Vicente Quirarte



Selección y nota introductoria de Eduardo Casar  


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Nota introductoria

Ésta quiere ser una invitación a leer la poesía de Vicente Quirarte, a buscarla en sus libros completos, subrayarla, plagiarla si nos dejan, colocarnos un verso en la memoria que nos abra las manos que queremos.

Vicente Quirarte nació —y lo sigue haciendo— en la ciudad de México;* pero todavía más: creció en el centro, en la zona silueta del círculo concéntrico.

Nuclearmente poeta, Quirarte se despliega sobre los más variados géneros de la literatura: la investigación amplia (en sus libros sobre Cernuda y sobre Owen), el ensayo (Peces del aire altísimo), las impresiones para sobrevivir (Enseres para sobrevivir en la ciudad), el cuento (El amor que destruye lo que inventa).

El manejo de la dimensión poética del lenguaje está presente para abarcar con él al pensamiento reflexivo de sus ensayos, a la parte cóncava de los personajes de sus cuentos, a la minuciosa mirada que habla de sus crónicas de cosas simples.

Son pocos los escritores en lengua española (como Celorio, Morábito o Hiriart, por poner tres ejemplos) a los que se les nota ese paladeo verbal que se nota en Quirarte, ese indeclinable gusto por las texturas y los nudos materiales del lenguaje, esa actitud constantemente renacentista de orfebrería verbal.

Quirarte es un enamorado de las cosas: la pluma es una fuente, el portafolio, el tequila a caballo, los libros y el olor de la tinta, el lápiz, los oficios y las dedicatorias, los diversos etcéteras con los que el mundo expande los big vaivenes de la creatividad humana.

Es un enamorado de las cosas el Quirarte; puede coleccionarlas, no sabe de temor, no tiene miedo a nada, ni siquiera a los vampiros o al rencor y no le tiene miedo a las corbatas, pero lo que sobre todo ama de las cosas es su contacto con ellas.

Su literatura, llena y limpia, parece refutar la existencia de la famosa “cosa en sí”, porque lo que más busca y logra de las cosas (incluido el amor) es entrelazarlas, formarlas en la fila india y mestiza de lo significativo, relacionar sus texturas y valores, sus capas internas con sus capacidades para ser expresadas, su peso con la exacta sentimentalidad que lo digiere y vuelve permanente. Denso, comunicable, reciclable por la sensualidad ajena.

Su gusto por la pluma fuente no le hace rechazar los deleites del delete de los teclados. Admirador de las ballenas y los niños, de su oxígeno azul más o menos grande, Quirarte es también un pensador de la muerte; de la concreta, la que encarna en alguien y lo va descarnando o descarna de golpe, inoportunamente, o dignamente. Cada elegía de Quirarte es matizada, es personal de alguien y no esquematizada y abstracta: por eso duele.

Pariente (poético) de Bonifaz Ñuño, y por ello y por otras cosas dueño de un oído complicado pero siempre seguro, Quirarte hace poemas que, notablemente, siempre caen de pie, como los perros que parecen gatos: el verso, in stricto sensu, como unidad visual de sentido y sonido, es la célula real de sus poemas, la clave urdimbre de su vitalidad.

Sibarita es el más amplio sentido del inicio y del término, la poesía de Vicente Quirarte es una de las más bellas armas que se han inventado para luchar por la vida. A su aleación concurre un elemento peculiar: la noción de combate. Fiel a la raza de los hombres del Renacimiento, que sabían combinar las tintas de la espada y la pluma, Quirarte aparece en sus textos como un guerrero, como alguien versado en las artes marciales que no matan, como un creador de unas épicas intimidades.

En los poemas de Vicente Quirarte siempre hay batallas, impaciencias sobre otra piel que sin cesar se tensa, atabales, corazas, estrategias, navíos.

Su belicosidad es la de lo interno y lo cercano, la de la más profunda piel de su lenguaje, la del héroe cotidiano que lleva sobre sus espaldas la responsabilidad de abrir las puertas de otro cuerpo.

De las nubes y nieves militares Quirarte toma la seguridad que se siente si se tiene estrategia: sensación potenciada porque el contexto de las (frías) estrategias, en Quirarte, es el imprevisible y cálido terreno del encuentro amoroso.

