Alejandro Aura



Selección y nota introductoria de Eduardo Cerecedo



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Nota introductoria
 

Alejandro Aura (Ciudad de México, 1944),* poeta, cuentista y dramaturgo. Quien oye hablar o platicar a este poeta, prácticamente no olvidará ese primer encuentro con quien domina a la perfección la palabra hablada, ferviente discípulo del maestro Juan José Arreola en su juventud, y que supo que, quien emplea el idioma como fuerza centrífuga para enaltecer el espíritu, siempre mirará con ojos nuevos los acontecimientos cotidianos, que para la mayoría de los mortales ocurren sin mayor trascendencia. Como lo confirma Rubén Bonifaz Nuño al referirse a los que llevan esa estirpe cuando dice: “Siempre ha sido mérito del poeta / comprender las cosas; sacar las cosas, / como por milagro, de la impura / corriente en que pasan confundidas, / y hacerlas insignes, irrebatibles / frente a la ceguera de los que miran”. Aura es uno de ellos, el que busca los sonidos, los ritmos justos, y entonces las palabras salen como desfilando en la hoja en blanco. De esta manera se forja en la superficie lo que llamamos poema y que lleva el vigor de la poesía, ese algo inefable que nos permite el gozo de lo bello.

Alejandro Aura ha sabido penetrar su tiempo, para establecer su mirada en su entorno social, de allí surge el géiser de imágenes cotidianas para enriquecer su poesía. A la vez, retrata lo temeroso, la soledad, la angustia, los momentos amorosos —acompañado de sus consecuencias— y la muerte en el hombre mismo. La memoria la almacena en sus poemas y, cuando cree que la posee, ésta se le filtra por los huesos hasta cansarlo. Por eso el poeta da cuenta de su mundo: hace y rehace Cinco veces, tomo que reúne sus primeros cinco libros, hasta 1974. Con Volver a casa es merecedor del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, el año anterior, que de toda su obra ha sido la más difundida y la más comentada en el ámbito literario de México. Después vendrá La patria vieja, que contiene Hemisferio sur, libro que lo va a configurar como una voz sólida en el panorama literario del país. Hacia 1991 se gesta Poeta en la mañana, y alcanza su publicación ese mismo año, poemario que canta a los actos cotidianos, a las argucias de lo femenino, al oficio del poeta, a sus múltiples quehaceres y renuencias de la casa en que habita. Su verso es cada vez más depurado y la solvencia con que destila su voz da un sello firme a sus trabajos poéticos. Fuentes, poemario más reciente, corrobora la fuerza poética en que se ha venido desplazando Alejandro Aura por medio de su pluma, que hasta el momento ha dado materia para comentar.

La producción poética de Alejandro Aura abarca ya nueve títulos en su haber literario; su carrera la inicia en los albores de 1963, publicando en revistas, diarios y suplementos culturales. Poemas que más tarde darían pie para conformar su primer libro: Tambor interno, irrupción de energía del poeta visionario de los problemas que atañen al hombre y su circunstancia.

Alejandro Aura siempre ha experimentado con el lenguaje —esta característica aplicada en sus diferentes obras literarias lo hace ser Alejandro Aura con mayúsculas—; para algunos críticos ese elemento ha pasado desapercibido, es decir, no ha sido visto con la atención que requiere su poesía, ya que la crítica funda sus comentarios en un solo libro: Volver a casa, libro valioso, pero no es el único, debido a que los anteriores y los siguientes tienen esa dedicación por parte del autor. Júbilo es el libro más reciente de Aura, pero que cierra esta antología con gran acierto.

Esta muestra de la poesía de Alejandro Aura es un panorama de la ya amplia obra poética de este autor; en estos trabajos, el lector encontrará y seguirá la vía por la que el poeta ha tratado el lenguaje verbal, haciendo de él materia viva en cada poema; muerte y nacimiento son la polaridad en que se conjuga la poesía que aquí se muestra. Quiero que sea el mismo poeta quien se dirija al lector en esta invitación, invitación al placer: “Te dedico los días del mundo más sencillos / para que hagas en ellos a tus anchas / de sal y dulce las cosas cotidianas”.

