Nota introductoria

Pocos son los poetas mexicanos que hacen del mar su materia poética; menos aún los que cantan al desierto. Ambos espacios son algo más que escenarios en la poesía de Jorge Ruiz Dueñas: se asumen como presencias vivas, autosuficientes. Y dentro de estos ámbitos, el hombre, situado por este autor desde un yo que contempla y actúa, es la voz de un viajero de mar o desierto, tal vez símbolo del ser en tránsito; pero, inmerso en esas vastas áreas donde se mueve, al hombre lo vemos pequeño, abandonado a los caprichos naturales.

Como lo indican los mismos títulos de sus libros y poemas, el asunto dominante que Ruiz Dueñas propone es el viaje del explorador. Pero su travesía no sólo es física sino también interna. Lo táctil y lo incorpóreo forman parte de una misma materia: sol, mar y desierto son surtidores de espejismos y alucinaciones.

Jorge Ruiz Dueñas es un caso raro en la poesía mexicana, con la que tiene pocas afinidades. De la estirpe de Saint John-Perse, de Fernando Pessoa y de algunos poetas brasileños, promulga una poética de gran aliento, que se manifiesta en la combinación de versos cortos y largos, sugiriendo así una especie de sístole y diástole. Poesía respiratoria en donde todo cabe, desde el recuerdo y la nostalgia hasta el ancla y la dársena; desde el amor y el deseo hasta “las pupilas de los náufragos”; desde los “pulpos y cangrejos descuartizados” hasta el sueño y el delirio; desde el espejismo hasta “las púas de los agaves”. “Poesía acumulativa y almacenada”, como escribiera acerca de la obra de este poeta el escritor brasileño Lêdo Ivo. Quizá por eso pensamos en Ruiz Dueñas como el autor de un poema que se va expandiendo, en donde el viajero (el yo poético), en su aventura por el mar, la costa, el desierto o el lenguaje mismo, va encontrándose con cosas nuevas; sigue llegando a islas inéditas, para volver, después, al punto de partida. Pero el sitio al que se regresa ya no es el mismo; el retorno es otro modo de hallar novedades. La travesía que este poeta nos propone, en su tema y en su forma, es la que gira en espiral. Poema que en su transcurso (en su discurso) ilimitado, recoge todo lo que está al alcance de los ojos, oídos, tacto, olfato: el mar, el cielo, las ballenas, los ahogados, las imágenes de los espejismos. Este carácter de poema total, en donde todo cabe, es lo que hace difícil la fragmentación de su obra, y especialmente en poemas tan vastos, como el reciente "El desierto jubiloso", del que inserto una parte.

Aunque Jorge Ruiz Dueñas nació en Guadalajara, Jal., en 1946, reconoce como su patria espiritual a “ese largo brazo de granito que la imaginación tanto quiso dibujar como isla”, que es Baja California, donde se asentó con su familia desde 1952; paisaje dorado y azul que ha marcado toda su obra poética: Espigas abiertas (1968), Tierra final (1980) —pre­mio nacional Manuel Torre Iglesias—, El pescador del sueño (1981), Tornaviaje (1984), Las noches de Salé (1986), Tiempo de ballenas (1990) y Guerrero negro (1995).

Poesía vital, viril, solar, sensorial, que resulta muy reconfortante y necesaria en estos oscuros tiempos en que abundan los poetas puros, preocupados por evitar el contagio de la vida cotidiana en sus versos.   

Héctor Carreto