¿Qué más decir? Que su naturaleza pacífica es oceánica y, por eso, todo el tiempo combate y sus batallas, todas decisivas, serán interminables. Si el lector lo decide. Bienvenida a nosotros su armada poesía, para que sea de hunos y de otros salvajes.

Eduardo Casar

 * En 1954.

De El ángel es Vampiro

 
 

Razones del samurái
El mundo
La piel del mar
Encuentro con la nieve
El niño y el viento
Elogio del Vampiro   
Preludio para desnudar a una mujer   

 

Razones del samurái

 

A las tres de la tarde
de aquel trece de marzo,
la voz de mi hermano Ignacio en el teléfono:
“¿Puedes regresar?”
Y yo que quería contarle
del alba en California;
del cartel de la ballena jorobada
—cuarenta toneladas de energía
saltando en algún lugar de Alaska—;
del libro sobre la ballena spermacetti,
la Moby Dick que acometió al Pequod
y echó a pique los sueños
de su capitán alucinado;
del café que estrenaba las mañanas
con su campana oscura;
de las rubias empleadas de las tiendas
que en mi sed de comprar reconocían
las huellas del amor recién nacido.

¿Padre, hubieras querido que tu primer hijo
diera la mala nueva de que ya éramos menos?
En tus treinta minutos de agonía,
con el pie en el estribo de otro tren,
¿te acordaste de sus primeros pasos
cuando al pie de las sillas de montar
posaba como un pequeño Buda,
grave y solemne como los niños tristes?
“¿Puedes regresar?” Me dijo Ignacio.
Debajo de sus palabras se anunciaba
el valeroso miedo de ser débil,
la rabia por no soltar la brida del caballo.
Era, como en los Viernes Santos,
la hora en que llegó la quinta herida,
en aquel cuarto oscuro de Los Ángeles
donde Ignacio quería decirme, dijo, me decía
que a la tribu por ti capitaneada
la diezmaban de tajo,
que te ibas de plano, y nosotros contigo.
Y mientras yo pensaba que la vida
era para mi sed un mar pequeño,
te tirabas —sereno— de aquel puente
para dar comienzo a las preguntas.

 


El mundo

Queremos nombrar el centro de las cosas,
el corazón sonoro de las cosas,
el fervor silencioso de las cosas.
Creemos: develar el misterio
nos salva del transcurso
de las horas que gastan la memoria.

Mejor dejar las cosas
tras la tela paciente de la araña,
tras el ala del ángel traicionado
o el camisón que crece en tu hermosura.
El alma de las cosas
es la niebla purísima que deja
adivinar su nombre verdadero.
No buscar los prodigios. Esperarlos:
tu bramido de amor
que sale del espejo que te copia:
esa reconstrucción lenta del mundo
que afirma su materia más durable.

 

La piel del mar


I

Por mano de varón, sus maravillas.
Los músculos de un hombre levantaron
sus cumbres y sus puentes;
le tensaron la piel sobre los huesos,
la pulieron a fondo entre los muslos,
dura y terrible y nimia en los pezones.
Del talento de un hombre la sustancia
que lubricó su entraña.
Y al final de la hechura,
la mano de varón abrió la herida
que a un tiempo da la luz y trae la muerte.

A tanta perfección, puerta cerrada.
Fue mano de mujer, la curadora.
De sudor de mujer, la aguja de diamante;
de su saliva, el hilo en nudos ciegos;
de sus aceites íntimos, el bálsamo
que extinguió los dolores del naciente.
Con nombre de mujer nació la lluvia.

II

La memoria es un barco de papel
donde puedes guardar una ballena.
Armado en astilleros del pupitre,
lo doblan manos frescas de muchacha,
navega sin que nadie lo bautice
y resiste las peores marejadas.

