De Da capo


[Esta piedra que ama,...]
[En la nave arqueada,...]
 

“Esta piedra que ama, y aún busca
expresarse por su lodo o su brillo,
esta piedra con lluvia, que escapó
a todo edificio, sumergida
en el trote de las bestias como en un río,
esta piedra en que suena la llanura,
sobre la cual el agua lanza
su queja, esta piedra que el arroyo,
que el viajero maldice con torpe remolino de palabras,
esta piedra dura, barrosa,
pelada, desnuda, oh Gelsomina, tendrá su razón, tendrá
    su cifra
pues si no, qué sería de los astros
y sus órbitas fijas, los enormes ojos de su desconcierto
cuando en la noche le hablan como a pequeña hija…
(En esa piedra tropezó el camino,
en esa piedra que no ama
y está bajo los cielos, ignorante
de todo, asno parado sabiamente.)
Toma esta nube ciega, guárdala en tu mano,
este pedazo de agua dormida, que no puede llorar,
responde a la sonrisa de su brillo
humilde, tenla en cuenta, no la arrojes,
esta piedra que ama, sola, dura,
desnuda, áspera, barrosa,
esta piedra que ama, no la dejes, guárdala en tu mano.
O déjame rodar, y besar tus caminos.”


a M. P. R.

En la nave arqueada, sobre las tranquilas
aguas verdes, fui de nuevo.
                       Era de nuevo el guerrero que viajaba
bajo los párpados, traspasando nubes.
A veces me asomaba para verme verde,
                                  con vestido de algas
jugando con hojas submarinas.
Iba por una pupila, montado en un hipocampo; luego
volvía por cabellos de largas jornadas, por hilos
de noche polar.
En la nave arqueada como una lira.
Sonaban los cordajes, flancos de mujer
se curvaban a ser música, duras velas henchidas
impulsaban la ruta colgada de una estrella.
                                                                Iba.
Era.
      El sillón de ruedas sirve todavía.
                                                      Sobre el puente
es grato ver peces voladores
salir del abismo un segundo irrespirable
para volver a caer en la marea de días
y noches.
                        Los ahogados
saben de esa vasta lentitud giratoria,
de ese pozo verde y oscuro en que descienden
como un rayo de luz.
Es grato ver, tullido, un cielo nuevo,
ilusiones de movimiento en el horizonte inerte.
Pensar que se viaja cuando se está fijo
como un navío en el ojo que cierra el horizonte.
Senos de niebla, caderas que enviaban notas
saladas en forma de gaviotas.
                                                En la proa, una mujer herida.
Ahora vuelvo, vuelvo a los mismos días,
a las mismas noches como un ahogado que desciende,
como un pez ahogado que asciende por el aire
a caer en el cielo.
                                         Ahora vuelvo
por un río muy angosto, sin barca niña de remos
mas bañado de verde.
                                            (Aún recuerdo tu gesto
como de mirar a un ciego, a una música, tu gesto
como de aproximar una flor desnuda al transeúnte
detrás de verdes que no ven.)

Vuelvo en un barco de papel
                                                      y caigo por tus ojos.
Tú acaso no lo sepas,
                                   Isolda.