 

* La nota introductoria data de 1997, año de la primera edición de este Material de Lectura. Alejandro Aura falleció el 30 de julio de 2008, en Madrid, España. (N. del E.)


Eduardo Cerecedo

 

 


 

Bibliografía
 

Poesía

 

Cinco veces la flor (Siglo XXI, 1967), Alianza para vivir (UNAM, 1969), Varios desnudos y dos docenas de naturalezas muertas (Monterrey, 1971), Volver a casa (Joaquín Mortiz, 1974), Tambor interno (Estado de México, 1974) —estos libros están contenidos en el volumen: Cinco veces, antología poética (SEP/Plaza y Valdés, 1988) —, Hemisferio sur (Papeles Privados, 1982), La patria vieja (UAP, 1986), Poeta en la mañana (FCE, 1991), Fuentes (Pequeña Venecia, Venezuela, 1993), Júbilo (FCE, 1997), Poesía 1963-1993 (Conaculta, Lecturas Mexicanas, 1998), El halcón (Secretaría de Cultura de Jalisco, 1999), Poemas y otros poemas (FCE, 2003) y Se está tan bien aquí (Calamus/Conaculta/INBA, 2007).

 

Prosa

 

La Historia de Nápoles (Cidcli, 1988), Los baños de Celeste (Editorial Posada, 1989), La hora íntima de Agustín Lara (Cal y Arena, 1990), Cuentos para leer en los aviones (Cal y Arena, 1993), El otro lado (FCE, 1993), LʼAutre Côte (Annik Press, Canadá, 1995), The Other Side (Annik Press, Canadá, 1995) y Cuentos y ultramarinos (Ediciones Sin Nombre/UAM, 2009).

 

Teatro

 

Salón Calavera, Las visitas, Bang (Océano, 1987).

 
 

 



De Tambor interno
 


[Fuimos niños]


Fuimos
                niños náufragos
                                             de algo.
Adolescentes
                       náufragos.
Pero ahora las banderas
                                        las izamos nosotros
                              y movemos
                                                          nosotros
                                                          los timones.
Absurdo es dejar
                            que el tiempo pasado
                                                   nos detenga.
Tenemos la vida toda abierta.

Se comprende
que pueda ser oscura,
                     pero en las oficinas,
                                      los conventos
                                                     las crujías;
oscura en los libros
                                 o en los consejos,
pero no en la calle.

Porque en la calle se sufre
                                   de hambre,
                                                     de frío,
                                                         de policías,
pero a la luz,
                      abiertamente,
mano a mano con todos.

La fe
           llueve
                      en la calle
y anda el amor
                         juntando
                                         muchachos y muchachas.

Mueran los que no creen
                                        que la vida
                                               se construye
                                                           a cada instante
y es hermosa.

Mueran. O sean condenados
a un millón
de latigazos
de esperanza.

Y los que en vida
                            se casan con la muerte,
y los cobardes
                        que esperaron la nueva generación
                                   para acostarse con vírgenes,
y los que escriben
de cómo encontrar
                              para el amor
                                                  a la persona justa.

Mueran los que esperan sentados
                                        que el tiempo
                                                 lo resuelva todo.

Nosotros
               —hablo por mí
                                        y por todos
                                                          los que quieran—
menores aún
                     —comparativamente—
hemos de exceder en estatura
                                               a las estatuas.

Han de venir,
                      cuando muramos,
quienes crecerán lo doble de nosotros,
hasta que el hombre
                                     alcance
                                 su total tamaño de hombre.

Nos importa nuestra vida.
Somos el poema-arma contra todos los estorbos:
                              los abuelos,
                                     los cánones,
                                           el régimen,
                                             el way of life
                                                        que nos imponen;
contra el odio destilado
                                      que vuelcan
                                           en nosotros
                                                    los mayores.