Con su velamen de papel periódico
y sus jarcias de tinta,
se embriaga como barco adolescente
o asesina gaviotas
como el viejo marino que navega sin rumbo.
Cuídalo del naufragio y no lo turbes:
ese barco navega por los sueños
y si tú lo despiertas
nadie sabrá qué hacer con su locura

III

A Ximena Amescua Cuenca

Bienaventurada la mujer que mire una ballena,
la aleta prodigiosa
que es en verdad tan fina,
tan poblada de huesos y tejidos
como los largos muslos
de las hembras terrestres.
Bienaventurada la que sienta,
en la ballena que emerge en pos de aire,
el pulmón de la vida,
el fuelle gigantesco de esa vaca profunda
que igual a las mujeres de la tierra,
siente crecer su cuerpo
y canta las canciones de cuna del nonato.
Bienaventurada quien escuche
el ronco ritual del macho
en vigilia de amores, mar adentro,
y los violines niños del cachorro
afinar el silencio en la bahía.
Bienaventurada la mujer
que en la lengua pulse la sal de la mañana
y ante sus ojos pase
un coro de ballenas con sus nuevos infantes,
grávidas las hembras,
orgulloso el varón de la manada.
Bienaventurada aquella
que al tiempo que su vientre se ilumine,
en el aire que bebe reconozca
que ella también va llena
y es criatura dilecta de los mares,
donde nació su historia.

 


Encuentro con la nieve

 

A Nelson De Vega

Nevó toda la noche y amanece
la tierra inmaculada.
Quién pudiera decir que bajo el manto
prepara su verdor la primavera.
Si la pureza existe,
qué semejante es a la nieve:
hoja blanca cedida por el mundo
para probar que nada permanece.

 


El niño y el viento
 

A la memoria de David de Vega
(1972-1990)

I (El álbum fotográfico)

Para que no te vayas tan de golpe,
te inventaremos todos: uno dirá
que te gustaba estar donde estuvieran
las mejores mujeres: que a todas las buscabas
y a todas las amaste desde tu edad mestiza
de niño encarcelado en cuerpo de hombre.
Otro recordará que parecías
guardar los ocho siglos de los árabes,
una lección de historia en tus ojeras.
Y otro pondrá en papel aquella imagen
de tu amor por el viento y su desorden,
ese muchacho vago que entendió tu locura.
Salen de los cajones tus imágenes
y es como si de nuevo estuvieras naciendo.
En retratos de grupo o de familia,
se nimba con luz del ángel tu silueta.
Y tus deudos ya somos los fantasmas.

 

II (Treinta días)

Cuando digo que estás en otra vida
no hablo del límite indeciso
que llamamos más allá.
Tu manera de estar entre nosotros
es, a fin de cuentas, tu otra vida.
Partido tan reciente,
viajero que de irse no termina,
aún te regimos por horarios:
hoy hace un mes que nos dejaste
y no hemos tenido tiempo de enterarnos.
Hoy que me lo dijo el calendario,
me lastimó la vida.
No la vida impetuosa,
jugo del sol, naranja del cielo
que juguetea en la cama con nosotros,
sino esta pesada muerte de la vida,
la frente de ceniza,
la ciudad con sus brujas y demonios,
el contrato que hicimos
sin haber meditado en sus bemoles.
Ya no supiste de la lucha del hombre
por obtener un lujo de lentejas.
No te alcanzó el tiempo de la verdad amarga:
la juventud regresa sólo para el alma.
Por eso te fuiste en los labios del viento,
en esa llamarada
cuya cicatriz nos grabas en el alma.

 

III (Caballo en el viento)

Levanta tus castillos,
declara tus amores,
construye con tus manos
las señales obscenas
que oscurecen la voz,
porque todo es del viento.
El viento es un caballo.
Aprieta sus ijares,
sus potencias ocultas
en la entraña flamante
del animal de acero
o en el cuerpo exiguo
del juguete de palo.
Al viento lo gobiernan
los de la piel más dura
y el aire se enamora
de ese rigor amante.
El viento es un caballo
que montamos a pelo
y la tinta más negra
se diluye en el aire.
El viento es el jamelgo
del caballón Caronte,
huracán que nos lleva
cuando menos pensamos,
blando espejo del agua
donde inocente escribes
tu historia pasajera.

 

IV (Potestades de la llama)

Siente crecer la llama. Respeta su dominio
como los pescadores, los faros, las ballenas
se preservan del mar. Mira su luz navaja,
sus alternos fulgores de azul a rojo blanco.
Acércale tu mano, pero quítala a tiempo:
toda la luz te sirve y te alimenta,
pero es condición primera de la llama
herir a quien la roba: no hay amores
que te dejen partir sin quemaduras.
“Me abraso en el abrazo”, dirá tu piel sedienta.
Vas a jugar con fuego, mi cachorro,
y en tu hazaña no cabe la prudencia.
Que te valga el orgullo de quemarte a buen tiempo,
torito engalanado, vanidad del cohetero,
alhajas de los pobres en la noche de fiesta.

