De Poeta en la mañana
 

Un ruido
Las olas del mar
Cómo salirse de la noche
Vestirse
Vida súbita


Un ruido

 

De repente ha entrado a la casa un ruido
y ha roto el minucioso y acompasado análisis del silencio
que tejía el insomnio con paciencia ejemplar.

Un inocente ruido. Pero uno cómo va a saber que es
                                                                       [inocente.
Se ubica sólido en una peligrosa cercanía
que separa sólo una puerta que se vuelve su cómplice
y comienza a devorar el silencio hasta hacerse corpóreo.

Allí está el ruido ya ingente y no sabe uno
qué irá a pasar.

Me levanto y me acerco a la puerta.
No me atrevo a encender la luz.
Contengo el aliento para que el ruido no me escuche,
contengo el sudor para que no me sienta,
suspendo hasta donde es posible el golpeteo interno.

Los pocos ruidos lejanos nada pueden
contra el ruido de marras que me aterra.

Siento un escalofrío: el repentino canto del gallo
en otra dimensión estalla. O sea que hay otro mundo.
Tomo entonces valor, no sé de dónde, y abro la puerta.
Desaparece el pobre ruido que tenía en suspenso
el transcurrir oscuro de la noche.

Me regreso a la cama, abrazo a mi mujer
y comienzo de nuevo con mi trama. 

 


Las olas del mar

 

No es el mar menor que esta ola
escapada del grupo en que venía,
tenía espuma, vuelo, asunto,
y se detuvo en donde menos aprecio
y duración tendría.

¿A mis pies una ola?
¿Qué tengo yo que mi amistad procura?

Ya ni siquiera olor la identifica,
ya sólo es humedad agónica en la playa
que no ocupa recuerdo ni esperanza.

Bajo la arena ha de volver despacio
a su origen de fiestas y de peces
mientras pasan las otras
a burlarse tranquilas de mis ojos atónitos
que no entienden al mar.



Cómo salirse de la noche

 

La piedad del día nos recoge al fin
del tormento afilado y ronco de la noche.

Hemos pasado el infierno del insomnio,
el purgatorio del sudor
con la cabeza sobre una almohada empapada,
la creciente molestia de una muela
que deviene dolor insoportable,
como el que da soñar lo que el deseo rechaza.

No quiero soñar lo que soñé y allí lo tengo,
en el caudal de alimañas de la noche.

Pero al fin canta un pájaro agorero
en la fronda del pino
y en un sueño sereno
comienza a diluirse la interminable espera.

El día, allí está el día,
afuera de este féretro.

Lo constatan el gallo, la motocicleta,
la escoba constante que en susurros tenues
arrastra la basura de los durmientes,

sólo empujar tantito la tapadera
rechinante de las cobijas,
alzar con la mano que no quiere moverse
el párpado desobediente, vamos, ánimo,
incorporar la carga del cuerpo desguanzado
y allí está el anhelado día
luminoso, cabal, al fin, reconocido, alegre.

 


Vestirse

 

La ropa olorosa del cajón consagra
la apertura del día.

Los calzones de algodón, buena materia,
entran al cuerpo como animal adicional
y adheridos al hombre
tiran con uno de la dura carreta de la patria.

La camiseta, especie en extinción,
impulsa la bondad, los sentimientos nobles,
la acrobacia espiritual
y cuando se usa de punto y blanca
resguarda al corazón de amores inseguros.

¿Qué me pondré? ¿Cómo hacerme la imagen
del que soy, cómo vestirme
en este bosque de verdades azules,
grises, negras
y de blancas mentiras sintéticas y finas?

¿Me pondré estos calcetines?
Difícilmente se encuentran
que no sean de acrilán, sustancia turbia
parecida a la tela
que provoca el sudor sin acogerlo
y agota la esperanza de una vida mejor.

Y ya vestido
apenas si hay reposo para el oculto cuerpo
que bajo tanta cobertura
realiza sus funciones con esmero.
Qué noble la desnudez
que así se ofrece y se oculta
envuelta en los misterios del ingenio.

Sale viva la ropa del cajón y del ropero
para hacer con el hombre lo que quiere.

 


Vida súbita

 

Y de qué vivió, preguntan asombrados:

vivió de vida natural,
vivió de encantamiento, de un fuerte golpe,
de un pulmón que le salió magnífico.

Tenía horas y horas para volar, para bailar,
para morirse de la risa.
Daba cosa mirarlo tan contento
como si no esperara nada.

Tenía unos pies estupendos
con los que se paseó dos o tres veces
a todo lo ancho y lo largo

y le sobrevino la vida de repente
sin que supiéramos por qué,

nada más lo vimos alegrarse y alegrarse,
se infló como un globo de dicha
y apareció ante nuestra vista
de un modo radical, definitivo, eterno.