Creemos en los hombres
que se abren la camisa,
                                      sin vergüenza,
para que se sepa
                           bien
                                  con quién se trata.

Somos los dueños
                   desde la segunda mitad
                                              de este siglo
                                                         hasta la muerte.

Somos los inventores del amor sonoro.
                                        Los amantes del amor sonoro.

Arriba, amor,
irrumpe en la calle
                               y haz lo que te toca

 

 



De Cinco veces la flor
 


Mi hermano mayor

 

Yo tenía un hermano mayor;
era siempre cinco años más amable y más sereno;
quería un escritorio y un caballo
y una manera nueva de contar los sueños
y una mina de azúcar, de seguro.
Le gustaba leer y razonaba,
a veces era tierno con las cosas
pero yo nunca vi que fuera un niño.
Era un hermano mayor con todo su traje azul marino,
con toda su camisa blanca blanca,
con toda su corbata guinda oscura muy de gala.
Yo tenía un hermano mayor
de pie sobre la luz;
me daban miedo las calles en la noche
y el corredor oscuro de la casa,
me daba miedo estar a solas con mi abuela,
pero tenía un hermano mayor
sobre la luz cantando.
Mi hermano mayor también era un fantasma,
una calavera dientona,
una carcajada de monje a media noche.
Mi hermano era un muchacho blanco y sin anginas.
Por eso nunca nos comimos juntos
ninguna jícama del camino
ni rompimos de guasa los vidrios de las ventanas
ni nada que yo recuerde hicimos juntos.
Ni jugamos ni fuimos enemigos.
Éramos buenos hermanos, como dicen.
Se habló de inteligencias y de escobas,
se discutió sobre los pantalones cortos y las hostias
y el carrito con ruedas de patines;
se supo y se dijo que mi modo era grosero
y mi cabello oscuro.
Él era siempre mejor que yo
cinco años.
Hace cinco años se casó mi hermano.
El que se casa pobre
tiene que andar cuidando su manera de contar estrellas,
tiene que andar despierto y trabajando, qué remedio.
Se tiene que acabar de cuajo con los sueños, dicen,
porque vienen los hijos, la suegra, los cuñados,
y lo dicen, aquello de los sueños, sin decoro,
sin tocarse la vena, sin énfasis ni estilo,
como el que dice que no sabe de dónde viene el hombre.
Hace cinco años que no crece ya mi hermano.
Mi hermano,
mi hermanito menor, mi consentido.



De Alianza para vivir
 

El azorado 
Canción para la golondrina
Yo te platico, Juan


El azorado

 

¿A mí me han escogido?
¿Por qué?
¿Qué música puedo yo tener?
¿Qué he de decir?

A mí me gusta el confort,
la buena vida, el buen vino,
la buena plática, el café
y las flores.

¿A quiénes represento?
¿De qué puedo hablar?
¿Por qué yo?
¿Por qué yo?

 


Canción para la golondrina

 

La golondrina es animal corriente,
es obvia su semejanza con el torso de una mujer flaca aullando en la cama de los árboles; tocan sus plumas
más ocultas las ramas con el viento;
es obvia su semejanza
con sus piernas, sus caderas (la línea),
quizás un velo para tapar honestamente,
aladamente,
el pubis de la golondrina.

Sólo para anunciar la lluvia viene,
vuela haciendo grumos en la tierra como en el asfalto, porque no tiene prejuicios la naturaleza;
abundadora de las fuentes del canto,
acrecentadora del agua de las cacerolas,
extirpadora de los dineros del mar mal llevado a esta gruta de dolorosa entraña,
golondrina;
pero insisto,
la golondrina es animal corriente;
no de las vigas del techo hizo su nido sino
para estar atenta al doblez de nuestras horas lúbricas; espeso es el rayo de la luz
que queda entre nosotros y la golondrina
cuando estamos desnudos ella y yo,
esta pájara y yo,
esperando a que caigan las primeras gotas
para romper todo hechizo de elegancia
y partir soeces
a otra soledad
más
refinada.

