Pan y el silbato de la fábrica


El tiempo sigue rodando en su viejo cambio de piel.  
El viento va al oeste, al este, al sur y al norte. 
La lluvia dirige, acorde, sus aguaceros y su caída.
El sol camina con inocencia tras los talones del gallo
    mañanero.

        Todos conocieron a Pan.

   

¿Has observado esta mano que hornea la hogaza,
forja el hierro sobre el yunque que canta en el fuego,
arrebata riquezas escondidas de la tierra avara,
saca brillantes peces de la afortunada bolsa del mar,
hace la comida para un hombre y cinco niños hambrientos,
prende la máquina para que la noria zumbe,
agarra el timón, las riendas, el volante, la rueda, las
    herramientas,
dicta la nota a la “virgen del empedrado”* danzando
    al vapor—
turbinas, leñadores, fábricas de tejas y marineros—
las toscas manos torcidas con verrugas, quemadas y
    cicatrizadas
y las delicadas manos que desatan?

Los poetas del pasado tenían muchos héroes:
dioses, enanos, burros, caballos, perros y gatos.
Yo conocí una mano aguda y rápida como el rayo.
Cuidaba el laminador, nuestro gran domador de víboras,
dirigía el hierro perfilado ardiente a su lugar,
dentro del próximo cilindro
a cincuenta kilómetros por hora
año tras año. Murió de repente a los 30 años.

                    Todos conocieron a Pan.

Poseído
“Sí, pero no es tan extraño —dijo mi maestro—
mira el chorro de agua enfriar la plancha del barco,
es tan poderoso que podría perforar una mano.”

Hoy vi un par de manos de muchacha plantar
una flor amarilla sobre la tumba de su esposo asesinado.
                    Dios no nos otorgó ningún mineral
nos dio, en cambio, los sagrados elefantes blancos,
una planta de acero en el pequeño Ruhr de Dinamarca.
                    Aquí murieron sus afanosas manos.

                    Todos conocieron a Pan.

Voy a entonar el canto del cisne,
para que conozcas la felicidad que esconde la vida
    cotidiana,
hollín, herrumbre, sangre, viejo resentimiento y
    hierro mutilado.
Entonces, abrirás los ojos para ver tristes restos
de dedos carbonizados, cinturones, trapos y huesos
en la verde provincia, en el escenario del drama.

La grúa rechinaba sobre el montón de chatarra,
el humo soplaba por las altas chimeneas, saludaba

                    a los barcos de carga pesada

bienvenidos al puerto y al muelle del fiordo,
manejaba la volqueta del tren hasta los hornos, más allá

                    sobre la plataforma

con carbón, chatarra, minerales, cerámica y dolmita.
“Es emocionante el acero”, dijo el ingeniero.

                    “Échanos ese cuento

a la bolsa de paga el jueves”, dijo el personal.
No tenían uniformes de trabajo ni cascos de seguridad.

                    Todos conocieron a Pan.

Bloques ardientes rodaban desde el horno profundo
hasta el endurecido cilindro. Qué fantástica visión

                    verlos transformados

en largas láminas de acero, mientras las manos echaban
ramitas de abedul, las brasas estallaban en el aire,

                    una regata de lluvia de fuego.

Una explosión en la cuchara de 70 toneladas de acero líquido
no es un juego para estetas y amantes del arte.
Eso pasó un día de otoño de 1954 antes del almuerzo.
Veinte hombres tuvieron que ir a urgencias, no a la cantina.
La sala de fundición era un infierno de humo, llamas y carne
    chamuscada.
La lava de la muerte voló hasta las vigas del techo.
Y en pocos segundos cayó sobre ellos en la mina.

Yacían desnudos dos hombres libres de deseo, joven anhelo.
Sus manos nunca más moverán a amor.
Otros camaradas sobrevivieron la catástrofe
como un milagro —con quemaduras en el cuerpo y el alma.

El tiempo seguía rodando en su viejo cambio de piel.
El viento iba al oeste, al este, al sur y al norte.
La lluvia dirige acordemente sus aguaceros y su caída.
El sol camina con inocencia tras los talones del gallo
    mañanero.

                    Todos conocieron a Pan




* Virgen del empedrado es una manera de llamar a los taladros eléctricos manuales. (N. del T.)