Material de Lectura


De Eclipses y fulgores
 

Un relámpago, apenas
Himno de alabanza



Un relámpago, apenas

Frente al espejo, yo, la inevitable:
nada que agradecer en los últimos años,
nada, ni siquiera la paz con las señales de los
    renunciamientos,
con su color inmóvil.
Esta piel no registra tampoco el esplendor del paso
    de los ángeles,
sino sólo aridez, o apenas la escritura desolada
    del tiempo.
Esta boca no canta.
Ancha boca sellada por el último beso, por el último adiós,
es una larga estría en un mármol de invierno.
Pero ninguna marca delata los abismos
—ah intolerables vértigos, pesadillas como un túnel sin fin—
bajo el sedoso engaño de la frente que apenas si dibuja
    unas alas en vuelo.
¿Y qué pretenden ver estos ojos que indagan la distancia
hasta donde comienza la región de las brumas,
ciudades congeladas, catedrales de sal y el oro viejo
    del sol decapitado?
Estos ojos que vienen de muy lejos saben ver más allá,
hasta donde se quiebran las últimas astillas del reflejo.
Entonces apareces, envuelto por el vaho de la más
    lejanísima frontera,
y te buscas en mí que casi ya no estoy, o apenas si soy yo,
entera todavía,
y los dos resurgimos como desde un Jordán guardado
    en la memoria.
Los mismos otra vez, otra vez en cualquier lugar del
    mundo,
a pesar de la noche acumulada en todos los rincones,
    los sollozos y el viento.
Pero no; ya no estamos. Fue un temblor, un relámpago,
    un suspiro,
el tiempo del milagro y la caída.
Se destempló el azogue, se agitaron las aguas y
    te arrastró el oleaje
más allá de la última frontera, hasta detrás del vidrio.
Imposible pasar.
Aquí, frente al espejo, yo, la inevitable:
una imagen en sombras y toda la soledad multiplicada.



 


Himno de alabanza


¿Y por qué no he de cantar también yo un himno de    
    alabanza,
aunque casi todos los que amé sean ahora igual que
    la hojarasca
que se arremolina alrededor del viento
y no puedan jactarse ni siquiera de poder arrojar
    su propia sombra?
Por todo lo perdido, ¿acaso contrariaste mi voluntad
    de dicha
o volví del revés los pasos que me habías señalado?
Si celebré con llanto mis bodas con la noche,
    ¿fue por seguir mi vocación de abismo
o porque me cubriste con sábanas de tinieblas cada día?
Para nadie la culpa ni para mí el castigo.
Fue solamente porque cayó una estrella
o porque se precipitaron bajo la luna errónea las mareas.

Es la misma señal, el mismo asombro conque sigo
    cayendo en la espesura,
aquí, desde tu mano.
¿Y no he de cantar por eso un himno de alabanza?
Te agradezco estos ojos que se agrandan para ver
    tu escritura secreta en cada piedra;
esta boca con el sabor de “siempre”, “tal vez” y
    “nunca más”;
las manos y la piel donde arrojan su aliento los
    emisarios de territorios invisibles;
el perfume de la estación que pasa, su ráfaga hechicera
    ceñida a mi garganta,
y el reclamo insistente del sonido que atruena con el
    cuerno para las cacerías.
¡Ah sentidos, mis guardianes insomnes,
refugios instantáneos en un mundo improbable
    y sin fondo,
como yo!
Desde lo más profundo de mi estupor
    y mi deslumbramiento yo te celebro,
cuerpo, suntuoso comensal en esta mesa de dones
    fugitivos,
a ti, protagonista de paso en esta historia del amor
    que no muere,
intermediario heroico en todas las batallas de la tierra
    y el cielo,
tú, mi costado de inevitable realidad,
delator de intemperies y fronteras, siempre bajo un puñal,
entre el relámpago de la tentación y el tajo de la herida.
Y a pesar de tu corazón irascible, yo te bendigo, mar,
    bestia obstinada:
en tu acechanza y en tu letanía pasa el relato del diluvio
    y mi risa infantil,
junto con ese cielo conque sueñas en cada una de tus olas,
en cada balanceo, como yo en el vaivén de mi
    respiración.
Guárdame en tu memoria como a un guijarro más,
como a un hueso perdido y a estos nombres escritos
    en la arena,
para velar contigo hasta el último día en el insomnio
    de la inmensidad.
Gracias te doy, hormiga, modelo de mis viajes
    en las exploraciones imposibles,
y a la torcaza, por la incesante queja que acompañó
    mis lágrimas y duelos;
agradezco a la hierba la tierna protección para mis
    pies furtivos,
y a ti, brizna en el viento, por todo el imprevisible
    porvenir;
bendita seas, sombra generosa, sumisa a tanto error
    y a tantas sombras,
y también tú, mi silla, guardiana infatigable frente
    a la espera y a la lejanía.
Yo te celebro, ráfaga, lluvia, enredadera,
murmullo enamorado del silencio que habita
    entre las piedras.
¿O no puedo cantar, amor, la noche de tu ausencia
    y el filo de tu espada?
¿Quién no lleva en la punta de su arpón una ballena
    blanca?
 

1998