 

V (La canción de la tierra)

Vuelvo para quedarme.
Que me enciendan cien cirios
y preparen el lecho
donde habré de dormir lo que me falta.
Ya comienzo a escuchar tu voz nacida
desde que al mundo bautizamos Tierra.
Manzanar entre espinas,
sólo tú sentirás mi corazón
deshecho en la pasión de tus raíces,
savia del árbol joven
que nacerá rodeado de otros niños
y poderosos perros camaradas.
Mi corazón, tu flor de carne,
no abandona el combate. Sólo cambia
la escala de sus notas
y en tu silencio afina
un violín de maderas prematuras.
Te traigo mi muerte joven, mis canicas,
los tenis que libraron mil batallas.
Te hago entrega de todo, Madre Tierra.
Cántame la canción del que regresa,
en tus más altas ramas,
en las hojas que llegan más al cielo.



 Elogio del Vampiro
 

Para qué perseguirlo,
clavarle una estaca de madera,
condenar de antemano su apetito,
lamentar su presencia en nuestra vida:
el Vampiro no pasa
si nosotros no abrimos la ventana.

Escucha su canción,
no sólo desde el páramo o el bosque:
en el agua turquesa de los trópicos,
en los cuartos de hoteles,
en la tela de loro del mercado,
dondequiera que el hombre reconoce
el brillo de otro cuerpo y necesita
el marfil del Vampiro en su garganta.

Inocente, el Vampiro:
le decimos que es cruel cuando nos hiere,
e invocamos a Dios cuando el diluvio
que nuestra propia sangre ha conjurado
mantiene a la deriva hasta los muebles,
a pesar de las leyes y de Newton.

El Vampiro es tan bello
que el azogue se niega a reflejarlo.
Si su sombra te alcanza,
olvidarán tu nombre los espejos,
pero hallarás un eco en la hermosura
de quien has elegido como doble.

Quisiera amar la luz pero ya sabe
que el amor sabe a sombra perseguida,
al vahído final de los ahorcados,
a todo lo que termina en arrebato.

Ábrele tu ventana.
Cuando pruebes su vino,
sentirás que la vida se prolonga
y el agua de sus copas es de vidrio.
Acepta sus mentiras:
nunca estarás más vivo que en sus brazos.

*

Y jamás le reproches su abandono.
Te mordió porque es bestia,
y su sed es la sed del mar vencido
que mitiga su rabia con naufragios;
su pasión, la del niño traicionado
porque el reino se pierde.
No pienses en que dijo “para siempre”:
el huracán no deja un tronco entero
ni cambia sus azotes por caricias.
Si de algo te sirve, los vampiros
aman sólo a los fuertes y a los locos,
pero nada los ata.
Dirás que nunca más, que ya no quieres.
El Vampiro es un vicio refinado
y esperará, paciente, tu retorno.

 

Preludio para desnudar a una mujer
 

Que esté, de preferencia, muy vestida.
Por eso es importante que las medias
sigan cada contorno de sus muslos; que disfruten
la pericia, el estilo del tornero
que supo darles curva de manzana,
maduración de fruto al punto de caída.
Goza de la tela perfumada
encima de los jabones y los ríos.
Acaríciala encima: su vestido
es la piel que ha elegido para darte.
Primero las caderas:
es la estación donde mejor preparas
el viaje y sus sorpresas. Cierra los ojos.
Ya has pasado el estrecho peligroso
que los manuales llaman la cintura
y tus manos se cierran en los pechos:
cómo saben mirar, las ciegas sabias,
el encaje barroco de la cárcel
que apenas aprisiona dos venados
encendidos al ritmo de la sangre.
Si los broches y el tiempo lo permiten,
anula esa defensa: mientras miran sus ojos
deslízale el sostén. Y si protesta,
es tiempo de estrecharla.
Acércala a tu boca y en su oído
dile de las palabras que son mutuas.
En un ritmo creciente, pero lento,
trabaja con los cierres, las hebillas,
los bastiones postreros de la plaza.
Aléjate y admírala: es un fruto
que pronto será parte de tu cuerpo
y tu sed de morderla es tan urgente
como la del fruto que anhela ser comido.
Has esperado mucho
y tienes derecho a la violencia.
Deja que la batalla continúe
y que el amor condene a quien claudique.


