Nota introductoria

La obra poética de Ida Vitale (Uruguay, 1923) se presenta como un cuerpo coherente en la actual poesía latinoamericana gracias a una doble actitud crítica que pone bajo la lente de la sospecha al lenguaje y al mundo. La conciencia de pérdida de mundo, de irreparable escisión entre Naturaleza y Hombre —presente siempre en la obra de Vitale— se vincula con la parte más romántica, la cual —ante la algarabía generalizada de una civilización ebria de progreso— dará testimonio de esa falla —en el sentido geológico y en el sentido de equívoco—, de ese corrimiento de los bordes que imbricaban lenguaje y mundo. A partir de ahí la poesía moderna se desnaturaliza, se vacía de mundo y deviene carencia o cardo en el desierto de la significación. Si entonces, a partir de ahí, el mundo está en otra parte, es comprensible que la poesía quiera compensar la carencia objetualizándose, estrenando cuerpo propio en el lugar que ocupara el árbol, el pájaro, la roca. Será la vanguardia quien asumirá esta actitud y la llevará hasta los límites últimos de la experimentación. En Ida Vitale confluyen las dos vertientes: preocupación por el cuerpo que conforma el poema y preocupación por el cuerpo del mundo constantemente travestido:

 

A veces su luz cambia,
es el infierno;
a veces, rara vez,
el paraíso.

 

Este equilibrio —sinónimo de lucidez— convoca un ritmo, un límpido sentido musical en la escritura de la uruguaya que asombra por su precisión interna y por su gravedad conceptual. Pero este lúdico equilibrio —porque de un juego se trata— tiene lugar en un tiempo que es transcurso hacia la muerte, es decir, fugacidad irrepetible y —paradójicamente— único terreno donde puede habitar el cuerpo del poema. Vitale lo sabe y por eso juega; juega con una extremada delicadeza y con “suficiente asombro” para que la materia verbal —materia prima de su alquimia— no pierda sus principales atributos:

 

Expectantes palabras,
fabulosas en sí,
promesas de sentidos posibles,
airosas,
aéreas,
airadas,
ariadnas.

Un breve error
las vuelve ornamentales.
Su indescriptible exactitud
nos borra.

 

De esa exactitud —que también es sacrificio para que algo vuelva a renacer— se nutre la escritura poética de Ida Vitale. Escritura que en su alta nitidez deslumbra pero que, sin embargo, aún puede decir: “Tanta claridad es misterio”. Misteriosa claridad de una actitud insobornable que ilumina el espacio poético latinoamericano.

 

Víctor Sosa