 


Yo te platico, Juan

I

Tú no supiste, Juan, lo que pasó este día
porque no vives en la calle de mi casa,
pero yo te platico
porque sé que te hace huella toda pisada
sobre el mundo;
yo te platico porque sé
que tú quisieras estar en todas partes.

Hoy un coche atropelló a una bicicleta con un niño.

Ay el niño con su suéter rojo
como una escultura
sobre el espacio negro de la calle,
ay el niño dormido junto al fierro.

Yo te platico, Juan, el mustang y su dueño,
la cantidad de gente que se puede juntar en un minuto,
yo te platico el teléfono y el grito,
pero no puedo decirte
la carrera negra y roja y loca
          (iban los dos, porque ahí estaban los dos
          en su tranquila siesta)
y el cinturón desabrochado
          quién fue, quién fue, quién fue,
          —iba así, venía así, cruzó, frenó
y la camisa también desabrochada
          al hospital, al hospital, decía
y el niño duerme y duerme, Juan,
en los brazos de su padre.



De Varios desnudos y dos docenas
de naturalezas muertas
 

Desnudo con espejo
Desnudo con rosas



Desnudo con espejo

 

En el cuarto blanco
la modelo
se desnuda.
Prodigiosa.
Unta una mano en el costado
para llevarla atrás.
En una silla quedan
los restos del misterio.
Los colores tan suaves,
tan delicadas las texturas:
sedas naturales y antinaturales.
Nailon.
Lo que queda de ella
es transparente
y va ceñido a la forma de la piel.
La otra mano en la nuca
levanta el torrente
del cabello.
Frente a ella,
con el azogue hacia nosotros,
un espejo ovalado
la seduce.

 


Desnudo con rosas

 

En el cuarto blanco
la modelo desnuda
alza la vista.
La nariz
es el punto de referencia
entre la mujer
y el cielo.
Sus cabellos cuelgan
hacia atrás
con dejo de cascada enloquecida
El cuello delgado y tenso
sostiene el cuerpo
que pende sobre el mundo.
Así el torso
como la cadera
y las piernas
—hembrísima la hembra—
se sostiene sobre el grito,
figurado
a partir de la boca
con rosas blancas y rojas
que se elevan.



De Volver a casa
 

Un muchacho que puede amar
Volver a casa



Un muchacho que puede amar

 

1

Huele a muchacha el aire de mediodía,
huele a muchacha natural,
y está tan cargado de olor a muchacha
el aire de mediodía
que estoy a punto de gritar
que el aire de mediodía huele a muchacha.

7

La iremos haciendo piedra a piedra
hasta que no quede más remedio
que llamarla casa.
Luego la enseñaremos a cruzar los ríos,
crecerá como un animal,
será perfecta.
¿Qué sueño habrá en la ciudad
más rico que su sueño?
Gimiendo nos pedirán posada
los altos agapandos,
hospedaremos al sol como un rey
en los pisos superiores,
y arriba nosotros, mirando la ciudad,
nos amaremos en setenta posiciones
hasta que la casa se caiga
despedazada por la dicha.

 


Volver a casa

 

1

Un día
abandonaremos
la ciudad de México;
la dejaremos en pie y desierta
para que
las conjeturas
crezcan,
y nos iremos a fundar
en otra parte
nuestras maravillas.

6

Nos convidábamos agua
unos a otros;
el que tenía sed
abría el grifo
por donde la buena voluntad
de los demás
salía;
luego le agregábamos azúcar
y zumo de limón
y nos bebíamos la frescura
de nuestras comuniones.
Así éramos,
no os quepa duda.

8

Pero cuando la muy desvergonzada se me queda viendo
con esos ojos húmedos y enormes
tan expertos en luces y en colores,
me degüella la voz,
me hace bajar la intensidad,
me obliga a descuidar mi propia historia,
me arranca lamentos infantiles,
desgraciada,
me enamora.