 De Vencer a la blancura

 
 
Teoría del oso
Última noche en Coyoacán

 
 
Teoría del oso
 

 

Contra mí mismo peleo.
Defiéndame Dios de mí.

Cristóbal de Castilleja

I

Sumergido en lo más hondo de esta página, tiene la seguridad de la cobra en el desierto. Fiel guerrero del olvido, pisotea el gozo del último pinar estremecido por el viento. Emerge al fin, fatigado del odio en bruto que es él mismo, el hambre desnuda, los colmillos prestos. Nadie como él es omnívoro. Mastica el plomo de los lápices y bebe tinta a mares, llevándose en los belfos restos de teclas y de cintas. Se aleja eructando puntos suspensivos; deja en su camino los excrementos de tropos nunca usados. Pero aun la bestia tiene rasgos de nobleza: deja sobre el escritorio la goma de borrar.

 


Última noche en Coyoacán
 


A Concha Méndez

Enamorado siempre
y más que nunca vivo, andaría como de paso,
al fin fantasmas de un mundo más ajeno
que las propias piedras que pisaba.
Pediría permiso al viento,
su venia a la estación en turno,
mas no esperaría a que la noche
de racimos cargados de perfume,
de gritos infantiles y buñuelos lejanos
invadiera por completo esa otra noche
que sólo transita en ciertos hombres.

Lo dicen sin miedo estas higueras
y estos muros que prolongan su blancura
más allá del alma y la mirada:
amaba la quietud de esta plaza
porque en ella podía verse
en rostro de otros hombres
que en silencio le devolvían la soledad,
como quien por la mañana devuelve buenos días
y sabe que recién empieza la mentira.

Abría un periódico,
leía a la luz de un farol noticias
que hubieran nutrido o halagado a otros.
Ignoraba la noche bulliciosa,
la que obliga a refugiarse en otro cuerpo.
Él quizás esperaba la otra noche,
aquella en la que nombre y tiempo se confunden.

Creyó firmar sobre arena o sobre el viento,
seguro de que el mar en el crepúsculo
roba todas las huellas y los besos.
Pero la arena no olvidó sus letras
ni el viento olvida a quien ciñó su cuerpo.
Por eso sopla, esbelto y doliente, entre sus ramas,
llevando en cada hoja
la sílaba de un nombre:

Luis Cernuda.

 


 De Puerta del verano

 
 

[Una mujer y un hombre...]
Tres poemas de Carrara


 

*

Una mujer y un hombre pueden, por ejemplo,
entrar en un hotel (ese templo escondido
que de ser invocado se aparece)
y amarse a plena luz del día.

Pero una mujer y un hombre deben antes
entrar en un cine, aunque jamás se enteren
de lo que pasa en la pantalla
y él mire la pelusa de durazno en su mejilla
y ella le oprima el muslo cuando sienta miedo.

O una mujer y un hombre pueden
salir a caminar y que la mano de él parezca
prolongación de la cintura de ella
y que entonces sea mayor la cadencia
del caminar de la mujer,
pues a eso sólo se parece
un barco bogando en altamar
en el umbral de la primavera.

O pagar el café ya frío cuando los ojos
y las manos han dicho sí mil veces.
Y ya sin tocarse, hacerse o decir nada,
una mujer y un hombre pueden, finalmente,
entrar en un hotel y darse el cuerpo,
dejar abierta la ventana para que pasen
la brisa caliente de los parques,
el rumor de los que salen del cine,
las campanas golpeando contra tazas,
la débil voz que va diciendo “así”.

