilada por el aire.
Toda una vida, y aún así, qué en serio se insinúa que

 

Toda soledad es egoísta. No hay quien hoy día
Dé crédito al ermitaño en harapos que dice hablar
Con Dios (quien también ha partido); el gran deseo
Es rodearse de gente amable con uno, lo cual implica
Serlo también de alguna otra manera.
La virtud es social. Entonces, ¿son estas rutinas

De jugar al bueno como ir a la iglesia?
¿Algo que nos aburre, algo que no hacemos bien
(Preguntarle al tipo aquel por su estúpido trabajo),

Pero que tratamos de sentir porque, por más crudo
Que sea, nos muestra lo que debe ser?
Demasiado sutil. Y demasiado decente también.

Al diablo, sólo los jóvenes pueden estar solos libremente.
El tiempo cada vez alcanza menos para estar acompañados;
Y sentarse junto a una lámpara, más que paz,
Trae consigo otra infinidad de cosas.
Más allá de la luz, nos esperan el fracaso y el remordimiento
Que susurran Querido Warlock-Williams: Pero por
supuesto...

High...
19 de mayo de 1971

 


 

Panorama

 

Qué panorama se contempla desde los cincuenta,
Dicen los alpinistas experimentados;
Así pues, pasado de peso e inestable,
Me vuelvo y doy la cara al camino
Que me trajo hasta este día.

En vez de campos y cimas nevadas
Y senderos floreados serpenteantes,
El camino se hace polvo a cada paso
Y se disuelve entre la bruma.
Aquel panorama ya no existe.

¿Dónde ha ido a parar la vida?
Que me esculquen. Sólo me queda la melancolía.
Sin hijos, sin esposa, me siento capaz
De verlo todo claramente:
Tan concluyente. Y tan próximo.

 

¿Agosto? de 1972

 


 

Viejos locos

 

¿Qué se creen que ha pasado, viejos locos,
Para hacerlos como son? ¿Acaso se imaginan
Que es más adulto traer siempre la boca abierta y la baba
caída,
Orinarse en los pantalones todo el tiempo y no acordarse
Quién llamó esta mañana? ¿O que, si les diera la gana,
Podrían alterarlo todo y volver a bailar la noche entera
O ir a su boda o manejar el fusil cualquier día de éstos?
¿O es que creen que en realidad no ha habido cambios,
Y siempre se han portado como inválidos o tiesos,
O se han quedado sentados días y días soñando,
Viendo el movimiento de la luz? Si no es así (y no puede
serlo), qué raro: ¿por qué no gritan?

A la hora de la muerte, uno se desmenuza: los antiguos
padacitos
Comienzan velozmente a distanciarse unos de otros para
siempre,
Sin testigos. Sólo el olvido, ciertamente:
Lo tuvimos antes, pero se iba a acabar,
Y se estaba mezclando siempre con el único propósito
De hacer brotar a la flor de mil pétalos que se llama
Estar aquí. La próxima vez no podrás fingir
Que habrá algo más. He aquí los primeros síntomas:
No saber cómo, no escuchar quién; el poder
De elección, ausente. Su mirada muestra que lo apoyan:
Cabello de ceniza, manos de sapo, cara de pasa de surcos
secos... ¿Cómo ignorarlo?

Acaso la vejez sea tener estancias iluminadas
Dentro de la cabeza, y gente en ellas, actuando.
Gente conocida, cuyos nombres no se recuerdan ya; cada uno
Se entreteje como una honda pérdida restaurada, desde puertas
Conocidas aproximándose, bajando una lámpara,
sonriendo desde una escalera, tomando

Un libro conocido del estante; o a veces sólo
Las estancias mismas, sillas y fuego encendido,
El arbusto en el viento desde la ventana, o la tenue
Amistad del sol en el muro de una solitaria
Tarde de lluvia detenida a mediados del verano. Ahí viven:
No aquí y ahora, sino donde todo ocurrió alguna vez.
Por eso proyectan

Un aire de ausencia frustrada, intentando estar allá
Pero estando aquí. Pues las estancias se alejan más y más,
Dejando ahí el frío incompetente, el estira y afloja constante
Del aliento arrebatado, y ellos arrastrándose debajo
De la extinción, viejos locos, incapaces de percibir
Qué cerca está el final. Quizá por eso están tranquilos:
La cima siempre a la vista, dondequiera que vayamos,
Para ellos es terreno que se alza. ¿Acaso no saben
Qué los está jalando y en qué terminará todo? En la noche,
No. Rodeados de extraños, no. ¿Acaso nunca, a lo largo

De esa niñez horrorosa e invertida? En fin,
Ya habrá tiempo para averiguarlo.

 

High...
12 de enero de 1973

 


La vida con un agujero

 

Cuando echo la cabeza para atrás y aúllo,
La gente (más bien las mujeres) dice(n)
Pero si siempre has hecho tu voluntad,
Siempre te has salido con la tuya,
Una inversión perfectamente vil
Y mezquina de lo que ha ocurrido.
Lo que las pobres tontas quieren decir
Es que nunca he hecho lo que no.

Entonces, el tipo de aquel viejo palacete
Que cumple con sus quinientas palabras
Y se la pasa el resto del día
Entre chapuzones y tragos y pájaros
Está tan lejos como siempre, pero también
Lo está el pobre maestrucho de anteojos
(Seis chamacos, la mujer embarazada
Y sus padres que vienen de visita)...

La vida es una inmóvil y cerrada lucha
De tres manos entre los deseos propios,
Los del mundo acerca de uno y (peor aún)
La invencible y lenta máquina
Que trae lo que uno habrá de recibir. Reprimidas,
Viven en tensión en torno a la sangre ya estancada
Del deber, el temor, el rostro ajeno.
Los días se ciernen por ahí constantemente. Los años.

 

Poetry Book Society Supplement
8 de agosto de 1974
(Navidad de 1974)


La podadora

 

La podadora se atascó dos veces; al agacharme a ver,
Hallé un puerco espín atorado entre sus filos,
Muerto. Se había escondido entre el pasto crecido.
Yo ya lo conocía, hasta le había dado de comer,
Y ahora, acababa de destrozar sin remedio la sencillez
Toda de su mundo. El entierro no sirvió de nada:

A la mañana siguiente, yo me levanté y él no.
El día después de una muerte, la nueva ausencia
Es siempre igual; debemos tener mucho cuidado

Unos con otros, debemos demostrar nuestra bondad
Mientras aún tengamos tiempo para hacerlo.

 

Hull Literary Club Magazine
12 de junio de 1979
(Otoño de 1979)