La abrumadora
tiene ese olor a entrepierna que el mar no me borró,
tiene esa vibración histérica en la voz
que me transporta a la soledad más pura.

Entonces, cuando ha ocurrido el milagro
y yo espero la aparición de mi fantasma
y mis pequeños ojos quieren verlo todo,
inventar lo que me miran,
me entra una gana monumental de ser gracioso...

27

Ay qué buen pecho tienes
bajo la blusa,
ganas me dan
de engañarte
para que me lo enseñes.



De Hemisferio sur
 


Hemisferio sur

(Fragmentos)

Malditas horas y malditos días
llenos de sucio tinte de las buenas costumbres.
Queriendo tocar la parte íntima del día
en un segundo pierdo todo lo que los años
habrían querido guardar para la vejez.
Mala y artera razón, podrido estilo,
juguetito infeliz que chilla como si cantara.
En la rigidez con que me odio
no hay hule que se estire tanto
como la imaginación.

El enorme sur calienta su escasa profundidad
tendido como una amante joven
que ha mentido a sus padres
para venir a la cama del amado,
y el azulísimo azul, más extenso que las palabras,
se eterniza.

Que salga el sol, qué diantre;
que volvamos a sentirnos flores perfumadas,
airecillos calientes
rondando las orejas de las diosas,
riachuelos tibios que les lamen los pies,
que les empujan pececillos voraces en las entrepiernas;
que volvamos a sentirnos por un segundo más
picante miel, empalagoso almíbar
o redomados cabrones que montan peñas
que parirán sabrosos manantiales.

La comunión comienza:
me reparto mi pan,
mi vino rojo del sur;
mis dedos limpios entran a mi boca;
comienzo a engordar como un sapo feliz;
el necio humo nuestro me sahúma.

Un largo, larguísimo grito
como la más baja y perenne nota
de un órgano eléctrico
se instala para siempre
entre el mundo y mi garganta.



De La patria vieja
 

Vagar, vagar
Ninón Sevilla
La persecución
Un ser mítico


Vagar, vagar

 

Poner un pie en la tierra
me llevaría sin duda al fin del mundo;
un pasito tras otro, conectando el alma al alma,
como cuando no podía entrar a la escuela
y me echaba a caminar embelesado.

Me parece sin embargo
que es mía la última hora de esta tarde.
La transparencia inusitada de estos aires
me deja ver los montes
que siempre están allí,
celando la posibilidad de un vuelo más extenso

Cierro un ojo y otro alternativamente
para desconcertar al horizonte.
Fácilmente me perdería en el sueño arreglado de los
    recuerdos.
Sin pretensiones debo aceptar que así es la vida.

Aquí estoy otra vez con mi corazón merodeante
rondando sobre el mercado de esclavas.
Jamás me bastará la vida,
en una sola vez es imposible armar tanta pedacería.

Necesito largar la pierna,
largar la vena,
mover el músculo del porvenir;
nadie sabe de qué cosa es la vida,
ni el zopilote malhecho que me está esperando
ni la culta mariposa que se queda embarrada en el vidrio
parabrisas.

Pero aunque no sé
sé que la vida me ha andado siempre cerca
y que siempre he estado a punto de agarrarle un pie.

 


Ninón Sevilla

 

Querida Ninón Sevilla:
quiero decirte que después de todo no ha sido tan difícil vivir
como me parecía en aquellas tardes de domingo en el cine
         Lux;
claro que mi abuela no me enseñó a quererte
sino todo lo contrario
pero mi educación fue tan tonta que mejor sigo puesto
        en tus trajes de rumba
y en esa especie de turbante que le dio a mi vida, no sé
       por qué, la noción de la soledad.