*

Tú no sabes
que al partir te pareces a la lluvia,
a su terco perfume que no olvida
los pliegues más ocultos de la tierra.
Si tú te vas no sabes que me dejas
la luz de aquella tarde
que en tu nuca encontró mejor respuesta,
tu violenta hermosura entre las manos,
el peso de tu aliento en esta boca
que siempre ha de querer decir tu nombre.
Hermana de los trenes del verano,
dejas en mi oído
tu herida más blanca,
y esa música sólo semejante
a estrella sobre los tejados
o nubes de huilotas
que llegan al ciruelo cuando cae la tarde.
Si te vas, si te fueras,
me dejarías a todas las mujeres,
porque en todas te encuentro y porque en todas
habré de probar la misma agua
que una tarde probé bajo tu sombra.

*

(Posdata para Filippo Lippi)

Escúchame bien, maestro,
mientras contemplo tu madona
y su perfil por el que nace el día:
la que vive en estos versos
no inspiró el soneto más diamante de Petrarca
y si caminó por las calles de Florencia
fue cobijada por alas de Alitalia
o por las del ángel de nuestra Independencia.
Ella ama, suda, come y duerme, como todas,
y ocupa, como todas,
un solo lugar en el espacio.
Pero ella, como Lucrezia Buti,
que ahora veo y no veo en ese perfil
por el que navegan los peces en el cielo,
al despertar se mira en el espejo
y otorga a las paredes voz de plata.
A esa hora cantan los pájaros
desde los Indios Verdes al Ajusco
y salgo feliz, seguro como tú, Filippo Lippi,
de tener por el mango la lanza de Amadís.

Tres poemas de Carrara 
 

I (Presagio)

La luz, descendiendo por pinares,
iba en pos de bahías en qué anegarse.
Antes que las gaviotas
te anunciaba el incendio del verano
en la llama más verde de Toscana.
Hacías arder el aire en sus azules
y de tanta luz el orbe estremecías.
Los bloques de mármol bajo el mediodía
eran la promesa de la estatua
y tu cuerpo el futuro de mi mano.
La sonrisa mojada que se abría
en toda tu cara como los batientes
se abren para dejar que entre
el aire recién llovido de la calle
te hacían aparecer por vez primera,
como si nadie, antes que yo, te hubiera visto.
Carrara flotaba por el cielo
y el resuello del joven Miguel Ángel
inflamaba tu oreja y mis te quiero,
mientras la luz —absorta— se colmaba
y el tren iba a su encuentro en la distancia.

II (Mediodía)

Primero es una sed de labios hacia afuera,
un abrir de párpados henchidos
por toda la arena del mar y el sol en alto
Hay un conjuro de espuma estremecida,
un lejano cantar de niño ahogado,
de mármol que espera ser herido.

Llevo entre los días
el memorial de tu epidermis,
cuaderno de bitácora a deshoras,
sin marino capaz de terminarlo,
sin isla en qué apagar la sed de navegantes
hartos de fatigar sus besos
sobre la piel azul del mar y su mentira.

Frente al Tirreno bebimos vino blanco
y la arena y el sol y aquel deseo
contenido y sereno como el mármol
donde late una sangre más eterna.

La violencia empezó con tus palabras:
“No uso nada debajo del vestido”.

El roce de tu cuerpo con el mío,
la madrugada, el frío, te quiero tanto,
son historias por otros ya contadas.

III (Amanecer)

La piel tiene un lenguaje y su memoria
alza banderas blancas por el cielo.
Me hablo de una piel ya conocida,
de una piel sumergida y recobrada
que vuelve a amanecer como una aldea
donde todos los ritmos se conjuran
cuando el sol dora, lento, la mañana.
No hay ventana ni lecho, no hay futuro.
La única certeza es el saberme
hecho de una piel que reconozco
en otra que me anuncia desde el sueño
con la fatiga y la fuerza de la yegua
que bebe quietamente en el arroyo
después de haber corrido
toda la noche bajo las estrellas.