Tarde o temprano se mueve el corazón por propio impulso
y va a dar derechito a su verdadero amor.
Porque nadie, Ninón, sabía moverse como tú; que lo
        digan mis ojos.
De nada me serviría ahora recordar los nombres de los
        nefastos galanes
que rodeaban las pistas donde tú, en horas y horas de
rodaje, tejiste la tela de araña en donde cayó mi gusto
        para siempre;
ellos qué, ya se deben haber muerto, o secado
y nadie puede seguir cogiendo más allá de la muerte. Ninón.

Ahora que ya todo es fácil
no veo por qué callar los alaridos de mis recuerdos,
yo no volveré a vivir, ni tú tampoco,
de manera que es bueno lo que digo.

Tú eres lo que permanece,
en tus caderas tan movibles está puesta toda la eternidad
    que yo pueda manejar;
y el amor y el desamor a mi abuela,
el amor y el desamor a mi padre y a mi madre,
el amor y el desamor a las mujeres
y el amor y el desamor a mis hijos
han estado marcados por la forma en que tú movías las
    nalgas, Ninón, feliz de ser así,
y ajena por completo a esa marca de agua que imprimías
    en el alma sin chiste de un niño flaquito de la colonia
    San Rafael.

Bebe tus lágrimas

Alejandro

 

 


La persecución

 

1

Te persigo con muy escaso tino;
no soy buen cazador
pues de entre mis propias armas
te escabulles doliente
y me gritas de lejos que te escapas.
Mañana pondré siete veces más trampas
y procuraré que no queden resquicios;
atacaré de frente y con venablo;
si logras evadirte
no dejes de tirar en algún lugar visible
tu pañuelo.

 


Un ser mítico

 

Ya me veo encarnado en un ser mítico cuya gracia fuera ser un ojo ingente, pavoroso, que abarcara de sobra todo lo posible y estuviera entrenado para modificar relaciones: el efecto de la clorofila, azul; el cielo, verde; el mar, morado; las montañas, no más grandes que un señor; la tierra, plana. Y tal vez ni aun así encontraría la calma que contiene el reposado amor que sacuden en las sábanas por la mañana los viejos matrimonios. Tal vez ni aun así. Pero dejemos esto a un lado y volvamos al ojo gigantesco que surge de pronto en el horizonte y lo va mirando todo. ¡Qué estupendo calibre el que cobra así la materia! ¡Qué manera de amar de aquello que llamábamos Dios! Ya todo es posible porque todo es visto, lo más grande y lo más pequeño, lo izquierdo y lo derecho, lo dentro y lo fuera. Y el ojo así de grande y de capaz lo único que no ve es otro ojo, otro tanto semejante a sí, un ojo hembra que rompiera la línea que separa al hombre de su sueño. Pero dejemos esto a un lado y aceptemos que todo es porque sí, porque me veo ya encarnado en un ser mítico cuya gracia fuera...

 

 



De Poeta en la mañana
 

Un ruido
Las olas del mar
Cómo salirse de la noche
Vestirse
Vida súbita


Un ruido

 

De repente ha entrado a la casa un ruido
y ha roto el minucioso y acompasado análisis del silencio
que tejía el insomnio con paciencia ejemplar.

Un inocente ruido. Pero uno cómo va a saber que es
                                                                       [inocente.
Se ubica sólido en una peligrosa cercanía
que separa sólo una puerta que se vuelve su cómplice
y comienza a devorar el silencio hasta hacerse corpóreo.

Allí está el ruido ya ingente y no sabe uno
qué irá a pasar.

Me levanto y me acerco a la puerta.
No me atrevo a encender la luz.
Contengo el aliento para que el ruido no me escuche,
contengo el sudor para que no me sienta,
suspendo hasta donde es posible el golpeteo interno.

Los pocos ruidos lejanos nada pueden
contra el ruido de marras que me aterra.

Siento un escalofrío: el repentino canto del gallo
en otra dimensión estalla. O sea que hay otro mundo.
Tomo entonces valor, no sé de dónde, y abro la puerta.
Desaparece el pobre ruido que tenía en suspenso
el transcurrir oscuro de la noche.