 


 De Fra Filippo Lippi: cancionero de Lucrezia Buti

 
 
Mar abierto

 
 
Mar abierto 
 

No fue por la palabra misma que yo dije:
“Tu pecho parece el Mar Egeo”.
El mar era entonces sólo un niño
y la espuma aprendiz de esbeltos pasos
rompía en tus pies, dorándolos apenas.
Es verdad:
ciertas noches busqué desesperado,
por frescos callejones de Florencia
el recuerdo de un mar más presentido.
El mar tiraba de mí como promesa,
así como de la planta son futuro
la nube fugaz y el sol que la mantienen.
Mar Tirreno, islas del Egeo,
esmeraldas celestes coronadas
por mis ojos que siempre han visto todo
aunque a veces el brillo los engañe.
Y quién negaba que yo pudiera irme,
que pinceles y muros me dejaran
abandonar la luz, la sombra espesa,
que aquel sereno lago en que bebía
dejara de alimentar mi sed de viaje
y el horizonte nuevo que tendías
dijera hay otros mares
en qué descubrir mi oficio de hombre.
Dije otra vez:
“Tu pecho parece el Mar Egeo”.
Las islas navegaban otras aguas,
asombradas de piel nunca antes vista.
Más allá de las colinas tersas
la espuma plateada me esperaba:
sin saberlo el velero recorría
el mar Mediterráneo por tu vientre.
Y qué fecundo mar y casa y mar amigo
y qué lisura inmortal para mi proa
y qué ansias por ver el mar abierto.
Sin la audacia y el coraje de otros hombres,
marineros de sueños destruidos
por el sueño grotesco de la muerte,
estuve allí, nadé por aguas tersas,
por encrespadas olas que morían
sólo después de castigar las peñas.
Quise decirte mar Mediterráneo,
otra vez colinas tersas, islas del Egeo
(¿lo dije alguna vez? quizá mentía),
pero ya estaba mi arboladura desplegada
y tu vientre anunciaba el maremoto.
¿Quién habló de cortar los mástiles
y detener el vértigo?
¿Qué grito cobarde en la tormenta
imploró la piedad de un cielo sordo?
A toda vela hacia el desastre
quise saber tu nombre, madona,
pero no estaba en mí sino buscarlo,
no saber ni pensar, sólo sentirlo,
y ser uno contigo en esa lucha
donde el cielo y la tierra desembocan.
Y te llamabas yegua y eras otra
y te llamabas carne y aguacero.
Te llamaba entre el viento y respondías,
busqué el ojo del huracán, quise perderme,
Carabela de náufragos del cielo,
Fiel faro de los ángeles caídos,
Madre total, nodriza de delfines,
Relámpago en medio de la noche,
Playa de carena en el crepúsculo,
Canto de las sirenas para Ulises,
Estatura dormida con ahogados,
Isla en nacimiento, sima absorta,
Verde esposa del sol en la mañana,
Guerrera de las nubes, bienhechora,
Refugio de ballenas en invierno,
Acero del tridente de Neptuno,
Promesa de horizonte para el paria,
Veladora del Fuego de San Telmo,
Guardiana de tesoros sumergidos,
Mascarón rescatado por tritones,
Tejedora del traje de la espuma,
Campanario en mitad del maremoto,
Ceñidora del cetro de las olas,
Perfume de la rosa de los vientos,
Señora de los piratas condenados,
Pitonisa de brújulas y cartas,
Hada de los salmones peregrinos,
no me salves no pidas no renuncies
a dejarme en la gloria de perderme,
de ascender al cielo y ver de frente
lo que algún día habrán de ver los ojos
que crucen otro mar abierto y azaroso
ahora y en la hora de nuestras vidas,
Madona.

Regresé con el triunfo en mis banderas.
Los hombres me rodearon en el puerto
envidiando la hazaña de mi buque.
Su casco estaba bruñido, carenado
como esa larga noche en que tus muslos
fueron concebidos por mis manos.
De nadie sino tuya la tristeza
de ángel que camina entre los hombres.
¿Quién puede vivir con gloria en tierra
cuando el tiempo nos quita el goce eterno?
Por eso no olvido, Madona,
por eso no pidas, mi Lucrezia,
que olvide el viaje por ese océano abierto,
márcame para siempre con tus ojos
y después de la herida nazca el mundo.

 


De María Magdalena

 
 

Bahía Magdalena
Cuerpo Encarcelado
Retrato de la lluvia
 

 

Bahía Magdalena

 

 

Volvemos al barco por la tarde. Nos bañamos, sabiendo que el agua no puede borrar los crepúsculos vividos por el día; leemos libros donde se detallan los pasos de la ballena gris, la Eschrichtius robustus, al sumergirse, y en silencio reímos por la distancia que existe entre páginas muertas y la sabiduría de Laco, por quien vimos el abanico enorme —la cola de la ballena— hendir el aire. En la pantalla vemos imágenes de pájaros, dunas y ballenas, como si nuestra tecnología fuera capaz de aprisionar el vuelo, el salto, la lucha contra la muerte y contra el hambre. Después de la cena, los cigarros, los besos a la luz de la luna. En la serenidad de la noche, cuando en apariencia la lucha ha terminado, casi junto a nuestro lecho, como la arteria principal de nuestra galaxia, el resoplido. Arriba, parece que las estrellas temblaran y fueran a derrumbarse en la laguna.
 

 

*

Revive una forma en mi memoria: la ballena que emerge, respira, se arquea. A punto de mirarla por entero, la imagen se desvanece. Estamos en La Paz, en un hotel por cuyas ventanas entra un jardín salvaje. Entre la frescura de las sábanas, regresa a mis pies el calor de las dunas, los muros esculpidos por el viento, el brillo intolerable de la espuma al fondo de montañas de un oro fino y silencioso. Por la ventana, la última línea del crepúsculo a flor de tu piel pulida y tersa donde también parecen desvelarse todos los vientos y las aguas. Miraré a través de otras ventanas la forma de los cerros y estarás dormida, como ahora, entre mis brazos. En ese vaivén entre el sueño y la vigilia, volverá la línea que se ondula, se quiebra, estalla en un resoplido caliente, salvaje y espumoso. Como a veces la vida.

 

 


Cuerpo Encarcelado

 

Cuando te verdaderamente beso toda, cuando dejo de pensar estos son dientes, lengua tibia, tu saliva, lentamente me entero de tu historia; y algo que no sabes tuyo me transmina, desencadena mareas inaudibles, como si mi cuerpo tendido en la arena fuera bahía que recibe al mar de la resaca. Ese beso llega de sorpresa, sin que podamos conjurarlo a tiempo, y todo le es propicio: el marco de una puerta que nos guarda de la lluvia, el intermedio entre los trastos, la cómplice penumbra de los parques. Pero si el beso ocurre en una cama, las sábanas combaten, como si ellas quisieran enterarse de su propio cuerpo, de aquel pliegue antes dormido que la nueva caricia reconoce. Porque esos besos son como el milagro que nos deja vivir los otros días en que nada parece rescatable. Y los milagros ocurren, para gracia de todos los mortales, de cuando en cuando y sólo si son absolutamente necesarios.

 

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Cuando te tiendes desnuda y bocabajo, tu espalda me mira aunque tú duermas: tranquilo mar con su rebaño de islas que, a pesar de la poesía, bautizamos pecas. Nadie sabe que allí late un sueño no realizado de Dios: el ritmo de tus pechos, la última gota de sudor, el cabello vertido en las almohadas, como si, aun dormida, construyeras un mundo de nombre tan real como tu ropa que levanto en mi camino al baño. Más allá del deseo de besarte y confirmar en la caricia —inútilmente— mi pasión, siento el cansancio de Dios tras concebirte, esa fatiga que sólo es privilegio de quien ha ocupado el día de sur a norte, seguro de que mañana es una hoja en blanco invadida por palabras que, si antiguas, cobran nuevo sentido en cada acto.

 


Retrato de la lluvia

 

En la zona más dura de la noche, cuando el insomne y el suicida sueñan, la lluvia. Desde sus primeros pasos anuncia la inminencia del diluvio. Sus primeras caricias, labios que en otra boca inician ese lento combate que habrá de concluir en el naufragio, dicen que su canción será larga como esa vía o aquel muro de piedra cuyo final no vemos al fondo de la calle. Súbitamente se cierra, ocupa el último espacio virgen de la atmósfera y se deja caer sobre árboles, plazas, azoteas, con una furia tal que pareciera combatir al calor de todos los veranos, o fuéramos a mirarla por última vez. Y cuando la mano toca el cuerpo elegido para que el amor tome forma en otra carne —que es ya la nuestra— sentimos, como la ciudad, lavarnos interminablemente, seguros de amanecer con rostro nuevo, dispuestos a combatir aunque sepamos que la derrota es el único premio de los héroes.