Me regreso a la cama, abrazo a mi mujer
y comienzo de nuevo con mi trama. 

 


Las olas del mar

 

No es el mar menor que esta ola
escapada del grupo en que venía,
tenía espuma, vuelo, asunto,
y se detuvo en donde menos aprecio
y duración tendría.

¿A mis pies una ola?
¿Qué tengo yo que mi amistad procura?

Ya ni siquiera olor la identifica,
ya sólo es humedad agónica en la playa
que no ocupa recuerdo ni esperanza.

Bajo la arena ha de volver despacio
a su origen de fiestas y de peces
mientras pasan las otras
a burlarse tranquilas de mis ojos atónitos
que no entienden al mar.



Cómo salirse de la noche

 

La piedad del día nos recoge al fin
del tormento afilado y ronco de la noche.

Hemos pasado el infierno del insomnio,
el purgatorio del sudor
con la cabeza sobre una almohada empapada,
la creciente molestia de una muela
que deviene dolor insoportable,
como el que da soñar lo que el deseo rechaza.

No quiero soñar lo que soñé y allí lo tengo,
en el caudal de alimañas de la noche.

Pero al fin canta un pájaro agorero
en la fronda del pino
y en un sueño sereno
comienza a diluirse la interminable espera.

El día, allí está el día,
afuera de este féretro.

Lo constatan el gallo, la motocicleta,
la escoba constante que en susurros tenues
arrastra la basura de los durmientes,

sólo empujar tantito la tapadera
rechinante de las cobijas,
alzar con la mano que no quiere moverse
el párpado desobediente, vamos, ánimo,
incorporar la carga del cuerpo desguanzado
y allí está el anhelado día
luminoso, cabal, al fin, reconocido, alegre.

 


Vestirse

 

La ropa olorosa del cajón consagra
la apertura del día.

Los calzones de algodón, buena materia,
entran al cuerpo como animal adicional
y adheridos al hombre
tiran con uno de la dura carreta de la patria.

La camiseta, especie en extinción,
impulsa la bondad, los sentimientos nobles,
la acrobacia espiritual
y cuando se usa de punto y blanca
resguarda al corazón de amores inseguros.

¿Qué me pondré? ¿Cómo hacerme la imagen
del que soy, cómo vestirme
en este bosque de verdades azules,
grises, negras
y de blancas mentiras sintéticas y finas?

¿Me pondré estos calcetines?
Difícilmente se encuentran
que no sean de acrilán, sustancia turbia
parecida a la tela
que provoca el sudor sin acogerlo
y agota la esperanza de una vida mejor.

Y ya vestido
apenas si hay reposo para el oculto cuerpo
que bajo tanta cobertura
realiza sus funciones con esmero.
Qué noble la desnudez
que así se ofrece y se oculta
envuelta en los misterios del ingenio.

Sale viva la ropa del cajón y del ropero
para hacer con el hombre lo que quiere.

 


Vida súbita

 

Y de qué vivió, preguntan asombrados:

vivió de vida natural,
vivió de encantamiento, de un fuerte golpe,
de un pulmón que le salió magnífico.

Tenía horas y horas para volar, para bailar,
para morirse de la risa.
Daba cosa mirarlo tan contento
como si no esperara nada.

Tenía unos pies estupendos
con los que se paseó dos o tres veces
a todo lo ancho y lo largo

y le sobrevino la vida de repente
sin que supiéramos por qué,

nada más lo vimos alegrarse y alegrarse,
se infló como un globo de dicha
y apareció ante nuestra vista
de un modo radical, definitivo, eterno.

 

 



De Fuentes
 

La quincuagésima
La sexagésimo sexta
La septuagésimo sexta
La septuagésimo séptima


La quincuagésima

 

gritos que son ángeles
lavar la ropa tenderla esperar
                                               son ritos
sonrisas del mercado cómo quisiera compraros
hay arcos de luz del sol que apresan la conciencia
y entonces ya nada se sale se sabe todo
lo mismo que se ve se sabe
                                            nada hay ya que atar
el coro canta
pífanos trompetas y zampoñas
                                                    caramba
he dado más vueltas de lo necesario
desandando el tiempo hasta el amor se nota
que ha pasado el tiempo
                                        bagatelas al fin
que no somos sino brizna
y en llegando
                      de más arriba de las cabezas
                                                                    ángeles
imaginan
que ensordecen deslumbran atosigan colman
los corazones

 


La sexagésimo sexta

 

Haz de cuenta que esta piedra que es la vida
tuviera no muchas sino pocas caras
                                                          y tuviera
superficies lisas y texturas suaves
con qué gusto entonces contáramos el devenir
de esta pedrea
                       como niños contentos en recreo
y viéramos que cualquier cosa si es de piedra
es buena para arrancar a platicar de cosas
que a nadie le interesan
                                      pero son jugosas
como el día
                    la pasión
                                   el buen cansancio de estar
ante el ojo implacable de uno mismo
a la hora de hacer la obligación adulta
de mirar al mundo
                              con ojos ostensibles
habría de ser distinta la manera de tomar una piedra
de abrazar la tierra
                              de beber el agua
                                                         de sentir
el buen aire que sopla sobre nosotros de mil modos
su mayor y mejor sabiduría

 



La septuagésimo sexta

 

de dónde nace el fuego

vasta luz
               basta candente luz déjame pensar de dónde
cómo he de sacar en claro nada entre tanta claridad

de la rajada primera del oculto corte del medio de la carne
de mujer
               ya sé de dónde
                                        de un ojo que puede construir
lo que no ve

perdona que pregunte pero quién puede tragarse
el saber lo que sabemos y decir
                                                   yo sé de dónde

para mí que no hay más que acercarse
como quien se asoma al lecho de los astros
a esa cosa imponderable comible trajinable para que todo
estalle y se haga fuego
                                     entre una algarabía de pelos
olores y sabores
disculpa lo sencillo
                                el acientificismo
                                                            la sonrisa
la luz viene en espiral de adentro del centro de la mujer y
nace el fuego

 


La septuagésimo séptima

 

pues todo hacia un limitado fin
                                                   se encamina
la cabra la piedra la estrella el paso decidido todo
un fin próximo y sabido
                                         al migajón
                                                           a la pulga
                                                                           al agua
¿al agua dije?
                    ¿se acabarán el agua el fuego y el viento y
la tierra?
mucho más pronto que la sorpresa de imaginarlo

el libro el beso
la sonrisa
                         la marca de los labios y qué casualidad
también la vida
y no digamos la propia
la que observa
la que mide
la que constata
                       que no es más que un hilo recortado a la
mitad y a la mitad y a la mitad

mas hay un fin otro
un fin fin del que nadie tiene informes
                                                                 qué monserga

 

 



De Júbilo
 

Estar
Llorar



Estar

 

Lo que quiero es estar,
y estando, no dejar que el agua se detenga,
como un pez lujurioso,

estar, y estar moviéndome en el aire
para que como en aspas todo avance
hacia un júbilo movible,

nada más estar me gusta,
y si la tierra no para de menearse,
no cesa de frotarme,

sé que estando nada más
habré de ser caldero de cenizas

nomás de puro estar.

 

 


Llorar

 

Queriendo abrir mis ojos, cerré mis ojos;
no sabía qué era qué.
Me tenía ocupado el sentimiento.

Ese modo mecánico y viejo de decir que se le salen a uno
        las lágrimas
me pasaba;
casi no pude contenerlas
pues aunque dijera para mí que no
lo otro decía dentro de mí que sí, que llorara,

que la triste vida sólo comprende el día que se está
        viviendo
y si el día entero quiere llorar, que llore;

se dirá que se ha vivido una vida de lágrimas,
y punto.